No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 24
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Claudio sonrió y Sophie le devolvió la sonrisa.

Todos los demás miembros de la DAS se habían marchado, dejándolos solos.

Claudio se acercó a ella y se sentó a su lado.

—¿Cómo van las grabaciones? —le preguntó a la mujer.

—Bien, estoy sacando cosas interesantes.

Claudio bajó la mirada.

—Se os ve, ¿cómo se diría…? Muy compenetrados. —Ella no entendió—. Me refiero a ti y a Antoine.

Sophie se sonrojó y se tocó el pelo, alisándoselo con los dedos hacia las puntas.

—¿En serio?

Él sonrió con lentitud.

—Me imagino que sois…

Ella arrugó el ceño.

—¿Amigos? —ofreció Claudio.

Ella asintió.

—Sí, claro. Amigos, porque trabajamos juntos. La verdad, hay poco trabajo en esta división, y hemos compartido más cervezas que casos —dijo Sophie, y se volvió a mirar las pantallas.

Siguió inspeccionando las cámaras de vigilancia del Puente de las Artes y sus alrededores.

—¿Y también sois…?

—¿Qué?

—¿Novios?

Ella se sonrojó aún más.

—¡No! —respondió muy rápido.

Claudio vio en sus ojos algo más que vergüenza. Estaba claro que ella sentía algo por Antoine.

—Ya… —respondió poco convencido.

—Es verdad, cura.

—No soy cura, soy seminarista.

Ella negó, desenmarañando su pelo rubio.

—Estoy estudiando para ser cura. Aún no lo soy —aclaró.

—Pues vas vestido de cura…

—Sí, pero aún no lo soy.

Ella asintió, pero luego levantó las cejas.

—No lo entiendo. ¿Por qué?

—Mira, es sencillo. Es como tú y Antoine: no sois novios, pero os falta poco. Yo estoy estudiando para ser cura. Me falta poco, así que ya voy vestido como tal. ¿Me entiendes?

Ella suspiró y bajó de nuevo la mirada hacia su teclado.

—Si no te importa, tengo que seguir con mi trabajo.

—Claro.

Claudio regresó a su mesa, antes vacía. Ahora estaba llena de sus libros y sus anotaciones esparcidas.

Levantó la mirada. Ese lugar era muy distinto de la DAS de Madrid, mucho más gris y oscura. La oficina de París, a pesar de estar bajo tierra, era mucho más luminosa.

Se centró en descifrar el tatuaje que habían encontrado sobre el cuerpo de la víctima. De nuevo, el asesino había dejado una firma y un mensaje encriptado, y le tocaba a él interpretarlo.

Empezó por consultar el mismo libro que le había ayudado a interpretar el primer tatuaje.

Junto a él tenía la foto de los símbolos, y una hoja donde iba apuntando sus avances.

Lo primero que le llamó la atención fueron los trazos de las letras, también en alfabeto samaritano.

Las líneas eran diferentes de las que habían encontrado en los cadáveres de Madrid.

Eran más pausadas y elegantes. Quizá el asesino dispuso de más tiempo para hacer su trabajo.

Pero Claudio no estaba del todo seguro; necesitaría a un especialista en caligrafía.

Pensó que un buen grafólogo podría decirle más sobre la personalidad de su asesino, analizando la forma de escribir.

Se centró de nuevo en averiguar lo que decía el texto.

Buscó letra por letra. Le costó, porque el alfabeto samaritano no había sido nunca una asignatura fácil para él.

Se inclinó ligeramente, acercándose para leerlo con claridad. Y entonces lo entendió.

— Humanae Vitae —susurró el seminarista—. ¡Por todos los santos! —Se santiguó—. Señor, dame fuerza…

—¿Hablas conmigo? —preguntó Sophie girándose.

Él negó con la cabeza, sumergido en su descubrimiento.

Las dos palabras se instalaron en su mente. Eso no era un versículo ni una cita bíblica. Era algo más reciente. Más concreto. Quizá algo político, incluso.

Se había esperado un versículo de la Biblia, o algo relacionado con el sexto mandamiento. Una referencia de Mateo o de Lucas sobre la traición, la confianza o el matrimonio cristiano.

Claudio cerró los ojos un instante. Recordaba bien ese texto: era una encíclica de Pablo VI: la respuesta de la Iglesia a un mundo que empezaba a cambiar demasiado rápido.

Aquel texto hablaba de sexualidad, matrimonio y control del deseo. Defendía la fidelidad como pilar, no solo moral, sino estructural de la religión, y explicaba que el amor no podía existir separado del compromiso, igual que el cuerpo no existía separado del alma.

Sacó el móvil y buscó información. Revisando, casi por casualidad, encontró algo que añadió una capa más de misterio. El documento era de 1968.

Y en el año 1968 había ocurrido algo importante en París.

Las paredes de la Sorbona se habían llenado de consignas.

Encontró fotos de parisinos con aerosoles, rabia y juventud.

Escribían frases como «Prohibido prohibir», «Haz el amor y no la guerra» y otras consignas del movimiento hippie . El amor libre. La ruptura con todo lo establecido. La negación de los límites. El deseo como bandera.

El asesino o, mejor dicho, el asesino subliminal, Su Eminencia, había decidido resucitar a un viejo fantasma del pasado. Eran dos fuerzas opuestas. Dos tendencias de pensamiento contrastadas: la iglesia contra la modernidad de la libertad juvenil.

Claudio recordó las palabras del padre Filippo, su profesor de historia eclesiástica. Les había explicado cómo, a raíz de esas demandas de mayo de 1968 en París, el papa Pablo VI escribió su encíclica Humanae Vitae .

Claudio volvió a mirar el tatuaje. No estaba ahí por casualidad. No era un guiño intelectual. Era una toma de posición. Con él, Su Eminencia reivindicaba el valor de la familia cristiana, la lealtad y la castidad.

«Igual que hizo en Madrid, no está solo citando un texto: está juzgando a la víctima», pensó.

Claudio había entendido algo, o creía haberlo entendido. Para el asesino, lo ocurrido en 1968 no era solo historia. Era el origen del problema; el momento exacto en que el mundo se había desviado.

Claudio tragó saliva.

—No está matando personas —susurró—. Está corrigiendo una idea que considera equivocada.

Una mano se apoyó en su hombro.

Concentrado como estaba, saltó sobre su propia silla, asustado.

—¡Ah! —gritó.

Sophie retiró la mano, también asustada.

—Perdona, cura.

Él respiró profundamente.

—Está bien, es que estaba concentrado.

—Ya lo he visto. No era mi intención asustarte.

—Lo sé, lo sé. ¿Qué necesitas?

—Salgo un momento a buscar algo para comer. Traeré comida para nosotros y algo más por si vuelven los demás. ¿Te parece? Tardaré solo unos minutos.

Claudio tragó saliva y sonrió.

—De acuerdo —respondió poco convencido.

—Bien, ahora vuelvo.

Sophie cogió un abrigo oscuro del perchero, un bolso pequeño y muy elegante, y se marchó tintineando sobre sus altos tacones.

Claudio se quedó solo allí dentro.

De pronto, el ambiente no le pareció tan luminoso ni tan alegre. Las fotos de los campos de hierba idílicos que adornaban las ventanas ya no eran tan bonitas.

Suspiró un par de veces, aún agitado por el susto, y siguió buscando.

Estudió el detalle del puente. ¿Por qué un puente?

En el caso de Madrid, todos los asesinatos habían quedado entre cuatro paredes: en una casa, en una clínica de reproducción o en un hospital. Pero el asesino de París sacaba a la víctima de su entorno y la colgaba delante de todos.

Un cadáver expuesto frente a todos, como en un patíbulo.

Claudio sabía que nada era al azar.

—¿Pero por qué? ¿Por qué?

Buscó y buscó hasta dar con la clave. Encontró una foto antigua de ese mismo puente, el de las Artes.

Dio una palmada en el aire.

—¡Por fin lo he entendido, estiércol de Satanás! Ahora comprendo por qué lo has colgado ahí, y no en su parroquia —exclamó Claudio orgulloso.