No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 23
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La sacristana seguía llorando.

A Minerva le dolió ver cómo esa señora, casi anciana, se echaba a llorar. Pero necesitaba ir al grano. Esperó a que acabara de llorar, observándola en todos sus pequeños movimientos. Finalmente, la mujer se limpió los ojos y respondió.

—Lo siento, es todo muy reciente —afirmó Marie.

Tenía los ojos completamente rojos. Sacó un pequeño pañuelo usado para sonarse la nariz.

—Necesitamos que nos ayude. Si no pillamos a ese asesino, seguirá matando.

—¿Cómo dice?

Minerva chasqueó la lengua y suspiró profundamente.

—Señora Marie, estamos ante un asesino en serie. Seguirá matando, no tenga dudas. Père Jacques es solo el primero. Si no quiere que siga matando a inoce… —dijo y se interrumpió—… otras personas, necesitamos que nos ayude.

Ella asintió.

—No sé qué decirle.

—Queremos saber… —dijo él, pero Minerva lo detuvo.

—Pregunto yo. Si lo prefieres, puedes esperar fuera —ordenó, con severidad en sus ojos delineados.

Él no respondió. Se calló, pero no pudo esconder que no le había gustado para nada lo que acababa de decir.

—Empecemos de nuevo —dijo Minerva—. ¿La iglesia tiene cámaras de grabación?

La sacristana negó.

—Somos una iglesia de barrio. Tenemos un presupuesto muy reducido, casi no podríamos sustentarnos de no ser por el arzobispado.

Minerva asintió.

—Entonces, no hay cámaras ni en la iglesia, ni en la parroquia. ¿Sabe si hay alguna por los alrededores?

Ella negó, mientras miraba sus manos, apoyadas en su regazo.

—No tengo ni idea.

—Está bien. ¿Qué pasó ayer? ¿Cuándo pudo verse el sacerdote con el asesino?

—No lo sé, llevo todo el día pensándolo. Yo tengo mi vida. Duermo en casa y solo vengo a limpiar y hacer la comida a los chicos y a Père Jacques, nada más.

—¿Es que los curas no saben hacerse la comida? ¿No saben limpiar? —preguntó Minerva, con un tono que sonaba más a reproche que a otra cosa—. ¿Es que estos hombres de Dios no saben vivir por sí solos? ¿Necesitan una mujer que les lave el culo y que les dé de comer en la boca, o qué?

—Inspectora Cadalso —dijo Antoine—, se está pasando. Esto no es parte de la investigación.

Minerva suspiró y miró un segundo al suelo.

Marie la miraba desconsolada. Ni siquiera las palabras insultantes de Minerva le cambiaban el estado de ánimo.

—Disculpe. ¿Qué hizo ayer el cura?

—Como le decía, yo me fui a las seis de la tarde y ya no supe más de él.

—¿Tenía algo que hacer, le dijo que si había quedado con alguien?

Ella negó.

—Necesitaremos ver su despacho, su estudio o lo que tenga. Ver si tiene un ordenador, o una agenda.

—Claro, lo que necesiten.

Minerva se dijo que era hora de preguntarle lo más importante de todo. Dio un paso adelante, separó la silla de la mesa y se sentó al lado de la mujer, a muy pocos centímetros de ella.

—Señora Marie, necesitamos su sinceridad y su máxima colaboración…

La frase se quedó en el aire.

El olor a cebolla flotaba en la cocina. La sopa seguía hirviendo en la olla.

La sacristana levantó la mirada y las dos mujeres se miraron directamente a los ojos.

Marie tenía unos ojos preciosos. Un baile de verdes y marrones que se entrelazaban. Su cutis tenía arrugas, pero su cara, a pesar de los efectos del tiempo, escondía una belleza que debió de ser intensa en su juventud.

— Père Jacques Girard seguramente cometió algún pecado relacionado con el adulterio —dijo Minerva—.

Necesitamos que nos diga qué pudo haber hecho, y cómo podría haberse enterado el asesino.

De lo contrario, no podremos cogerle, ¿lo entiende?

—preguntó con voz tranquila y esperó a que la mujer asintiera antes de formularle la última pregunta—.

Dígame, en su opinión, ¿qué pudo hacer el padre Jacques para incumplir el sexto mandamiento, «No cometerás actos impuros»?

Marie negó con la cabeza, lentamente. Minerva miró el sincero y absoluto desconcierto de la señora.

—¿Cómo está tan segura de que el padre pueda haber hecho algo así? —preguntó Marie.

—No se lo puedo explicar porque no puedo revelar mis fuentes. Solo puedo decirle que lo sabemos. Tendrá que confiar en mí. ¿Qué puede haber hecho?

Marie se sonó la nariz. Miró primero al inspector y luego a Minerva.

—La verdad es que no lo sé. No tengo ni idea, se lo prometo…

Minerva suspiró. Esa mujer decía la verdad. Sintió que aquel era un callejón sin salida. Cuando estaba a punto de levantarse para ir a revisar el despacho, la mujer siguió.

—Hace unos meses…

Minerva se giró de golpe hacia el rostro de la señora. Aquello parecía el principio de algo, el cabo de un hilo del que tirar.

—¿Sí?

—Hubo revuelo.

—¿Qué quiere decir con revuelo?

—Pasó algo, no sé qué fue con exactitud, porque nadie dijo nada. Père aún menos.

—Cuando dice que nadie dijo nada, ¿a quiénes se refiere?

Marie suspiró. Las palabras le salían lentas; se le notaba indecisa entre hablar o no. Como si no supiera si al hablar estuviera ayudando o traicionando al cura de su parroquia. Podía ayudar a descubrir a su asesino, pero también remover la podredumbre del pasado.

—Hace unos meses vinieron unas personas.

Había habido un problema y se encerraron a hablar con él, en su despacho.

No supe qué era, solo lo discutieron y se fueron.

Lo único que sé es que, durante los siguientes meses, Père estaba muy apesadumbrado y ausente.

A partir de ese momento, empezó a venir cada vez menos gente a misa, y en consecuencia, se recaudaba menos…

—dijo y suspiró—. Esto es todo lo que puedo contarles.

Minerva se acercó a la mujer y le tomó una mano. La miró muy profundamente y le preguntó:

—¿Con quién se encerró el cura en el despacho?

—Había por lo menos cinco o seis personas.

—¿Y no reconoció a nadie? —preguntó Minerva.

Marie asintió.

—Sí.

—¿A quién, Marie?

—Reconocí a una persona. Entre ellos estaba el arzobispo de París.

Al decir ese nombre, Minerva se giró hacia Antoine y los dos se miraron. Por primera vez parecían estar de acuerdo, y se entendieron sin hablar.

Debían hablar con el arzobispo cuanto antes.