22
El Instituto de Medicina Legal de París se encontraba poco después de la segunda isla del Sena.
La primera se llamaba Île de la Cité , la segunda Île Saint-Louis.
Justo después de esta última, en la orilla norte, se levantaba un edificio majestuoso.
Era de ladrillos en la parte superior y de piedra en la parte inferior.
Parecía una fortaleza de la época de la Revolución francesa, o un polvorín de la Segunda Guerra Mundial, pero la realidad era mucho más simple: un edificio construido en mil novecientos veintitrés para ser la morgue de toda la ciudad.
Ese era el destino de Stan y Tilda, que iban de camino a una cita con el forense que había realizado la autopsia del sacerdote asesinado.
Llevaban un rato en el taxi, y los dos guardaban silencio.
El silencio entre los dos era tan incómodo, que hasta el taxista los iba mirando por el retrovisor.
—¿Por qué no me has llamado en todo este tiempo? —preguntó Tilda.
Stan se giró hacia ella.
Tragó saliva y se pasó la mano por la barba, que ya era de dos días.
No supo qué contestar.
—¿Y? ¿Por qué?
—Tilda…
—No me vengas con ese tono paternalista. Habíamos quedado en algo.
—Lo sé, pero me he…
Ella esperó a que acabase la frase, pero no lo hizo.
—¿Entonces?
—No soporto viajar, Tilda. Es… bueno, era mejor así.
Ella gruñó, escéptica.
—¿No te gustó estar conmigo? Pensaba que te gustaba, que sentías algo por mí.
—Sí, sí, pero…
—¿Pero qué dices, Stan?
—No quiero ser un lastre para ti. Me gustas, sí, pero también quiero que seas feliz. Yo vivo en Madrid y no puedo viajar.
—Pero si yo te dije…
—Espera, déjame acabar —dijo y cortó a la periodista—.
Ahora estás en la cumbre de tu vida. Búscate un hombre que valga la pena, en Londres.
Con él podrás viajar y vivir feliz. Yo soy solo un maldito cascarrabias.
No me gusta moverme. Mírame. Estoy en París porque me han engañado, en la vida me habría subido a un maldito avión por voluntad propia.
La mirada de la mujer se iba ablandando. Empezó a desaparecer el enfado y apareció la ternura. Poco a poco fue saliendo a flote el verdadero sentimiento que tenía dentro.
—No quiero a otro hombre, Stan. Te quería a ti, y te dije que estaba dispuesta a ir a verte en Madrid.
Él bajó la mirada, sintiendo una fuerte presión en su interior por el arrepentimiento.
—Pensaba que era lo mejor para ti.
—Te he dejado mensajes por todos lados: en tu buzón de casa, incluso se los dejé a Minerva. Ya no sabía qué hacer.
—No era mi intención hacerte sufrir.
—Pues lo has conseguido.
Stan la miró con remordimiento, y a Tilda se le ocurrió algo.
—¿Qué te parece si…? —propuso, con un poco más de dulzura, pero entonces fue interrumpida por el taxista.
—Hemos llegado, señores. Llevamos ya un par de minutos parados aquí delante.
Los dos se giraron y vieron, delante de ellos, la puerta del Instituto de Medicina Legal.
Tilda bajó la mirada, cogió su cigarrillo electrónico y salió sin acabar la frase.
Stan pagó y salió también.
Tilda inhalaba su cigarrillo electrónico mientras contemplaba la fachada de la morgue.
Stan esperó a que el taxi se fuera y, cuando ya estaba fuera de su campo de visión, se acercó un poco más a Tilda.
—Tendremos tiempo para acabar esta conversación en los próximos días —le dijo—. Pero ahora será mejor que nos centremos en esto. ¿Te parece?
Ella asintió y le siguió al interior del edificio.
La entrada del instituto era una puerta azul y pesada, de hierro forjado con remaches en el perímetro. Al lado, unos portones grandes permitían que las furgonetas pudieran entrar con los cadáveres.
La puerta principal estaba abierta.
Al entrar, necesitaron unos instantes para que los ojos se acostumbrasen a la penumbra. El suelo era de mármol y el espacio grande. Una escalera llevaba a los pisos superiores y a su izquierda, un mostrador con un hombre joven detrás de un cristal. Este los recibió con una sonrisa.
— Bonjour —los saludó .
—Buenos días. Soy Estanislao Barrancos.
El chico asintió y buscó su nombre en una libreta llena de garabatos y nombres apuntados en bolígrafo azul.
— Oui, el inspector Lefèvre nos ha llamado para avisar de que vendría —dijo con amabilidad—. Bajen por la escalera, la doctora Claire Bousquet los está esperando.
Stan sonrió y le hizo un gesto a la periodista para que bajase con él por las escaleras, hasta el sótano. El pasillo era tremendamente largo; seguramente recorría todo el edificio de un lado al otro.
Stan no sabía bien adónde ir, el chico de la entrada solo le había indicado que debían bajar. Supuso que sería fácil encontrarla, o incluso, que la mujer los estaría esperando al final de las escaleras.
Caminaron en paralelo por el pasillo, hasta que se detuvieron delante una puerta con el nombre de la doctora.
—Es aquí —dijo Tilda.
Stan suspiró.
—Eso parece.
El silencio dominaba el pasillo; nada que ver con el ruido envolvente de aquella ciudad que vivía a toda velocidad.
Tocó la puerta con los nudillos, y al otro lado se escuchó una voz femenina.
—Adelante.
Stan y Tilda se miraron y entraron.
Ante ellos se abrió un espacio claro y luminoso.
La mujer estaba de pie a pocos metros y sujetaba una carpeta. Se quitó las gafas y los miró.
—Los estaba esperando.
Stan entró y dejó pasar a Tilda. Luego cerró la puerta. Dio un paso rápido y le tendió la mano, presentándose.
Ella se la estrechó con gran fuerza. Stan pensó que nunca le habían dado un apretón de manos tan intenso.
Arrugó el ceño, sorprendido. Pero aquella no era una médico cualquiera: era una forense, y su día a día incluía abrir y mover cuerpos humanos inertes y pesados.
Los hipnóticos ojos verdosos de esa mujer debían de haber visto de todo en su carrera.
—Encantada, inspector.
—Déjeme que le presente a la periodista Tilda Glass. Nos ayuda en la investigación.
En un primer momento la doctora asintió, casi sin prestarle atención. Se giró a dejar la carpeta, pero luego se volvió de nuevo, mirándola, con un movimiento poco disimulado.
—¡Ah! La periodista británica. Sí, recuerdo, The Britannia Post . Ya veo… —dijo con tono despectivo.
Stan sonrió, cansado. Lo último que necesitaba era que aquellas dos mujeres empezaran a pelearse.
—Venimos a ver el cadáver. Tenemos un poco de prisa, ¿sabe?
La mujer dejó la carpeta en una cajonera típica de los años noventa.
—Todo el mundo tiene prisa. El mundo entero tiene prisa por hacer, por ir, por ver, por vivir… Todos, menos los que están en estas neveras —dijo con tono de reproche.
Una vez cerrado el armario se giró hacia la periodista.
—Prométame que no saldré en sus artículos. De lo contrario, no les enseñaré nada —afirmó apuntándola con su dedo índice.
Tilda Glass esperó un segundo. Se tomó un instante antes de responder, y al final asintió. Solo venía a acompañar a Stan y ver si podía aportar algo a la investigación. No planeaba escribir nada sobre aquella forense.
—Bien, síganme.
Stan suspiró y miró a Tilda. Esta hizo una mueca con la boca y se tocó dos veces las sienes, como diciendo: «Esta mujer está loca». Stan negó con la cabeza, en un gesto lento. Se giró y siguió a la doctora.
—Permítame decirle que es un honor tenerlo aquí, inspector Barrancos. He seguido su investigación en la prensa y el trabajo que ha hecho me ha parecido admirable —dijo con una voz pausada, casi sensual.
La morgue se parecía a todas las otras que Stan había visto. Del techo bajaban grandes luces de forma circular y en la pared de la derecha, la opuesta a la del pasillo, se encontraban las puertas de las neveras.
La doctora era elegante, y Stan se fijó en su forma de moverse; en particular, en su trasero, que se contoneaba al caminar.
Hacía tiempo que Stan no se fijaba en esas cosas.
Quizá por falta de entrenamiento, quizá porque estaba fuera de mercado, o por las dos cosas a la vez.
A lo mejor, las mujeres parisinas caminaban así: con elegancia, porte y sensualidad.
Llevaba el pelo recogido en un moño, con aire profesional.
Se detuvo delante de la puerta de una nevera y al abrirla salió aire frío.
Cuando tuvo la camilla afuera, miró directamente a los ojos al inspector.
—Ojalá podamos coger conjuntamente a ese asesino, inspector Barrancos —dijo con tono apasionado.
Los dos se quedaron mirándose fijamente, hasta que Tilda tosió un par de veces y se despegaron. Stan bajó la mirada, y la médico abrió el plástico que cubría el cadáver.
Claire Bousquet se aclaró la voz y empezó con su análisis.
Tilda se alegró de haber acudido con Stan. Pensó que, de haber ido Stan solo, aquella mujer se le habría echado encima como una leona.