21
Minerva tenía dos personalidades.
Una casi se había perdido tras la muerte de su madre, pero estaba intentando despertarla de nuevo, poco a poco.
Esa parte de Minerva era la mujer, la amiga, la que tenía necesidades y aspiraciones, como todo el mundo.
Esa Minerva había caído en el alcoholismo y había pasado un año en un centro de rehabilitación, acumulando dedos de polvo.
Sin embargo, con el caso de Madrid había entrado de nuevo en su vida Stan, y también un guapo y amable cura italiano.
Gracias a ellos, la antigua Minerva se estaba desempolvando poco a poco.
Había vuelto a sonreír. Una sonrisa, al principio pequeña, volvió a aparecer en su bello rostro.
Igual que su pelo, muy corto y al estilo pixie , la sonrisa iba creciendo y dejando atrás ese impulso que hizo que se cortara el pelo ella misma, con unas tijeras de punta redonda.
Por otro lado, estaba la Minerva profesional.
Del mismo modo que un superhéroe se pone un traje, ella hacía algo parecido. Se ponía delineador de ojos, vestimenta negra y una expresión huraña. Cuando Minerva estaba trabajando, cambiaba por completo.
Atrás quedaban las risas del aeropuerto con Claudio y Stan, cuando se reían del engaño de meter al jefe en un avión, pensando que era un tren. Eso se lo había dejado fuera, a las puertas del Museo del Alcantarillado de París.
Minerva se había puesto en modo profesional. No había tiempo para risas, ni para nada que no fuera detener al asesino.
Otro asesino que parecía que no se iba a conformar con una sola muerte.
La misión de Minerva y Antoine era averiguar por qué Père Jacques Girard había sido la primera víctima.
Como dijo Sophie, no había nada en los registros de la policía que les diera pistas.
Lo único que podían hacer era arremangarse e investigar en el mundo real, donde todo tiene una explicación y siempre hay una pista si sabes verla.
La criminóloga sabía que todo asesino en serie, por muy pulcro que sea, siempre deja una mínima estela a su paso.
Antoine y Minerva entraron en un cuartucho de la DAS en busca de algunas cosas que necesitarían para la investigación. Una vez ahí dentro, Antoine le pasó un casco, y ella lo miró con perplejidad.
—¿Qué se supone que tengo que hacer con esto?
Él sonrió.
—Venir conmigo, en moto.
Ella arrugó el ceño y se lo devolvió.
—No pienso subir a una moto, menos con el tráfico de París, menos con usted.
Él sonrió y no cogió el casco que ella intentaba devolverle.
—Podríamos tutearnos, será más fácil.
—Olvídelo. Esto es un caso policial, no una cita.
Aquello pilló al inspector por sorpresa. Abrió la boca, estupefacto.
—¿Cómo?
—¿Qué se cree? ¿Que no he visto cómo se pavonea y cómo me mira?
¿Cree que, porque mi jefe nos ha puesto juntos en esta investigación, me podrá llevar a la cama como hace con todas las mujeres parisinas que babean detrás de usted?
—afirmó Minerva con ímpetu—. Como esa pobre chica, Sophie.
Seguro que le está tirando la caña desde que la conoció.
Antoine rio y bufó a la vez, en un intento de disimulo.
—Pero, ¿qué le hace pensar…? —dijo mientras miraba por la puerta entreabierta del cuartucho a los otros, que seguían en la oficina principal.
—Nada de motos. Cogeremos un taxi —afirmó Minerva, cortando al inspector francés.
Él la miró de nuevo y se puso serio.
Tragó saliva y se interpuso entre la salida y la mujer que intentaba marcharse.
—Escúcheme. Me da igual lo que piense. Si cogemos un taxi, tardaremos más de una hora y media en llegar a la parroquia. Con mi moto, tardaremos una media hora escasa —dijo y le devolvió el casco a Minerva—. Usted decide. ¿Quiere ir a investigar o de paseo por la ciudad?
Ella miró el casco y luego su cara.
Se tomó unos instantes para pensarlo.
El inspector tenía razón, pero ir en moto con ese casanova no le gustaba nada. Además, odiaba la idea de perder el control de la situación y convertirse en un paquete de moto por el tráfico de París. Le aterraba tener que confiar en otra persona para que la llevase.
—En París hay catorce millones de personas —insistió Antoine—. Esto no es Madrid.
Finalmente, Minerva suspiró y cogió el casco. Luego salieron del cuartucho y se marcharon.
—¿Tenemos que volver a pasar por el museo de las flatulencias? —preguntó de mala gana.
Él negó. Cogieron un ascensor en una habitación contigua y llegaron a un parking subterráneo. Aparecieron justo a la salida. Unas pocas motos estaban aparcadas, en batería, al lado de la caseta del guarda.
—¿En serio existe este paso? ¿No podríamos habernos ahorrado el tour por el vertedero subterráneo?
Él le guiñó un ojo y puso la llave en la moto.
—Protocolo. Cortesía de la Interpol —dijo y le indicó el asiento de atrás—. Suba.
La moto subió por una rampa y se metió de lleno en el tráfico del mediodía.
Minerva se agarró a las asas que sobresalían del asiento trasero. A pesar de que Antoine le indicó que se agarrara a su cintura, ella se negó. Prefería caerse antes que abrazarlo.
Pasaron el Sena y se metieron en una parte de la ciudad que era de todo menos turística. Todo lo que veía era nuevo a sus ojos.
Al abandonar el centro, primero aparecieron edificios bonitos, limpios y señoriales; luego empezaron los edificios populares y al final otros bastante degradados. Atravesaron anillos de clases sociales bien separadas por barrios, hasta llegar a su destino, el distrito veinte de París.
El lugar no transmitía deterioro, pero tampoco ostentación. Le pareció que era un barrio dormitorio de clase obrera, sin grafitis ni zonas visiblemente problemáticas. Nada que ver con ciertas zonas por las que acababan de pasar.
Minerva se alegró de que la parroquia de Père Jacques Girard no estuviera en un suburbio degradado. Tuvo la impresión de que eso les facilitaría la investigación.
Aparcaron justo al lado de la entrada de la iglesia.
Allí, la misa del domingo parecía haber terminado.
—Rue des Pyrénées. Pleno distrito veinte de París —dijo Antoine—. Église Saint Jean des Veilleurs.
Era una pequeña iglesia de barrio, de piedra oscura, encajada entre edificios de viviendas.
No era particularmente bonita, pero sí daba la impresión de ser bastante antigua.
Al mirar dentro, Minerva vio que tenía una sola nave, bancos gastados y un silencio que parecía más pesado de lo habitual en una iglesia.
El padre que solía celebrar misa allí en ese momento se encontraba tendido en una morgue.
—No hay nadie —dijo el inspector.
—Gracias, no me había dado cuenta —respondió ella sin ni siquiera mirarle.
Minerva salió y fue siguiendo unas voces de niños.
Contiguo a la estructura de la iglesia, había un pequeño edificio.
Era la casa parroquial. La puerta estaba cerrada, así que Minerva apretó el timbre.
Esperó un minuto y, al no recibir respuesta, bordeó la casita hasta encontrar un pequeño patio con niños y jóvenes, todos vestidos de boy scouts , que estaban jugando a un juego que no reconoció.
Buscó una puerta entre la valla metálica.
Cuando la encontró, ambos entraron en el patio.
Un monitor, vestido con camisa azul, jersey azul marino con cuello en “V” y un pañuelo rojo y blanco enrollado al cuello, se les acercó.
—¿Les puedo ayudar?
—Somos de la policía investigativa, venimos por…
El hombre les rogó, poniendo su índice en los labios, que no dijeran nada más. Bajó la mirada al suelo y les indicó que lo siguieran.
Ella se extrañó, aunque luego entendió que no quería hablar de todo eso cerca de los niños.
Entraron en la casa parroquial. El pasillo estaba decorado con pósteres de los boy scouts y dibujos infantiles.
Cerró la puerta y llamó a alguien a gritos.
—¡Marie! ¡Ven un momento!
Minerva quiso empezar a hacer preguntas, pero el hombre le pidió paciencia con un gesto.
Al poco apareció una mujer.
El monitor la señaló.
—Esta es Marie, la sacristana. —Se giró hacia la mujer—. Son de la policía, ya sabes. Si me permiten, no quiero dejar a mis chicos solos, pero Marie les ayudará.
Y sin volver a mirarles a los ojos, se marchó.
—¿Podemos hablar un momento con usted? —preguntó Minerva.
Marie asintió y les indicó que la siguieran con un movimiento ligero de la cabeza.
Entraron en un minúsculo comedor con una cocina anexa. La mujer se acercó a los fogones, bajó la llama que alimentaba una olla y se sentó.
—Siéntense, por favor.
—Preferimos quedarnos de pie, gracias —replicó Minerva—. Tenemos mucha prisa.
Antoine se colocó, de pie, al lado de Minerva.
—Verá —dijo Minerva, sin rodeos—. Sabemos que el sacerdote, Père Jacques Girard, cometió algún pecado. Queremos saber qué hizo exactamente. Nos ayudaría mucho para entender por qué murió.
La mirada de la mujer fue cambiando al escuchar sus palabras. Primero sorprendida, luego horrorizada. Finalmente, se echó a llorar, tapándose el rostro con las manos.