20
Claudio sintió una gran emoción; la misma que había sentido en Madrid mientras descifraba e interpretaba los oscuros mensajes del asesino, durante el caso anterior.
Sentirse útil para su iglesia era lo que más gozo le producía. Pero aparte de eso, había algo más. Algo que había ido creciendo poco a poco, desde aquel día en el aeropuerto de Madrid, cuando se despidió de Minerva.
Ahora Claudio acababa de descifrar el mensaje del asesino y Minerva lo estaba mirando muy atenta, con sus ojos grandes y oscuros.
Sentir su atención le provocaba una sensación extraña, que no sabía describir.
No sabía lo que era, y ni siquiera quería admitirlo, pero una cosa estaba clara: aquello era pecado.
Se estaba convirtiendo en un pecador.
La tentación y el diablo se transformaban en todo tipo de personas y situaciones. Eso era lo que siempre decía monseñor Bevilacqua: «El pecado camina entre nosotros».
Minerva era ese maldito pecado. Como un gusano que entraba en una manzana y la devoraba, poco a poco, pero cada vez más adentro.
Y eso no era lo peor. Lo peor era que aquella sensación estaba evolucionando hacia algo aún más despreciable: los celos.
Celos por ese alto, guapo y fornido inspector de la policía francesa.
Dios bendito, ese hombre era tan perfecto que hasta él se habría enamorado de él, de ser mujer.
—¿Claudio? —preguntó Stan—. Sigue. ¿Qué más ves ahí?
Claudio se esforzó por desechar todos esos pensamientos pecaminosos y se centró en su discurso.
Se aclaró la voz antes de seguir.
—El sexto mandamiento dice: «No cometerás actos impuros». Pero no habla solo del cuerpo… —Tomó aire—. También habla de los deseos del corazón. Porque la Iglesia enseña que el amor verdadero no es solo deseo, sino entrega, fidelidad y compromiso.
Al decir esas palabras, sintió de nuevo la mirada de Minerva sobre él. Parpadeó dos veces para centrarse y continuó.
—Por ejemplo, el adulterio no es únicamente una traición a la persona que tienes al lado.
Es la ruptura de una promesa hecha ante Dios.
Por eso, en el Evangelio, Cristo va más allá y nos advierte: «No basta con evitar el acto…
también el deseo desordenado puede alejarnos de la verdad» —dijo levantando la mano, como habría hecho don Severino en su púlpito, un domingo con la iglesia repleta de fieles—.
Porque cuando el amor se convierte en uso, en placer sin responsabilidad, deja de ser amor y se convierte en algo que destruye, primero por dentro… y después, todo lo demás.
Todos se quedaron en silencio al escucharlo.
Claudio sonrió.
—¿Se ha entendido?
—Sí, Claudio —afirmó Stan—. O sea, que nuestro santurrón Père Jacques Girard ha cometido adulterio.
—Es posible. Estaba casado con Dios y pudo haber cometido un acto impuro.
Por eso le han… —dijo mientras hacía un gesto con la mano para indicar la amputación genital—.
Dice Mateo 5:27-28: «Habéis oído eso de: “No cometerás adulterio”.
Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón».
Tras decir eso, Claudio guardó silencio.
Stan asintió.
—Está bien, Claudio —dijo Stan, que ya estaba cansado de tantas frases bíblicas—. Quiero que me hagas un favor.
Stan se acercó a la pizarra e indicó un punto del cadáver, sobre un fotograma de la escena del delito.
—Claudio, quiero que descifres lo antes posible este tatuaje. Como hiciste en Madrid —dijo.
Claudio se había acercado y miraba la imagen con atención.
—¿Crees que podrás?
Claudio asintió, aceptando la misión.
—Bien, ponte a trabajar en ello —confirmó Stan, dando una palmada—. Ahora quiero saber cómo ha llegado el asesino hasta ese maldito puente y cómo ha tirado el cuerpo por la barandilla.
—Sophie lo está averiguando —añadió Antoine.
—Bien, pues que siga con ello, necesitamos saberlo cuanto antes. —Después, Stan se giró hacia Minerva y la señaló—. ¿Qué opinas tú, Minerva? ¿Quién es el asesino?
Ella suspiró y se acercó a la pizarra.
—Sabemos poco. Solo con el primer asesinato, no es posible saberlo todavía.
Además, diría que este no es el lugar del homicidio.
No sabemos dónde han matado al sacerdote realmente.
En Madrid era más fácil, porque el lugar del asesinato era el mismo donde encontrábamos al cadáver.
Pero este asesino nos está despistando. Ha perfeccionado sus métodos.
Minerva se centró en la pizarra, de pie con las piernas separadas y los brazos en jarras.
—Aquí, el asesino capta a su víctima, lo mata y lo lleva a otro sitio para exponerlo. Y luego se va de rositas. Esto es tremendamente difícil de hacer sin ser descubierto.
Suspiró.
Los demás callaron. Stan sabía que, cuando la criminóloga entraba en ese estado casi catatónico, había que dejarla fluir para que conectara con las fotos, con el alma de la víctima y con la esencia del asesino.
—Tiene furia en su interior —siguió Minerva—. Me recuerda a Román Gascón. Son parecidos. Son de la misma especie, estoy segurísima. Lo juraría.
Stan tuvo que cortarla porque le surgió una pregunta que necesitaba respuesta.
—¿Por qué crees que se parecen?
Ella se tomó casi un minuto de silencio para responder.
—Los dos tienen algo que demostrar. Sienten disconformidad con la sociedad.
Son religiosos, muy religiosos. Los dos odian al prójimo pecador tanto como a ellos mismos.
¿Y si nuestra víctima actual es la misma persona que mató a Román?
A lo mejor, es alguien que en el pasado cometió adulterio.
Y Su Eminencia lo ha castigado para poner orden en la sociedad.
Quiere acabar con los adúlteros del mundo.
—¿Y dónde mejor que en la ciudad del amor? —dijo Sophie con ironía.
Se formó el silencio de nuevo.
Todos se giraron hacia Sophie.
La rubia fue repasando a cada uno de ellos. Todos la observaban.
Minerva la apuntó.
—¡Exacto! París es la ciudad del amor por antonomasia.
Sophie sonrió y miró a Antoine, buscando su complicidad y aprobación.
—¿Qué mejor lugar que la ciudad de las luces y del amor? Pero también el símbolo de la trasgresión, del sexo y de la infidelidad —dijo Minerva con admiración—. ¡Es genial! — afirmó y levantó los brazos—. Ahora, gracias a Sophie, sabemos por qué demonios estamos en París. Por el maldito amor.
—Muy bien —afirmó Stan—. Tenemos algo, pero quedan aún muchos agujeros en todo esto.
—Miró su reloj infantil, que marcaba casi las once—.
Se nos está pasando el día. Sabemos lo del mandamiento, por qué han elegido París y el pecado que ha cometido la víctima.
No está mal. Vamos a hacer lo siguiente: Minerva, Antoine y tú iréis a la parroquia del sacerdote e investigaréis cuál ha sido su posible pecado.
Necesitamos sacar todos sus trapos sucios.
No regreséis hasta saber qué ha hecho ese diablo para…
—dijo indicando la pizarra—, en fin. Tú, Claudio, quédate aquí para resolver el mensaje y averigua lo que puedas, ¿está claro?
—De acuerdo, Stan.
—Sophie, las cámaras. Necesitamos saber cómo consiguió llegar hasta el puente y montar ese estropicio.
—¿Y tú, jefe? —preguntó Minerva.
Stan se giró hacia la periodista.
—Tilda y yo iremos a ver al forense. Quiero ver el cadáver, a ver qué sacamos de ahí.
—Pero sería mejor que fuera yo contigo al forense —interrumpió Minerva.
Stan se acercó a ella y la cogió los brazos, como haría un padre.
—No, me interesa saber qué sientes cuando vayas a en esa parroquia. Seguro que el forense sabrá explicarnos todo lo que haga falta.
A Minerva no le gustaba que le dieran órdenes, pero aceptó. Luego se giró hacia Antoine, que le estaba sonriendo con los ojos.
—Minerva, una última pregunta —dijo Stan—. Según tu intuición, ¿cuándo crees que volverá a actuar de nuevo el asesino?
Minerva se lo pensó y buscó las palabras.
—¿Recuerdas lo que dijimos en Madrid? «La velocidad es la esencia de la guerra» —dijo mirando a Tilda.
La periodista sonrió.
—Sun Tzu.
Minerva asintió.
—Eso es.
—¿Entonces? —preguntó Stan sin entender.
—Creo que lo hará mucho antes de lo que imaginamos.