No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 19
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Antoine Lefèvre suspiró.

Sintió que aceptar ese acuerdo era como perder una guerra. Desde el momento en que su mano tocó la de Stan, supo que estaba perdiendo el control de la DAS de París.

Stan sonrió, satisfecho.

—Empecemos por la pizarra —dijo Stan—. Puedes girarla, Antoine.

Él le dio la vuelta a la pizarra, pero con mala cara.

Stan dio un paso hacia la pizarra y miró su reloj. El Flik-Flak marcaba las nueve y media de la mañana. Llevaban casi dos horas en París y aún no habían hecho nada útil.

—Bueno, Minerva… —dijo, pero fue interrumpido por Tilda.

—Stan, perdona, pero creo que sería mejor empezar por esto. Creo que es más importante.

Todos se giraron hacia la mujer.

Tilda pidió permiso a Sophie para ocupar un escritorio vacío y la mujer asintió con una sonrisa.

Apoyó el gran bolso de Prada y sacó su móvil.

Encendió la pantalla y lo dejó en la mesa. Todos se acercaron.

—¿Qué pasa, Tilda? —dijo preocupado Stan.

Ella suspiró y sacó su cigarrillo electrónico. Lo levantó en el aire, pidiendo permiso a Antoine.

Este miró a Stan, que asintió. Tilda enchufó el cigarrillo electrónico y empezó a explicarse.

—No sé quién ha sido, pero esta vez me han enviado un vídeo.

—¿Un vídeo? —dijeron al unísono Claudio y Minerva.

—Sí. Esta vez, no es solo un correo con fotos. También había un mensaje de texto con un vídeo.

—Veámoslo —dijo Stan.

—¿Eso quiere decir que podemos rastrear el número? —preguntó Claudio.

—No, lo envió por Telegram , desde un número anónimo. Usa los mismos cortafuegos que usa para los correos. No se puede rastrear.

Stan se acercó.

—Dale al play .

Ella dio una calada y puso el vídeo.

La imagen se iba acercando al puente. Poco a poco iba enfocando el cadáver mutilado, que colgaba como un péndulo. Luego la imagen fue subiendo, hasta mostrar la cabeza del cadáver y la frase pintada en el suelo: «6. No tocarás».

El vídeo se acabó y Tilda dio otra calada.

—Esto es todo. Luego, aparte, envió el correo electrónico.

—¡Maldito hijo de perra! Ahora no solo usa fotos, sino también vídeos. Se nos está poniendo vanidoso el asesino —dijo Stan.

—¿Puedo volver a verlo? —preguntó Minerva, y Tilda asintió.

Ella lo miró otra vez. Sus ojos, asombrados, iban analizando cada fotograma.

—Stan, ¿quién crees que puede haber enviado el email esta vez? —preguntó Tilda.

Stan se sentó en uno de los escritorios vacíos.

—Minerva y yo tenemos una teoría.

—Te escucho —indicó Tilda.

Antoine y Sophie se giraron hacia Stan, expectantes. Les sorprendía que esos forasteros, sin ver siquiera las pruebas iniciales, ya tuvieran teorías.

—Pensamos que ese que se hace llamar «Su Eminencia» sigue siendo el asesino intelectual. Él mueve los hilos de todo esto —dijo indicando la pizarra—. Y creemos que también fue él quien mató a Román Gascón en su lecho del hospital, y el que te envía esos correos.

Tilda no hizo ni una microexpresión pero, en su interior, se dijo que era una teoría válida. La más sensata hasta entonces.

—¡Ese hijo de perra ahora usa drones! —exclamó Minerva—. Mirad el ángulo: ha usado un dron de alta definición para grabar esto. No quería que nos perdiéramos ni un detalle de su jodida obra.

—Increíble —comentó Stan.

Minerva devolvió el iPhone de la periodista a la mesa.

—Tilda, hemos leído tu artículo. Pero, ¿cuáles fueron las palabras exactas que usó el asesino en su email ?

Ella suspiró. Sabía que Stan se lo preguntaría. Sacó del bolso su MacBook y lo abrió. Cuando lo tuvo en la pantalla, lo giró para que lo pudieran leer todos.

—Antoine, ¿puedes apuntar esto en la pizarra? —preguntó Stan, leyendo en voz alta.

«No tocarás | Víctima nº 1 | El infierno está entre nosotros».

Père Jacques Girard.

Consagró su cuerpo a Dios y lo entregó al deseo.

Predicó pureza desde el altar y se revolcó en la mentira.

Cuando el hombre traiciona el lecho, el voto o la promesa sagrada, el mandamiento muere. Yo solo enseño el camino.

—Menudo idiota —espetó el inspector francés.

Stan lo miró y le respondió serio.

—No esté tan seguro de eso, inspector Lefèvre. Este tío es un psicópata, pero no es tonto. Todo lo contrario. A nosotros casi nos mató en varias ocasiones. Dios no quiera que también usted termine en la lista de este asesino, como nos pasó a nosotros.

Antoine lo miró con las cejas enarcadas. Bajó la mirada, consciente de que en la última media hora había dicho una tontería tras otra.

En el tenso silencio de la DAS, Claudio se estrenó con una frase:

—«…Y Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron…» —recitó Claudio y todos le miraron—. No lo digo yo, es de la Biblia, versículo de Juan 20:29.

Nadie le hizo demasiado caso, y Claudio sintió un poco de vergüenza por haber llamado la atención.

Stan dio una palmada en el aire.

—Antoine, Sophie, ¿quién demonios es este cura al que han matado y por qué narices el asesino lo ha elegido justamente a él?

Los dos franceses se miraron.

—No lo sabemos. Puede que el cura de una parroquia aislada sea más fácil de atrapar y matar que un alto cargo.

Stan negó.

—No caigas en este error. Ya lo cometimos nosotros hace semanas en Madrid —advirtió con un tono parecido al de un sacerdote desde el púlpito—. Si nuestro asesino ha elegido a este hombre, es porque ha cometido un pecado, a su modo de ver. Me juego lo que quieras.

Antoine se encogió de hombros y resopló.

—En internet, y en nuestra base de datos, está completamente limpio. No tenemos nada contra él —dijo y siguió con más énfasis—. Creo que es un camino sin sentido, seguro que es simplemente un asesino que odia a los sacerdotes.

Stan quiso contestar, pero Claudio se le adelantó.

—¡Minerva, Stan, lo tengo!

Todos se giraron hacia él.

Minerva se acercó a Claudio, que tenía un folio entre sus manos.

—He estado apuntando todo lo que decía Su Eminencia en el email .

—No tenemos la certeza de que lo enviase Su Eminencia, Claudio.

—Da igual. Digamos que sí, para entendernos, ¿no? —afirmó y siguió—. «Consagró su cuerpo a Dios y lo entregó al deseo. Predicó pureza desde el altar y se revolcó en la mentira…». Y si lo ligamos a « 6. No tocarás », estamos de nuevo frente a uno de los mandamientos.

Claudio había conseguido acaparar la atención de todos los presentes.

Stan se le acercó rápidamente.

—¿Cuál de ellos, Claudio?

Él sonrió de satisfacción.

—El asesino hace referencia al sexto mandamiento: «No cometerás actos impuros». ¡Estoy seguro!

Minerva sonrió. Todo empezaba a encajar.

Le dio una palmada en el hombro.

—Bravo, cura, ¿y qué más ves?

—Soy seminarista, Minerva. Aún no soy cura.