No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 18
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Tilda sonrió a la empleada del museo al entrar.

—Bonjour . ¿Quiere visitar el museo?

La periodista no respondió. Miró a su alrededor y sacó un folleto plegado. Lo abrió y se lo pasó a la mujer.

Contenía cuatro palabras escritas a mano, de puño y letra del comisario de la policía de París.

La empleada del museo no lo entendió. Se giró hacia quien podía ser su jefe y le mostró el folleto, tapándolo con la mano ante miradas indiscretas.

El superior levantó las cejas y se acercó a Tilda.

—Un momento, señora, enseguida vienen a recibirla —respondió amablemente.

Apretó un botón y esperó respuesta.

A los pocos minutos, una mujer rubia y con un traje de exquisita costura se presentó a recibir a la periodista.

—Tilda Glass —dijo y le tendió la mano a la recién llegada.

—Sophie Benali —respondió la joven mientras se la estrechaba—. Sígame, por favor.

Pocos minutos después, Tilda entraba en la DAS de París.

Sonrió al ver al mismo equipo que había atrapado al asesino de Madrid.

Minerva fue directa a saludarla, y ambas mujeres se dieron un largo abrazo.

Luego se le acercó Claudio.

—Parece que hace una eternidad que no nos vemos —dijo Claudio.

—Solo unas semanas, mi querido cura.

— Seminarista , Tilda —añadió él sonriendo.

Al separarse de Claudio, su mirada cayó sobre Stan. Los dos se miraron, hipnotizados.

Ella dio un paso lentamente. Él no se movió.

—¿No piensas saludarme? —preguntó Tilda.

Él la miró de arriba a abajo.

Estaba espectacular, como siempre.

—Hola, Tilda —respondió.

—Vaya, pensaba que te alegrarías de verme.

—Verás…

Él se tocó la cabeza, el dolor estaba empezando a bajar de intensidad, pero aún le costaba pensar.

Minerva vio la escena y negó con la cabeza. «No se puede ser más patoso», pensó.

Mientras tanto, Antoine, que aún no se había presentado, se acercó a la pizarra y le dio la vuelta para ocultar todas las fotos.

—Quiero que me diga cómo ha llegado hasta aquí, y que después se largue —gritó indicando la puerta.

Stan se giró hacia Antoine. Le daba bien igual que él fuera el responsable allí dentro.

Ese policía ya le caía mal desde su primer comentario sobre Tilda.

Dio un paso hacia Lefèvre, dispuesto a encararse otra vez con él, pero luego se dio cuenta de la mirada asesina de Minerva.

Suspiró y se reprimió. Se cruzó de brazos y se apoyó en el escritorio de Sophie.

—Mira, chaval —le dijo a Antoine con voz ronca y resacosa—. Tienes una jodida encrucijada delante de ti, aunque tu instinto de superpolicía no te lo deje ver. Si no dejas que esta mujer ayude en la investigación, nosotros nos vamos.

El policía francés arrugó el ceño, dispuesto a replicar.

Stan lo interrumpió antes de que respondiese.

—No hay discusión. Si Tilda no se queda, Minerva, el cura y yo nos vamos, y te quedas tú solito con…

—Extendió los brazos para indicar las oficinas vacías—, con tu gran equipo.

Que te ayuden ellos a resolver el marrón más grande que te caerá encima.

Y me da igual si mañana me llaman desde la Interpol y me despiden.

Tú te habrás quedado aquí, con el culo al descubierto.

En la oficina se creó un silencio incómodo y tenso, y todos los ojos cayeron sobre el inspector francés.

Antoine repasó las miradas de todos, y se detuvo un instante más sobre los delineados ojos de Minerva.

Estaba sopesando el ultimátum.

Stan, cansado de esperar, caminó hacia el francés y le tendió la mano.

—¿Tenemos trato, o prefieres que nos vayamos?