17
—¡Maldita sea! —gritó Antoine con su acento francés—. Esa maldita inglesa ya ha publicado un artículo. ¿Cómo puede ser?
Su grito removió el ambiente como un huracán. Dio un puñetazo en la mesa que hizo temblar el teclado y el ratón de Sophie.
—Tranquilízate —le espetó ella.
—Esa jodida mujer nos va a arruinar la investigación —gritó otra vez— . Mon dieu!
Minerva lo observaba. En su interior, ya sospechaba lo que podía estar a punto de ocurrir.
—Tranquilízate, Antoine —dijo Sophie—. No podemos hacer nada. Esa mujer está en Londres. Ya lo discutimos antes. El arzobispo puede exigir lo que quiera, pero no se puede bloquear internet. Es imposible.
Los ojos del inspector francés, antes profundos y atractivos, se volvieron iracundos, a punto de soltar bolas de fuego.
—¡Esa puta periodista se va a lucrar con las muertes de nuestros ciudadanos! Y encima, nos va a dejar en ridículo.
Eso fue la gota que colmó el vaso para Stan, que dio un paso rápido hacia adelante.
El inspector Antoine Lefèvre se encontró contra un escritorio y con las manos de Stan que le cogían por las solapas de su chaqueta.
—Escúchame bien, inspectorcillo —ladró con voz ronca y profunda.
El francés le sacaba una cabeza y casi treinta kilos de músculo. Pero lo pilló desprevenido.
—Como vuelvas a hablar así de la periodista Tilda Glass, te voy a arrancar la cabeza con mis propias manos.
¿Me has entendido? Y me da igual que seas de nuestro equipo, que seas un policía o seas el protegido de algún jodidísimo político que te ha enchufado en nuestra división.
Te voy a arrancar tu francesa y elegante cabeza y te la voy a meter por el culo —espetó y concluyó con la voz aún más profunda—. ¿Me has entendido?
Minerva, antes de que el francés respondiera, se acercó y le sujetó las manos a su jefe.
—Stan, te ha entendido. Ahora suéltalo. Recuerda que estamos todos en el mismo barco —dijo con tono comprensivo—. Todos sentimos esa misma rabia antes de conocer a Tilda. Pero Antoine no lo decía con ánimo de ofender, ¿verdad?
Al decir esas palabras se giró hacia el francés y lo miró con una presión más fuerte que la que ejercía sobre las manos de su jefe. Sus ojos delineados en negro la volvían aún más intimidadora.
Minerva se dijo que esa investigación no empezaba bien.
—Antoine… —dijo Sophie con un hilo de voz.
—Está bien —dijo el inspector francés mientras se liberaba de Stan—. Le pido disculpas por mis palabras. Lo siento. Este caso nos ha caído de la nada y no sabemos por dónde empezar. Esto… —dijo indicando el artículo en la pantalla—, no nos lo esperábamos y no lo necesitábamos.
Minerva regresó a su silla y se sentó.
Stan no dejó de mirar al inspector. Cuando le pidió disculpas, Antoine solo movió una vez la cabeza de forma afirmativa.
La resaca seguía martilleando la cabeza de Stan. Ese whisky de garrafón de la fiesta del barrio le estaba perforando el cerebro.
—Sophie, ¿no tendría una aspirina o algo para el dolor de cabeza?
Ella sonrió. Sus blanquísimos dientes, que parecían aún más blancos por el carmín rojo, se iluminaron. Abrió su cajón y le sacó una caja de paracetamol.
—Esto es mejor —dijo y le dio una pastilla.
—Está perfecto, gracias —dijo Stan.
Ella asintió y cerró el cajón. Se levantó y fue a buscarle un vaso de agua.
—En fin… —dijo Antoine—. ¿Por dónde empezamos? ¿Qué os parece si…?
Stan se tragó la pastilla y dio una palmada en el aire, interrumpiéndolo.
—Quiero saber quién demonios es ese tío, Père Jacques Girard.
Quiero saber por qué demonios es la primera y jodida víctima.
¿Cómo lo han encontrado? ¿Dónde, por qué?
Antoine, mueve el culo. No podemos perder ni un minuto.
He venido desde Madrid para resolver este caso y coger al asesino cuanto antes, no para perder el tiempo con tonterías.
Lefèvre arrugó el ceño. Sintiéndose embestido por Stan, físicamente y moralmente, se dirigió hacia la pizarra y le dio la vuelta, dejando a la vista su investigación del caso.
Minerva fue la primera en acercarse.
Sus ojos empezaron a estudiar las fotos y los pocos textos que había. Los repasaba como un radar, en busca de datos útiles.
De pronto, se sintió viva de nuevo. Ese era su mundo, donde mejor se movía en la vida. La criminalista dentro de ella se empezó a empapar del caso. Un paso detrás estaba Claudio, que buscaba en la escena del crimen algo en lo que él pudiera ayudar.
—Necesito un café —pidió Minerva.
Sophie asintió y se levantó para ir a buscarlo. No había dado ni un paso, cuando una alarma extraña resonó en el despacho.
Sophie y Antoine se miraron.
Parecía una alarma de evacuación.
Stan se preocupó, igual que Claudio, pero Minerva ni la escuchó.
—¿Cómo…? —titubeó Sophie—. ¿Quién puede ser?
La ayudante regresó a su ordenador.
Abrió una aplicación. En pantalla, la entrada del Museo del Alcantarillado se abrió delante de ellos.
La imagen dejó furioso a Antoine, pero hizo sonreír a Stan.