16
El Mercedes se detuvo.
El trayecto desde el aeropuerto había sido rápido.
El chofer le indicó que habían llegado. Apagó el motor y esperó.
Mientras, un botones con frac y sombrero de copa se acercó. Abrió la puerta y la invitó a salir.
Tilda Glass se encontraba delante del hotel Four Seasons de París, también conocido como Hôtel George-V.
El botones recogió su equipaje y la siguió.
Sus tacones se escucharon por la recepción, donde una mujer con una sonrisa de oreja a oreja la atendió. En su cara no había ni una arruga, ni una señal del turno nocturno que seguramente estaba concluyendo.
Tilda le enseñó su pasaporte falso. Esta vez, había reservado bajo un nombre ficticio, para evitar aparecer en la lista de huéspedes. Era un mísero cortafuegos; sabía que el asesino podría haberla encontrado fácilmente si hubiera querido.
Otro botones la acompañó a la habitación: la 345.
Entró, se acercó a la ventana y quedó embelesada por la vista. El sol, recién salido, iluminaba la estancia.
Le alargó un billete al botones y este cerró la puerta. Tilda miró el reloj de su móvil. Tenía tiempo. Sacó sus cosas de la maleta y se duchó.
Eligió un traje de pantalón gris marengo y unos mocasines Boden, cómodos y adecuados para un día de investigación. Mucho más prácticos que los tacones de doce centímetros.
Desayunó en el hotel y luego pidió un taxi, con el que se dirigió a la comisaría de la policía.
Mientras miraba la ciudad por la ventanilla, no supo identificar el sentimiento que estaba brotando en su interior.
¿Miedo?
¿Ansiedad?
¿Curiosidad?
¿O simplemente ambición?
La periodista regresaba al ruedo después de tan solo unas pocas semanas. Pero la espada de Damocles pesaba de nuevo en su nuca. El asesino se había vuelto a comunicar con ella.
Sí, era bueno para su carrera. Sí, le gustaban el lujo y los viajes. Y sí, acababa de regresar a la cresta de la noticia.
Pero el coste era que ese maldito correo la arrastraba de nuevo al ojo del ciclón del asesino.
Llevaba tiempo pensando en Su Eminencia, aquel nombre extraño que le había dicho Minerva antes de marcharse.
¿Era Su Eminencia la clave de todo?
Había pensado en eso durante todos esos días de soledad.
Lejos de Madrid, lejos de Stan.
Sí, ella seguía pensando en él. Lo había invitado a Londres, pero él no había querido ir. Eso le dolió y enfrió su relación.
Se había propuesto quitárselo de la cabeza, aunque no lo había conseguido del todo.
—Ya hemos llegado —dijo el taxista en francés.
La comisaría de policía de París estaba justo delante del taxi.
Suspiró y pagó la carrera. Luego abrió la puerta y bajó.
Se quedó un instante delante del edificio, porque sabía que en el momento en que entrara ahí, todo volvería a empezar.
Después, con la maldita testarudez de una reportera de campo, fue directamente al despacho del mismísimo comisario de la policía de París, sin preguntar ni pedir permiso.
Al abrir la puerta, se encontró un despacho amplio, forrado de madera y con una gran mesa de nogal presidida por un crucifijo de plata.
Las dos personas que estaban delante del comisario se callaron y se giraron a mirarla.
—¿Quién es usted? —exclamó el comisario, separándose una pipa apagada de la boca.
Tilda pensó que ya no había vuelta atrás.
Lentamente, caminó hacia aquellas personas. Uno iba vestido de agente de policía. El otro, con más galones, debía de ser su superior.
Los tres observaron acercarse a aquella mujer alta, tremendamente elegante y con el cabello blanco. Era como un fantasma vestido de Prada. Quedaron embelesados por su presencia.
Cuando estuvo a un paso de los hombres, se detuvo.
—¿Y bien? —preguntó el comisario con un tono más cordial, entendiendo que Tilda no era una amenaza.
Ella se tomó un segundo más antes de responder.
—Soy Tilda Glass, periodista del The Britannia Post . He trabajado con Estanislao Barrancos y Minerva Cadalso en Madrid. Ya sabe, de la División de Asesinos en Serie… —dijo y dejó la frase en el aire. Como no contestaban, añadió—: La DAS.
El comisario miró a los dos policías un segundo. Estos no tenían ni idea de lo que estaba diciendo esa mujer. Pero luego, el agente la reconoció.
— Mon Dieu! Sí, es la periodista británica que hablaba con el asesino y publicó todas esas fotos. ¿Te acuerdas? —dijo a su jefe.
—Claro, Glass, la periodista —dijo el comisario.
El agente sacó el móvil.
—¿Nos podemos hacer un selfie ?
Ella lo miró horrorizada.
—¡Pierre! —gritó el comisario. El agente bajó enseguida el móvil y se puso firme—. Márchense, les llamaré más tarde.
Los dos policías se fueron, dejando al comisario a solas con la mujer.
Al cerrarse la puerta, él quiso excusar a su subordinado.
—Disculpe, él solo…
Ella no le dejó continuar.
—No importa. Solo necesito la dirección.
El comisario enarcó las cejas al ser interrumpido.
—Señora Glass, ¿de qué me está hablando?
Tilda dio un paso adelante y apoyó la punta del dedo índice en el escritorio del comisario.
—Quiero la dirección de la DAS de París —afirmó con los ojos muy abiertos.
No tenía ganas de perder tiempo.