No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 41
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Stan dio una calada más y miró al hombre que acababa de entrar. No lo conocía, pero se podía imaginar quién era.

Minerva, en cambio, sí lo reconoció. Le habría gustado lanzarlo a alguna mazmorra. Por desgracia, no podía.

Stan se acercó a Minerva, notando que ella sí lo había reconocido.

—¿Quién coño es? —le susurró.

—Es el arzobispo —respondió ella, también susurrando—. El que nos ocultó el pecado de la primera víctima, aunque lo sabía. Un pieza.

Stan asintió.

Mientras el arzobispo se acercaba, el inspector jefe pensó en la aversión de Minerva por los sacerdotes.

Viendo a ese fanfarrón y su actitud al entrar, la compartió con ella.

Solo con la frase que había dicho y la forma en que caminaba, a Stan le recordó a un típico matón hortera.

Un abusón de colegio. Solo tendría que quitarse la cruz de oro y las ropas de arzobispo.

Llegó hasta la mesa y puso los brazos en jarras.

—Antoine Lefèvre, quiero que me informe de qué está pasando —dictaminó.

El inspector de la DAS parisina se levantó. Al hacerlo, se dio cuenta de que detrás del hombre eclesiástico venía otro.

—Arzobispo Philippe de Valmont, comisario —saludó el que iba detrás.

El comisario devolvió el saludo con un ligero movimiento de cabeza.

—¿Qué ha pasado? —preguntó de nuevo el arzobispo.

—Verá… —titubeó Antoine.

Stan tiró la silla hacia atrás. El movimiento fue tan fuerte que la silla cayó y las miradas se concentraron en él.

Se acababa de encender otro cigarrillo. Se lo quitó de los labios y se acercó al hombre vestido de negro. Eran de la misma altura, aunque Stan era bastante más delgado. Imitando a Stan, todos se levantaron de la mesa.

—¿Y usted quién demonios es? —preguntó el religioso.

Stan soltó el humo en la cara del hombre. Este tosió y dio un paso hacia atrás.

—Señores, comportémonos —dijo Antoine.

El arzobispo siguió tosiendo, exagerando y teatralizando el suceso.

—Por favor, llevémonos bien —insistió Lefèvre—. Estamos todos en el mismo barco.

—En absoluto —espetó Minerva apuntando al religioso—. Yo no estoy en el mismo barco de ese maleducado.

—¿Quién es usted? —preguntó Stan al que había entrado detrás.

—Es el comisario de policía de París —explicó Antoine.

Stan asintió y el arzobispo se giró hacia él.

—No se atreva a echarme encima el humo otra vez, o si no… —lo amenazó.

Minerva se puso delante de Stan.

—¿O si no, qué?

—¡Señores, basta! —gritó el comisario—. Esto es una investigación policial, no un parvulario.

Minerva miró al comisario y pensó que el hombre era todo un personaje: boina, pipa y un abrigo gris de cuadros. Era tan pintoresco que parecía falso, casi un actor.

—Este hombre nos ha ocultado información y ha escondido a un criminal bajo su diócesis —dijo Minerva, apuntando al arzobispo—. Y encima viene aquí con reproches y aires de superioridad. Seguro que es igual o peor que el cura pedófilo ese, Père Jacques Girard.

La afirmación dejó a todos boquiabiertos.

—Esa es una acusación muy grave, señorita —afirmó el comisario—. Si fuera de mi equipo, la habría expulsado solo por eso.

Claudio se acercó al oír eso.

Tanto el comisario como el arzobispo se sorprendieron al verlo.

—Lo siento, pero la inspectora Minerva tiene razón.

El comisario lo miró con perplejidad. El arzobispo, con recelo.

—¿Y usted quién es?

—Soy Claudio Addante, el seminarista que descifró el mensaje del tatuaje.

No hubo que especificar nada más. Claudio era bien conocido por eso en toda la diócesis europea.

—La inspectora Cadalso tiene razón —insistió Claudio—. Si un sacerdote, o cualquier persona de fe, oculta un crimen de pederastia, es culpable también. Da igual si lo ha cometido él o no. Si encubre una violación, y peor aún, la violación de un menor, también es igual que culpable.

El rostro del arzobispo había tomado una coloración amoratada. Estaba vibrando de rabia y a punto de explotar.

Minerva se giró. En sus grandes ojos Claudio pudo ver que le estaba agradeciendo su intervención.

—¿Pero cómo se atreve este mocoso…? —gritó el arzobispo—. Ni siquiera es cura, y está acusando a un alto cargo de la Iglesia Católica.

El comisario fue a poner orden, pero Minerva se le adelantó.

—No es cura, pero es seminarista, y tiene razón. ¿Por qué nos lo ocultó? Y ahora viene aquí, exigiendo.

Era la primera ocasión en que Minerva lo llamaba seminarista.

—Tranquilicémonos —insistió el comisario.

—Deberían arrestarle —dijo Claudio, señalando al arzobispo.

Todos callaron de repente y lo miraron. La presión de tantos ojos sobre él fue como una losa sobre los hombros de Claudio.

Minerva y Stan salieron en su defensa.

—Tiene razón —dijo Stan.

—Sí, yo le arrestaría —añadió Minerva.

—Bueno, no hace falta que nos alteremos más, esto se nos está yendo de las manos, ¿no creéis? —dijo Antoine, intentando apaciguar los ánimos.

Pero entonces el comisario se giró hacia el arzobispo.

—¿Eso es verdad?

El arzobispo dio un paso hacia atrás.

—Comisario, tenemos que centrarnos en lo que realmente es importante. Hemos venido para controlar esto, no para… —dijo e indicó con la mano a Claudio—, no para dejarnos mangonear por estos extranjeros, que no saben nada de lo que ocurre en nuestra casa.

El comisario asintió.

—Es verdad, hoy hemos venido para otra cosa —dijo mirando a Minerva y a Stan—. Pero una cosa no quita la otra. Desde mi comisaría, abriremos una investigación para averiguar qué pasó y el presunto ocultamiento del abuso de menores.

—Pero… —dijo el arzobispo y el comisario, sin mirarlo, levantó una mano para que callara.

—Veníamos a hablar con vosotros y con Tilda Glass. ¿La señorita Glass es usted?

Detrás de todos, Tilda asomó la cabeza. La pregunta la pilló desprevenida.

—Sí. Soy yo.

El comisario se le acercó y se quitó la boina con respeto.

— Enchanté.

Ella sonrió por un instante.

El comisario suspiró. Miró de nuevo al arzobispo, que se encontraba detrás de él, a varios pasos.

—Veníamos a pedirle que no escribiera sobre este caso.

Ella parpadeó un par de veces y abrió la boca para decir algo, pero al final no se decidió.

—¿Ha vuelto a recibir un correo del asesino, verdad?

Tilda miró a Stan, y este se acercó a la periodista.

Ella levantó una ceja con una pregunta muda. Stan asintió.

—Sí, hemos recibido un email . Nos indicó que viniéramos a este lugar —confirmó Tilda—. Lo siento, pero voy a escribir mi artículo. Me temo que…

—No hace falta que te justifiques, Tilda —indicó Stan.

Tilda se calló de golpe.

—Comisario —dijo el arzobispo—. Tenemos que impedir que esto siga siendo un caso mediático, por el amor de Dios. Hemos venido para acallar esto. ¡Es un despropósito y una herejía!

El comisario lo escuchó sin girarse. Sopesó lo que había visto. Sabía que no podía hacer nada al respecto.

—Legalmente no puedo obligarla a nada —dijo el comisario—. La señorita Glass es una profesional libre y no podemos detenerla. Y en cuanto a la DAS, sus estatutos son claros: pueden actuar como crean oportuno. Así que yo no puedo hacer nada más, señor arzobispo.

El comisario, dicho esto, se tocó la punta de la boina, saludando a Tilda. Luego se dio la vuelta y se despidió del resto.

—Buenas noches, señores.

El arzobispo lo siguió con la mirada, con la boca abierta y sin entender del todo lo que estaba pasando.

Cuando estuvo a pocos pasos de la puerta, el comisario habló sin girarse.

—Por cierto, Monseñor, recibirá noticias de comisaría pronto. Muy pronto.

Dicho eso, desapareció por la puerta. Sus pasos se perdieron por la aterciopelada moqueta roja de la entrada, hasta desaparecer.

Minerva se acercó al arzobispo y le clavó el dedo en el pecho.

—Yo que tú, me iría, fanfarrón.