14
En un primer momento, Minerva no entendió por qué Lefèvre los había llevado hasta allí.
La placa de metal oxidado en la puerta indicaba un lugar público, que ya de buena mañana se encontraba lleno de turistas.
Un mostrador, también de metal oxidado con un cristal encima, delimitaba la zona de los empleados del museo.
«Un museo de alcantarillas», pensó Minerva. «¿A quién diablos se le ocurriría venir a ver algo así?».
Sin embargo, la cola de gente que quería visitar ese lugar era ingente.
Antoine, que abría paso, saludó a los empleados y les hizo un gesto con la cabeza. Al momento, un señor dejó lo que estaba haciendo para darle acceso.
Apretó un botón y desbloqueó una barra de acceso como las del metro. Antoine pasó primero y la sujetó para que pasara Stan, luego Claudio y por último, Minerva.
Ella sonrió un instante mientras pasaba por su lado. Sintió la mirada intensa de Antoine que la estudiaba, casi invasiva. No quiso mirarle directamente a los ojos, porque sabía lo que iba a suceder. Sus miradas se habrían cruzado otra vez, como un instante antes.
Sintió que aquello no era algo profesional. Había algo más; algo personal.
Minerva cruzó el torniquete y se detuvo a esperar que el inspector les indicara por dónde seguir.
—¿Esto es normal? —preguntó Stan pellizcándose la nariz.
—¿A qué se refiere, inspector? —preguntó Antoine.
—A este olor a huevos podridos y cloacas.
Antoine se rio.
—Por supuesto. Nos encontramos en las vísceras de una ciudad de catorce millones de habitantes.
Por aquí pasan millones y millones de litros al día.
Desechos de las letrinas, váteres, grifos y duchas.
Todo va directamente a una depuradora subterránea, y este es el punto neurálgico del París subterráneo.
Minerva arrugó la nariz. El olor a cloaca era por momentos más fuerte y se le colaba hasta el cerebro.
¿Cómo podían trabajar allí los de la DAS francesa?
Era verdad que, como ubicación, era tan discreta como los sótanos del Palacio Real. Oscura, sin ventanas, escondida. Pero la diferencia sustancial era que las instalaciones de Madrid olían a la maravillosa cafetera italiana de Fritz; a café recién hecho.
En cambio, allí, olía a vertedero.
¿Cómo podían soportarlo?
Bajaron una escalera de caracol y siguieron pocos metros por un pasillo que recordaba a un búnker antiatómico.
Sobre sus cabezas, unas grandes tuberías negras se perdían por el pasillo hasta perderse de vista al fondo.
Minerva no era la única a quien ese lugar le provocaba arcadas. Lo notó porque Claudio se levantaba el borde la sotana con las manos, como si temiera que se le ensuciara.
—Sé que esto no es una visita turística, pero aquí abajo se encuentra la historia entera del saneamiento de nuestra ciudad —comentó Antoine, señalando un pasillo donde aparecían fotos y carteles con textos y dibujos—. Desde la Edad Media hasta ahora. Es un museo muy interesante.
Dicho eso, les indicó que lo siguieran hacia otro lado.
Al dejar atrás ese pasillo más turístico, se encontraron con unos postes separadores con cinta retráctil.
El policía la quitó, los dejó pasar a todos y luego la volvió a cerrar.
Siguió indicando el camino hasta que llegaron a un carrito de golf eléctrico con unas banquetas para sentarse en la parte posterior.
Stan se sentó delante, al lado del policía; Minerva y Claudio se pusieron detrás.
Antoine arrancó y avanzaron por un largo túnel bajo París. Estaba muy oscuro y se iluminaba solo por pocos segundos al paso del carrito, cuando se encendían los detectores de movimiento.
Antoine conducía con seguridad; se notaba que sabía muy bien a dónde iba. La luz era demasiado corta como para ver más allá de un par de metros, y ese trasto corría como un demonio. Casi parecía que flotaban en la oscuridad.
—Tenemos que evitar que lleguen hasta aquí los curiosos, ya saben.
Stan, con la frente arrugada y agarrado al coche eléctrico, no dijo nada. Casi habría preferido subirse a un avión que a esa cosa.
De pronto, Antoine detuvo el vehículo.
Minerva se dio la vuelta y una puerta se les presentó delante.
El anfitrión pasó el brazo por el asiento de Stan y miró a Minerva.
—Fin del trayecto. Espero que les haya gustado el viaje y vuelvan a contratar nuestros servicios —exclamó, imitando la voz de un piloto de aerolínea.
Minerva no sonrió, aunque Antoine se detuvo un segundo de más para ver su reacción.
Claudio lo notó y su expresión cambió. Le costaba disimular lo poco que le gustaba ese tipo. Minerva lo notó. No hacía falta ser criminóloga para verlo.
Al bajar, se dio cuenta de que también habían dejado atrás ese maldito olor a cloaca. De pronto solo olía humedad y a moho, pero nada más. Eso era mucho más soportable.
Antoine abrió una puerta de hierro, tras la cual apareció una consola con teclas igual a la que tenían en la DAS de Madrid. Introdujo una combinación numérica, y luego apoyó su dedo en un lector de huellas.
La luz se volvió verde y la puerta se desbloqueó.
Al abrirse la puerta, se iluminó el pasillo.
Antoine entró sin más, y todos le siguieron. Minerva fue la última.
Lo primero que pensó fue que las oficinas de la DAS de París eran muy distintas de las de Madrid.
Para empezar, estaban mucho más iluminadas y olían a flores de lavanda.
Las mesas y la disposición eran parecidas, aunque el ambiente era más pequeño y sin columnas, con una estructura de hormigón mucho más moderna que los sótanos del Alcázar.
Pero no fue nada de eso lo que la dejó pasmada. En las paredes, la DAS de París tenía ventanas. ¿Cómo era posible, si estaban a unos cincuenta metros bajo el nivel de la calle?
Se acercó a mirarlas y entendió que eran ventanas de decoración. Simples pósteres de prados verdes, que daban calidez y engañaban a la mente.
—Os presento a Sophie, mi ayudante —dijo Antoine, llamando la atención de todos.
Los ojos de los visitantes recayeron en una mujer.
Era una chica joven, rubia y muy agraciada, pensó Minerva.
Llevaba un traje de cuadros y una falda estrecha, y unos tacones que la hacían aún más alta y esbelta.
Su elegancia parisina era lo opuesto a Minerva, que usaba ropa casi masculina, vestida de negro y con una chaqueta de cuero.
En París, hasta si se trabaja en un sótano, había que mantener una elegancia exquisita.
A Minerva no le gustó esa mujer.
Sophie sonrió, forzada. Levantó una mano, solo por un instante, y luego se giró hacia Antoine.
—Antoine, ¿lo has visto? —preguntó preocupadísima.
Él la miró.
Entre los dos se notaba una química extraña. Quizá fueran pareja, quizá lo habían sido alguna vez, o simplemente aún no había ocurrido, pero los ojos de Sophie centelleaban al verlo.
—El artículo.
—¿El artículo?
—Sí. Ese que nos temíamos. Se ha publicado hace unos instantes. Ven… —dijo la mujer y él la siguió.
La mujer abrió una ventana y apareció la página web del The Britannia Post.
Tilda Glass, puntual, había publicado el primer artículo sobre el crimen.