13
Europa se despertó estremecida.
El fantasma del asesino que mataba en nombre de Dios acababa de regresar.
Un monovolumen negro estaba entrando en París. Eran las ocho de la mañana y para llegar desde el aeropuerto Charles de Gaulle hasta el centro de París, se necesitaron unos cincuenta minutos.
A pesar del embotellamiento habitual para entrar en la capital francesa, el tramo se hizo corto y entretenido. El conductor era un hombre alto y negro, vestido de sacerdote. Les preguntó a los ocupantes si la calefacción era la correcta, si la música era de su agrado y si querían agua.
—Ha sido lo más tramposo y rastrero que me han hecho en la vida —gritó Stan desde el asiento justo detrás del copiloto.
Minerva no pudo aguantar una sonrisita.
—Ríe, ríe, que un día te la devolveré.
—¿Me he perdido algo? —preguntó Claudio desde el asiento junto a Minerva, en la tercera fila.
—¡Nada! —bramó Stan.
El jefe de la DAS ya estaba recuperado de su borrachera, pero en ese momento de la mañana empezaban a aparecer los efectos secundarios: una espantosa resaca. Su cabeza estaba a punto de estallar y no soportaba la luz.
—¿Te acuerdas de M.A., el del Equipo A ? —dijo Minerva a Claudio—. Pues Stan es igual. No soporta los aviones, así que hemos aprovechado que estaba borracho para traerlo aquí. ¡Creía que subía a un tren de alta velocidad!
Claudio esbozó una sonrisa comedida. Sentía mucho respeto por ese hombre. Sin embargo, a pesar de su respeto, había que admitir que la anécdota era graciosa.
Stan se giró hacia el cura.
—¿Qué te hace tanta gracia, seminarista?
Claudio bajó la mirada. El jefe de la DAS de Madrid nunca le había hablado así.
—Tranquilo, está cabreado y de mal humor —dijo Minerva—. Se le pasará.
Stan se giró y miró por la ventanilla.
—Necesitaría un pitillo. ¿Quién demonios iba a pensar que hoy domingo estaría aquí, con un caso nuevo? Malditos chiringuitos de feria, siempre te cuelan alcohol barato y de garrafón. Y luego… joder.
Claudio sonrió y miró por la ventanilla.
Por su lado, el Sena discurría junto a los muelles de París.
Más adelante, al acercarse a la zona del Quai d’Orsay, se quedó absorto, contemplando la ciudad.
Habían pasado junto a Notre-Dame y el Louvre.
Después aparecieron ante sus ojos el Jardin des Tuileries, el obelisco de la Place de la Concorde y, al fondo, el Grand Palais.
A esas horas de la mañana, por los arcenes que costeaban el río, había personas que hacían deporte, otras que caminaban al trabajo y otras montadas en bicicleta. El espectáculo era más bonito de lo que se había imaginado.
Los tres acudían a su primera cita en la capital, en un monovolumen enviado por el arzobispado de París. Se habían reunido al llegar al aeropuerto. La Interpol les había dado la siguiente dirección:
Quai d’Orsay 93, 75007 París, frente al Pont de l’Alma y junto a la orilla izquierda del Sena.
No había nada más.
Stan pensó que era una broma, pero Fritz le aseguró que era allí donde la Interpol los esperaba.
Cuando el monovolumen se detuvo, en un carril del bus, todos miraron por la ventanilla.
En ese lugar no había nada ni nadie. O eso era lo que parecía.
—¿A dónde narices nos han traído? —se quejó Stan, mirando al chófer—. ¿Estás seguro de que es aquí?
— Bien sûr, estoy seguro, este es el lugar… en teoría.
El vehículo se detuvo justo antes de un cruce. A un lado estaba el Pont de l’Alma y al otro, una calle secundaria. A la izquierda, antes del río, había una zona ajardinada con árboles, que no dejaba ver la orilla contraria.
—Aquí no hay nada —insistió Stan.
Claudio reclinó el asiento y abrió el portón. Salió; necesitaba caminar después de tanto rato sentado.
Minerva lo siguió.
—¿A dónde vais, es que no veis que aquí no hay nada? —dijo Stan otra vez.
El conductor señaló el GPS, que indicaba que el lugar era correcto.
—De acuerdo, como queráis —se resignó Stan—. Aprovecharé para fumarme un cigarrillo.
En cuanto tocó la acera, Stan sacó un Marlboro y lo encendió enseguida. Miró el reloj. Llevaba horas sin fumar. Las primeras tres caladas fueron casi seguidas.
Claudio y Minerva miraban a su alrededor, desorientados.
—¿Estanislao Barrancos? —dijo una voz clara y joven.
Los tres se giraron.
Por la acera, unos cincuenta metros detrás de ellos, un hombre se acercaba. Tenía la mano levantada y una sonrisa amable.
Se acercó rápido, a paso firme.
El hombre ni siquiera vio a los otros dos; fue directo a Stan y le tendió la mano, mirándole directamente a los ojos.
—Inspector Barrancos, ¿verdad? —preguntó con un marcado acento francés.
Stan le apretó la mano y soltó el humo de la calada.
—¿Quién es usted?
—Soy Antoine Lefèvre, el inspector jefe de la DAS de París.
Así que era su homónimo, pero en Francia.
—Caray, sí que es joven usted.
—Soy la segunda generación. Mi antecesor ya se jubiló.
Stan tragó saliva ruidosamente. Él aún se sentía joven; al menos, no estaba en edad de jubilarse.
—Mucho gusto —dijo y antes de dar otra calada, señaló a los otros dos—. Permítame que le presente a mis… —dijo y dejó la frase a medias, para buscar las palabras.
«Antoine, te presento a Judas», quiso decir, al recordar cómo Minerva lo había engañado y lo había metido en un avión. «Y este es el cerebrito de los símbolos religiosos», pensó al girarse hacia el seminarista.
Pero se comportó y no dijo nada de eso.
—Antoine, te presento a Minerva Cadalso, inspectora. Y este es Claudio Addante, seminarista, la persona que interpretó el código escrito con el alfabeto samaritano.
Antoine fue directo a la inspectora.
Los dos se miraron profundamente. El policía era un hombre de casi dos metros de altura, musculoso y con un rostro atractivo de líneas marcadas, tanto en la mandíbula prominente como en la forma de la nariz.
Minerva sintió que aquellos ojos oscuros la dejaban sin aliento.
Los dos se quedaron así un segundo más de lo normal.
Claudio dio un golpe de tos. Solo entonces el policía despegó su mirada de la mujer y se dignó a mirarle.
El seminarista le tendió la mano.
—Claudio Addante —dijo amablemente.
El policía le estrechó la mano, fuerte y decidido, pero no dedicó un solo instante más a Claudio.
Enseguida, Antoine se giró hacia Stan.
—Por favor, síganme, les mostraré la DAS de París —dijo señalando por dónde debían ir.
Claudio fue el último en seguirle. Ese hombre no le gustaba o, mejor dicho, siendo sincero consigo mismo, no le gustaba cómo había mirado a Minerva. Era consciente de que pensar eso era pecado, pero no pudo contener el ardor que había sentido en su pecho cuando esos dos se miraron.
—Entren, por favor…
—¿Museo del alcantarillado de París? —preguntó Stan, mientras leía una placa de hierro oxidado en la pared.
Antoine se acercó el índice a la boca.
—Shhh. Esto es secreto. Nadie sabe que estamos aquí.