No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 12
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Minerva estaba preparando la maleta.

Cogió un par de camisetas y jerséis y los dobló con extrema precisión. Luego hizo lo mismo con los pantalones y la ropa interior.

Mientras estaba doblando sus braguitas, Fritz se dio la vuelta. Apartó la mirada enseguida.

—Este es el plan, Fritz.

—Dime… —contestó Fritz, de espaldas.

—Le diremos a Stan que vamos a Atocha y que vamos a coger un tren de alta velocidad. Si está como una cuba, no se dará cuenta de si vamos en un avión o en un tren.

—Minerva, con todo respeto, eso es una gilipollez —respondió, volviéndose para mirarla de frente—. No se lo va a creer.

Ella se detuvo y lo miró también.

—¿Tienes una idea mejor, sabelotodo? —dijo señalándolo con una de sus braguitas color turquesa.

Al ver con qué lo señalaba, Fritz se giró de nuevo.

—No tengo ninguna mejor.

—Pues entonces es lo único que tenemos. Lo llevaré hasta allí y lo subiré a ese maldito avión, como que me llamo Minerva Cadalso —dijo, eufórica por haber encontrado una solución.

—No le dejarán subir.

—¿Por qué? —preguntó extrañada.

—Porque a los borrachos no los dejan embarcar.

Ella se quedó un instante pensando.

—Es verdad, pero esto es una emergencia de la Interpol.

—No colará, Minerva.

—Entonces, Stan tendrá que comportarse. Lo cogeré del brazo y lo obligaré a subir a ese maldito avión.

Minerva dejó las bragas en la mochila y se acercó a Fritz. Arrugó el ceño y, de pronto, su alegría se desvaneció. Su mirada se oscureció.

—Si hay un imitador, o alguien que está matando otra vez “en nombre de Dios”, de Su Eminencia o de la madre que lo parió, Stan y yo estaremos allí para pillarle —dijo mirando muy fijamente a Fritz—. Y no habrá ninguna azafata ni ningún capitán de línea aérea que nos lo impida. ¿Está claro?

Fritz no respondió; solo sonrió.

Minerva cerró la mochila y, antes de marcharse, fue un momento al lavabo. Se lavó la cara, quitándose el sueño de encima. Se pasó el delineador por el borde de los párpados y se miró un segundo en el espejo.

Esa era la Minerva que reconocía, con mirada enfadada y misteriosa. Ahora sí, estaba lista para afrontar lo que encontraría en París.

Bajaron a la calle rápidamente.

Stan no se había movido del asiento trasero. Su cabeza seguía apoyada en la puerta.

—No veas cómo ronca el jefe. Espero que la Interpol nos haya dado las habitaciones bien separadas, porque si no, no voy a pegar ojo.

Fritz arrancó y se fueron directos al aeropuerto de Barajas.

En cuanto el BMW se detuvo, Fritz cogió los billetes de avión que había comprado y se los entregó.

—Aquí los tienes.

Minerva los guardó en la mochila y se dirigió hacia la parte trasera del coche.

Despertó a Stan y este, en cuanto abrió los ojos, se alegró de verla.

—¿Minerva? ¿Qué demonios haces en la fiesta de mi barrio?

—Jefe, estamos en Atocha. Tenemos que irnos a París en tren. Hay un caso que parece relacionado con el de hace unas semanas —dijo como si nada—. Si la Interpol se entera de que has subido al tren borracho, te quitarán la placa. ¿Me entiendes?

Stan estiró la espalda. De pronto, su expresión se volvió seria.

—Interpol, asesinatos, París. ¿Por qué no me has dicho nada, Fritz?

Este puso los ojos en blanco.

—Eso da igual ahora, Stan —le dijo Minerva—. ¿Me has oído? Nada de hablar. Hablo yo, o te meterás en un lío.

El jefe asintió.

—Quédate pegado a mí, y todo irá bien —dijo ella y sacó unas gafas de sol—. Ponte esto, así pensarán que tienes problemas de vista, y no que estás como una cuba.

Fritz cerró la puerta de su coche con gesto escéptico.

Se despidieron y Minerva le prometió que cuando llegaran le escribiría.

Al entrar en el aeropuerto, Stan se extrañó. Hacía mucho tiempo que no entraba en Atocha, pero ese lugar difería mucho de sus recuerdos. Sin embargo, los efectos de la embriaguez jugaban a favor de Minerva. Stan estaba más concentrado en aparentar no estar ebrio que en fijarse en dónde estaba.

Pasado el detector de metales, cruzaron el duty free y llegaron a la puerta de embarque.

Llegaron los últimos, justo a tiempo para entrar, y después cerraron las puertas.

Cruzaron el túnel del embarque del aeropuerto y se sentaron en sus sitios.

Minerva, astutamente, le dio el puesto de la ventanilla.

Stan, no paraba de mirar a su alrededor, confundido.

—Duerme un rato, jefe. Todo irá bien —dijo Minerva y le guiñó un ojo—. Tienes suerte, podía habernos tocado ir a París en avión…

La palabra hizo saltar todas las alarmas de Stan.

Avión .

Se quitó las gafas de sol y se fijó mejor. Eso no parecía un tren. Eso era un avión.

—¡¿Avión?! —dijo con un grito ahogado y los ojos abiertos como platos.

La sorpresa en los ojos de Stan se transformó casi instantáneamente en furia.

Stan inspiró, a punto de gritar y levantarse.

Minerva le tapó la boca y lo agarró por un brazo, atravesándolo con ojos como espadas.

—No me fastidies, jefe. Ahora ya estamos sentados y a punto de despegar. No lo estropees todo.

Stan no emitió sonido alguno, pero por dentro estaba hirviendo como una olla a presión.

—¡Esta me la apunto, te la voy a hacer pagar! —espetó apretando los dientes y mirándola muy intensamente.

En sus ojos estaba el terror de despegar.

Minerva sonrió sarcásticamente, porque sintió que había ganado la partida.

—Hace unas semanas viniste a sacarme del centro de desintoxicación y me hiciste algo parecido. Así que, jefe, estamos empatados —dijo y le dio dos palmaditas en la mano—. Disfruta del vuelo, desayunaremos croissants de mantequilla y un café au lait bajo la torre Eiffel.

Dicho eso, cerró los ojos.

No volvió a abrirlos hasta el aterrizaje, aunque no pudo dormir. Estuvo todo el vuelo pensando en Su Eminencia.

La cicatriz que se le había quedado en la nuca era una señal de que todo eso era real y que, de pronto, volvería a reactivarse en su vida.

Trató de tranquilizarse, pensando que su miedo no tenía sentido. Román Gascón había muerto. Recordó sus ojos. Unos ojos de psicópata que la miraban con una rabia feroz. El pasado siempre regresaba. Le había sucedido varias veces a lo largo de su vida y, esta vez, ocurría en forma de caso.

Todo empezaba de nuevo. Pero esta vez, en Francia.

Mientras el avión tocaba tierra francesa, se le pasó un último pensamiento por la cabeza. ¿Estaría Claudio Addante también en este nuevo caso?