11
Monseñor Bevilacqua llamó dos veces a la puerta de Claudio Addante.
La primera vez fue comedido, pero a la segunda le dolieron los nudillos.
La puerta se abrió y apareció Claudio en pijama, con aspecto sorprendido al ver frente a sí al director del seminario.
—¡Monseñor! ¿Qué…?
El monseñor no esperó a que acabase la frase y se coló en su pequeño apartamento.
—Siento presentarme tan temprano, Claudio, pero Dios nos ha enviado una nueva misión.
Claudio cerró la puerta rápidamente, ya que del rellano entraba un frío intenso.
Se giró hacia su visita y este le miró los pies con aire inquisitivo.
Claudio llevaba puesto un pijama a rayas y calcetines de lana. Como hacía frío en el seminario, se había subido los calcetines por encima de los camales del pantalón, lo cual le daba un aspecto bastante ridículo.
Bevilacqua se quedó mirando su particular atuendo, y Claudio bajó la mirada.
—No me gusta que el pantalón se me suba y me destape cuando duermo… —dijo Claudio, preguntándose si había algo de pecaminoso en sus acciones.
Monseñor chasqueó la lengua y apartó la mirada.
—Claudio, tienes que prepararte.
Sonó casi como una condena.
El seminarista ladeó la cabeza.
—¿Qué ha pasado?
—Me temo que ha habido otro caso de…
No terminó la frase. Claudio, aún un poco dormido, no entendió.
—¿De qué?
Bevilacqua suspiró. Jugueteó con el anillo de oro que llevaba en el anular.
—Ya sabe.
—No entiendo, monseñor. Espere, ¿le puedo ofrecer algo, un café, un zumo… agua?
El otro lo miró con preocupación.
—Claudio, son las dos de la mañana. No quiero nada, gracias.
—Claro, claro.
—Me han llamado desde el Vaticano. Están preocupados —dijo y se aclaró la voz—. Bueno, mejor dicho, están muy preocupados. Tienes que ir a París.
Claudio arrugó el ceño.
—¡¿París?!
—Sí, tienes un avión a las cinco de la mañana desde Palermo. El Vaticano te quiere allí. Puede que sea una falsa alarma, pero me temo que no. Si no, no me habrían despertado en medio de la noche para que te lleve hasta allí.
Claudio pensó que eso parecía un déjà vu . Otra vez la misma situación de hacía unas semanas.
—¿Ha habido otro asesinato?
En un primer momento, el superior no respondió. Solo se le quedó mirando, creando un silencio incómodo en la sala.
Finalmente, después de pensárselo, monseñor asintió.
«Otro asesinato», pensó Claudio en silencio.
Sintió en su interior una mezcla de sensaciones encontradas. Por un lado, la profunda tristeza de que una persona más hubiera muerto.
Pero, por otro lado, se abría de nuevo una oportunidad de participar en una investigación, en una operación policial, en un true crime en directo. Se le hizo un nudo en la garganta del entusiasmo. No pudo disimularlo, aunque Bevilacqua lo interpretó de otra forma.
—Claudio… —le dijo con tono sorprendido y casi aliviado—.
Si para ti es demasiado duro volver a pasar por ese calvario, lo entiendo.
Puedo decir que no te sientes en grado de soportar otro mal trago como el que viviste en Madrid.
—Dicho eso, dio un paso adelante y lo tomó por los brazos—.
Si me dices que no puedes con este asunto, hablaré personalmente con el Vaticano.
Da igual el billete de avión. Lo que quiero es que tú estés bien y sigas el llamado de Nuestro Señor.
Soy consciente de que, cuando regreses, tendrás que estudiar el doble para ponerte al día con tus estudios.
De pronto, Claudio comprendió que Monseñor Bevilacqua no quería que fuera. Le daba miedo que dejara el camino del seminario. Era consciente de que cada interferencia podía llevarlo a un desvío a otro destino, y cada vez tenían menos seminaristas.
Pero Claudio, en su interior, deseaba fervientemente coger ese avión.
Decidió poner en práctica las mismas técnicas de psicología y persuasión que le explicaban en el seminario para tratar con los fieles.
—Lo entiendo, monseñor Bevilacqua. Pero, ¿qué pensaría Nuestro Señor de usted y de mí, si no respondiéramos a su llamada?
Imagine que Jesucristo le hubiera dicho al Padre: «Bueno, eso de ir a la Tierra está bien, pero pon en la cruz a otro hombre, que yo prefiero quedarme aquí, en el Cielo».
¿No habría obrado bien, verdad monseñor?
—dijo y justo cuando Bevilacqua iba a contestar, Claudio le interrumpió—.
¿Qué pasaría si Cristo Redentor no se hubiera dejado crucificar?
No entenderíamos la religión como la entendemos hoy, ¿verdad?
Las manos del superior soltaron los brazos del seminarista y Claudio aprovechó para seguir hablando.
—La llamada de Dios no se puede ignorar. Hay que hacer su voluntad. Si Nuestro Señor me quiere en París para ayudarle, allí estaré. Y cuando vuelva, estudiaré el doble, no se preocupe.
Bevilacqua quiso hablar, pero Claudio le volvió a interrumpir.
—Gracias, excelentísimo monseñor, sabía que lo entendería —dijo y se dio la vuelta—. Voy a por mis cosas.
Claudio desapareció de la estancia antes de que su superior pudiera decir nada más.
Cogió lo necesario para pasar unos días fuera y metió unos libros en la mochila.
Luego la cerró, se lavó los dientes, regó unas plantas que tenía en el piso y se marcharon.
Subieron al coche, conducido por un chófer, y recorrieron la autopista hacia Palermo. Mientras tanto, Claudio repasó la conversación. El monseñor estaba a su lado, callado, o seguramente dormido, pero Claudio no podía dejar de pensar en la nueva aventura que lo esperaba.
Se dijo que ayudar en la investigación era parte de la llamada de Dios. Si Él quería que estuviera allí, Claudio lo haría. Era verdad que le gustaban los true crime .
Pero también había un factor más. Un factor que no podía decir a nadie, que incluso se negaba a sí mismo a aceptar.
Tenía ganas de volver a ver Minerva.