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El inspector Lefèvre y el comisario se miraron al momento.
El arzobispo de París había reconocido a la víctima, lo cual era un gran paso para el avance de la investigación. Acababa de ahorrarles un tiempo inmenso en reconocer el cadáver, permisos del juez, huellas, fotos, etc.
De un plumazo, acababan de descubrir el nombre de la víctima: Père Jacques Girard.
Un sacerdote de una iglesia de barrio.
Algo le llamó la atención al inspector Lefèvre.
—Arzobispo, ¿cuántos curas y personal eclesiástico hay en París?
El religioso se había apartado un poco e intentaba contener las arcadas por lo que acababa de ver.
—No lo sé, ahora no tengo el dato, ¿es importante?
El inspector de la DAS se encogió de hombros.
—A ver, más o menos, ¿cuántos?
El arzobispo suspiró.
—Diría que en París existen alrededor de cien parroquias.
Los dos policías alzaron las cejas y el comisario silbó de sorpresa.
—¿Cien parroquias?
—Sí. Creo que, en total, debemos de ser unos dos mil, si contamos a todo el personal al servicio de Nuestro Señor.
El inspector se pasó la mano por la barba incipiente. Luego señaló el cadáver, que volvía a estar tapado por la lona.
—¿Y usted conoce a todas y cada una de esas dos mil personas?
El arzobispo no contestó enseguida. Juntó las manos, con el crucifijo de oro macizo en medio. Tuvo que pensarse la respuesta.
—No, pero hace poco estuve en su parroquia.
Era domingo, e hicimos la misa en su iglesia: la Église Saint-Sulpice, en la periferia del distrito veinte.
Cada día hay menos fieles, así que hace unos meses arrancamos el proyecto de ir haciendo misas con mi presencia.
Está funcionando, ¿sabe? —dijo con tono de satisfacción.
El inspector asintió.
—Está bien. ¿Y qué más sabe de Père Jacques Girard?
El arzobispo negó con la cabeza.
—No mucho.
—Hábleme de lo que sepa.
El hombre de fe negó lentamente y miró hacia abajo, pensativo.
Mientras hacía memoria, Antoine se acercó a él, solo un paso. Le había parecido que había algo raro, pero una vez más cerca, tuvo la confirmación.
El arzobispo estaba sudando.
Una gota le bajó por la frente y le fue recorriendo la mejilla.
La carpa, sobre el puente, estaría como máximo a diez grados, de modo que no podía estar sudando de calor.
No. Era una noche de principios de primavera y todavía hacía frío.
Por supuesto, cabía la posibilidad de que el monseñor fuera muy caluroso.
Pero Antoine sintió que había algo más. Estaba seguro de ello.
—Tenía unos cincuenta años, cincuenta y cinco a lo sumo —respondió el arzobispo—. No sabría ser más preciso.
—La edad es lo de menos —dijo Antoine y dio un paso más, hasta estar justo delante del arzobispo—.
Dígame una cosa, ¿por qué cree que esto está relacionado con lo de Madrid?
¿Por qué iba a resurgir aquí en París? —dijo mientras señalaba el cadáver, casi con enfado—.
Y, sobre todo, ¿por qué precisamente ese sacerdote? ¿Por qué Père Jacques Girard?
La mano del comisario no tardó en apoyarse en el hombro de Antoine.
—No hace falta ser tan contundente, Lefèvre.
El inspector, al escuchar ese comentario, interpretó que el comisario también había sabido ver detrás de la máscara de ese hombre de fe.
—No tengo ni idea de por qué lo eligieron a él —se excusó el monseñor—.
Sé tanto como ustedes. El padre Jacques Girard era un simple cura de una parroquia de barrio.
Un hombre sencillo, de orígenes sencillos.
Ayudaba a los pobres y, sobre todo, ¡creía en Dios!
—exclamó el hombre, mirando con intensidad al policía.
Los dos se miraron por unos instantes. El policía lo estaba analizando profundamente desde hacía rato. Sus dotes de perfilador estaban un poco oxidadas por falta de uso, pero lo que tenía enfrente era muy básico de interpretar.
En principio, la frase le pareció sincera. Seguramente, el padre Jacques Girard era un buen creyente, tal y como decía el arzobispo.
Pero notaba que algo que se le escapaba. Algo que trascendía la última frase del arzobispo de París.
El inspector dejó de mirar al hombre de fe y miró de nuevo el cadáver.
La conclusión que resonaba en su mente era clara: si esa muerte estaba relacionada con el caso de Madrid, ese hombre había cometido algún pecado grave a ojos del asesino.
¿Qué podía haber hecho para ser colgado por el cuello y privado de sus genitales?
—Está bien —dijo el inspector Lefèvre—. Déjeme su número de teléfono para contactarle si fuera necesario.
El arzobispo sacó una tarjeta de visita blanca, con las letras en oro y en relieve.
—Seguramente nos volveremos a ver —concluyó Antoine.
—Suena a amenaza.
—Si no nos ha ocultado nada, confíe en que no lo es.
El arzobispo se dirigió hacia la salida de la carpa, pero justo antes de salir, se dio la vuelta otra vez.
—Ese es mi número personal. Pueden llamarme a cualquier hora. Por favor, manténganme informado —dijo y del inspector no obtuvo gesto alguno—. Solo les pido una cosa: mantengan a los periodistas al margen de todo esto.
—Somos los más interesados en que esto no acabe en la primera página de un periódico, descuide —le aseguró el comisario.
El arzobispo asintió y se giró de nuevo.
—Monseñor Philippe de Valmont —lo detuvo el inspector—, si este es un nuevo caso relacionado con el de Madrid, The Britannia Post podría estar preparando un artículo ahora mismo.
La respuesta del arzobispo no fueron palabras, sino una expresión de preocupación e impotencia al comprender lo imparable de la situación.
Y esa fue la primera vez que Antoine vio la desesperación en el rostro del arzobispo de París.