No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 9
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Fritz consiguió meter a Stan en el coche y abrocharle el cinturón para llevarlo a su casa.

A Stan le sobraban un par de cervezas y unos cuantos combinados.

En esas condiciones, habría necesitado toda la noche para hacer su equipaje, de modo que Fritz entró solo en la casa del jefe. Buscó una maleta y metió dentro lo que consideró que podía necesitar para un par de días: ropa interior, un neceser, unas camisas y una americana de recambio.

Paró el BMW justo delante. A pesar de que solo cabía un coche por esa calle, no le importó bloquearla: la urgencia merecía una actuación rápida y contundente.

Fritz bajó del coche y se fue directo al timbre.

Lo pulsó varias veces y no obtuvo respuesta.

Otra vez la misma situación. Era sábado por la noche, y Minerva podía haber salido de copas. A fin de cuentas, era lo más normal en una mujer de veintitantos años.

—Maldición —susurró.

Mientras pensaba, miró la fachada del edificio de la inspectora. El viejo cartel de Antigüedades Cadalso seguía iluminado y dotaba de un color amarillento a la calle. A pesar de que el negocio familiar estaba cerrado desde hacía tiempo, ella seguía manteniéndolo iluminado.

Fritz pensó que podía estar dormida, o que posiblemente el timbre estuviera estropeado, así que abrió la puerta del BMW y tocó la bocina un par de veces.

—¡Minerva! —gritó a pleno pulmón.

En el edificio de enfrente se encendió una luz y se asomó una vecina. Se escucharon persianas bajando rápidamente en signo de protesta, y otras que subían para ver qué pasaba.

Él volvió a tocar la bocina.

—¡Minerva! —gritó, y la hizo sonar un par de veces más.

La ventana del edificio de enfrente se abrió y una señora se asomó gritando.

—¡Idos a tocar las pelotas a otro lado, maleducados!

—Señora, es una emergencia —respondió Fritz.

—¡Llamaré a la policía y se lo explicarás a ellos!

Fritz se giró y le dio otra vez a la bocina.

—Eso, llame a la policía.

Al no recibir respuesta, el informático forense ya pensaba en marcharse, cuando de repente la figura de Minerva apareció por la ventana, frotándose los ojos.

Miró hacia abajo y reconoció a Fritz.

—¿Qué demonios haces tú aquí?

El alemán dio un suspiro de alivio y cerró la puerta de su BMW. Se acercó y le pidió que lo dejara entrar.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Minerva cuando Fritz llegó arriba.

—Tienes que hacer la maleta. Te vas a París.

Ella ladeó la cabeza, aún bajo los efectos del sueño.

—¿Cómo dices?

—Ha llamado la Interpol. Han encontrado otro caso; una muerte en París. Parece que «Su Eminencia» está detrás de todo, otra vez.

Al escuchar las palabras «Su Eminencia», Minerva sintió una espantosa presión en la nuca, en el mismo lugar donde aún estaba cicatrizando la herida de la sierra de mano con la que Román Gascón había intentado decapitarla.

Se pasó una mano por la cicatriz y revivió el miedo por todo lo que había vivido poco antes.

Desde la noche en la que había sido secuestrada, se despertaba cada día con pesadillas y sudando.

Tenía miedo de que todo eso regresara a su vida, y de volver a ver la cara de ese psicópata.

Pero era consciente de que eso no era posible, porque Román Gascón había muerto.

Su Eminencia.

Dos palabras que le recordaban al día en que terminó atada y desnuda en la clínica de Román Gascón. La conversación telefónica que el asesino había mantenido delante de ella se repetía en su mente una y otra vez, cada vez que intentaba conciliar el sueño.

—Minerva, ¿estás bien?

Debería haber respondido que no, pero era demasiado orgullosa para admitirlo.

—Sí, claro. ¿Qué más sabes del caso nuevo?

—No se sabe nada más. Solo que os han llamado para ir a París.

Ella asintió.

—Esta misma noche —añadió Fritz.

Ella arrugó el ceño.

—¿Nos han llamado? ¿A mí y a quién más?

—A ti y a Stan.

Ella asintió otra vez.

—Ok, ¿y dónde está Stan?

—En el coche, pero hay un problema —dijo Fritz con tono preocupado.

Ella levantó las cejas.

—¿Qué pasa?

—Que está borracho.

Ella abrió los ojos de par en par.

—¿Borracho? ¿Cómo que borracho ?

Fritz le explicó cómo lo había encontrado y en qué estado se encontraba.

—Pero hay algo más…

—¿Más sorpresas, Fritz?

Él suspiró y reflexionó un segundo antes de soltarlo.

—Vuestro vuelo sale en un par de horas.

—¿Vuelo? —repitió ella y entonces se dio cuenta—. ¿Vamos en avión? ¡¿En avión!? ¿Cómo se te ocurre comprar un billete de avión para Stan? Sabes que tiene fobia a volar.

—Lo sé, pero la Interpol quiere que estéis mañana a primera hora en París para llevar el caso junto con las autoridades de la zona.

En tren de alta velocidad llegaríais por la tarde y en coche llegaríais por la noche —dijo mientras se encogía de hombros y se enroscaba los bigotes—.

Así que el avión era el único medio de transporte posible.

Minerva se pasó una mano por la cara. Se dio la vuelta y se sentó en una butaca de su salón.

Fritz miró el reloj. Ella se mordisqueó un dedo, pero de pronto se puso tiesa y dio una palmada en el reposabrazos. Se le había ocurrido algo.

—Llegamos tarde, Minerva. Necesitas hacer tu equipaje…

Ella no lo escuchó.

—Fritz…

—¿Sí?

—¿Cuánto de borracho?

Él resopló.

—Como una cuba.

Ella se levantó de golpe.

—Bien, entonces tengo un plan. Ven a mi dormitorio. Te lo explico mientras preparo la maleta.