No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 8
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Monseigneur Philippe de Valmont, arzobispo de París, vestía una sotana negra, impecable, ajustada al cuerpo y ribeteada con botones en rojo cardenalicio que recorrían el pecho en línea vertical.

Sobre los hombros llevaba una capa corta del mismo tono oscuro, también perfilada en rojo, que acentuaba su autoridad.

Alrededor del cuello destacaba una cruz de oro macizo, suspendida de una cadena gruesa, que reposaba sobre el pecho como símbolo visible de su rango. En la cabeza llevaba un solideo rojo, perfectamente centrado, que contrastaba con su cabello canoso.

La luz de los focos conectados al generador lo iluminó.

El inspector Antoine Lefèvre llegó al final del puente, donde estaban las escaleras que llevaban a la calle. El Mercedes, aún con las luces encendidas, estaba a pocos metros de la cinta policial. El religioso, que acababa de llegar allí, lo estaba mirando.

Sus miradas se encontraron de inmediato. Los ojos del arzobispo siguieron al inspector Lefèvre por los escalones.

—¿Es usted quien manda aquí? —dijo el hombre vestido de negro y con el crucifijo de oro.

Antoine no contestó hasta llegar al último escalón, tomándose todo el tiempo del mundo para demostrar que dominaba la situación. Se plantó delante, lo miró de arriba hasta abajo y solo entonces le contestó.

—¿Quién es usted?

Esa pregunta le resultó insultante al hombre de Dios. Abrió la boca e inspiró un segundo, cerrándola enseguida.

—¡Soy…! —respondió con tono enfadado.

Pero luego se detuvo. El arzobispo entendió que ese hombre con placa de policía que tenía delante podía no ser creyente. Era posible que no tuviera ni idea de quién era él.

Con una sola pregunta, le había hecho sentirse como una persona cualquiera, y no el máximo exponente de la iglesia en la capital francesa.

Se calmó un poco y se presentó.

—Soy Monseigneur Philippe de Valmont, arzobispo de París —dijo levantando el mentón—. Vengo en nombre… —dijo y se interrumpió de nuevo. Miró a su alrededor y siguió—. Necesito hablar con usted. En privado.

Antoine arqueó las cejas y accedió a dejarle pasar.

Mientras subían los escalones del puente, el inspector de la DAS de París se preguntó cómo podía ser que el máximo exponente de la iglesia católica ya estuviera allí.

—Espere —indicó tan pronto subieron los escalones, y viendo que el arzobispo se giraba hacia la carpa, lo detuvo—. ¡No puede entrar en la carpa! Está prohibido que nadie acceda a la escena del crimen. Solo le he dejado subir para poder hablar con más discreción.

El arzobispo no le miraba. Se quedó mirando la carpa, imaginando qué podría haber sucedido.

—¿Me escucha?

Se giró.

—¿Cómo se llama, hijo?

«Hijo», pensó el policía, molesto.

—Soy el inspector Lefèvre. No soy su hijo. Quiero saber cómo es que sabe de… eso.

El monseñor juntó las manos y suspiró. Sintió que había empezado con mal pie.

—Me han llamado de la Santa Sede, ¿sabe qué es eso?

—Claro, el Vaticano. ¿Pero cómo diablos saben allí que ha pasado esto?

El arzobispo no supo responder a eso.

Bajó la mirada y pensó por un instante.

—Mire, inspector, no lo sé. No tengo ni la más remota idea. Solo puedo decirle que hace media hora estaba durmiendo y me han llamado para que acudiera aquí. La iglesia no se puede permitir que esto vuelva a salir en todos los medios.

—¿Y qué pretende que haga yo al respecto?

El arzobispo suspiró y se acercó, bajando el tono de voz todo lo que pudo, a pesar de los generadores que seguían trabajando.

—Los dos sabemos qué pasó en Madrid. No podemos permitir que esto llegue a la prensa nacional.

—¿Y qué deberíamos hacer, según usted? —preguntó con sarcasmo.

—Tiene que mantener a los periodistas lejos, muy lejos. Por el amor de Dios, esto no puede ser difundido. No pueden dar ruedas de prensa, ni explicar ningún detalle de esta investigación, ni de esta muerte sacrílega.

Antoine llevaba mucho tiempo sin tener entre manos un caso tan importante, pero eso no significaba que estuviera oxidado en el tema de la gestión de un caso. Sabía y recordaba hasta dónde podía llegar y hasta dónde podía dejar meterse a los demás.

Sus investigaciones eran sus investigaciones.

—Señor arzobispo, le invito a marcharse.

La policía de París se encargará de esta investigación y, según veamos, informaremos a la prensa.

De todas maneras, el que tendrá la última palabra en esto será el juez que lleve el caso —dijo con severidad y luego alargó un brazo, indicando el final de las escaleras: el mismo lugar por donde habían venido.

El arzobispo ladeó la cabeza.

—No lo ha entendido.

—No, es usted quien no lo ha entendido. Tiene que marcharse. No quisiera llamar a mis compañeros para que lo saquen de la escena del asesinato.

—Espere, inspector —dijo, costándole pronunciar esas palabras—. Lo siento, puede que no me haya expresado bien. Solo quisiera saber qué han encontrado. ¿Está relacionado… con esto? —preguntó y enseñó el crucifijo de oro macizo que le colgaba del cuello.

Antoine dudó por unos instantes.

—No puedo hablar con usted. Lo siento.

—Pero soy el arzobispo, por el amor de Dios. Dígame una cosa, ¿hay signos eclesiásticos?

El inspector ladeó la cabeza.

—Por favor, váyase —dijo e indicó al policía que presidía la cinta policial que acudiera.

—Tienen que mantener al margen a los periodistas. ¿Lo entiende? —dijo mirándolos muy intensamente, casi con los ojos salidos—. ¡No puedo permitirlo!

El agente de policía acudió y le pidió que lo siguiera.

En un primer momento, el arzobispo, con un gesto irascible, se quitó de encima la mano del policía.

—Dígame algo, por favor —suplicó.

—Se lo digo otra vez: tiene que marcharse. De lo contrario, mañana los titulares de los periódicos serán con su foto en la portada, porque habrá sido arrestado —le espetó Antoine.

Los dos se quedaron mirándose por un par de segundos.

Antoine no tenía la menor intención de dejar pasar a ese hombre. No le importaba absolutamente nada que fuera el cargo más importante de la iglesia de París. Al fin y al cabo, era un ciudadano como los demás. Y allí, mandaba él. Sin contar con la repulsión que sentía por las figuras eclesiásticas.

—Nos volveremos a ver —amenazó el arzobispo al inspector, pero Antoine se quedó impasible.

Mientras el religioso bajaba las escaleras, el comisario se acercó a Antoine.

—¿Qué ha pasado? —preguntó con firmeza.

Antoine, con un ligero movimiento de barbilla, señaló al hombre que estaba bajando por las escaleras. A causa de su sobrepeso, monseñor Philippe de Valmont bajaba muy despacio.

—Le he dicho que la iglesia no tiene nada que decir en todo esto.

El comisario se quitó la pipa de la boca y se acercó a la oreja del inspector.

—Ya lo sé, me meto donde no me llaman, el caso es tuyo y de la DAS, pero escucha un consejo —susurró el comisario, en el mismo tono que usaría un padre—. Sería mejor que a esta gente los tuvieras de cara, no de culo. Si echas a este señor ahora, tendrás más problemas de los que te puedes imaginar.

Antoine buscó su mirada y frunció el ceño.

—Antes me ha dicho que esto tiene que estar en secreto de sumario y toda esa mierda. ¿Y ahora me viene con…?

El comisario bajó la mirada y jugueteó un segundo con su pipa mientras buscaba las palabras.

—Verás, en nuestro trabajo, es mejor tener amigos en las altas esferas, no enemigos. Creo que aún eres demasiado joven para entenderlo —dijo con mucho tacto—. Si me permites otro consejo…

La frase quedó en el aire, suspendida para que el inspector le diera pie a terminarla.

Antoine seguía con la mirada al monseñor, que estaba a punto de dar la vuelta a la cinta policial.

Antoine Lefèvre no era para nada tonto. En caso contrario no hubiera llegado a la DAS como responsable, tras la jubilación del anterior jefe de división.

—¿Cuál sería ese otro consejo? —le preguntó al comisario—. A ver…

—He escuchado toda la conversación. Estás a tiempo de rectificar.

Ese hombre no deja de ser un mandado, un hombre asustado como podemos ser tú y yo.

Es un hombre que se ha encontrado en medio del ojo del ciclón, como tú y como yo.

Un hombre de fe que quiere resolver esto, antes de que sea demasiado tarde.

Como tú… y como yo. Estás a tiempo. Te vendrá bien tener a la iglesia de París de tu parte.

—Pero… —insistió el inspector, ya con un tono más ablandado.

—Tú marcas las reglas. Tú marcas hasta dónde, si se lo explicas, él lo entenderá.

El arzobispo de París entró en el coche negro y lo arrancó.

—¡Por todos los santos! ¿Dónde está la marcha atrás en este coche? —gritó el monseñor, mirando el salpicadero y el volante.

Oyó unos golpecitos en el cristal cuando estaba buscando la marcha atrás. Vio al inspector y bajó la ventanilla.

—Estaba pensando que, si quiere venir un segundo, tampoco pasará nada. Creo… —dijo Antoine mientras miraba a su alrededor, incómodo.

Una ligera sonrisa se esbozó en el rostro del monseñor.

—Voy enseguida, déjeme apagar este trasto —respondió Philippe rápidamente, un poco más contento.

El comisario, el inspector de la DAS y el arzobispo entraron en la carpa.

Le explicaron rápidamente al arzobispo los detalles de cómo habían encontrado el cadáver: de cómo estaba colgado del puente, en posición de crucifixión. El monseñor no supo interpretar el rótulo de “ 6. No tocarás”, seguramente escrito con la sangre de la víctima.

Los de la científica ya habían cubierto el cadáver cuando llegaron.

Antoine se agachó hacia el cuerpo y antes de apartar la manta que cubría el cadáver, miró por última vez al arzobispo. Este asintió.

Antoine levantó la manta, destapando el cuerpo desde la cabeza hasta las rodillas.

La imagen del hombre mutilado provocó un temblor en el monseñor, y un terremoto en su fe.

El olor a óxido se difundió por la carpa.

¿Cómo podía haber gente capaz de tal abominación?

¿Cómo se justificaba que Dios permitiera cosas así?

Pero algo le llamó la atención al monseñor.

Pidió ayuda al inspector. Se agachó, poco a poco, para poder ver el rostro de ese hombre.

Cuando lo tuvo muy cerca, se tapó la boca. Ahogó un grito que se quedó en su interior, con un eco de desesperación.

—¿Está bien? —le preguntó el comisario.

—Ya le dijimos que no era un buen espectáculo —aseguró Antoine.

El silencio se apoderó de repente de la carpa, hasta que el hombre de fe dictaminó su sentencia.

—¡Por todos los santos! A este hombre lo conozco. Es el sacerdote de una parroquia de París.