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Madrid.
Fritz cogió las hojas impresas, las metió en una carpeta de plástico y se marchó.
Bajó de su domicilio y se fue directamente al garaje.
Allí, su BMW antiguo le esperaba. Subió, arrancó el coche y guardó la funda con los papeles impresos en la guantera, mientras esperaba a que el portón se abriera.
Cuando consideró que el coche ya pasaba, aceleró.
Salió a toda velocidad del aparcamiento, marcha atrás, a la calle residencial.
Engranó la primera y dejó una marca en el asfalto del acelerón.
Recorrió la calle de su urbanización. Era de noche y todo estaba en silencio.
El viejo BMW de la familia de Fritz era un sedán rojo metalizado de los años noventa: cuidado y reluciente, como recién salido de la fábrica de Múnich.
Una vez en la rotonda, bajo la M-40, se metió por la autovía y conectó el antirradar para no ser fotografiado.
Fritz tenía prisa, mucha prisa.
Tenía que conseguir localizarlos y llevarlos a su destino cuanto antes.
El reloj del salpicadero marcaba las dos y media. Tenía el tiempo justo para encontrar a Stan y a Minerva.
Empezó por Stan. Eso era lo más complicado, porque sin un maldito móvil encima, podía estar en cualquier lugar de la capital.
Después de haber recorrido unos kilómetros, salió de la arteria madrileña y se metió en un barrio dormitorio. Buscó la casa del jefe de la DAS y aparcó delante. Salió del BMW y fue directo a la puerta. Llamó al timbre y esperó respuesta.
Se enroscó los bigotes, esperando a descubrir si dentro de la casita adosada estaba Stan.
Apretó el botón varias veces y obtuvo el mismo resultado. Aparentemente, Stan no estaba en casa.
— Scheiße, ¿dónde te has metido, jefe? —dijo con su marcado acento alemán.
Esperó un rato más y dio otra vez al timbre.
En la casa contigua a la de Stan se encendió una luz. Luego se abrió una ventana y apareció una persona.
—¿Quiere hacer el favor de parar? Son las jodidas dos de la mañana. Estanislao no está, por Dios —gritó un vecino en pijama, en un tono rabioso.
Fritz se ruborizó por la respuesta.
—Lo siento, buen hombre, pero es una emergencia. Soy de su equipo, de la… —dijo y se detuvo. Iba a decir que era de la DAS, pero la división era secreta—, de la policía.
El vecino negó con la cabeza.
—¿Sabe qué hora es? —ladró indicando el reloj—. Estamos intentando dormir.
Fritz se acercó y juntando las manos le respondió.
—Lo lamento mucho, pero es urgente y lo estoy buscando, señor. Usted es su vecino, ¿no tiene idea de dónde puede estar?
El vecino se quedó un segundo en silencio y respondió de mala gana.
—Me lo encontré cuando salía. Me dijo que se iba a la carpa que han montado detrás del ayuntamiento. Hacían bingo y no sé qué bailes. Allí lo encontrará.
—Gracias.
—Ahora váyase y déjenos dormir.
Fritz sonrió, se subió a su BMW y se marchó. Metió en su navegador el ayuntamiento y se fue directamente allí.
En la zona no había ni un aparcamiento libre. Tras dar dos vueltas por la zona, desistió y fue directamente a la entrada. Lo dejó con los cuatro intermitentes puestos, justo delante del acceso a la carpa.
Mientras salía del coche, un chico con un peto de la organización se acercó y le indicó que no podía aparcar allí.
Fritz le explicó la urgencia y le enseñó la placa. Luego se coló en la carpa.
En un lado había largas mesas de madera con gente que miraba atentamente sus cartillas. Por un micrófono iban cantando números aleatorios. Del otro lado, en un espacio diáfano, estaban bailando con música caribeña.
En uno de los lados largos de la carpa estaba situada la barra.
Fritz tardó muy poco en encontrar a Stan. Estaba sentado en un taburete, hablando con un señor.
Se acercó rápidamente, pero sin llamar la atención.
—¿Sabes lo que quiere decir un ángel? —decía Stan al otro hombre—.
Un ángel. Era la mujer perfecta. Guapa de cara, esbelta, con carácter, con un puesto importante en un periódico internacional y sobre todo…
—dijo y dejó un segundo de silencio mientras acercaba su índice a la sien—.
Inteligente, muy inteligente. Y culta, muy culta.
Fritz apareció por el lado de su jefe y lo miró, esperando a que lo reconociera.
—Eso no existe, tío… una mujer así no existe, te lo digo yo. Te lo estás inventando porque vas borracho, amigo —respondió el otro.
Stan le dio en su pecho con el dedo índice.
—Sí existe, yo la he visto —respondió arrastrando las palabras.
—Stan, jefe, necesito hablar contigo
Este giró el rostro y enfocó al informático forense. Su visión, a pesar de estar totalmente fuera de contexto, no le sorprendió.
—Un momento, Fritz —respondió al compañero y se giró de nuevo al otro hombre—. Yo la he visto y la besé. Puedes estar convencido de ello, yo nunca miento.
El otro hombre dio una ligera palmada sobre la encimera de chapa de aluminio.
—¿Entonces qué haces aquí con un borracho como yo, y no con ese ángel que dices tú? —preguntó el otro hombre, también arrastrando las palabras.
—Porque soy un bellaco. Un necio. Porque no estoy a su altura, ¿y sabes por qué, principalmente? —preguntó y el otro hombre le indicó que respondiera—. Porque me aterra volar.
—Stan…
—Un momento, Fritz. Sí, no soporto subir a un maldito avión. Por eso estoy aquí, perdiendo el tiempo contigo, y no en su casa de Londres.
El otro hombre, al escuchar la palabra Londres , empezó a reír de forma incontrolable y casi se cayó hacia atrás.
—No me cree, Fritz. No sé cómo decirle que Tilda existe.
—Stan, lo siento, pero tenemos que marcharnos.
—Fritz, dile que Tilda Glass existe.
—Nos tenemos que marchar —insistió Fritz.
El otro hombre seguía riendo como un demente.
—Porque no tengo móvil, si no, te enseñaría una foto de ella —respondió Stan con enfado ante la incredulidad del otro hombre.
—Menudo mentiroso. He escuchado muchas patrañas en bares, pero que se inventen tanto, nunca… —afirmó y siguió riéndose.
Entonces Fritz se giró hacia el hombre y se lo quedó mirando por unos instantes. Sintió rabia por cómo estaba hablando a su jefe. Le habría cruzado la cara de un puñetazo. Pero eso le habría generado más problemas que otra cosa.
Entonces se le ocurrió algo que le dolería aún más.
Sacó el móvil y buscó una foto de Tilda Glass por internet. Cuando la tuvo en su pantalla, se la enseñó al hombre. Este, al verla, dejó de reír y se quedó boquiabierto.
—¿Contento? —preguntó con acento alemán.
Luego cogió a Stan por un brazo y lo ayudó a encaminarse hacia la salida.
—Fritz, ¿qué haces aquí? ¿A dónde vamos? Sé llegar perfectamente a casa, ¿a dónde vamos?
—Tenemos una emergencia, jefe. Tenemos que ir a su casa, coger una maleta con ropa y después ir a buscar a Minerva. La DAS tiene un problema.