No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 6
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Philippe de Valmont, arzobispo de París, abrió los ojos de repente.

El despertador no sonaba así, estaba seguro. Además, lo tenía en la mesilla, a su derecha, mientras que el ruido provenía de la izquierda.

Se incorporó, en mitad de la noche, y cogió el móvil.

Miró la pantalla; era un número largo, muy largo. Extranjero. Debido a la hora intempestiva, necesitó parpadear varias veces para enfocar bien de dónde narices provenía la llamada.

En la pantalla ponía Italia .

«¿Quién demonios es, a estas horas de la noche?», pensó, pero luego se fijó mejor y pasó de molesto a sorprendido.

Tras el prefijo internacional de Italia, que era +39, había un cero y un seis: le llamaban de Roma. Después de eso había un nueve y un ocho.

—¿Seiscientos noventa y ocho? —susurró extrañado.

Le estaban llamando desde el Vaticano. Alguien en la Santa Sede había decidido despertarlo en plena noche. ¿Qué podía estar pasando, tan importante, para que alguien tuviera que despertar al mismísimo arzobispo?

—Allô?

Las tres letras se quedaron en el aire. Tardó un instante en obtener respuesta del otro lado.

Mientras, se giró y encendió la luz de la mesilla.

La luz iluminó la estancia. Un crucifijo medieval de madera maciza, de valor incalculable, estaba colgado en la pared, por encima de su cabeza. Una foto del papa, colgada justo al otro lado de la cama, presidía la estancia. Sus ojos miraban al arzobispo, casi implacables.

—¿ Monseigneur Philippe de Valmont?

La voz del otro lado del móvil tenía un fuerte acento italiano. Hablaba con severidad y urgencia.

—Dígame, soy yo.

—Le llamo desde el Vaticano. Dio sia lodato.

— Sempre sia lodato —respondió santiguándose.

—Le llamo desde la secretaría del Santo Padre. El papa en persona me ha encomendado llamarle. Ha surgido un problema y necesitamos una intervención rápida por su parte.

El arzobispo de París tragó saliva, sin comprender aún de qué iba el asunto.

—Estoy a disposición de Nuestro Señor y de la Santa Sede.

—Gracias, hermano —dijo la voz, que no se había identificado aún—. No sé si usted está al corriente de los sucesos de Madrid… —dijo y dejó la conversación en el aire, para que el otro pudiera responder.

Monseigneur Philippe de Valmont se sentó en la cama, puso los pies en el suelo y buscó con ellos las zapatillas.

Por supuesto que estaba al corriente de los sucesos de Madrid. ¿Quién no lo estaba? Era lo más atroz que se había producido en relación con la Iglesia, al menos desde el intento de homicidio del Santo Padre, Juan Pablo II.

Pero aun así, quiso confirmarlo. A fin de cuentas, no sabía con quién estaba hablando. Solo sabía que le llamaba desde el Vaticano.

—¿Se refiere a los asesinatos relacionados con el Asesino del Quinto Mandamiento?

La prensa los había bautizado así.

Román Gascón había muerto, pero su legado había quedado intacto y a pocas semanas de su muerte, todo seguía en un inquietante silencio.

No obstante, se habían escrito ríos de tinta sobre ese personaje. Las televisiones realizaron programas especiales sobre el médico asesino y los medios continuaban interrogando a especialistas para intentar entenderlo todo.

—Sí, hermano. Me temo que la cuestión no está cerrada. Acaba de cometerse un asesinato que parece estar relacionado.

Philippe de Valmont contuvo la respiración. Se acercó una mano a la boca y sus ojos se abrieron de par en par.

¿Quién estaba continuando con esas atrocidades?

¿Y por qué, precisamente, en su ciudad?

—¿Puede dirigirse al lugar de los hechos? —dijo la voz.

El monseñor parpadeó dos veces.

—Claro, claro, mañana por la mañana iré, será lo primero que haga.

—No me ha entendido —respondió rápidamente el misterioso interlocutor—. Tiene que dirigirse allí ahora mismo. No mañana, ahora . Monseigneur , su intervención tiene que ser rápida y contundente.

En la mente del arzobispo resonó solo una palabra: contundente.

¿Contundente?

—Lo siento, pero no le entiendo.

Del otro lado del teléfono escuchó al interlocutor chasquear la lengua.

—Usted sabe la crisis que nuestra religión católica está atravesando.

No podemos permitir que esta historia acabe otra vez en las primeras páginas de los periódicos de medio mundo —dijo y su voz cambió, casi gritándole—.

¡Por todos los Santos! Tiene que ir ahora mismo y hablar con la policía.

Este suceso no puede trascender. Tiene que ocultarlo.

Este asesinato no existe. Use toda la influencia que tiene en París, maldita sea. ¿Es que se lo tengo que explicar todo?

Se hizo un silencio inesperado.

El arzobispo de París tenía la frente arrugada y se dio cuenta de que estaba estrujando el móvil.

—Cuente conmigo, hermano —respondió con mal humor—. Cuente conmigo.

—Le pido que me disculpe. Desde Roma, pensábamos que este tema ya estaba resuelto, pero ya ve que no.

—No se preocupe, hermano. Iré a comprobarlo y verá que es una falsa alarma. En el caso de que no lo fuera, no se preocupe, me encargaré de hacer todo lo que esté en mis manos para que esto no salga a la prensa.

El hombre del Vaticano tragó saliva y dio más instrucciones, ya con un tono más calmado.

—Asegúrese personalmente y, por favor, cuando lo tenga controlado, infórmeme personalmente a este número.

—Claro, cuente con ello. Indíqueme el lugar y me dirigiré de inmediato.

—Le acabo de enviar a su móvil una dirección. Permítame una última precisión: es importante que hable con el juez al que asignen el caso para que dictamine secreto de sumario. Insístale tanto como haga falta.

—Disculpe, hermano, ¿con quién tengo el placer de hablar? —preguntó el arzobispo.

Nadie respondió. Ya habían colgado.

Todo tipo de pensamientos se le cruzaron por la cabeza en los instantes posteriores. No le dio tiempo a ordenarlos; tenía que marcharse y ejecutar la voluntad de la Santa Sede.

Comprobó la ubicación. Estaba cerca, a menos de un kilómetro. Hubiera tardado menos caminando, pero su estado físico no le permitía muchas caminatas, así que decidió acudir en coche.

Se vistió rápidamente y bajó a las plantas inferiores de su residencia.

El chófer no estaba. A esa hora debía de estar en su casa, descansando.

Cogió las llaves del Mercedes y se aventuró a sacarlo solo del garaje.

Mientras conducía, le iba dando vueltas a la conversación telefónica. Esa situación le parecía surrealista. Llegó a pensar que el hombre del Vaticano quizá se equivocaba. Podía ser solo una coincidencia. Tenía que averiguarlo y descartar que fuera el mismo asesino, con el mismo modus operandi.

A los pocos minutos estaba en el Pont des Arts de París.

Frenó demasiado fuerte, creando un estruendo que llamó la atención de los presentes. El agente que vigilaba la cinta policial levantó la mano, impidiéndole el paso.

—Tengo que pasar. Soy el arzobispo de París.

El agente se negó.

—Es importante. ¡Quiero hablar con su superior! Llame a un oficial, o a un superior suyo, o como diantre se llame.

Antes de que el policía tuviera tiempo de llamar por la radio, un hombre alto y corpulento bajó por las escaleras.

—¿Qué ocurre aquí? —dijo el hombre mientras miraba al arzobispo.