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El vídeo lo mostraba todo claramente.
Tilda contuvo un grito de estremecimiento. Aunque había visto muchas barbaridades como esa, era imposible acostumbrarse.
La imagen mostraba a un hombre mutilado, colgando de la barandilla de un puente. La sangre goteaba desde su pelvis, a la que le faltaban los genitales.
Esa fórmula le recordó de inmediato al asesino de “No matarás”. Del mismo modo que Román Gascón pintaba en el techo la frase “No Matarás”, aquí había otra alusión a uno de los mandamientos.
Miró enseguida su correo electrónico, pero no encontró nada. Aún no había llegado ningún email .
Se asustó.
Necesitaba hablar con Nigel.
Miró la hora. Eran casi las dos, pero con un poco de suerte aún estaría en la redacción.
Intentó disimular su estado de ánimo. Salió de la fiesta sin despedirse, sin decir nada a nadie, con la misma indiferencia que había bebido su cóctel junto a la ventana.
Bajó por los rapidísimos ascensores y buscó el primer taxi.
Un black cab salió de la parada de taxis delante del rascacielos. Siempre había alguno disponible frente a The Shard , fuera la hora que fuera.
Después de indicar la dirección, Tilda Glass le pasó un billete de cincuenta libras esterlinas al conductor.
—Rápido, por favor.
El hombre, ataviado con turbante, cogió el billete, lo miró por un instante y se lo guardó. Cogió firmemente el volante y apretó hasta el fondo el pedal del acelerador.
Normalmente habrían tardado unos ocho minutos en llegar a la sede del The Britannia Post. De noche, con poco tráfico, se podían reducir considerablemente.
Tilda dejó el móvil en el bolso, sintiendo como si le quemara. ¿Aquel asesinato habría sido obra del asesino subliminal, otra vez? ¿Volvería a recibir una vez más esos email s con asesinatos brutales y propaganda ideológica?
Solo de pensarlo se sintió enferma.
Dejaron Saint Thomas Street para coger Southwark Street, una avenida que cruzaba el barrio homónimo hasta Gabriel’s Wharf, donde se encontraba el edificio del periódico.
El taxi serpenteó por las últimas calles y finalmente aparcó delante del edificio de ladrillos rojos. Tilda pagó rápidamente y bajó del coche.
Entró por la puerta principal y el guardia le dejó pasar sin problema.
Tomó el ascensor hasta el segundo piso, donde estaban la redacción y el despacho del director.
El espacio abierto, lleno de recovecos convertidos en zonas de trabajo para los periodistas redactores, estaba en plena producción. Los teclados humeaban y todos se centraban en las pantallas, analizando el artículo que estaban escribiendo.
Tilda cruzó el espacio por el pasillo central.
Sus tacones retumbaban por las paredes y el techo. La marcha impetuosa e imparable de la mujer captó la atención de todos los periodistas a su paso.
De repente, cuando ya estaba a punto de entrar en el despacho del director, se dio cuenta de que los rápidos dedos de los periodistas se habían detenido y sintió en su cogote todas las miradas de la sala.
Seguramente, la imagen resultaba preocupante: la periodista más famosa de Europa por unos días acababa de entrar a toda prisa un sábado por la noche.
Abrió la puerta.
Nigel Bexley estaba mirando la pantalla de su ordenador, con sus gafas pequeñas apoyadas en la nariz.
Tilda cerró la puerta, jadeando por las prisas y por el terror de las imágenes que acababa de ver.
—¿Qué diablos te pasa, Tilda?
Ella no respondió. No consiguió pronunciar ni una palabra.
Tras casi cuarenta años de trabajo juntos, él la conocía muy bien. No necesitó que dijera nada. Solo con ver el espanto impreso en su rostro, lo entendió todo.
—¿En serio? —preguntó preocupado—. ¿Otra vez?
Ella suspiró, tomó aire y asintió.
Sacó el móvil y se acercó. Buscó el vídeo y le giró la pantalla. Él lo cogió para verlo mejor.
Tilda se acercó al carro de licores del lujoso despacho de Nigel y se sirvió un generoso vaso de whisky.
Luego se sentó. Dio un sorbo y esperó a que el director viera el vídeo hasta el final.
Una vez terminado, Nigel levantó la mirada, se quitó las gafas y le devolvió el móvil.
—¿Qué dice el email ? —preguntó sin rodeos.
—No lo sé. Aún no lo he visto.
Él abrió los ojos, asombrado.
—¡¿Cómo?! —Ella, imperturbable, no dijo nada—. ¿Y a qué esperas?
Tampoco supo responder a eso.
Al no recibir respuesta, Nigel extendió la mano hacia su iPhone .
—¿Puedo?
Tilda le hizo un gesto con la mano, dándole permiso para buscar lo que quisiera.
Nigel tardó pocos segundos en encontrarlo. Se bajó las gafas y leyó en voz alta el asunto:
—No tocarás, Víctima número uno, El infierno está entre nosotros.
Dicho eso, antes de seguir, levantó la mirada hacia Tilda.
Ella dio otro trago de whisky.
—Sigo… —anticipó y continuó con el texto completo.
Père Jacques Girard.
Consagró su cuerpo a Dios y lo entregó al deseo.
Predicó pureza desde el altar y se revolcó en la mentira.
Cuando el hombre traiciona el lecho, el voto o la promesa sagrada, el mandamiento muere. Yo solo enseño el camino.
Al acabar de leerlo, apoyó sobre la mesa el móvil de la periodista, dejó las gafas a un lado y se acomodó en el respaldo.
—¿Qué opinas?
—Que el infierno ha vuelto para mí.
Él alzó una ceja y apoyó los codos en los reposabrazos, con las yemas de los dedos tocándose.
—¿A qué te refieres?
La pregunta le pareció ingenua, pero era verdad que a su jefe le gustaba que ella fuera explícita y sincera.
—Que esto es un maldito calvario. No sé qué pasa ahora, pero creo que ha vuelto. En otra ciudad, con nuevas víctimas. ¡Maldita sea! El asesino está muerto. A Román Gascón lo mataron.
El director asintió.
—Me temo que el mismo que mató a Gascón ha vuelto para continuar la obra.
Ella dio el último trago a su whisky.
—Necesito más —dijo ella y se levantó.
—No, espera. Necesito que redactes un artículo, y cagando leches, para la edición de mañana domingo. Y te necesito sobria… —dijo y se lo pensó mejor—. O lo más sobria que puedas, considerando que vienes de una fiesta.
—Estoy bien —dijo apoyándose en el carro de los licores y, cerrando el tapón del whisky mientras levantaba la cabeza al techo, suspiró y se preguntó—. ¿Por qué?
—Tilda Glass. ¿Sabes cuánta gente quisiera este maldito regalo? Es una bendición para nuestro periódico.
—Sí, y una maldición para mí.
Nigel se levantó. Dio la vuelta al escritorio y se acercó a la mujer.
—Se lo que piensas, pero tienes la noticia más importante del año y ese… —dijo y buscó por un segundo la palabra adecuada—, admirador, te manda las exclusivas más suculentas de toda Europa. Y qué vas a hacer, ¿rechazarlas?
—Esas exclusivas casi me mataron la última vez, ¿recuerdas?
—Tilda, entiendo que sea duro para ti, pero tenemos que seguir. Nuestros lectores merecen esta información. Tienes que informar —dijo y cambió de tono, a uno más comprensivo y cálido—. Eres la mejor que tengo. Tus artículos son extraordinarios. Hacía tiempo que no brillaba la Tilda Glass de antaño.
Ella se giró hacia su jefe y lo miró con intensidad. Le aterraba volver a meterse en la misma trampa de la que apenas consiguió escapar en Madrid.
—Necesito un artículo rápidamente. Y mañana mismo quiero que te subas al primer avión a París. La noticia te llama, y solo tú puedes cubrir esta exclusiva.