No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 4
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París.

Antoine llegó al Puente de las Artes justo treinta minutos después.

La calle que recorría el Sena estaba desierta. A pesar de haber surcado la ciudad a toda prisa, al llegar al centro comenzó a circular respetando los límites de velocidad.

En cuanto dejó atrás Notre-Dame, la noche de París se tiñó de rojo y azul por las luces de los vehículos de emergencia. A pesar de ser las cuatro de la madrugada, por las calles había transeúntes. Algunos habían salido en batín y otros con un abrigo que cubría elegantemente el pijama.

Antoine se acercó con la moto silenciosamente, como un depredador de la noche. Los coches de la policía y las ambulancias habían creado una barrera que impedía ver el principio del puente. Aparcó entre ellos y dejó el casco colgando del manillar.

Caminó como un curioso más hasta la cinta policial. Un agente levantó la mano al verlo.

—¡Alto! —exclamó con decisión.

Antoine le mostró la placa de policía.

Al verla, el guardia le indicó, con cierta irritación, que podía pasar.

Subió la escalera de piedra que llevaba a la altura del puente. En él, una serie de agentes y policía científica iban y venían. En el centro del puente, una carpa blanquísima irradiaba la luz de unos focos portátiles que había debajo.

Se fue acercando más, dejando atrás el ruido cíclico y molesto de los generadores a gasolina que alimentaban los focos.

A los pocos pasos vio a la persona que lo estaba esperando.

Alzó una mano, identificándose entre las otras personas. Antoine levantó la cabeza, en un saludo estéril.

Al acercarse, el policía de la DAS se preguntó quién podía haber muerto allí, y dónde exactamente, ya que sus compañeros lo habían metido en la carpa al llegar.

—Ha venido muy rápido… —dijo el hombre que lo había saludado.

—Buenas noches, comisario. Es mi trabajo, debemos estar localizables en todo momento —afirmó mirándole a la cara intensamente.

El comisario asintió. Llevaba un abrigo oscuro, una boina de lana gris a cuadros y unos zapatos marrones y relucientes. La pipa que sujetaba estaba apagada, pero completaba su apariencia de haber salido de una novela de Georges Simenon.

—¿Qué ha pasado? —preguntó enseguida Antoine.

El comisario suspiró y con la mano que sujetaba la pipa, se rascó una ceja muy tupida.

—Esto es un caso vuestro.

—¿Cómo lo sabe?

—Lo sabemos. Ahora verá —dijo y le indicó que entrara en la carpa, aunque enseguida cambió de idea—. Inspector Lefèvre, ¿ha comido recientemente?

La pregunta hizo arrugar el ceño al inspector.

—No, ¿por qué?

El comisario asintió.

—Bien, porque se va a estrenar con un buen caso, sí —afirmó, como si susurrara ese comentario más para él que para el inspector—. Entre, por favor.

Antoine asintió y apartó la solapa de la puerta de plástico de la carpa para entrar.

De repente le inundó un olor a óxido. A pesar de que la carpa debía de llevar en ese lugar muy poco rato, el aire estaba estancado y pesado.

La estructura provisional de la policía tenía solo una entrada. Al fondo había un cuerpo tumbado, boca arriba y desnudo.

Varios hombres de la científica giraban a su alrededor. Uno hacía fotos con una réflex, otro tomaba huellas y otro buscaba todo tipo de trazas que pudiera haber dejado el asesino en el cuerpo.

—¡Dios! —susurró el inspector.

—Desde luego, esto no es nada… —dijo el comisario y le indicó que le siguiera.

—¿Se sabe quién es?

—Aún no se sabe, es usted quien debe determinarlo.

Antoine había visto ya varios homicidios truculentos, a pesar de llevar poco tiempo en la división DAS. Sin embargo, nunca había visto a un hombre con los genitales mutilados.

—¿Nos dejan un segundo? —preguntó el comisario a los compañeros de la científica.

Estos se marcharon enseguida.

—¿Cómo lo habéis encontrado?

El comisario se acercó al cadáver, dejando un metro de distancia. Alargó la mano y con la pipa cogida por la cazoleta, señaló el cuello con la boquilla.

—Alguien ahorcó a este pobre hombre. Estaba colgado del puente, con los brazos en cruz. Lo hemos encontrado colgando de la barandilla.

Antoine miraba el cuerpo con una mezcla de interés y repugnancia.

—Pero esto no es todo… —afirmó el comisario.

Se acercó a una mesa, sobre la que había una nevera azul, como las que la gente lleva a la playa. Abrió la tapa.

Al ver lo que había dentro, Antoine se sintió mareado.

En el fondo de la nevera se encontraba el pene amputado de la víctima, que habían cortado desde la base.

—¿Sabe dónde hemos encontrado esto? —le preguntó el comisario.

Antoine levantó la mirada de la caja y la depositó en el comisario, lentamente. Luego negó con la cabeza, sin decir nada.

—Se lo habían metido en la boca, ¿se imagina, Lefèvre? A este hombre le amputaron el pene y luego se lo metieron en la boca.

El inspector de la DAS arrugó el ceño. Se preguntó por la parte técnica de todo aquello.

¿Cómo habían conseguido que no se le cayera de la boca, directamente al Sena?

¿Lo habían matado antes, o allí mismo? Y, si había sido en otro sitio, ¿cómo lo habían transportado?

Su cerebro analítico empezó a activarse. Pero hubo una pregunta que se adelantó a todas las demás.

—¿Por qué han llamado a mi división? —preguntó al comisario.

El comisario se quitó la boina francesa. Se rascó la nuca mientras dejaba la mesa atrás y se acercaba de nuevo al cadáver.

Se lo quedó mirando un momento, se colocó la boina de nuevo, se la ajustó y se agachó.

Fue a tocar el cadáver y a pocos centímetros se detuvo.

No podía hacerlo, porque habría contaminado las pruebas.

Así que llamó a un policía de la científica para que le prestara un guante.

Sujetó la pipa con la boca y se puso el guante.

Una vez ajustado, giró el brazo del muerto, enseñando la parte interna de la muñeca.

Al ver lo que había, Antoine también se agachó para verlo mejor.

—¡Mon Dieu!

El comisario asintió.

—¿Es usted religioso, inspector Lefèvre?

Hubo varios segundos de silencio en la carpa. Antoine se quedó petrificado al ver el cadáver. No era solo la abominación de la mutilación, que le había sorprendido bastante, sino también lo que le acababa de mostrar el comisario.

Al fondo, desde fuera de la carpa, se podía escuchar el ruido persistente del generador. Los compañeros de la científica, detrás de ellos, estaban aprovechando el momento para avisar a sus familias por teléfono de que ese caso les llevaría más tiempo de lo habitual.

Antoine levantó la mirada de la muñeca del cadáver y sus ojos se cruzaron con los del comisario.

—¿Cómo dice?

El comisario soltó el brazo de la víctima, que regresó a su posición original. Cayó despacio; el rigor mortis comenzaba a mostrar sus efectos.

—Le he preguntado si es usted religioso, inspector Lefèvre —preguntó otra vez, con calma.

Antoine suspiró.

—No —respondió con un ligero movimiento de cabeza.

El comisario le dedicó una mirada extraña. Antoine no supo interpretarla enseguida, pero algo en su interior le dijo que era una mirada de compasión, casi de lástima.

El jefe de la división de homicidios de París bajó la mirada y, apoyando la mano, se ayudó a ponerse en pie.

Una vez erguido, se quitó el guante y lo tiró en una caja donde se tiraban los utensilios usados.

—Sígame, tengo algo más que mostrarle.

El inspector de la DAS lo siguió en silencio fuera de la carpa. Allí, el olor a óxido y a cerrado desapareció, y por fin, Antoine sintió que podía respirar.

El comisario indicó a unos agentes que levantaran una lona del suelo. Le mostró una cuerda, que seguía atada a la barandilla negra de hierro forjado.

—Lo hemos encontrado aquí, colgado, y…

Los policías se apartaron con la lona, dejando a la vista del comisario y del inspector lo que esta protegía.

Antoine se pasó la mano derecha por el pelo y la dejó quieta sobre la nuca. Luego puso encima la izquierda y entrelazó los dedos detrás de la cabeza, mientras leía lo que ponía en el suelo:

«6. No tocarás», leyó en voz baja.

No dijo nada, porque esa frase era una declaración de intenciones. De repente lo entendió todo y comprendió por qué lo habían llamado justo a él, al inspector jefe de la DAS.

En ese mismo instante, un Mercedes negro se detuvo delante de las cintas policiales. De él bajó una persona vestida de color oscuro, que llamó la atención de todos los presentes.

Cuando Antoine vio quién era, entendió que la situación se estaba complicando.