No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 3
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Londres.

La vida de Tilda había cambiado por completo.

Desde que había vuelto a protagonizar las primeras páginas del The Britannia Post , volvió a estar entre la Jet Set de Londres.

En un principio, se negó a volver a esa vida. Pero, poco a poco, fue corrompida por la elegancia, la notoriedad y las fiestas.

A pesar de la vida pública, no había abandonado sus paseos por el Támesis y su recompensa de los sábados: una caja de macarons de la pastelería francesa cerca del Big Ben y un libro de la librería Hatchards .

La nueva Tilda Glass era un híbrido entre el dinosaurio mediático de antes del primer correo del Asesino del Quinto Mandamiento y la Tilda que una vez estuvo en la cresta de la ola. Estaba intentando compaginar lo mejor de ambas vidas.

El día en que su vida volvió a dar un vuelco se encontraba en una fiesta.

La noche había empezado pronto y se estaba prolongando demasiado. Sin embargo, entre charlas y champagne francés, el tiempo pasó sin que se diera cuenta.

La fiesta la había organizado una famosa revista de moda americana, que celebraba los veinte años de su edición europea.

Se acercaba la semana de la moda de París y habían organizado eventos privados en cada ciudad en la que tenían una sede.

En Londres habían acudido actores, cantantes famosos y celebridades de todo tipo.

Tilda era una de las invitadas estrella.

Las fiestas contemporáneas distaban mucho de las de los años noventa. Aquello que tenía enfrente era despilfarro barroco al máximo.

Se encontraban en el piso cincuenta y dos del rascacielos The Shard , con vistas a toda la ciudad londinense. De lo más exclusivo que había en la ciudad.

Todo estaba decorado con motivos de la revista. La mesa donde habían cenado estaba dispuesta a lo largo de las ventanas, que ofrecían un increíble espectáculo de la ciudad iluminada: el Big Ben , el Tower Bridge y la Torre de Londres, entre otros edificios emblemáticos.

Después de la cena abrieron la pista de baile y la barra libre de cócteles.

—Soy un gran fan de sus artículos —dijo un hombre en traje que sujetaba un cóctel.

La música alta impedía que se pudiera mantener una conversación fluida en esa fiesta.

Tilda asintió al mismo tiempo que sonreía.

Al no recibir respuesta, el hombre le tendió la mano.

—James Blurk, de las tiendas de moda Fashion Blurk —dijo mientras sonreía y esperaba que la mujer hiciera la habitual ovación por el privilegio de haberle conocido.

Ella dio un sorbo a su combinado y le estrechó la mano.

—Encantada —respondió simplemente.

El hombre se acercó a su oreja y le repitió su nombre y que era el propietario de la cadena más lujosa de ropa.

Obtuvo exactamente la misma reacción por parte de la mujer.

—Sí, ya lo había entendido.

El hombre disimuló la decepción.

—¿Ha descubierto quién le mandaba los correos? —preguntó.

Ella arrugó la frente. Se pasó una mano por el pelo blanco para ganar tiempo. No sabía cómo quitarse de encima a esa babosa adinerada.

«Si lo hubiera descubierto, no te lo diría precisamente a ti», pensó.

—No.

Él asintió, con una expresión de circunstancia. Luego se arregló la camisa y las solapas.

—Tengo una idea, Tilda.

—Señora Glass, por favor.

—¿Qué le parece si bajamos y nos vamos con mi Aston Martin a un lugar más tranquilo… y más íntimo? —preguntó.

El bullicio de la fiesta había llegado al límite soportable para Tilda. Ya no tenía edad para eso. No le gustaba, pero sabía que estar en la cresta de la ola comportaba un precio, que incluía soportar esas fiestas y a los ricachones que le restregaban su poder o su dinero para impresionarla.

Estuvo muy tentada de aceptar la invitación solo para salir de allí.

Pero mientras se lo pensaba, se le pasaron por la cabeza los recuerdos de Stan y ella, juntos en la habitación del Four Seasons de Madrid.

La distancia entre Stan y ese hombre engreído era la misma que entre la Tierra y Plutón.

Solo la idea de que el famoso James Blurk la tocara le daba náuseas. Sin embargo, Stan estaba en Madrid y no soportaba coger un avión.

Intentó ser amable y declinó la invitación.

James no se abatió. Con la misma persistencia que aquel hombre de negocios había conseguido levantar un imperio de moda, invitó a otra mujer a dar una vuelta en su flamante bólido.

Tilda se quedó mirando las vistas de la ciudad, alejada lo más que pudo de la música ensordecedora. Se estaba acabando la bebida cuando le sonó el móvil.

Apoyó la copa en una repisa y sacó el iPhone del bolso de Prada.

Desbloqueó el aparato y apareció un mensaje de Telegram .

—¿ Telegram ? ¿Quién usa Telegram ? —murmuró extrañada.

Nadie le enviaba mensajes por esa aplicación, pero la redacción le había pedido que se la descargara por si surgía la necesidad.

Además, era un mensaje en plena noche de sábado, y su número no era público. Nadie lo tenía.

Un número largo y desconocido apareció en la pantalla.

Entró a leerlo, movida por la curiosidad y el aburrimiento que le provocaba la fiesta.

El mensaje estaba compuesto por dos partes: un texto y un vídeo borroso que, a vista previa, no permitía adivinar qué contenía.

El texto era claro, directo y simple.

“Mira tu bandeja de entrada. Tienes un email ”.

Un escalofrío la recorrió, dejándola inmóvil. Sintió que era él, de nuevo. El asesino subliminal, como lo llamaba Minerva, había vuelto a ponerse en contacto con ella.

Apretó sobre el vídeo y este se descargó. No entendió nada hasta que le dio al play .

Cuando lo vio se tapó la boca con la mano para no gritar.