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Noisy-le-Sec, París.
Cuando llamaban a casa a un policía en una apacible noche de sábado, solía ser por algo importante.
El agente Antoine Lefèvre yacía en la cama, rodeado por los brazos de una mujer.
Después de una acalorada noche de sexo, Antoine se había quedado dormido.
La larga melena de la mujer cubría su pecho depilado.
Por la ventana ligeramente abierta entraba una brisa fresca.
Las cortinas blancas se movían en un coordinado baile sensual y dejaban entrar la luz de una farola lejana.
Los números del despertador digital de la mesilla indicaban las tres y media de la madrugada.
Antoine abrió los ojos.
El tono de llamada de su teléfono lo despertó de repente. La melodía habitual del móvil de Antoine era estándar y aburrida. Sin embargo, cuando le llamaban desde su central, tenía programada una melodía diferente.
Las notas de la Cabalgata de las Valquirias los despertaron a los dos. Él se incorporó, y ella se tapó las orejas con las manos.
El ruido, ensordecedor, parecía más una emergencia de Protección Civil que una llamada.
Cogió el móvil y descolgó.
—Lefèvre —contestó secamente.
Al otro lado no tardó en oírse una voz femenina.
—Jefe, te llamo desde la oficina. No te lo vas a creer.
—¿Qué diablos haces allí? ¿Se está quemando algo?
—¡No! —respondió la mujer con determinación.
—¿Entonces?
La mujer que llamaba tragó saliva. Estaba disfrutando de ese momento. Sabía que, en el mismo instante en que se lo dijera, todo empezaría y la magia se disiparía. Llevaba tanto tiempo deseando hacer esa llamada, poder darle esa noticia… Todos esos meses sin trabajo por fin se habían acabado.
—Tenemos un caso.
Antoine abrió los ojos de par en par. Se sentó en la cama y se pasó la mano por el pelo corto. La sequía de trabajo se acababa en ese preciso instante. La alegría se difundió por su cuerpo.
Antoine se levantó y se quedó desnudo frente a la ventana. La mujer de la cama, que se preguntaba qué demonios estaba pasando, se quedó mirando esas nalgas esculturales que un rato antes había estado acariciando. Visto desde allí parecía una estatua grecorromana de mármol negro.
—¿En serio? —preguntó Antoine.
—Sí, y más vale que te espabiles. En la central todos están muy, pero que muy alterados.
La alegría se esfumó por momentos. Si un caso pasaba por su división, no solía ser nada muy agradable. Pero, al mismo tiempo, por fin podrían volver a trabajar en algo, después de tanto tiempo.
—Espero no haberte molestado mientras estabas con alguno de tus ligues de fin de semana… —dijo la chica del teléfono, sarcástica.
Él no entró en el tema.
—Me visto y voy para allá.
—Quieto, vaquero. Aún no te he dicho dónde está, esto es lo mejor…
—¿Lo mejor? —dijo y miró la hora—. Cínica hasta de noche, ¿verdad, Sophie?
Ella se encogió de hombros, aunque él no lo pudo ver.
—Sí, ya lo entenderás cuando lo veas.
—Bueno, ¿dónde ha sido?
—En el Puente de las Artes.
—¿Al lado del Louvre? ¿En pleno centro? —preguntó sorprendido.
—Ya ves, lo que oyes.
Antoine miró un segundo por detrás. La mujer se apoyaba con las manos en la cama. Lo miraba con el mismo fervor que pocas horas antes, y con ganas de sexo.
—En media hora estaré allí —respondió seguro.
—¿Media hora? Google Maps dice que tardarías algo más de cuarenta minutos. ¿Te vas a pasar las normas de tráfico por el forro?
Él bajó la mirada y vio que sus partes íntimas estaban al aire. Necesitaba una ducha antes de acudir allí.
—En media hora estaré allí —dictaminó y colgó.
Dejó el móvil en la cama y dedicó una mirada intensa a la chica.
—¿Tienes que marcharte, en serio? ¿Siendo sábado?
No contestó. No tenía ni tiempo ni ganas de explicárselo.
—¿No tienes tiempo de uno más? —dijo ella pasándose la lengua por los labios de forma sensual, intentando provocar una reacción en el hombre.
—Me tengo que ir. Tú quédate, si quieres. Por mí puedes dormir aquí y marcharte mañana. Cierra la puerta cuando te vayas.
Antoine caminó hacia la puerta del lavabo.
—¿Nos vemos mañana?
A la pregunta de la guapa mujer, Antoine se lo pensó un segundo.
Si Sophie tenía razón, ese caso tendría prioridad en su vida y no sabía cuándo se cerraría.
—Ya te llamaré yo.
Dicho eso, entró directamente en la ducha. Se lavó rápidamente bajo el agua fría con una única idea en su mente: ¿qué había pasado para que llamaran a su división, la DAS, para que se encargara del caso?