No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) 1
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París.

El cuerpo colgaba sin vida de un puente.

Se balanceaba de un lado al otro, en un movimiento lento y cadencioso.

La noche era su única compañía.

A nadie le gustaría encontrarse un cadáver el día de una primera cita.

Salían de una cena. Era la primera vez que oficialmente cenaban juntos. Después de meses de cortejo, Robert había conseguido un preciado sí de Marien.

Él era empresario digital y acudía siempre a la tienda de Louis Vuitton de los Campos Elíseos. Ella, que provenía de la Provenza, solía atenderle e intentaba disimular el interés que le generaba Robert. Al tercer llavero y la segunda maleta, él se decidió.

Quedaron en una parada de metro cerca del restaurante. La velada pasó rápida, como si se conocieran de toda la vida.

Luego la invitó también a una copa en un local de moda y, para cerrar la noche, un paseo por el Sena.

A ella ese lugar le provocaba respeto de noche. Nunca se le hubiera pasado por la cabeza ir sola a esa hora por la calle que costeaba el río. Sin embargo, Robert era un hombre con barba de casi dos metros y le transmitía una cierta tranquilidad.

Las previsiones para esa noche se cumplieron: no hubo lluvia y el paseo estaba siendo maravilloso.

En la orilla sur del Sena y caminando hacia oeste, la recién renovada Notre-Dame estaba iluminada en su isla, la Île de la Cité.

La compañía de lujo donde trabajaba Marien había contribuido con una cantidad enorme para reconstruirla después del devastador incendio.

En ese momento, ella se lo estaba explicando, orgullosa, sintiéndose partícipe de lo que tenían delante.

La iglesia volvía a ser la que era, incluso más bella que antes.

Robert mostraba interés en todo lo que ella decía, aunque mientras tanto iba controlando el entorno para no cruzarse con ningún borracho o delincuente que pudiera arruinarles la velada.

Siguieron caminando y dejaron atrás la isla y la aguja de la otra iglesia, Sainte-Chapelle. Pasaron por Le Pont Neuf y siguieron.

De día, Robert pasaba por esa misma zona en moto para acudir a su oficina. Esa paz y tranquilidad de la noche profunda le resultaban casi mágicas.

A ratos, Robert se daba cuenta de que no escuchaba a Marien, solo la miraba. Su pelo rubio finísimo y sus labios carmesí lo distraían, del mismo modo que lo hacían cuando acudía a la tienda.

De vez en cuando se cruzaban con algún transeúnte, pero ellos seguían caminando.

A pesar que habían pasado muchas horas desde que habían quedado para cenar, Marien aún dejaba una estela de perfume, el mismo que estaba acostumbrado a oler en la tienda.

París, al final, era la ciudad del amor, de los perfumes y de la transgresión. Históricamente estaba considerada como una ciudad progresista y un estandarte de la democracia, pero, sobre todo, París era la meca del amor. Medio mundo acudía a la ciudad de las luces para pedir matrimonio.

A Robert le pareció que durante ese paseo por París, los perfumes eran más intensos, los sentimientos eran más intensos y hasta el amor era más intenso, bajo el faro de la torre Eiffel que surcaba los cielos de la capital francesa.

Aquel razonamiento fue interrumpido por una visión.

Al principio, Robert, no le dio mucha importancia. Pero, cuanto más se acercaba, más extraño le parecía, hasta que tuvo que detenerse a mirarlo mejor.

Marien habló unos segundos más, siguiendo la inercia del paseo nocturno.

Cuando vio que su acompañante ya no la seguía, se detuvo y se giró hacia él.

Se asustó al ver la expresión de Robert y le preguntó qué pasaba.

Él, en un primer momento, no contestó.

Al insistir, Robert levantó la mano e indicó lo que había llamado su atención.

Ella se giró para verlo y él se acercó todo lo que pudo a la balaustrada de piedra del paseo.

Un cuerpo se balanceaba en el puente, colgado por la cabeza y con los brazos en cruz.

La imagen le produjo un escalofrío que le recorrió el cuerpo entero.

Cuando Robert se disponía a llamar a urgencias, una sirena rompió el silencio de la noche parisina.