No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2) PRÓLOGO
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No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2)

No Tocarás (El Asesino de los 10 Mandamientos 2)

Por Riccardo Braccaioli

© inepub.com

PRÓLOGO

La misa gregoriana en Notre-Dame de París no empezó cuando entró el sacerdote, sino antes.

Mucho antes.

Arrancó con silencio.

Un silencio antiguo, majestuoso, que no era ausencia de ruido, sino presencia de algo más. La piedra lo guardaba todo; entre las altas bóvedas góticas y las casi infinitas columnas se ocultaban silencio y secretos.

Cuando los fieles entraban en el templo del Señor, los pasos resonaban como si no fueran los suyos, sino los de otros que habían caminado allí mucho tiempo antes.

La luz entraba, filtrada por las vidrieras, y lo teñía todo de rojo, de azul y de oro. Representaban la luz de Cristo, que entraba blanca y se revelaba multicolor a los ojos de los fieles.

Luego llegó el canto.

No había instrumentos ni ritmo. Solo voces. Graves. Lentas. Casi irreales. El gregoriano no era un canto para todos los oídos; solo para los más creyentes.

Ella no supo decidir si aquella música la calmaba o la inquietaba.

Nadie hablaba.

Ella estaba sola esa mañana. Era la única sentada en ese banco, y sujetaba con fervor el librito de cantos religiosos.

La misa en formato antiguo, primordial y libre de modernidades solo se celebraba los domingos, a las once y media de la mañana.

Levantó la vista al techo. La restauración del templo, recién terminada, había dejado las bóvedas preciosas y de un maravilloso color dorado.

Al bajar la vista, recordó la misa de inauguración, a la que ella y su marido habían sido invitados.

La misa fue larga, duró algo más de una hora y media y también incluyó cantos gregorianos.

Los que la rodeaban eran verdaderos fieles.

Las otras misas, más cortas, modernas y adaptadas a una sociedad pecadora y cada vez menos atenta, eran una simplificación vergonzosa.

Ella se consideraba una devota del Señor. Y, como tal, acudía exclusivamente cuando el arzobispo de París daba la misa de las once y media, en riguroso latín.

El incienso flotaba en el aire, espeso, como una niebla sagrada. Esa mañana había tanto en la imponente iglesia que casi costaba respirar.

Cuando el arzobispo apareció, la poca concurrencia de fieles se levantó.

A los ojos de ella, en Notre-Dame, el tiempo no avanzaba, sino que se repetía en una especie de ritual que juzgaba a los fieles.

Cantó con todo su fervor y con toda su fe.

Sintió en su interior cómo el Señor la inundaba de nuevo. Sintió bienestar y una satisfacción que brotaba de nuevo en su vida.

La misa siguió. Los cantos se intercalaron con las lecturas. Luego, un sacerdote leyó el Evangelio en latín. Ella lo siguió con su libro. Lo conocía al dedillo.

Después, el arzobispo subió al presbiterio. Esa era la parte menos pura de la misa, cuando la prédica se realizaba en francés moderno. A ella no le gustaba, casi siempre desconectaba. Le costaba mantener la atención a lo que decía.

Sonrió.

Sonrió porque notaba alterado a ese hombre.

Podía imaginar por qué.

Ahora ya no había vuelta atrás.

Lo vio en su rostro.

«¿Quién no lo estaría?», pensó.

Y luego le llegó la confirmación.

—Me gustaría dedicar un par de palabras bondadosas para el hermano Père Jacques Girard, sacerdote de la parroquia Église Saint-Sulpice.

Ella ya lo había adivinado antes de que lo dijera.

El arzobispo tenía motivos para estar alterado. Podría haber sido él quien estuviera muerto, en lugar de un simple cura de periferia.

Cuando se sentó, se creó un silencio sepulcral en toda la iglesia.

Una campanita llamó a la oración y al canto.

— Agnus Dei, qui tollis peccata mundi, miserere nobis —dijo el arzobispo y continuó la misa.

Al terminar la celebración del domingo, ella se quedó sentada a escuchar hasta la última nota del potente órgano. El sonido se difundió, grandioso, por la majestuosa casa de Dios.

Esperó a que entrase un cura en el confesionario y solo entonces decidió levantarse.

Fue allí y se arrodilló. El cura abrió la puerta y lo vio por la reja oscura.

—Quiero confesarme, padre, porque he pecado —dijo.

El confesionario era de estilo gótico y madera oscura, como los pecados de los fieles que acudían.

— In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti… —susurró el hombre desde el otro lado de la reja—. Ave María Purísima.

—Sin pecado concebida —respondió ella.

—Adelante, hija. Dime tus pecados.

Ella tragó saliva.

Esperó un segundo para decirlo. Le costó, necesitó un esfuerzo enorme, pero luego encontró la paz.

—Me confieso, padre, porque he matado.