No te vi venir Capítulo 29
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Capítulo 29

Tal y como había dicho, bajamos a la cocina y allí me llevé otra sorpresa, porque mi madre había dejado la mesa puesta para dos.

Vamos, que la muy sinvergüenza se había marchado dejando a Ben en casa y convencida de que todo se arreglaría entre nosotros.

Sabela no tenía premoniciones, pero, como cualquier madre y con toda la experiencia que le habían dado los años, había sabido que, en cuanto Ben y yo nos sentáramos a hablar y aclarásemos las cosas, acabaríamos solucionando nuestros problemas.

Saqué la comida de la nevera y, mientras la calentaba, Ben me ayudó a sacar la bebida y a poner el pan en la mesa.

Verlo allí, moviéndose por mi cocina como si llevara toda la vida haciéndolo, no me resultó extraño en absoluto. Al contrario, era como si ya formara parte de nuestra familia, como si aquel también hubiera sido su hogar desde hacía mucho tiempo.

Cuando terminé de calentar la comida, la serví y nos sentamos.

Esperé a que Ben probara el primer plato porque, al sacarlo de la nevera, me había dado cuenta de que mi madre había preparado algo especial para él.

Como sabía que se quedaría a comer, había aprovechado para que probara algunos platos típicos de su tierra.

Nos había dejado caldo gallego, que solía quedarle de lujo, y una empanada tan grande que prácticamente podría haber comido todo el barrio.

—Madre mía, esto está buenísimo —exclamó Ben después de probar la primera cucharada, soltando incluso un gemido de satisfacción que me hizo echarme a reír.

—Es caldo gallego, un plato típico de la tierra de mi madre.

—Pues está como para hacerle un monumento. ¿Qué lleva?

Mientras comíamos, le expliqué que se preparaba con alubias blancas, patatas y verduras, normalmente grelos, aunque también podían utilizarse otras, además de carne y chorizo.

Cuando terminó el caldo, le serví un trozo de empanada, que también le encantó, tanto que incluso quiso repetir.

—Llevas mucho tiempo levantada. Deberías tumbarte a descansar un rato, Miri, porque la herida todavía tiene que estar sensible.

—¿Vas a sacar tu vena mandona de doctor?

—Si tengo que sacarla para asegurarme de que estás bien, no dudes de que lo haré.

—Ya no me duele, solo tengo algunas molestias, pero sí que es verdad que estoy cansada.

—Pues ven aquí, amor, que tu doctor particular va a cuidarte —contestó antes de agacharse y levantarme en brazos con muchísimo cuidado.

Subimos hasta mi habitación y, con la misma delicadeza con la que me había cogido, me dejó tumbada sobre la cama.

—¿Te marchas ya?

—Si quieres que me vaya, lo haré, pero, si prefieres que me quede contigo, tengo todo el tiempo que quieras. No tengo nada que hacer.

—¿Toda la vida? —pregunté en tono de broma.

—De eso no tengas ninguna duda.

Asentí, más que complacida con su respuesta.

—Pues de momento hoy me conformo con que te tumbes un ratito conmigo.

Ben sonrió de medio lado, aunque no puso ninguna objeción. Se quitó las deportivas y la sudadera que llevaba y se acomodó a mi lado.

Pasamos las siguientes dos horas allí, entre besos, porque por el momento no podíamos ir mucho más allá, y hablando de absolutamente todo.

Quiso que le contara con pelos y señales lo que me había ocurrido el día que me puse enferma y acabé siendo trasladada al hospital en una ambulancia que me esperaba directamente en la pista del aeropuerto.

Por su parte, me explicó lo mal que lo había pasado durante todos aquellos días en los que no nos habíamos visto, mientras yo, convencida de que no quería saber nada de él, no había dado señales de vida.

También volvimos a hablar de su madre y de Woong, esta vez profundizando un poco más en todo lo ocurrido, así como de Orion y de la conversación tan seria que habían mantenido los dos hermanos.

Después pasamos a otros asuntos: su trabajo, el mío, Sam, Dylan y, por supuesto, mi madre.

Con aquel último tema nos extendimos bastante, porque, mientras le contaba la semanita que me había dado en el hospital chismeando por todas las esquinas, teníamos que detenernos cada dos por tres porque nos entraba la risa.

—Tu madre es única.

—¡Vaya que si lo es!

—Y quiere ser abuela pronto —añadió riéndose—. De hecho, me lo pidió o, mejor dicho, me lo exigió a cambio de ayudarme para que pudiera verte.

En cuanto pronunció aquellas palabras, mi cuerpo se tensó y el escalofrío de siempre me recorrió de arriba abajo, anunciándome la llegada de un nuevo flash. Cerré los ojos y esperé a que la imagen apareciera.

De todos los flashes que había tenido durante mi vida, aquel se llevaba la palma por lo bonito y especial que era. Supe de inmediato que no se trataba de algo que fuera a ocurrir unos minutos después, sino de un acontecimiento que llegaría más adelante, aunque no conseguí precisar cuándo.

La imagen mostraba a Ben con una sonrisa preciosa, sosteniendo un bebé en brazos dentro de una habitación que reconocí claramente como la de un hospital.

—¿Miri?

—¿Sí? —contesté mientras abría los ojos y sonreía, sin poder evitar negar también con la cabeza.

—¿Estás bien? —me preguntó preocupado.

—Mejor que bien, pero…

—¿Pero qué?

—Creo que ha llegado el momento de contarte qué es lo que me pasa. Así tendrás la oportunidad de decidir si quieres quedarte conmigo o salir corriendo en dirección contraria.

—Me estás asustando —confesó, cada vez más preocupado—. ¿Tienes algo malo? ¿Alguna enfermedad que no aparece en tu historial?

—Eso no puede aparecer en mi historial y tampoco es nada malo, al menos para mí. De hecho, suele ayudarme, aunque hay ocasiones en las que no me gusta demasiado lo que veo.

—¿Lo que ves?

—No te asustes, ¿vale?

Cogí aire y recé para mis adentros para que, cuando le contara mi pequeño secretillo, no empezara a mirarme de una manera diferente ni saliera corriendo, como acababa de decirle.

Esperaba que no lo hiciera, pero tampoco podía estar segura.

Me incorporé un poco en la cama y terminé soltándoselo todo de carrerilla.

Le hablé de mis presentimientos y de los flashes, le puse varios ejemplos y le expliqué desde cuándo me ocurría aquello y qué opinaba mi madre al respecto.

También le conté toda la historia de las meigas que Sabela me había repetido tantísimas veces desde que era pequeña.

Cuando terminé, Ben se quedó mirándome muy serio y, al ver su expresión, empecé a temerme lo peor.

—Joder, no me esperaba algo así. Sabía que te pasaba algo cuando cerrabas los ojos de aquella manera, pero desde luego jamás habría imaginado esto.

—Yo… —murmuré agachando la cabeza—. Si no quieres estar conmigo por eso, lo respetaré. Sé que es difícil de entender y que no todo el mundo lo acepta.

—¿¡Qué!? ¡Claro que quiero estar contigo! Me da igual lo que veas. Me quedaría a tu lado aunque me hubieras contado que eres una mujer medio dragón y que escupes fuego por la boca. Te amo, Miri, y siempre he sabido que eras especial. Esto solo hace que lo seas un poquito más.

Sonreí y solté por fin el aire que había estado conteniendo. Me aceptaba tal y como era, y eso era lo único que me importaba. Después de aquello, todo lo demás me daba absolutamente igual.

—Yo también te amo, más que a nada.

Nos besamos y, cuando nos separamos, Ben se quedó observándome con una expresión que me hizo sospechar que quería preguntarme algo.

—Pregunta lo que quieras.

—¿Qué viste aquel día en el hospital?

—¿Qué día?

—Cuando nos encontramos. Tuviste uno de esos flashes, ¿verdad?

Asentí y esperé a que continuara.

—¿Qué viste exactamente? Porque me dijiste que venía mi chica, pero eso era imposible, porque mi chica ya estaba conmigo, sentada a mi lado. Y también me dijiste que no me habías visto venir.

En un par de minutos le conté el flash en el que había visto los zapatos de tacón que anunciaban la llegada de Woong, el billete de avión y su nombre escrito con letras enormes. También le expliqué cómo había interpretado aquellas imágenes.

En cuanto a lo de no haberlo visto venir, le confesé que me refería a que mi mente jamás me había avisado de que el amor de mi vida estaba a punto de aparecer.

Ben se echó a reír y yo alcé una ceja, bastante sorprendida por su reacción.

—¿De qué te ríes?

—Creo que, a partir de ahora, vamos a tener que trabajar un poquito más tus interpretaciones, cariño, porque en lo único que acertaste fue en que Woong iba a aparecer. Lo demás, eso de que yo iba a marcharme con ella y que era mi chica, te lo sacaste completamente de la manga.

Noté cómo se me encendían las mejillas por la vergüenza, porque, leñes, tenía toda la razón. Con aquellas tres imágenes me había montado una película en la cabeza que ni una superproducción de Hollywood.

—Vale, reconozco que tienes razón.

—Bien —contestó antes de inclinarse para besarme.

Cuando nos separamos, volvió a quedarse mirándome, aunque esta vez no esperó a que le dijera que podía preguntar lo que quisiera.

—¿Qué has visto?

—¿Cuándo?

—Antes de contármelo. Has tenido un flash, ¿verdad?

Asentí.

—¿Y qué has visto para sonreír de una manera tan bonita?

—No sé si quieres saberlo.

—Claro que quiero.

—Vale, te lo cuento, pero de esto ni una palabra a mi madre, porque, si se entera, no nos dejará vivir hasta que el flash se cumpla.

Ben se echó a reír.

—Creo que ya me imagino por dónde va lo que has visto.

Sonreí de medio lado antes de contarle la imagen que había aparecido en mi cabeza y, cuando terminé, su reacción me sorprendió muchísimo.

Primero me abrazó con los ojos empañados por la emoción. Después, me cogió la cara entre las manos y me dio un beso suave en los labios para, finalmente, hablar con la voz tomada.

—Pues, si tú quieres, en cuanto estés recuperada nos ponemos manos a la obra. Si tu cabeza dice que va a pasar, no podemos permitir que se demore demasiado, porque ese hijo será el primero de los muchos que quiero tener contigo.

—¿Muchos? —pregunté escandalizada.

—¿Seis?

—¿¡Seis!? ¡Tú estás loco!

Ben se echó a reír a carcajadas al ver mi cara de pasmo después de soltarme que quería tener seis hijos.

—Vale, lo dejamos en la mitad. ¿Te parece mejor así?

—¿Tres?

—Tres es un buen número.

Me quedé pensándolo unos segundos y, sí, tenía razón. Tres era un buen número, un número perfecto.

—Lo es.

—Pues entonces no hay nada más que decir.

—Sí que hay algo.

—¿El qué?

—Que te amo muchísimo.

—Yo sí que te amo.