Epílogo
Diez años después…
—Mamá.
—¿Qué?
—Cuando llegue la hora de los refrescos, ¿puedo llevar yo el carro por el pasillo?
—No.
—Tía Sam.
—¿Qué?
—Pero las mascarillas de oxígeno sí podremos probarlas, ¿verdad?
—Definitivamente, no.
—Mamá.
—¿Qué? —contestó Sam, ya desesperada y apretando los dientes.
—¿Puedo ir a la cabina y ayudar al tío Ryan a pilotar? Seguro que llegamos antes. Yo le meto caña al avión, ya verás.
—Antes muerta que dejarte a ti los mandos. ¡Siéntate, Jack!
La protesta de los niños fue general, y Sam apareció resoplando como un toro, directa hacia donde yo estaba, apoyada en la puerta del avión.
Esperaba a que subieran los dos hermanos Davies, Dylan, su marido Ryan y un invitado muy especial.
Eran los cinco que faltaban para completar el pasaje de aquel día.
Sí, aquellos éramos todos los que íbamos a volar. Toda la familia junta.
Bueno, supongo que os habréis dado cuenta de que no he mencionado a mis suegros, pero no, no es que me haya olvidado de ellos, sino que no venían al viaje.
Mi suegra nunca superó que Ben no quisiera volver con Woong, de la que, por cierto, no habíamos vuelto a saber absolutamente nada desde que, al comprobar que con él no tenía nada que hacer, se largó de vuelta a Corea y adiós muy buenas.
Como os decía, Yura no lo superó y a mí me hizo una cruz enorme. Vamos, que no me tragaba y no quería verme ni en fotografía.
Pues, si no quería verme, tampoco iba a ser yo quien la deleitara con mi presencia, así que durante aquellos diez años nos habíamos encontrado en contadas ocasiones. Tan pocas que me sobraban dedos de las manos para contarlas.
La última había sido tres años atrás, durante el entierro del padre de Ben. Y ya tenía guasa la cosa, porque Harrison había fallecido de un infarto. Tiene narices que, siendo cardiólogo, el pobre hombre acabara muriendo precisamente de aquella manera.
Y, si Yura no quería verme a mí, con Sam le pasaba tres cuartos de lo mismo. Tampoco le había gustado la mujer que su hijo menor eligió para compartir su vida.
Era muy escogida la señora, por lo visto.
Pero, como decía mi madre, la única que perdía con aquella actitud era ella, porque se estaba perdiendo todas las reuniones, eventos, cumpleaños y demás celebraciones de sus hijos y sus nietos.
Que, bueno, a los niños los toleraba, pero poco más. Por desgracia, tampoco los veía demasiado, no porque nosotras pusiéramos ningún impedimento, sino porque a ella no le daba la gana.
Y con aquella actitud, lo único que había conseguido era que, a medida que pasaban los años, sus hijos fueran a verla cada vez menos.
Yo, de verdad, no lograba entenderla. ¡Joder, que estaba sola! Pero, al parecer, prefería continuar así antes que dar su brazo a torcer y disfrutar de toda su familia. Pues ella misma. Como decía mi marido, quizá el día que se arrepintiera de lo que estaba haciendo ya fuera demasiado tarde.
—Te juro que antes de que lleguemos a Galicia te vas a quedar viuda. ¡Vaya idea más maravillosa ha tenido tu marido! —soltó Sam con el ceño tan fruncido que por un momento pensé que se le iban a juntar las cejas.
—Oye, guapa, que tú también estuviste de acuerdo con esto. Es más, te recuerdo que, cuando lo propuso, fuiste la que más entusiasmo puso.
—Definitivamente, aquel día estaba borracha. No puede haber otra explicación.
—Sam, deja de quejarte, que lo vamos a pasar estupendamente en mi tierra —intervino mi madre desde uno de los asientos delanteros, donde ya estaba acomodada y con el cinturón puesto.
—Eso, si llegamos —murmuró mi amiga.
—¡Mamá! Harper se ha encerrado en el baño y no quiere salir. O vienes y la sacas o me meo encima.
—¿¡Qué!? ¡Ni se te ocurra! —exclamó Sam antes de salir corriendo hacia su hijo.
Mis padres me miraron y se echaron a reír a carcajadas, y yo no tardé ni un segundo en acompañarlos.
Cuando conseguí recuperarme de la risa, aproveché que desde mi posición tenía unas vistas perfectas de todo el avión para observar a los que ya estaban allí y pensar en lo muchísimo que nos había cambiado la vida a todos durante los últimos diez años.
Algunas cosas las había visto venir. Otras, como la llegada de mi marido, no.
En los primeros asientos estaban mis padres.
Sabela seguía siendo tan chismosa como siempre, o incluso más, si es que eso era posible, pero yo continuaba queriéndola con toda mi alma.
A su lado estaba mi padre, con el pelo ya completamente blanco y mirándola exactamente igual que lo había hecho durante toda su vida, con aquella devoción y aquel amor que sobrepasaban cualquier lógica.
Mi madre seguía ocupándose de su jardín y de sus flores, aunque ahora compaginaba aquella afición con el cuidado de mis hijos y los de Sam, a quienes consideraba sus nietos por igual y adoraba por encima de todas las cosas.
Y a quienes consentía en exceso, dicho sea de paso.
Mi padre se había jubilado un par de años atrás y, aunque echaba de menos dar clases, tener a toda aquella tropa de niños correteando a diario por su casa lo mantenía lo bastante entretenido como para llevarlo mucho mejor.
Al otro lado del pasillo estaban mis hijos, mis tres tesoros, el fruto de aquel acuerdo que Ben y yo hicimos el día de nuestra reconciliación, cuando decidimos que tendríamos tres.
Y lo habíamos cumplido, igual que muchos otros sueños y planes que fuimos haciendo sobre la marcha.
Uno de ellos fue casarnos seis meses después de reconciliarnos.
¿Demasiado pronto? ¿O quizá demasiado tarde? Eso ya dependía de cómo quisiera interpretarlo cada uno, porque, cuando dos personas tienen tan claro que quieren pasar el resto de su vida juntas, como nos ocurría a nosotros, ¿para qué esperar?
Nuestra boda fue sencilla, tal y como la habíamos querido los dos, con pocos invitados, pero con todas aquellas personas que realmente nos importaba tener a nuestro lado en un día tan especial.
Durante nuestro primer baile como marido y mujer tuve un flash en el que me vi sosteniendo una prueba de embarazo con dos rayitas. Aquella imagen me anunció que, ocho meses después, nos convertiríamos en padres.
Y el otro flash que había tenido tiempo atrás también terminó cumpliéndose, porque, el día que nació Emma, nuestra primera hija, Ben la cogió en brazos exactamente de la misma manera que yo había visto en aquella imagen, apenas unos minutos después de que llegara al mundo.
Justo un año después de Emma tuvimos a nuestro segundo hijo, Leo, una copia exacta de su padre. Nuestro muchachote estaba a punto de cumplir ocho años y era el más movido de nuestros tres hijos.
Y, para completar el número que habíamos acordado, llegó Noah, nuestra pequeña de cinco años, que se parecía tanto a mi madre en su afición por el chisme que había ocasiones en las que daba hasta miedo.
Levanté la mirada y no pude evitar echarme a reír al ver a Sam arrodillada en el suelo, soltándoles a sus hijos uno de sus sermones. Uno que no le serviría absolutamente de nada, porque en cinco minutos se les habría olvidado y ya estarían planeando alguna otra gamberrada.
Sam, mi amiga, la misma que el día que conoció a mi cuñado Orion aseguró que jamás caería en sus redes. Pues vaya si cayó, y con todo el equipo, además.
Lo suyo no fue tan rápido como lo mío con Ben, pero cada vez que quedábamos todos juntos, el abogado y la azafata terminaban en la cama y, cuando no estaban liados entre las sábanas, se pasaban el tiempo lanzándose pullas sin parar.
Y, claro, tanto va el cántaro a la fuente que, al final, ocurrió lo que tenía que ocurrir. Acabaron juntos y muy enamorados, aunque a los dos les costó un mundo reconocerlo.
Ellos no se habían casado porque estaban perfectamente bien así y, a los demás, con saber que eran felices, nos bastaba.
Pero lo mejor de todo fue que mi amiga, que siempre había dicho que nunca tendría hijos, opinión que Orion compartía con ella, tuvo que tragarse sus palabras cuando descubrió que estaba embarazada. No lo habían buscado, pero, después de digerir la noticia, ambos acabaron encantados.
Con lo que ya no estuvieron tan encantados fue con el anuncio del ginecólogo de que no iban a tener un hijo, sino dos.
¿No queríais taza? Pues tomad dos, pensé conteniendo la risa.
¡Y vaya dos! Porque los mellizos, Harper y Jack, de seis años, eran dos auténticos demonios que no dejaban títere con cabeza y resultaban tan liosos como sus padres. Así que, con los genes que tenían, ninguno de nosotros entendía de qué se quejaban tanto.
Un murmullo de voces me hizo girar la cabeza hacia la pista y mi sonrisa se amplió al descubrir a los cinco hombres que todavía faltaban por subir. Y, oye, vistos todos juntos, podían alegrarle la vista a cualquiera, porque menudos cinco guapos.
El primero en el que me fijé fue Dylan, mi fiel amigo y compañero. Porque sí, aunque Sam y yo habíamos reducido nuestras jornadas cuando nos convertimos en madres, seguíamos volando con él y divirtiéndonos en las alturas como habíamos hecho siempre, aunque ahora con menos intensidad.
A su lado caminaba su marido Ryan, con quien se había casado cuatro años atrás.
Ryan era londinense y, después de sufrir un desengaño amoroso que lo dejó para el arrastre, decidió romper con su vida y marcharse lo más lejos posible de su país.
Y terminó en Los Ángeles, para suerte de mi amigo y también de él mismo. Porque, durante el primer vuelo que compartimos con Ryan, cuando empezó a trabajar en nuestra misma compañía, ya saltaron chispas entre los dos.
Eso sí, Dylan tuvo muchísima paciencia con él porque, después de lo que había sufrido, Ryan no quería saber absolutamente nada de relaciones.
Pero dicen que el roce hace el cariño y, poco a poco, un café se convirtió en dos, después llegó una cena, más tarde una salida con todo el grupo y, casi sin darse cuenta, mi amigo terminó conquistándolo.
A la derecha del matrimonio caminaba mi cuñado Orion, que seguía tan bromista como siempre, sobre todo con Sam. Porque no penséis que, por estar enamorados y llevar tantos años juntos, habían dejado de pelearse.
Lo hacían, y muchísimo. Sus guerras verbales eran dignas de sentarse delante con un buen bol de palomitas. De hecho, mi madre lo había hecho alguna vez, porque aquella mujer no desaprovechaba un buen espectáculo ni aunque tuviera que pagarlo.
Mi estómago dio un pequeño brinco cuando me fijé en el siguiente hombre del grupo.
Ben, mi marido, mi amigo, mi amante, el padre de mis hijos, el mejor hombre del mundo y el amor de mi vida.
Parecía que los años no habían pasado por él. Seguía siendo tan guapo como cuando lo conocí y, aunque todavía tenía sus momentos de seriedad y reserva, cada vez eran menos.
Aquellos diez años nos habían ido bien, muy bien, de hecho. Teníamos nuestras discusiones, como cualquier hijo de vecino, pero nada que una buena conversación y un buen beso de reconciliación no pudieran arreglar.
Y, por último, junto a mi marido caminaba nuestro invitado especial, alguien que oficialmente no pertenecía a la familia, pero que para nosotros era uno más.
¿Lo habéis adivinado? ¿No? Pues os saco de dudas ahora mismo.
Era, ni más ni menos, que Neizan.
Sí, Neizan, aquel niño que me robó el corazón desde la primera vez que lo miré y con quien había compartido tantas horas de vuelo. Aunque ya no era tan niño, porque estaba a punto de cumplir veintidós años, seguía formando parte de nuestras vidas.
Tanto que venía muy a menudo a quedarse en nuestra casa, que, por cierto, estaba justo en la acera de enfrente de la de mis padres y a la derecha de la de Sam. Y todos los críos se ponían encantados cada vez que venía, porque no había ni uno solo que no lo adorara.
Por fin subieron los cinco y me dispuse a saludarlos.
A Ryan, Dylan y Orion les di un beso en la mejilla, mientras que a mi niño Neizan lo recibí con un abrazo enorme y unos cuantos besos.
—¿Y a mí cómo vas a saludarme? —preguntó Ben cuando llegó a mi lado.
—A ti, como te mereces —contesté antes de lanzarme directamente a sus labios.
—Me encantan tus saludos —murmuró cuando nos separamos.
—Y a mí me encantas tú.
La voz de Sam, que había vuelto a elevarse y a la que ahora se había unido la de Orion, ambos riñendo a sus fieras por algo que ni quería saber, hizo que giráramos la cabeza hacia donde estaba el resto de la familia.
Ben me rodeó la cintura con un brazo y empezamos a caminar hacia ellos.
—Espero que tengamos un buen viaje —comentó mi marido mientras observaba con cierta preocupación el panorama que teníamos delante.
—Vamos a una tierra de magia. Lo será, sin ninguna duda.
Y no lo decía por decir, sino porque aquella misma mañana había tenido un presentimiento buenísimo. Como veis, mi condición seguía acompañándome y, en aquella ocasión, me había permitido saber que nuestro viaje a Galicia sería el viaje de nuestras vidas.
—De lo que tampoco hay ninguna duda es de que cada día te quiero más —me susurró Ben mientras me estrechaba contra él.
—Igual que yo a ti, amor.