No te vi venir Capítulo 28
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Capítulo 28

Después de concedernos unos minutos para asimilar todo lo que acabábamos de decirnos, decidí ser yo quien rompiera el silencio y sacara a relucir algo que todavía me reconcomía por dentro.

—Pero en casa de tus padres dijiste…

—Sé lo que dije, Míriam, y tiene una explicación. Sé que te dolió muchísimo que te presentara como una amiga, pero te aseguro que a mí también me dolió hacerlo. En aquel momento pensé que era necesario.

Hizo una pausa y bajó la mirada hasta mi mano, que descansaba sobre el colchón, junto a su pierna. Dudó apenas un segundo antes de alargar la suya y colocarla encima. Cuando comprobó que le permitía tocarme y que no retiraba la mano de golpe, dejó escapar un suspiro y continuó hablando.

—Ahí cometí otro error, porque pensé que unas horas después tendría la oportunidad de hablar contigo y explicártelo todo. Pero no fue posible, perdí el avión y…

—¿Y?

—Y entonces comprendí que te había perdido, porque estaba convencido de que, después de tratarte de aquella manera, no querrías volver a verme ni en pintura. Pero esa misma noche, desde el hotel al que me fui a dormir, llamé a Orion y estuvimos hablando.

—¿Hablasteis?

—Durante casi cuatro horas. Mi hermano pensaba que soy medio tonto —contestó con una risa amarga—, pero no lo soy. Me di cuenta perfectamente de que aquella comida era una encerrona.

»Orion me contó todo lo que habíais hablado y yo le expliqué lo que sentía por ti. También le dije que pensaba luchar por nosotros.

Lo miré con los ojos abiertos como platos, completamente sorprendida por lo que acababa de escuchar.

—No te sorprendas. Solo me hizo falta ver la cara de mi madre cuando apareció Woong para darme cuenta de lo que estaban tramando. Además, mi hermano no es el único que sabe lo que ella ha estado haciendo durante estos tres años y por qué ha decidido volver a buscarme.

—Pero, aun así, te quedaste.

—Sí, me quedé, pero no por lo que tú piensas. No fue porque tuviera ganas de ver a Woong, ni mucho menos. Ella ya no significa nada para mí.

Se detuvo un momento para coger aire antes de continuar.

—Me quedé para poner las cartas sobre la mesa y dejarles claro a las dos, porque supongo que ya sabes que estaban aliadas para manejar mi vida a su antojo, que yo ya tenía una vida que me encantaba y una mujer a mi lado a la que amaba más que a nada.

Después de aquella confesión, me contó todo lo que había ocurrido desde que Orion y yo nos marchamos de casa de sus padres.

Reconoció que las palabras que había utilizado al presentarme como una amiga no habían sido las acertadas, pero que en aquel momento las consideró necesarias.

En cuanto apareció Woong, vio en la mirada de su madre cuáles eran las intenciones de ambas y tuvo miedo de que, si dejaba claro quién era yo para él, Yura me echara de allí de malas maneras o me dijera algo que pudiera hacerme daño.

Había sido su manera de protegerme. No la mejor, desde luego, pero, después de escucharlo, podía comprender por qué lo había hecho.

No quería que me alcanzara la guerra que sabía que iba a desatarse en aquella casa durante las horas siguientes, cuando las pusiera a las dos en su sitio y les dejara claro que iban listas si pensaban que era idiota y que volvería con una mujer egoísta que solo se quería a sí misma.

Desde luego, se había lucido, eso no podía negarse, y lo que hizo no estuvo nada bien. Pero cualquiera podía cometer un error cuando se encontraba en una situación que se le escapaba por completo de las manos, ¿no?

Ben lo había cometido, sí, pero allí estaba, confesándolo, reconociendo que se había equivocado y asegurándome que, por lo mucho que me quería, estaba dispuesto a hacer todo lo necesario para conseguir mi perdón y otra oportunidad, aunque todavía no lo hubiera pedido con esas palabras.

Y, si tenía que pasarse todo el tiempo que hiciera falta intentándolo, lo haría.

Durante los siguientes minutos me relató la bronca monumental que se había montado en aquella casa, lo mucho que habían discutido y lo ciega que estaba su madre con Woong, exactamente como había dicho Orion.

También me contó cómo ella lo había negado todo y había ofrecido una actuación digna de un Oscar, llorando y rogándole que la creyera.

Según Woong, aquellos tres años separados habían sido un auténtico infierno porque lo amaba y lo había echado muchísimo de menos, tanto que ya no había podido soportar seguir viviendo lejos de él y por eso había regresado a buscarlo.

Su padre apenas había intervenido en la discusión, pero, después de escuchar y presenciar todo aquello, se puso del lado de Ben sin pensárselo dos veces. Yura, por supuesto, se enfadó todavía más al comprobar que su marido no la apoyaba.

La discusión se alargó tanto que, cuando Ben quiso darse cuenta, ya había perdido demasiado tiempo. Al ver que ninguna de las dos entraba en razón, las dejó con la palabra en la boca, salió de la casa dando un portazo y corrió al aeropuerto para buscarme, pero no llegó a tiempo.

Lo último que me contó sobre aquella comida fue que su madre apenas le dirigía la palabra desde entonces y que, cuando lo hacía, era únicamente para recriminarle su comportamiento y exigirle, más que pedirle, que le diera otra oportunidad a Woong.

Según ella, ninguna otra mujer iba a quererlo como lo quería su ex.

Era increíble lo ciega que estaba Yura y lo manipuladora que podía llegar a ser la otra, porque menuda manera de comerle la cabeza.

Desde aquel día, Woong no había dejado de llamarlo y buscarlo a todas horas, como yo misma había podido comprobar en el hospital.

Sin embargo, precisamente ese mismo día, harto de su insistencia, Ben la había mandado a la mierda y le había exigido que dejara de acosarlo.

Le había dicho que no iba a cambiar de opinión bajo ninguna circunstancia, que su corazón ya tenía dueña y que no quería volver a verla nunca más.

—¿Entonces no sientes nada por ella? —pregunté con cierto miedo.

—No. Y, sinceramente, ahora incluso dudo que lo que sentí alguna vez por ella fuera amor. Amistad, cariño y complicidad, pues sí, pero amor seguramente no. Ahora que sé lo que es amar a alguien tanto que hasta duele, tengo claro que jamás sentí algo así por Woong.

«Toma confesión hermosa», me dijo una vocecita en la cabeza. «Por si todavía te quedaba alguna duda, creo que con esto ya las tienes todas resueltas».

Ben suspiró y yo terminé haciendo lo mismo.

—Somos dos idiotas —dije negando con la cabeza.

—Lo somos. Yo, por no decirte antes que te quería, y tú, por pensar que no era así.

—Bueno, yo tampoco te dije nada y también te quiero desde el principio.

—¿Lo haces? —me preguntó en un susurro mientras me apretaba la mano con un poco más de fuerza.

—Sí —contesté con firmeza.

—¿Y crees que, si me quieres, podrás perdonar a este idiota por haberlo hecho todo tan mal?

—Mi perdón te va a costar muchos helados.

Ben soltó una risita y negó con la cabeza.

—Si tengo que comprar todos los helados que haya en el supermercado, lo haré. Y, si hace falta, compro una fábrica entera, siempre que con eso consiga que me perdones y aceptes pasar el resto de tu vida a mi lado.

Lo miré a los ojos y sonreí.

Joder, lo había hecho mal, los dos lo habíamos hecho, pero yo lo quería y él me quería a mí, así que también nos merecíamos la oportunidad de tener nuestro final feliz.

Ben esperaba que le dijera algo, cualquier cosa, pero no lo hice porque se me ocurrió una manera mucho mejor de responderle. Levanté la mano, lo agarré con fuerza de la camisa y tiré de él para acercarlo a mí y besarlo.

Nunca un beso me había hecho sentir tantas cosas. Paz, felicidad y, sobre todo, una sensación de estar en casa que no había experimentado con nadie más, porque sí, Ben era mi hogar.

Cuando nos separamos, apoyó su frente contra la mía y los dos nos quedamos sonriendo, todavía muy cerca el uno del otro.

—Una reconciliación un poco más subida de tono tendrá que esperar, porque ahora mismo no estoy yo para muchos trotes.

Ben se rio contra mis labios.

—Lo sé. He revisado tu historial y sé todo lo que pasó, lo que tuvieron que hacerte y cómo te encuentras ahora.

—Doctor, ¿ha estado usted chismeando en historiales de pacientes que no le corresponden?

—No me corresponde, pero esa paciente me importa más que nadie en el mundo, así que sí, lo he mirado y me lo sé de memoria. Y, Dios mío, Miri, cuando leí lo grave que llegaste al hospital, casi me muero.

—Pues menos mal que no nos hemos muerto ninguno de los dos, porque todavía tenemos muchas cosas que hacer juntos antes de que llegue ese momento.

—Sí, hacer abuela a tu madre, por ejemplo.

Fruncí el ceño al escucharlo y me aparté un poco para mirarlo a la cara, descubriendo que el muy sinvergüenza estaba haciendo un esfuerzo considerable por contener la risa.

—Tú y yo vamos a bajar a comer a la cocina, que ya es hora, y mientras lo hacemos me vas a contar qué te traes entre manos con la reina del chisme. Porque el viernes volvió al hospital para buscarte, ¿verdad?

No necesitaba que me respondiera. Ni siquiera me hacía falta tener un flash o uno de mis presentimientos para saber que había acertado. Con lo que acababa de decirme y lo bien que conocía a mi madre, estaba clarísimo.

La reina del chisme había ido a verlo y ahora solo me faltaba averiguar qué demonios le había contado. Y aquello no me daba miedo, sino auténtico pavor.

—Lo hizo, pero justo en ese momento yo estaba llamándola por teléfono.

—¿Por teléfono?

—Les dio su número a casi todas las enfermeras de la planta en la que estuviste ingresada. Le pedí el teléfono a una de ellas como un favor y me lo facilitó.

—¿Y para qué querías hablar con mi madre?

—Necesitaba su ayuda. Estaba desesperado porque me escucharas y ya no sabía qué más hacer. La verdad es que me sorprendió que no me matara directamente y que, en lugar de eso, me lo pusiera tan fácil y me ayudara a llegar hasta ti.

Negué con la cabeza mientras me echaba a reír.

¡La madre que parió a la señora Sabela! Así que por eso llevaba varios días tan rara y misteriosa. Resultaba que ya no se conformaba con ser una chismosa y una cotilla de campeonato, sino que ahora había subido de nivel y también se había convertido en conspiradora.

Eso sí, en cuanto entrara por la puerta, pensaba darle un abrazo enorme, porque, en parte gracias a ella, Ben y yo por fin habíamos podido hablar y confesarnos todo lo que sentíamos.