No te vi venir Capítulo 27
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Capítulo 27

Pasé la mañana dando vueltas de un lado para otro de la casa, sin hacer absolutamente nada más que aburrirme.

Cuando me cansé de vagar como alma en pena, subí a mi habitación y, después de recorrerme tres veces todas las plataformas que teníamos contratadas en la televisión, descartando prácticamente todo lo que encontraba, terminé poniendo una película.

No podría decir que fuera buena, porque no lo era, pero al menos resultaba entretenida y me serviría para distraerme hasta la hora de comer, para la que todavía faltaba una hora como mínimo.

—¡Míriam!

Esta mujer debía de pensar que vivíamos en un palacio y que, desde la planta de abajo, no iba a oírla con la puerta de mi habitación abierta de par en par, porque pegó semejante bocinazo para llamarme que poco faltó para que retumbaran los cristales.

Puse la película en pausa y contesté alzando la voz.

—¿Qué?

—¡Que nos vamos ya!

—Muy bien. Pasadlo bien y no chismees demasiado.

Tuve que contener la risa porque, sin necesidad de verla, sabía perfectamente que estaría poniendo los ojos en blanco. Mi padre, si estaba a su lado, seguramente ya se estaría riendo o haciendo un esfuerzo por aguantarse.

—Lo haré lo justo.

Lo justo, decía. Pues buena les esperaba a sus amigos, aunque, como ya la conocían, seguramente irían preparados. Sobre todo el padre de Sam, al que solía darle unas murgas impresionantes para que se echara novia y al que tenía ya aburrido al pobre hombre.

—Sí, hija, tú en tu línea.

—¡Oye!

—Oigo.

—Y tú escucha.

—¿Qué tengo que escuchar?

—Lo que te digan.

—¿Quién?

—Nos vamos.

—¡Mamá!

—¿Qué?

—Que a quién tengo que escuchar.

—Ya lo verás, pero tú hazme caso. ¡Adiós!

Y, así, sin más explicaciones, cerró la puerta de la calle y me dejó completamente alucinada.

Me quedé unos segundos inmóvil, con el mando en la mano, pensando que cada día estaba peor y más rara. Ya no solo hacía cosas extrañas, sino que ahora también las decía, porque lo que acababa de soltarme no tenía ni pies ni cabeza.

Al final, me encogí de hombros y volví a darle al play para continuar viendo la película.

No habían pasado ni tres minutos desde que mis padres se marcharon cuando escuché unos pasos que se acercaban a mi habitación. Eran suaves, pero firmes, y consiguieron que me incorporara en la cama y me pusiera alerta.

Sin embargo, nada me había preparado para lo que ocurrió a continuación, porque la mandíbula prácticamente se me descolgó y abrí los ojos como platos cuando vi a Ben asomar la cabeza por la puerta.

—¿Pero qué coño…?

—Hola, Míriam —me saludó con toda la tranquilidad del mundo.

Pues estaría tranquilo él, porque yo me estaba poniendo de los nervios. Además, poco me faltó para quedarme sin aire de la impresión que acababa de llevarme al verlo allí, en mi casa, en mi habitación y, encima, mirándome con una sonrisa.

—¿Qué haces aquí, Ben?

Al escucharme llamarlo Ben, su sonrisa se amplió un poquito más.

—He venido a verte y a hablar contigo. Necesito que me escuches.

Me quedé inmóvil, mirándolo, hasta que terminé de procesar sus palabras y, de repente, lo comprendí todo. Que estuviera allí era cosa de mi madre. Ella le había abierto la puerta, sabía perfectamente a lo que venía y por eso me había insistido tanto en que escuchara.

¡La madre que la parió! Ya vería ella cuando la pillara, porque se iba a enterar de lo que era bueno por meterse donde no la llamaban.

—¿Otra vez con lo mismo? De verdad, Ben, que no hace falta que me des ninguna explicación.

—Sí que hace falta, porque estás confundida en todo.

—¿Confundida? No lo creo.

—Pues sí, y mucho. Pero, si no me dejas hablar, nunca vas a saberlo.

Nada, que el doctor se había emperrado en hablar y estaba claro que no pensaba marcharse sin hacerlo. Pues mira, iba a dejar que soltara todo lo que tuviera que decir, porque, de lo contrario, ya me veía con canas y a él con cachava, y los dos seguíamos exactamente en las mismas.

—¿Y qué es lo que tengo que saber? —pregunté con cansancio mientras me sentaba en el borde de la cama.

Ben se pasó una mano por el pelo un par de veces, cogió aire al menos otras dos y me miró con una expresión en la que me pareció reconocer cierto miedo. Después se acercó a mí como si estuviera caminando hacia el paredón y, finalmente, habló.

—Que te amo. Eso es lo que tienes que saber.

Me quedé mirándolo alucinada. No, alucinada no, lo siguiente, porque no me digáis que aquello no era para quedarse a cuadros.

O para que me entrara un ataque de risa, que tampoco descartaba que fuera lo que me ocurriera en cualquier momento, o directamente para que me diera un infarto, que visto lo visto empezaba a parecerme la opción más probable.

—¿Pero qué coño me estás contando?

—La verdad, Míriam. La única verdad —contestó con una sinceridad que consiguió ponerme todo el vello de punta y que mi corazón empezara a bombear a una velocidad de vértigo.

¡Ay, mi madre! O estaba teniendo algo bastante más fuerte que uno de mis presentimientos, o aquello era una alucinación de las buenas, de esas que te hacen pensar que ese mismo día vas a terminar durmiendo en un psiquiátrico.

—No me crees —afirmó con tristeza al ver mi expresión.

Pues, hombre, después de todo lo que había pasado, más bien estaba pensando que se estaba riendo de mí.

—Pues…

—Lo sé. Después de todo lo que ha ocurrido y de cómo me comporté, es normal que no me creas, pero pienso pasarme la vida entera, si hace falta, haciendo todo lo necesario para que algún día lo consigas.

—Ben… —murmuré sin saber qué más añadir.

Y es que cada vez estaba más nerviosa, no solo por lo que me estaba diciendo, sino también por la manera en que me miraba.

Me miraba como mi padre miraba a mi madre, como si fuera la persona más importante de su vida, lo único que existiera en el mundo. ¿Pero aquello no era imposible? ¿O tal vez sí podía ser verdad?

—Míriam, te quiero desde hace mucho tiempo. Creo que desde la primera vez que nos vimos, cuando chocamos y te miré a los ojos. Estoy convencido de que aquel día me enamoré de ti.

—No es posible… —susurré.

—Sí que lo es, pero tenía miedo de volver a sufrir y no quería reconocérmelo ni siquiera a mí mismo. Aunque, en el fondo, siempre lo supe. Siempre he sabido que eres la mujer de mi vida.

—Dios mío, Ben… —Conseguí murmurar.

Tenía los ojos llenos de lágrimas y un nudo tan grande en la garganta que apenas podía tragar saliva, así que durante los siguientes minutos fui incapaz de articular palabra.

Ben aprovechó mi silencio para contarme todo lo que llevaba queriendo decirme desde el día en que me marché de casa de sus padres.

Me explicó que hacía tiempo que estaba seguro de que quería compartir su vida conmigo, pero que no se había atrevido a dar un paso al frente porque pensaba que yo todavía no estaba preparada para una confesión semejante.

También me aseguró que jamás nos había considerado dos simples amigos que se divertían juntos, sino una pareja como cualquier otra, dos personas que habían empezado una historia que, para él, era la más bonita de todas.

Por lo visto, cuando me propuso que fuéramos despacio y no pusiéramos etiquetas a lo nuestro, lo hizo únicamente para no asustarme, porque él nunca había querido quedarse ahí. Siempre había deseado algo más, pero prefería darme tiempo.

Sin embargo, con el paso de los meses, al darse cuenta de que yo también sentía algo por él, había dado por hecho que aquel acuerdo inicial había quedado atrás y que ambos entendíamos nuestra relación de la misma manera.

Ahora, después de todo lo que había ocurrido y de haberme perdido, comprendía que no debería haber dado nada por sentado y que tendría que haber hablado conmigo con total claridad. Pero, por desgracia, ya no podía dar marcha atrás para arreglar aquella cagada.

Aunque, siendo sincera, tampoco pensaba permitir que cargara con toda la culpa, porque yo había hecho exactamente lo mismo. También por miedo, me había guardado todo lo que sentía y tampoco había sido capaz de hablar con claridad sobre lo que quería de nuestra relación.

Cuando terminó de contarme aquella parte de la historia, nos quedamos los dos en silencio.

Uno muy necesario, por cierto, porque Ben parecía bastante abrumado y necesitaba respirar un poco antes de continuar.

Y estaba claro que iba a seguir, porque ahora que por fin había empezado a hablar, tenía la impresión de que no se callaría hasta sacar todo lo que llevaba dentro.

Yo, por mi parte, también necesitaba unos minutos para asimilar lo que acababa de escuchar.

¡Pero qué leches! Todo aquello me parecía fortísimo y, joder, qué equivocada había estado pensando cosas que no eran. Si es que había que ser tonta.

Por algo dicen siempre que no hay que dar nada por hecho y, joder, qué verdad más grande era aquella.