No te vi venir Capítulo 26
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Capítulo 26

Salí de la ducha con cuidado. Todavía me dolía el vientre, pero nada que ver con aquel dolor horroroso que había sentido el día que casi le hice una visita al Todopoderoso ni con el de los días posteriores a despertarme en el hospital después de la operación.

Los puntos que me habían puesto por fuera ya no estaban, porque se habían ido cayendo solos, pero tenía la piel bastante sensible y, como me habían explicado que la herida interna tardaría más en cerrar, aún sentía algunas molestias. Por suerte, eran perfectamente soportables.

Mientras me ponía los pantalones deportivos que había elegido para estar por casa, porque con ese tipo de ropa era como más cómoda me encontraba, un estremecimiento me recorrió el cuerpo.

Y no fue porque tuviera frío ni porque acabara de tener un flash, sino por aquel presentimiento de que algo iba a ocurrir que llevaba instalado dentro de mí desde que habíamos regresado del hospital y que no me había abandonado ni un solo momento.

Seguía allí y, de vez en cuando, se intensificaba tanto que tenía la sensación de que estaba intentando advertirme de algo. ¿De qué? Pues ni puñetera idea, pero de que algo iba a pasar estaba completamente segura.

Y, por si no tuviera bastante con aquello, mi madre llevaba comportándose de una manera de lo más extraña desde que nos despedimos de Ben y su chica en la puerta del hospital. O, mejor dicho, desde que nos largamos y los dejamos con la palabra en la boca.

Que sí, que mi madre era rara, eso ya lo sabía yo de sobra, pero desde entonces lo estaba siendo bastante más de lo habitual y aquello empezaba a preocuparme.

Estaba demasiado callada, lo que en su caso no era raro, sino prácticamente increíble. También se mostraba misteriosa y eso ya era para echarse a temblar, porque estaba convencida de que aquella cabecita de chismosa que tenía andaba maquinando cosas que no debía.

Conociéndola, podía esperarme cualquier cosa, desde que creara una página web para compartir chismes con gente de cualquier parte del mundo hasta que pusiera un anuncio buscando al donante ideal para preñar a su hija y quitarse de una vez aquellas ganas locas que tenía de ser abuela.

Así que, entre su extraño comportamiento y la manera en que me miraba, me tenía con los nervios de punta.

Cada vez que nos cruzábamos por casa, ya fuera porque yo bajaba a buscar algo a la cocina o porque me apetecía sentarme un rato en el jardín, se quedaba observándome sin decir una palabra y sonreía como un gatito travieso, con aquella expresión de quien parece estar pensando: «Sé algo que tú no sabes, pero pronto te vas a enterar y te vas a caer de culo».

Pues a ver si era verdad y me enteraba de una puñetera vez de lo que tuviera que enterarme, porque estaba deseando que se acabaran tantas rarezas. Lo único que quería era recuperarme, volver al trabajo e intentar llevar una vida tranquila y medio normal, sin dramas de por medio.

Bueno, teniendo la madre y los amigos que tenía, lo de vivir sin dramas era prácticamente imposible, pero al menos esperaba que los que llegaran fueran llevaderos y no me alteraran demasiado la existencia.

Me puse una camiseta, me recogí el pelo en un moño mal hecho, porque total, no pensaba salir de casa y no tenía que verme nadie, y terminé de vestirme con unos de aquellos calcetines mullidos que tanto me gustaban.

Antes de bajar, cogí el móvil de encima de la mesilla, donde lo había dejado la noche anterior, y me quedé sujetándolo mientras pensaba en todo lo que había dentro. Un contenido que, a esas alturas, ya me sabía prácticamente de memoria de tantas veces como lo había leído.

Cuando mi madre me llevó al aeropuerto desde el hospital, dos días atrás, para que recogiera las cosas que había dejado allí el día que enfermé, lo primero que quise hacer en cuanto me las entregaron fue comprobar si era cierto lo que me había dicho Ben sobre las llamadas y los mensajes que me había enviado.

No pude mirarlo en el coche porque estaba sin batería, así que, nada más llegar a casa, lo puse a cargar y esperé hasta la tarde, cuando subí a tumbarme un rato en mi habitación, para revisarlo tranquilamente.

Y sí, todo lo que me había dicho era cierto. Tenía exactamente doce llamadas perdidas de los últimos seis días y quince mensajes suyos.

Podría parecer acoso, pero, conociendo a Ben, no creía que nadie pudiera interpretarlo de aquella manera. Más bien parecía una insistencia nacida de la preocupación que le había provocado mi silencio o, al menos, eso quise pensar.

Todas las llamadas eran perdidas, porque no había dejado ningún mensaje de voz, y los textos tampoco contenían nada fuera de lo normal.

En casi todos me preguntaba cómo estaba, si me había ocurrido algo y si ese era el motivo por el que no le contestaba.

Eso sí, había algo que se repetía en todos y cada uno de ellos: me rogaba que nos viéramos para hablar.

Y digo rogaba porque la desesperación se percibía incluso en sus palabras escritas.

Por más vueltas que le daba, no conseguía comprender aquella insistencia en querer explicarme las cosas. Joder, después de lo que había pasado en casa de sus padres, tampoco creía que quedara demasiado por decir.

Cualquier otra persona en su lugar estaría encantada de que, después de haberse quitado de encima a alguien con quien supuestamente tenía algo, ya fuera una amistad, un rollo o incluso una relación, esa persona lo hubiera aceptado sin exigirle explicaciones ni pedirle cuentas por su comportamiento.

Pero estaba claro que Ben no debía de ser como los demás, porque tanto por teléfono como cuando nos encontramos en la puerta del hospital había seguido insistiendo en que necesitaba hablar conmigo.

Seguramente quería darme alguna excusa, encontrar una explicación racional o vete tú a saber qué, para quedarse con la conciencia tranquila y convencerse de que al final había hecho las cosas bien.

Pero es que, de verdad, yo no necesitaba nada de aquello.

¿Que no me quería? Pues vale. ¿Que seguía enamorado de su primer amor? Pues vale también. ¿Que yo había sido un paréntesis en su vida, una mujer con la que se lo había pasado bien durante un tiempo? Pues estupendo, eso también lo aceptaba.

Joder, que lo entendía, claro que lo entendía. Lo que no podía comprender era que hubiera hecho las cosas de aquella manera, dejándome destrozada delante de su familia, porque eso sí que me había dolido y muchísimo.

No había actuado bien y lo suyo habría sido que me lo dijera a solas, por supuesto. Algo tan sencillo como: «Mira, Míriam, estuvo bien mientras duró, pero no te quiero ni podré quererte nunca, así que tú por tu lado y yo por el mío».

Aquello me habría destrozado igualmente porque yo sí que lo quería, pero al menos no me habría sentido tan utilizada y humillada al comprobar que parecía importarle tan poco, ya no solo como amiga, que se suponía que era lo que yo representaba para él, sino como persona.

Pero, en fin, las cosas no siempre salen como una desea y la gente tampoco actúa necesariamente como esperamos, así que no me quedaba más remedio que seguir adelante y confiar en que aquella sensación de tener una piedra instalada en el pecho, apretándome el corazón constantemente, desapareciera lo antes posible.

Con aquel último pensamiento rondándome la cabeza, guardé el móvil y bajé a la cocina.

—Buenos días, pareja.

—Buenos días, hija. ¿Cómo estás hoy? —me preguntó mi padre.

—Estoy mejor, papá. Deseando que todo esto pase pronto para poder volver a surcar los cielos.

Porque esa era otra. En el hospital me había aburrido como una ostra y, ahora que estaba en casa, me estaba pasando tres cuartos de lo mismo. Echaba muchísimo de menos trabajar y, por supuesto, también a Sam y a Dylan.

Nos habíamos visto, claro que sí, porque habían ido a visitarme al hospital casi todos los días, aunque solo fuera un rato después de terminar el vuelo que les hubiera tocado.

También habíamos mantenido el contacto constantemente por teléfono, pero no era lo mismo que pasar horas y horas juntos, como estábamos acostumbrados.

De hecho, ya llevaba tres días sin verlos, concretamente desde el jueves. Aquel día era domingo y, como les había tocado uno de los fines de semana en los que volábamos a Chicago, no volvería a verlos hasta el día siguiente.

Aunque tampoco descartaba que Sam se presentara en mi casa a última hora para visitarme y, ya de paso, echar un buen rato de cháchara con mi madre.

Y chismes traería, seguro, porque Ben estaría en aquel vuelo, como hacía siempre, y vete tú a saber lo que habría ocurrido cuando mi amiga se lo encontrara.

Que Sam no iba a quedarse callada lo sabían hasta los niños que todavía no habían nacido, pero, después de insistirle en que dejara estar el asunto, me había prometido que sería suave.

Y, por lo visto, lo había sido, porque la noche anterior, cuando hablamos antes de que ella y Dylan salieran a cenar, no hizo la más mínima referencia a nada relacionado con Ben. Y mejor así.

—No tengas tanta prisa, que todavía te quedan unos días de recuperación y tienes que volver al hospital para que te revisen —me recordó mi madre.

—Lo sé, mamá, pero es que yo no valgo para estar sin hacer nada. Me aburro.

—Pues te pones a hacer crucigramas —sentenció con una autoridad que hizo reír a mi padre.

—Donde hay patrón, no manda marinero —comentó él.

—Ya lo veo, ya —contesté sonriendo.

—Míriam, en la nevera tienes la comida. Solo hace falta que la calientes porque hoy nos vamos.

—¿Dónde vais?

—Hemos quedado con el padre de Sam y unos amigos más para comer por ahí y después tomar algo.

—Pues perfecto, que también os vendrá bien salir y pasarlo bien.

Mi madre me miró y volvió a sonreír de aquella manera tan extraña que últimamente me ponía de los nervios.

—Estás muy rara —le solté.

—Yo no estoy de ninguna manera, soy así.

—Sí, si rara ya sé que eres, pero últimamente lo estás más de lo normal y, encima, te has puesto de lo más misteriosa.

Y no era solo que estuviera rara, sino que también hacía cosas que no tenían ni pies ni cabeza, como el día que habíamos regresado del hospital.

Nada más llegar a casa, apenas diez minutos después de ayudarme a subir las escaleras y dejarme acomodada en la cama, me anunció que tenía que hacer unos recados y se marchó.

Unos recados que duraron nada menos que tres horas. Lo peor fue que, cuando le pregunté a mi padre dónde había ido, resultó que no tenía ni idea y ella, al regresar, se limitó a decirme que eran asuntos sin importancia. Así, sin más, sin darme ninguna otra explicación.

—No tendrás síndrome de abstinencia chismil , ¿verdad?

—¿Síndrome de qué?

Mi padre, que me había entendido perfectamente, soltó una carcajada y su risa fue tan contagiosa que terminé riéndome con él.

—Sabela, tu hija piensa que, después de pasarte todos esos días en tu salsa, rodeada de más chismes de los que cualquiera podría imaginar en un hospital, ahora que has vuelto a casa los echas de menos.

—¡Tú eres tonta, niña! —exclamó mi madre entre risas—. ¿Cómo coño voy a echarlos de menos? Ni que tuviera problemas para encontrarlos en cualquier otro sitio.

—Pues también es verdad —reconocí encogiéndome de hombros sin dejar de reír.

—Desayuna, anda, que hoy vas a necesitar fuerzas —me dijo con otra de aquellas sonrisitas misteriosas.

La miré un momento, pero decidí pasar de comerme más la cabeza y centrarme en el plato que tenía delante.