Capítulo 25
Caminamos en silencio hasta que por fin salimos a la calle, aunque la incomodidad que se había instalado entre nosotros era tan grande que casi podía cortarse con un cuchillo.
—¿Vienen a buscarte?
—No.
—¿No pensarás irte tú sola? Yo puedo…
Lo interrumpí antes de que terminara la frase, porque no quería ni escuchar lo que estaba a punto de ofrecerme.
—Mi madre está arriba. Bajará en unos minutos con mis cosas y ella me llevará a casa.
—¿Tus cosas? ¿Has estado ingresada?
Anda, míralo, a ver si ahora iba a ponerse en plan chismoso y preguntón para hacerle la competencia a mi señora madre, pensé mientras resoplaba.
—Es lo que suele pasar cuando estás a punto de cascarla, que te ingresan unos días a ver si consiguen que salgas por esta puerta o tienen que mandarte al depósito.
—¡¿Qué?!
—De los oídos no me han operado, así que no hace falta que levantes la voz. Te escucho perfectamente.
—Míriam, por Dios…
—Voy a sentarme en ese banco. Puedes soltarme ya, que soy capaz de llegar sola.
Ni puñetero caso me hizo. Siguió sujetándome hasta que llegamos al banco, el mismo, por cierto, en el que lo había esperado aquella primera vez que fui a buscarlo al hospital. Solo me soltó cuando comprobó que estaba sentada y que no corría peligro de caerme.
Pensé que entonces se marcharía, pero, por lo visto, el destino había decidido seguir torturándome un poquito más, porque el tío, con dos narices, se sentó a mi lado.
—¿Qué haces?
—Sentarme.
—Ciega tampoco estoy. Ya veo que te has sentado, Benjamin. Lo que no entiendo es por qué lo haces.
—¿Ahora soy Benjamin? —preguntó con amargura.
Sabía perfectamente por qué me lo preguntaba. Para mí, desde el primer momento, siempre había sido Ben, nunca Benjamin, y precisamente de ahí venía su reacción.
—¿Te has cambiado el nombre?
—No.
—Pues entonces ya está. Te he llamado por el que te corresponde, aunque, si lo prefieres y por una casualidad de la vida volvemos a encontrarnos algún día, también puedo llamarte doctor Davies.
—No, no prefiero eso —contestó apretando los dientes—. Para ti siempre he sido Ben.
Solté una risa amarga.
—Para mí has sido muchas cosas, pero ya no.
—¿Ya no?
—No. Tú así lo quisiste y a mí no me ha quedado más remedio que aceptarlo, así que no hay mucho más que decir.
—Pues yo sí tengo cosas que decirte.
—No hace falta que me expliques nada. Puede que sea muchas cosas, pero tonta no soy y aquel día me quedó todo bastante claro.
—Míriam, sí que hace falta. Te he llamado decenas de veces durante esta semana y te he mandado ya ni sé cuántos mensajes.
Joder, hasta he ido al aeropuerto a buscarte, pero nunca te he encontrado y, cuando pregunté por ti, no quisieron decirme ni dónde vivías ni cuáles eran tus turnos ni nada, por protección de datos.
Pues sí que se había tomado molestias para dejarme claro que iba a darme la patada. Desde luego, había que reconocerle que era considerado y elegante hasta para eso.
—No tengo el móvil. Se quedó en el aeropuerto el día que me trajeron aquí y, como llevo una semana ingresada, no he visto nada.
—¿Has estado aquí una semana? Joder, y yo sin saberlo.
—No me han operado del coco, así que tampoco tenías por qué saberlo.
—Míriam, cuéntame qué te ha pasado —volvió a pedirme, esta vez casi rogándomelo.
Si es que de verdad que era idiota, pero idiota de remate, porque no sé por qué extraña razón, al verlo pedírmelo de aquella manera, me ablandé un poco y terminé contándole lo que había ocurrido.
—Dios mío, Míriam. Si te hubiera pasado algo, yo…
—Tú nada.
—Yo sí, joder. Te repito que necesito decirte muchas cosas y quiero que hablemos.
—Ya estamos hablando.
—No, así no.
—Pues yo no conozco otra manera de hablar. Código morse no sé y lengua de signos tampoco —contesté encogiéndome de hombros.
Soltó una risita.
—Ni estando convaleciente pierdes el humor. No has cambiado nada. Sigues siendo la misma Míriam de siempre, enfadada, pero sigues siendo tú.
—Desde que no nos vemos han cambiado muchas cosas, entre ellas mi manera de pensar. Y, pese a lo que pueda parecerte, no estoy enfadada, ni contigo ni con nadie, ni siquiera conmigo misma.
—¿No?
—No.
—¿Entonces?
—Lo que estoy es decepcionada.
—Eso es peor que estar enfadada —susurró.
—Es lo que siento —respondí encogiéndome de hombros.
—Te he decepcionado.
La amargura con la que lo dijo hizo que se me formara un nudo en la garganta tan grande que apenas me dejaba tragar saliva. Aun así, hice un esfuerzo por hablar, porque necesitaba dejarle claro lo que realmente pensaba.
—No. Tú no me has decepcionado. Con quien estoy decepcionada es conmigo misma y también con algo que forma parte de mí.
—¿El qué?
—Algo que pensé que te contaría algún día, pero que ahora ya no importa.
—¿Y por qué te ha decepcionado?
—Porque lleva toda mi vida ayudándome y, justo cuando más necesitaba esa ayuda, no llegó.
—¿No te ayudó a qué?
—No te vi venir.
Y era totalmente cierto. Llevaba toda mi puñetera vida viendo venir cosas y a Ben no lo había visto llegar. No había previsto que sería el hombre al que mi corazón elegiría, aquel del que me enamoraría, por el que sufriría y al que desearía tener a mi lado durante el resto de mi vida.
—No entiendo nada.
—Lo sé, pero créeme, es mejor así.
Y, por supuesto, era mejor así. Ben nunca llegaría a saber nada de mis presentimientos, de mis flashes ni de cualquier otra cosa relacionada con aquella parte de mi vida.
Él lo había querido de aquella manera y, aunque lo nuestro había terminado de una forma que jamás me habría imaginado, siempre había sabido, o al menos sospechado, que yo no significaba para él lo mismo que él significaba para mí.
Era una mierda, pero era lo que había. Ben nunca podría llegar a quererme porque su corazón no estaba libre para hacerlo y, precisamente por eso, tampoco podía culparlo.
No puedes obligar a nadie a sentir algo por ti cuando su corazón sigue perteneciendo a otra persona, por mucho que lo desees o te empeñes en conseguirlo.
El corazón va por libre y elige a quien quiere.
Ben estaba a punto de preguntarme algo más cuando un carraspeo hizo que cerrara la boca. Ambos levantamos la cabeza y allí, delante de nosotros, estaba mi madre, que lo miraba de una manera que daba auténtico miedo.
—Mamá, ¿has terminado?
—Sí.
—Pues vámonos —dije mientras apoyaba las manos en el banco para levantarme por mis propios medios.
Sin embargo, Ben fue más rápido y me rodeó la cintura con delicadeza para ayudarme a incorporarme.
Mi madre se cruzó de brazos y lo examinó de arriba abajo.
—¿No me presentas? —me preguntó.
Dios mío, aquello era precisamente lo que había querido evitar. Porque sabía, sin necesidad de tener ningún presentimiento ni flash, que mi madre iba a darle un repaso de aúpa o a soltarle unas cuantas perlas de las suyas.
Pero, claro, después de que me lo preguntara tan directamente, ¿qué otra cosa podía hacer? Pues ceder, porque tampoco iba a permitirme ninguna otra opción.
—Ella es Sabela Castro, mi madre —dije señalándola con una mano—. Y él es Benjamin Davies.
—Eso ya me lo había supuesto yo —contestó sin dejar de mirarlo.
—Encantado, señora Castro —dijo Ben mientras le tendía la mano para saludarla.
Mi madre bajó la mirada hacia su mano, pero apenas un segundo después volvió a mirarlo a la cara sin descruzar los brazos ni hacer el menor intento de devolverle el saludo. Vamos, que no le salió de ahí darle la mano.
—Pues fíjate que yo no puedo decir lo mismo. Encantada no estoy precisamente.
Ben bajó la mirada, avergonzado.
—Lo supongo y lo entiendo.
—No, tú no entiendes una mierda.
—Mamá, por favor…
—¿Qué? —preguntó encogiéndose de hombros mientras sonreía.
¿Sonreía? ¿Por qué coño sonreía? Os juro que cada vez la entendía menos. Primero lo miraba como si quisiera atravesarle un ojo con un tenedor, después se negaba a saludarlo y ahora le sonreía como si tal cosa.
—Vámonos.
—Míriam, estamos hablando.
—Ya no. No hay nada más que decir.
—Oh, pero es que sí hay mucho que decir.
—Pues me lo cuentas luego.
—Es que no soy yo quien tiene que hablar.
—¿Qué dices? —pregunté sin entender absolutamente nada.
—Que aquí el doctor parece tener muchas cosas que decir. Por lo visto, es un poco lento y le ha costado darse cuenta de ciertas cosas, porque, si no, no entiendo cómo habéis acabado en esta situación.
Os juro que por un momento pensé que estaba fumada o que alguna de sus nuevas amigas, las enfermeras, le había dado una pastillita que la estaba haciendo desvariar.
—Pues la que no te entiende soy yo.
—Ya entenderás mis palabras cuando hables con él.
—No sé ya cómo decirte que no tenemos nada de qué hablar, que todo quedó dicho y bastante claro.
—No.
—¿No?
—No. ¿Verdad que no, Benjamin? ¿Verdad que tienes mucho que decirle?
—Así es. Eso es precisamente lo que estaba intentando explicarle, que quiero que me escuche.
¡Joder, menudo papelón acababa de presentárseme! No te jode, que ahora se habían aliado los dos para decirme exactamente lo mismo. Aquello era surrealista como poco, pensé mientras miraba primero a uno y después al otro.
Iba a pedirles que me dejaran en paz, que estaba cansada y quería irme a casa, y que no tenía ninguna intención de escuchar algo que creía saber de sobra.
Sin embargo, todas aquellas palabras se quedaron atascadas antes de salir de mi boca porque se me erizó el vello de la nuca, anunciándome la llegada de un nuevo flash.
Madre mía, después de pasarme varios días sin tener ninguno, en apenas media hora me llegaban dos. Es que, de verdad, aquel día parecía mejorar por momentos.
Por instinto, cerré los ojos y tres imágenes aparecieron a la vez en mi cabeza.
Unos zapatos rojos de tacón repiqueteando contra el suelo, un billete de avión cuyo destino no conseguí distinguir y un nombre escrito con letras enormes: Woong.
¿Y qué hacía yo con aquello? Pues lo de siempre, intentar interpretarlo, aunque en esa ocasión tampoco hacía falta ser demasiado lista ni tener mucha experiencia, porque más claro no podía estar.
Ben se iba con ella a Corea y, si eso formaba parte de lo que tanto insistía en contarme, mi cabeza acababa de ahorrarle el trabajo.
—¿Míriam? —me llamó mi madre con voz seria.
Abrí los ojos y la miré forzando una sonrisa. No tuve que decirle nada para que comprendiera lo que acababa de ocurrirme. Cómo no iba a entenderlo, si llevaba toda la vida presenciando aquellos episodios.
—¿Te has mareado? —me preguntó Ben al ver que había cerrado los ojos durante unos segundos y que mi expresión había cambiado al volver a abrirlos.
—No, estoy bien. No ha sido nada.
—Siempre dices que no es nada cuando te quedas pensando con los ojos cerrados.
—Porque es verdad. Solo estaba descansando la vista un momento —mentí para salir del paso.
Pero apenas había terminado de hablar cuando mi cuerpo se tensó por completo al escuchar el mismo repiqueteo de tacones que había oído en mi cabeza un minuto antes.
—Es hora de que te vayas.
—¿Me echas? —preguntó Ben frunciendo el ceño.
—No, pero tienes cosas que hacer y no puedes seguir perdiendo el tiempo aquí conmigo.
—Contigo jamás perdería el tiempo.
Sonreí con tristeza, porque ojalá aquello hubiera sido cierto.
—Vienen a buscarte.
—Vámonos —intervino mi madre, que había comprendido perfectamente a qué me refería.
—¿Quién viene? No te entiendo —insistió Ben.
—Tu chica.
—Imposible.
—Pocas cosas hay imposibles en esta vida. Yo, por desgracia, conozco alguna, pero esta no es una de ellas.
—¡Benjamin! —lo llamó Woong a su espalda.
Ben abrió los ojos como platos antes de girarse hacia ella.
—¿Woong? ¿Qué haces aquí?
—He venido a buscarte.
—Tengo que trabajar —le contestó con sequedad.
Aquello sí que me sorprendió, aunque todavía me llamó más la atención descubrir que mi madre estaba sonriendo de una manera que no conseguí interpretar. Parecía saber algo que yo desconocía, aunque, tratándose de la reina del chisme, tampoco era tan extraño.
Woong no hizo ni puñetero caso a la respuesta de Ben porque, en cuanto me vio, centró toda su atención en mí.
¡Y qué mirada, joder! Me observó como si fuera uno de esos mosquitos pesados de cojones que no dejan de molestarte y que estás deseando aplastar para que te dejen en paz.
—¿Otra vez tú? —me preguntó con bastante borde.
—Otra vez yo.
—No me digas que también has pasado por aquí a saludar.
—Pues no. En esta ocasión mi estancia ha durado un poquito más de lo que dura un saludo. He pasado una semana en este maravilloso hotel de cinco estrellas —contesté señalando el hospital—, pero, chica, el presupuesto no me llegaba para más y ya me han echado.
Mi madre no se cortó un pelo y soltó una risita al escucharme, mientras Ben se unía a ella con una sonrisa de medio lado.
—Pues, si estás aquí fuera hablando, me parece que no has entendido el mensaje. Tendrás que marcharte, ¿no?
Lo he entendido perfectamente, guapa. No hace falta que me digas que me pire, que ya sé yo de sobra lo que tengo que hacer, estuve a punto de contestarle. Pero, sinceramente, no tenía ninguna gana de entrar en una guerra que ni siquiera me interesaba.
—Lo he entendido perfectamente. Yo siempre lo entiendo todo —respondí mirando directamente a Ben—. Que os vaya bien.
Y, sin esperar ninguna respuesta, me agarré del brazo que mi madre me ofrecía y nos largamos calle abajo.