Capítulo 24
Gracias a Dios, a todos los ángeles del cielo, a los demonios del infierno, a mis antepasadas las meigas y a todo bicho viviente, por fin, después de una semana ingresada, me iba a casa.
Aunque os juro que no descartaba marcharme a un hotel, al Polo Norte o directamente a otro planeta, a ser posible uno que todavía no hubieran descubierto. Cualquier sitio me parecía estupendo con tal de salir de allí.
Decir que estaba harta era quedarme corta, porque los cinco días que me había dado la señora Sabela no os los podéis ni imaginar.
No me había dejado sola ni de día ni de noche y, de verdad, le agradecía en el alma que estuviera allí para ayudarme a ir al baño o a ducharme, porque todavía me costaba bastante moverme y me resultaba mucho más fácil hacerlo apoyada en alguien.
Pero, por lo demás, me marchaba de aquel hospital con ganas de pedir cita en Psicología.
¡Madre mía del amor hermoso, qué cinco días!
Para mi madre, estar allí, en un hospital que era un foco de chismes más grande que el reflejo del sol en el desierto, había sido como llevar a un niño a Disneyland.
Nos íbamos a casa sabiendo qué médico estaba liado con quién, qué enfermeras estaban separadas, viudas, casadas o solteras, cuántos hijos tenía cada uno de los profesionales sanitarios asignados a mi planta y hasta las edades de todos sus descendientes.
Y no solo eso, porque también nos sabíamos la vida por fascículos del resto de los pacientes ingresados en el mismo pasillo que yo.
La señora Sabela había disfrutado chismeando más que en toda su vida, tanto que no descartaba que, a partir de entonces, empezara a visitar el hospital por puro entretenimiento, aunque no tuviera nada que hacer allí.
Pero lo peor no era que hubiera estado chismeando. Mira, si era feliz así, pues yo la dejaba que hiciera lo que quisiera. El problema era que, cada vez que se enteraba de algo, venía a contármelo con todo lujo de detalles y, por supuesto, añadiendo sus propias aportaciones.
Nos llevábamos a casa tanta información que, sin exagerar, podríamos escribir un libro de quinientas páginas y titularlo Chismes entre batas blancas o algo por el estilo.
—Míriam, ¿estás lista, hija?
—Y, si no lo estoy, da igual. Vámonos.
—Jo, pues no parece que estés deseando largarte.
—¿En serio? No sé en qué lo has notado.
—Pues queja no puedes tener, porque te han ayudado y cuidado muy bien.
No, si en eso tenía toda la razón. Todo el personal había sido muy amable y profesional, y me habían tratado estupendamente. Pero tenía tal saturación de información en la cabeza sobre asuntos que me importaban menos que nada que no descartaba acabar quedándome lela de verdad.
Y, si a eso le añadíamos que cada día que pasaba ingresada era un día más en el que me arriesgaba a que Ben se enterara de que estaba allí, algo que por nada del mundo quería que ocurriera, comprenderéis que tuviera tantas ganas de marcharme.
No sabía absolutamente nada de él desde la última vez que nos vimos.
No me había llamado, o eso creía, porque tampoco podía asegurarlo, ya que mi teléfono seguía en la oficina de personal del aeropuerto.
El piloto que nos llevó el día que me puse enferma se lo había entregado al responsable de allí, que lo guardaría hasta que regresara a recogerlo.
Sam se había ofrecido a hablar con ellos y llevarles una autorización mía para que se lo dieran, pero le dije que no hacía falta.
Las únicas personas que me llamaban eran ella y Dylan, y podían hacerlo al móvil de mi madre, como habían estado haciendo durante aquellos días.
Así que no tenía ni idea de si me estarían esperando llamadas o mensajes.
De todas formas, saldría de dudas enseguida, porque el aeropuerto nos pillaba de camino a casa y ya le había dicho a mi madre que pasaríamos un momento para recoger mis cosas y firmar, de paso, un documento de la baja médica que todavía tenía pendiente.
—Y queja no tengo ninguna, madre. Ahora, paciencia… Eso ya es otra cosa.
—En eso tienes razón. Como en casa no se está en ningún sitio.
—Pues arreando, que cuanto antes salgamos, antes llegaremos.
—Dame unos minutos, que voy a despedirme de la gente.
¡La madre que la parió! Ya me imaginaba perfectamente cómo iba a ser aquella despedida. Estaría repleta de preguntas de última hora y, además, sacaría el radar chismil por si conseguía llevarse alguna información jugosa para comentarla durante el camino.
—Pues yo me largo y te espero en la puerta, que así me da un poco el aire.
—¿Pero cómo vas a bajar sola? —me preguntó escandalizada.
—Pues andando, despacito, pero con buena letra. Tú no tengas prisa, madre, disfruta de tu despedida —contesté poniendo los ojos en blanco mientras empezaba a caminar hacia el ascensor.
—Míriam, ¿estás segura? A ver si te vas a caer y la lías.
—Si me caigo, estoy en un buen sitio para que me levanten, ¿no crees?
—Menos coñas, niña, que el cupo de sustos ya lo tenemos completo.
—Y el de chismes también, pero tú sigues empujando para que entren más —murmuré mientras daba un par de pasos.
—¿Qué?
—Nada, que te espero abajo. Necesito vitamina D con urgencia.
—¿Vas a la farmacia?
Resoplé.
—No, madre, voy a tomarla directamente de la fuente.
—¿Qué fuente? Yo no he visto ninguna por aquí.
—Del astro rey, madre. Del sol.
Me hizo un gesto con la mano para que me marchara con viento fresco y se dirigió hacia el mostrador de las enfermeras.
—Buena os espera, guapas. Como le deis carrete, os saca hasta el día en que perdisteis la virginidad —murmuré mientras esperaba a que llegara el ascensor.
Por suerte, cuando entré no iba demasiado lleno y pude colocarme al fondo, apoyada contra la pared. Era lo mejor, porque estábamos en la octava planta y tenía claro que, hasta llegar a la planta principal, pararíamos unas cuantas veces para que subiera y bajara gente.
Nada más ponerse en marcha, aquel escalofrío que tan bien conocía me recorrió el cuerpo hasta detenerse en la nuca y, durante apenas un segundo, apareció en mi cabeza un flash en el que vi claramente el número tres.
¿Y qué demonios querría decir aquello? ¿Que mi madre tardaría tres horas en bajar? ¿Que todavía me quedaban tres semanas para recuperarme del todo?
Me encogí de hombros y abrí los ojos al notar que el ascensor se detenía en la sexta planta. Sin embargo, al ver aquel número iluminado sobre la puerta, caí en la cuenta de algo.
¿Y si el tres se refería a la tercera planta?
¡Joder! Esa era precisamente la planta donde trabajaba Ben, pero tampoco iba a tener tan mala suerte como para cruzármelo, ¿verdad? Porque ganas de verlo no tenía ninguna y, aunque me las hubiera visto venir, tampoco podía hacer gran cosa.
Mientras le daba vueltas a todo aquello, el ascensor había seguido bajando sin detenerse y ya estaba llegando a la cuarta planta. A esas alturas, escapar no era una opción, así que me repetí mentalmente que, si aparecía Ben, pasaría de su culo y asunto solucionado.
Tercera planta.
Las puertas se abrieron lentamente y salieron una mujer y un hombre, dejándome completamente sola en el ascensor. Contuve el aliento mientras miraba hacia el pasillo, pero, al comprobar que las puertas empezaban a cerrarse sin que nadie entrara, fui soltando el aire poco a poco.
Estaba a punto de celebrar mi pequeña victoria cuando me tensé de golpe al ver que, en el último momento, alguien metía un pie para impedir que las puertas terminaran de cerrarse.
¡Mierda!
Y aquella palabrita resonó con bastante fuerza en mi cabeza cuando vi entrar a Ben.
Por suerte, no se fijó en mí porque estaba demasiado concentrado mirando el móvil, aunque sí pareció darse cuenta de que no estaba solo y saludó por pura educación.
—Buenas tardes.
Pues, si esperas que te conteste, ya puedes sentarte, porque de pie te vas a cansar, le respondí mentalmente.
Pero mi silencio debió de llamarle la atención, porque frunció el ceño y me miró de reojo, seguramente para comprobar con disimulo quién era aquella persona tan maleducada que no se había dignado a devolverle el saludo.
Le bastó un vistazo para reconocerme. Giró la cabeza de golpe y se llevó tal impresión que hasta le temblaron las manos y, si no llega a reaccionar a tiempo, se le cae el teléfono al suelo.
—¿Míriam?
—Sí, soy yo. Tranquilo, que no estás teniendo una alucinación.
—Joder, ¿qué haces aquí?
—Podría preguntarte lo mismo, pero mi pregunta sería bastante absurda sabiendo que trabajas en este hospital. De todas formas, puedes estar tranquilo, ¿eh? No creas que he venido a acosarte ni nada por el estilo —contesté forzando una sonrisa.
—Miri…
¿Miri? ¿Se atrevía a llamarme así después de todo lo que había pasado? Aquello ya era el colmo y noté cómo una sensación de amargura me recorría el cuerpo al escucharlo.
—No vuelvas a llamarme así, por favor.
Mis palabras parecieron dolerle, al menos eso fue lo que vi en su mirada, aunque sinceramente no entendí por qué. Tampoco pensaba detenerme a averiguarlo y, por suerte, en ese preciso instante el ascensor llegó a la planta baja.
Si antes estaba deseando largarme de allí, ahora todavía más. Porque dolía, joder, dolía muchísimo tener delante al hombre al que amabas, saber que él no sentía lo mismo por ti y que, después de todo el tiempo y los buenos momentos que habíais compartido, para él eras poco más que nada.
Eso sí, la buena educación que siempre había tenido Ben seguía intacta. Se quedó junto a la puerta para dejarme salir primero y, cuando me separé de la pared y empecé a caminar despacio, ligeramente encorvada por las molestias que todavía tenía, no me quitó los ojos de encima.
—¿Pero qué te ha pasado? —preguntó, con una preocupación más que evidente en la voz.
—Nada.
—¿Nada? Míriam, no me digas que nada, joder, si apenas puedes caminar.
—Sí que puedo. ¿No lo ves?
—Yo lo que veo es que no estás bien.
—Me voy a mi casa, así que sí que estoy bien.
—Míriam, por favor, dime qué te ha pasado.
—¿Pero a ti qué más te da?
—¿Cómo va a darme igual? —me preguntó mirándome horrorizado.
Me encogí de hombros y continué caminando hacia la salida con bastante dificultad, dando pasos pequeños y lentos. Y no penséis que Ben se quedó atrás, porque no lo hizo. Siguió avanzando a mi lado, adaptándose a mi ritmo y sin dejar de observarme.
Por nada del mundo quería que me tocara y, suponiendo que él tampoco tendría demasiadas ganas de hacerlo, pensé que debía de ser por aquel juramento que hacen los médicos de ayudar a la gente, por lo que no le quedó más remedio que sujetarme cuando vio que me tambaleaba hacia un lado.
En cuanto noté su mano en mi cintura, tuve que cerrar los ojos para contener las lágrimas. Había echado muchísimo de menos aquel contacto y sentirlo de nuevo hizo que me estremeciera de pies a cabeza.
Ben me sostuvo con firmeza, aunque también me pareció percibir cierta cautela en sus movimientos.
Quizá tuviera miedo de hacerme daño, de que lo apartara de un empujón o vete tú a saber de qué.
El caso es que me sujetaba de la cintura con tanto tiento como si estuviera colocando dos pinzas en una prenda de ropa tendida.