Capítulo 23
El vuelo de ida, el descanso y la comida los había aguantado como buenamente pude, pero, nada más subirme al avión para regresar a Los Ángeles, las cosas empezaron a empeorar.
Solo quedaban veinte minutos para aterrizar y os juro que, si hubiera podido caminar con normalidad, habría abierto la puerta del avión y me habría tirado desde el cielo.
Eso sí, apuntando bien para caer directamente en mi cama o, pensándolo mejor, en un hospital, porque ya no descartaba tener que acabar en uno.
A cada minuto que pasaba, el dolor de tripa se volvía más insoportable.
Dejé el carro en su sitio y, respirando con dificultad, me apoyé como pude contra la encimera.
—¿Míriam?
—Di… dime.
—Joder, ¿qué te pasa? ¿Estás peor?
Sam sonaba muy preocupada, más de lo que la había oído nunca.
—Me estoy muriendo. Dile a mi madre que me lleve flores de su jardín a la tumba.
—Deja de decir tonterías, coño, que me estás asustando —me reprendió mientras se acercaba rápidamente para sujetarme al ver que me tambaleaba—. ¿Qué te duele?
—La tripa, pero muchísimo. Es como si tuviera un taladro dentro y el muy hijo de puta no dejara de darle caña a máxima potencia.
—¿Qué pasa? —preguntó Dylan, que acababa de llegar y nos había visto en aquellas condiciones.
—Dylan, esto no es normal. No puede ni mantenerse en pie.
—Ya la veo y, encima, parece que está sudando.
Sam me puso una mano en la frente y soltó un gemido de preocupación al comprobar algo que yo ya sabía, aunque llevaba un rato sin decir nada.
—Joder, está ardiendo de fiebre. Esto no puede ser por un embarazo ni por una simple gastroenteritis. Creo que tiene que ser otra cosa.
—Que… que no estoy preñada, hostias…
No pude seguir hablando porque una náusea tremenda me llegó de repente. Menos mal que el carro estaba justo a mi lado y conseguí vomitar en la bolsa de la basura lo poco que tenía en el estómago, que era prácticamente agua, porque a la hora de comer había sido incapaz de probar bocado.
—Dylan, por favor, ve a preguntar a los pasajeros si hay algún médico a bordo —le pidió Sam.
—De… déjalo, que ya queda poco para llegar.
—De eso nada. Si hay algún médico, prefiero que te examine ahora mismo —contestó Dylan antes de darse la vuelta para ir en busca de ayuda.
No habían pasado ni tres minutos cuando regresó acompañado de una mujer algo mayor que nosotros.
—Hola, soy la doctora Williams. Tu compañero me ha dicho que no te encuentras muy bien. ¿Me cuentas qué te pasa y me dejas echarte un vistazo?
Como pude, porque hasta hablar me costaba, le expliqué desde cuándo me encontraba así y cómo el malestar había ido aumentando a medida que pasaban las horas.
Me acomodaron medio recostada en un asiento y la doctora me pidió que me levantara la camisa para poder palparme el abdomen.
Cuando presionó en un punto concreto, tuve que llevarme la mano a la boca para que el resto de los pasajeros no me oyera chillar.
Al mismo tiempo, las lágrimas empezaron a brotarme de los ojos sin ningún control por el dolor tan brutal que acababa de sentir.
La doctora retiró las manos y, por la expresión que puso, los tres comprendimos que algo no iba bien. O, mejor dicho, que iba mal, muy mal.
—Te llamas Dylan, ¿verdad?
—Sí, señora.
—Ve a decirle al piloto que solicite una ambulancia para que esté esperando en cuanto aterricemos.
—¿Una ambulancia? Joder, ¿qué le pasa? —preguntó Sam, cada vez más nerviosa.
—Sin hacerle una ecografía no puedo asegurarlo al cien por cien, pero estoy casi convencida de que tiene apendicitis y, por el tiempo que lleva encontrándose mal y el estado en el que está ahora, me preocupa que haya derivado en una peritonitis.
—Dios mío…
—Si es así, necesita entrar en quirófano cuanto antes. El hospital más cercano al aeropuerto es precisamente donde trabajo, así que voy a llamar para avisar de que vamos para allá y pedir que tengan todo preparado.
Dylan ni siquiera contestó. Salió corriendo hacia la cabina del piloto con la cara completamente descompuesta, mientras Sam se quedaba a mi lado, sujetándome la mano y haciendo un esfuerzo enorme por contener las lágrimas.
La doctora, tal y como había dicho, regresó rápidamente a su asiento para hacer la llamada.
—Buena la has liado. Luego dices que los liosos somos Dylan y yo —comentó mi amiga, aunque su expresión seguía siendo de auténtica preocupación.
—Por una vez que soy yo, tampoco creo que sea para que te quejes.
—Pero, hija, podrías haber elegido otra manera de montar un espectáculo. Yo qué sé, bailar desnuda por la calle o colarte en casa de Ben para echarle un laxante en el café.
Solté una risita que me hizo doblarme por la mitad y dejar escapar un quejido.
—No me hagas reír, cabrona, que esto duele muchísimo.
—¿Ves? Si al final tu madre y yo teníamos razón. Habría sido mejor que estuvieras preñada.
—Sí, claro, como si parir no doliera.
—Ni lo sé ni tengo intención de averiguarlo. Y espero seguir así toda la vida.
Negué con la cabeza mientras intentaba soportar el dolor, aunque, de verdad, estaba llegando a un punto en el que ya no podía más.
—Y ni se te ocurra morirte, porque te juro que voy al más allá y te arrastro de los pelos.
—Intentaré hacer lo que pueda —balbuceé.
—No lo intentes. Hazlo.
El dolor se intensificó un poco más y cerré los ojos mientras apretaba los dientes con todas mis fuerzas. Justo en aquel momento, un flash apareció en mi cabeza.
Vi una imagen de humo negro que se iba haciendo cada vez más denso y que reconocí de inmediato, porque ya la había visto años atrás, un día en el que hacía tantísimo calor que sufrí una bajada de tensión y acabé cayéndome de morros al suelo.
—Míriam, ¿un flash?
Asentí mientras volvía a abrir los ojos.
—Dime que es bueno —me rogó.
—Me voy a desmayar. Mi cuerpo ya no aguanta más.
—¡No me jodas! Ni se te ocurra, ¿me oyes? —exclamó nerviosísima.
—Solo voy a desmayarme, Sam. Todavía no ha llegado mi hora.
Aquello fue lo último que conseguí decir antes de que el humo negro que había visto en mi cabeza terminara envolviéndome y me sumiera en la inconsciencia.
Cuando intenté abrir los ojos, me pesaban tanto que parecía que tuviera dos piedras encima o que me los hubieran pegado con cinta adhesiva y, después de arrancármela, todavía quedaran restos de pegamento.
Hice un esfuerzo para abrirlos, pero no hubo manera. Seguían pesándome una barbaridad, así que decidí dejarlos cerrados un poco más y esperar a ver si aquella sensación desaparecía.
Mientras tanto, agudicé el oído para intentar escuchar algo, cualquier cosa que me permitiera saber qué estaba ocurriendo a mi alrededor, pero no había voces ni se oían pasos.
Lo único que conseguía distinguir era un ruido constante, una especie de pitido que me llegaba desde lejos.
O quizá no estaba tan lejos y era yo quien lo escuchaba así porque sonaba a un volumen muy bajo.
Como seguía sin conseguir abrir los ojos, decidí intentar moverme un poco. No porque quisiera levantarme, ni de broma, que estaba cansadísima, sino porque necesitaba comprobar una cosa.
Quería saber dónde estaba tumbada. Lo último que recordaba era encontrarme fatal en el avión y haber tenido un flash que me avisaba de que iba a desmayarme, pero, claro, lo mismo aquel desmayo había ido a peor y había terminado palmándola.
Y, si era así, aunque esperaba que no, cabía la posibilidad de que estuviera dentro de una caja de pino. Como fuera eso, alguien iba a tener un problema muy gordo por haber metido la pata hasta el fondo, porque yo estaría muy jodida, pero muerta no.
En cuanto intenté moverme, comprobé que, desde luego, seguía viva, porque los muertos no sienten dolor y a mí me dolía el vientre una auténtica barbaridad.
Tanto, que aquella punzada consiguió lo que todos mis esfuerzos anteriores no habían logrado: que abriera los ojos de golpe. Mira, por lo menos para algo había servido sufrir semejante dolor, que además vino acompañado de un quejido ronco que salió de mi garganta, más seca que el esparto.
Aquella punzada también me hizo recordar parte de lo que había ocurrido, aunque después de desmayarme en el avión ya no había nada. Todo estaba completamente en blanco.
Sin embargo, sí recordaba las palabras de aquella mujer que me había tocado la tripa durante el vuelo. Había mencionado la apendicitis y la peritonitis, así que vete tú a saber en qué habría acabado todo aquello, aunque estaba convencida de que no tardaría demasiado en enterarme.
—Pero, hija, no te muevas, que como se te suelten los puntos, verás la que preparas.
Giré la cabeza hacia la voz y descubrí a mi madre de pie, justo a mi lado. Bajé la mirada y comprobé que estaba tumbada en una cama, así que al menos ya tenía claro que no había terminado en ninguna caja de pino.
Volví a mirar a mi madre y, joder, yo tendría muy mal aspecto cuando me puse enferma, pero ella en aquel momento tampoco estaba mucho mejor.
Tenía el cansancio dibujado en la cara, unas ojeras tremendas que le formaban dos surcos oscuros debajo de los ojos y, además, llevaba una coleta medio deshecha, algo bastante raro en ella, que siempre iba perfectamente peinada.
—¿Al final qué ha sido?
—¿Qué?
—Que si he tenido un niño o una niña.
Mi madre se llevó una mano al pecho y me miró horrorizada.
—¡Ay, Dios mío! Estos matasanos le han puesto más anestesia de la cuenta y me la han dejado tonta.
Os prometo que, si no me hubiera dolido todo el cuerpo como si acabara de pasarme por encima una manada de elefantes, me habría echado a reír a carcajadas.
—Mamá…
—¡Ay, Dios! Voy a llamar a tu padre. Hay que pedir un traslado, porque, si tienen que arreglarte el coco, el que hace eso en este hospital no vuelve a tocarte ni un pelo. Bastante te ha sobado ya.
¡Ay, la leche! Mira tú por dónde, acababa de enterarme, sin necesidad de preguntar, de que estaba ingresada en el mismo hospital donde trabajaba Ben.
Seguí con la mirada a mi madre, que se había dirigido hacia una silla situada cerca de la cama, donde tenía el bolso, y había empezado a rebuscar dentro como una loca.
Joder, ni una broma se le podía hacer.
—Mamá…
—¿Dónde coño está el teléfono? ¡Mierda, si yo lo había metido aquí! Como me la hayan dejado tonta, se van a enterar.
Nada, que ella seguía a lo suyo, ahí despotricando sin hacerme ni puñetero caso. ¡Qué cruz, de verdad!
—Mamá, joder, ¿quieres escucharme y dejar el maldito teléfono?
—Ya voy, cariño, que sé que lo he puesto aquí. Tú tranquila, ¿vale?, que en nada estarás bien y lo de los niños ya lo hablaremos más tarde.
—¡Mamá! —grité con todo el esfuerzo que pude reunir.
—¿¡Qué!? —exclamó girando la cabeza de golpe.
—¡Que era una broma, joder!
Frunció el ceño y me miró fijamente a los ojos. En cuanto comprobó por mi sonrisa de medio lado que estaba perfectamente lúcida, dejó caer el bolso sobre la silla y se acercó a la cama de dos zancadas, señalándome con el dedo y con un cabreo de tres pares de narices.
—Mira, no te doy unas nalgadas porque estás convaleciente, pero, cuando te recuperes, te voy a poner el culo morado. ¡Hija de tu madre, qué susto me has dado! ¡Coño, que pensé que te habías quedado lela!
—Tú sí que casi te quedas lela. ¿A que ya se te han quitado las ganas de ser abuela?
—Estás tú lista si piensas eso.
Resoplé bajito, resignada al comprobar que ni siquiera aquel susto había conseguido quitarle semejante idea de la cabeza.
—Dejemos eso, ¿vale? Ahora cuéntame qué me ha pasado, porque solo recuerdo hasta el momento en que me desmayé en el avión.
Resumiendo, porque, si os cuento la historia con el mismo nivel de detalle que utilizó mi madre, nos dan las uvas, había llegado al hospital en ambulancia y en un estado muy grave. Me llevaron directamente al quirófano y allí comprobaron que la doctora del avión tenía razón: tenía peritonitis.
Por suerte, gracias a Dios, todo había salido bien y acababa de despertarme después de pasar dos días sedada.