No te vi venir Capítulo 22
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Capítulo 22

Entré en la cocina y encontré a mi madre preparando el desayuno.

—Buenos días.

Giró la cabeza por encima del hombro y me miró sonriendo, pero, en cuanto me vio la cara, la sonrisa se le borró de un plumazo.

—Joder, vaya cara tienes. Pareces un muerto viviente.

Puse los ojos en blanco y me dejé caer en uno de los taburetes, porque, además del malestar con el que me había levantado, arrastraba un cansancio que no podía con él.

—Gracias, madre. Tú, en cambio, estás estupenda.

—Míriam, que lo digo en serio. Tienes una cara que da miedo. No has dormido, ¿verdad?

Pues no, no había dormido, pero no por lo que ella estaba pensando. Bueno, al menos no del todo, porque lo cierto era que durante la última semana apenas había pegado ojo.

El chasco que me había llevado con Ben era el más grande de todos los que había sufrido hasta entonces.

Había pensado, equivocadamente, que él era diferente, pero estaba claro que pensar no era lo mío, porque una vez más había vuelto a elegir al hombre equivocado.

La diferencia era que de Ben sí me había enamorado, me había hecho demasiadas ilusiones y, precisamente por eso, la hostia que me había llevado había sido muchísimo mayor.

Sin embargo, después de pasarme una semana hundida, sin apenas comer, algo rarísimo en mí, y llorando por las noches en lugar de dormir, había decidido que se había acabado. No podía seguir así y tampoco quería hacerlo.

Tenía que aceptar de una vez por todas que Ben no era el hombre de mi vida, como todos, incluida yo misma, nos habíamos empeñado en decir, y seguir adelante.

Me recuperaría, por supuesto que sí, pero no quería saber absolutamente nada de ningún hombre durante una larga, larguísima temporada. O quizá nunca.

Con mi historial de fracasos y después de aquella última decepción, que había sido la peor de todas, lo mejor era quedarme sola. Que más valía eso que estar mal acompañada.

—No he dormido muy bien, pero no porque haya estado dándole vueltas al coco, sino porque estoy un poco revuelta.

—No me mientes los cocos, porque como pille al que los abre, se lo voy a abrir yo a él y ni siquiera me va a hacer falta un bisturí —soltó apretando los dientes.

No había tenido intención de contarle a mi madre lo que ocurrió con Ben una semana atrás, cuando fui a conocer a sus padres y me llevé aquella enorme decepción.

La conocía lo suficiente para saber que, si se enteraba de toda la historia, pondría el grito en el cielo y, además, convertiría mi ruptura, si es que podía llamarla así, en el chisme del momento, del que no dejaría de hablar hasta que encontrara otro mejor.

Por eso decidí mantener la boca cerrada.

Pero, claro, una madre es una madre y siempre sabe cuándo algo no va bien. Y la mía, por lo visto, todavía más que las demás, porque aquel radar que tenía para detectar un buen chisme también le servía para descubrir cuándo me ocurría algo.

Su ignorancia duró exactamente un día y medio.

A mi quinto «nada», cada vez que me preguntaba qué me pasaba, decidió que no iba a sacarme más información y dejó de insistir conmigo. En su lugar, fue directamente a buscar otra fuente que, según ella, tenía que estar enterada de todo, y le apretó las tuercas hasta que cantó la canción entera.

Esa fuente fue Sam, por supuesto.

Y mi amiga sabía perfectamente lo que había pasado, no solo porque yo se lo hubiera contado, sino también por boca de Orion.

¿El motivo? Pues muy sencillo. Cuando el hermano de Ben me llevó al hotel y detuvo el coche frente a la entrada, el destino quiso que Sam y Dylan salieran justo en aquel momento para ir a comerse una hamburguesa doble que, según mi amiga, necesitaba para recuperarse del desgaste que había sufrido durante la noche.

Y, claro, al vernos allí a los dos, ya no pude ocultarles lo que había ocurrido. Tampoco pensaba hacerlo, pero, ilusa de mí, había creído que al menos dispondría de unas horas para digerirlo por mi cuenta.

Pues no. Sam insistió en que tanto Orion, al que invitó sin darle opción a negarse, como yo fuéramos a comer con ellos.

Una vez allí, hamburguesa en mano, nos sometió a semejante interrogatorio que, de haber estado mi madre delante, se habría sentido orgullosísima de su discípula y del excelente trabajo que estaba haciendo.

Así que, cuando mi madre consiguió toda la información después de pasarse dos horas, sí, habéis leído bien, dos puñeteras horas al teléfono con Sam, vino a buscarme y se despachó bien a gusto con el «abrecocos», como había decidido bautizarlo.

Y desde aquel día no había parado de soltar perlas cada vez que se le presentaba la oportunidad. Eso sí, al menos había tenido el detalle de no darme demasiada guerra a mí, seguramente porque se había dado cuenta de que aquella vez lo estaba pasando peor que nunca.

—Madre, deja ya al de los cocos, ¿vale?

—Si dejado está, pero como lo pille, no va a necesitar peine porque lo voy a dejar calvo. Aunque ahora paso de ese cretino. Me importa mucho más saber por qué no has dormido bien, si no es porque has estado pensando y perdiendo el tiempo con alguien que no lo merece.

—Ya te lo he dicho, estoy revuelta.

Frunció el ceño y me observó de una manera un tanto extraña durante unos segundos, justo antes de soltar por la boca la chorrada del día.

—¿No estarás preñada?

Abrí los ojos como platos y la miré como si acabaran de salirle dos cuernos en mitad de la frente.

—¡¿Qué?!

—Que a ver si el «abrecocos» te ha hecho un chinito.

—Mira, madre, te pido por favor que no me mientes la ruina, que solo me faltaba eso.

—Anda, pues tampoco sería tan malo. Al menos el capullo ese habría hecho algo bien.

—Dios… Déjalo ya, ¿vale? Y escúchame bien porque no pienso repetirlo: ¡no estoy embarazada!

—¿Estás segura?

Y dale, que no iba a dejarlo. Pero ¿para qué cojones se me habría ocurrido decirle que no me encontraba bien? La que iba a ponerme pocha de verdad era ella.

—Segurísima. Tuve el periodo la semana pasada, que ya lo sabes, y además nunca hemos hecho nada sin protección.

—Bueno, cosas más raras se han visto. Las casualidades, haberlas, haylas, como las meigas.

—Pues aquí no hay casualidad que valga. Te aseguro que en esta cocina solo estamos dos.

—Pues es una lástima, con la ilusión que me hacía ser abuela. Al final, con tanto tonto como se te cruza, vas a tener que hacerte una inseminación.

Resoplé antes de apoyar la cabeza en la mesa, completamente agotada. Así era mi madre, total y absolutamente agotadora.

—Madre…

—Vale, no digo nada más. Pero al menos piénsalo.

¿Que lo pensara? ¡La madre que la parió!

¿Pero qué quería que pensara? Solo me faltaba tener un hijo y encima que me metieran el bicho de vete tú a saber quién.

Que, con la suerte que tenía, en lugar de un niño, lo mismo me salía un lagarto o un camello.

A esas alturas, ya no descartaba absolutamente nada.

—Míriam.

—¿Qué? —pregunté con cansancio.

—¿No vas a desayunar?

—Te he dicho que estoy revuelta y no me apetece nada. Creo que algo de lo que comí ayer me sentó como un tiro.

—Pero tienes un vuelo dentro de dos horas y no puedes irte así, con el estómago vacío. ¿Te preparo al menos una infusión? Eso te asentará el cuerpo.

—Vale, una infusión sí.

Tres horas después, me bajé del coche en el aparcamiento del aeropuerto y resoplé nada más poner un pie en el suelo.

Habían pasado tres horas desde que me tomé la dichosa infusión que me había preparado mi madre, que, por cierto, sabía a rayos y encima no me había hecho absolutamente nada. Al contrario, cada minuto que pasaba me encontraba un poco peor.

Ya no solo estaba revuelta, sino que, desde hacía un rato, tenía un dolor que, aunque no era demasiado intenso, se me había instalado en la tripa y no parecía tener intención de marcharse.

Menos mal que aquel día teníamos un vuelo corto, porque, de lo contrario, ya me veía metida en el baño del avión durante todo el trayecto.

De momento no había llegado a tanto, pero tampoco descartaba que ocurriera en breve si el malestar seguía aumentando.

Estaba convencida de que había pillado uno de esos virus de gastroenteritis que te dejaban hecha polvo y que me iba a dar el día.

Llegué a la sala del personal con el tiempo justo y me acerqué hasta donde estaban sentados Sam y Dylan, que, nada más verme, abrieron los ojos como platos.

—Joder, vaya cara.

—Buenos días para vosotros también.

—Tía, es que pareces la niña de El exorcista con resaca.

—Yo también te quiero, Sam —contesté antes de resoplar.

—¿No has dormido? —me preguntó Dylan.

—No mucho.

—Ese cabrón… —murmuró Sam.

—No es por eso, es que estoy revuelta.

—¿No estarás preñada?

Joder, os juro que mi madre y Sam estaban cortadas por el mismo patrón. Ahí estaba la discípula de la reina del chisme, soltándome exactamente la misma cantinela que su maestra.

—¿Has hablado con mi madre?

Sam me miró extrañada.

—No desde ayer. ¿Por qué?

—Porque decís las mismas chorradas. No, Sam, no estoy preñada y tampoco voy a hacerme ninguna inseminación.

—¿Inseminación? —preguntó Dylan después de un ataque de tos, porque, al escucharme, el café que estaba bebiendo se le había ido por otro sitio.

Cogí aire y les conté la conversación mañanera que había tenido con mi madre, mientras los dos se partían de risa con sus ocurrencias.

Pues a mí ni pizquita de gracia me hacían, porque, si aquella gran idea se le había metido en la cabeza, estaba segura de que no caería en el olvido y volvería a sacar el tema a la mínima oportunidad.

Entramos los tres juntos en el avión y, entre todos, aunque ellos hicieron bastante más que yo porque de verdad que no me encontraba nada bien, revisamos todo lo necesario para despegar en menos de media hora rumbo a Las Vegas, nuestro destino de aquel día.

El vuelo duraría apenas una hora y cuarto. Después descansaríamos allí un par de horas, aprovechando para comer, y regresaríamos a Los Ángeles. Y yo ya estaba deseando volver, aunque todavía no hubiéramos despegado, para irme directa a casa y meterme en la cama.