Capítulo 21
Por la puerta aparecieron un hombre mayor, que supuse que sería Harrison, el padre de los chicos, y una mujer que caminaba a su lado. Apenas me fijé en él, y Ben tampoco pareció hacerlo, porque toda nuestra atención se centró de inmediato en ella.
Era joven, coreana, de eso no cabía ninguna duda por sus rasgos, y absolutamente preciosa.
Me quedé clavada en el sitio, aunque no fui la única que reaccionó ante su aparición. La reacción de Ben fue todavía más evidente, porque su cuerpo se tensó de tal manera que no necesitaba tocarlo para saber que todos sus músculos se habían puesto rígidos.
Mientras la mujer avanzaba hacia nosotros con una enorme sonrisa, aproveché para fijarme en las expresiones de los demás.
Orion la estaba fulminando con la mirada, Harrison nos observaba a Ben y a mí con evidente desconcierto y Yura, que hasta aquel momento había mantenido una expresión seria, ahora sonreía de oreja a oreja.
Y no sé si fueron imaginaciones mías, pero juraría que aquella sonrisa tenía un aire de triunfo que no me gustó ni un pelo.
—Hola, Benjamin. ¡Qué alegría volver a verte! —exclamó la mujer con una voz tan dulce que me pareció impostada.
Sin que Ben lo viera venir, y mucho menos yo, se acercó a él, le agarró la cara entre las manos para que no pudiera apartarse y le plantó dos besos que duraron bastante más de lo que deberían. De hecho, el segundo se lo dio tan cerca de los labios que por poco no acabó besándolo en la boca.
Cuando por fin se retiró, Ben parpadeó varias veces seguidas, como si necesitara asegurarse de que estaba viendo lo que creía estar viendo o, mejor dicho, a quien tenía delante.
—¿Woong? ¿Qué haces aquí?
Woong. Pues ya estaba resuelto el misterio, al menos para mí, que hasta aquel momento era la única que no sabía quién era aquella mujer.
Y, sinceramente, habría preferido seguir sin saberlo, porque escuchar su nombre y ver cómo la miraba Ben fue como recibir una jarra de agua helada en toda la cara.
En su mirada no había enfado. Desconcierto sí, muchísimo, pero también me pareció ver cierta alegría por reencontrarse con ella después de tanto tiempo.
Que tampoco voy a negar que pudiera ser algo normal, porque al fin y al cabo habían compartido cinco años de su vida, pero después de cómo habían terminado las cosas entre ellos, la alegría no era precisamente lo que esperaba encontrar en sus ojos.
—He vuelto a Estados Unidos y esta vez para quedarme.
¡Olé! Pues nada, cada vez se ponían mejor las cosas, pensé con amargura.
Woong giró por fin la cabeza para mirarme y frunció el ceño. Sí, con dos cojones, porque aquello fue exactamente lo que hizo antes de dirigirse a mí.
—¿Y tú quién eres?
El aire se me quedó atascado en los pulmones al escuchar el desprecio y la prepotencia con los que me habló, exactamente igual que había hecho Yura unos minutos antes.
No contesté. Preferí esperar a que fuera Ben quien lo hiciera y, maldita la hora en que tomé aquella decisión.
—Ella es Míriam. Una amiga.
¿Una amiga? ¿En serio acababa de presentarme como una amiga?
Pues maravilloso todo, ¿verdad? Creo que no hacía falta decir nada más, porque con aquella simple palabra Ben ya lo había dejado todo bastante claro y no quedaba mucho que añadir.
Crucé una mirada con Orion, que apretó los dientes y negó con la cabeza, con una expresión que no me permitió distinguir si estaba más cabreado que disgustado.
—Así es, solo soy una amiga que ha pasado por aquí a saludar.
Ben me miró, pero no directamente a los ojos, y creo que aquel pequeño detalle me dolió todavía más que todo lo demás.
—Míriam…
—Pero ya me marcho —añadí antes de que pudiera continuar.
—¿Te marchas?
Tragué saliva con dificultad porque tenía un nudo en la garganta de tanto contener las lágrimas que apenas me dejaba respirar.
—Sí. Creo que mi presencia aquí está fuera de lugar y, como ha dicho tu madre, tenéis una comida familiar en la que yo no pinto absolutamente nada.
Ben no tuvo oportunidad de contestar, aunque tampoco tenía demasiado claro que fuera a hacerlo, porque su madre se le adelantó dando un paso hacia mí para asegurarse de que escuchara perfectamente sus palabras.
Que tampoco hacía falta acercarse tanto, porque podría ser muchas cosas, pero sorda, gracias a Dios, todavía no estaba.
—Me alegro de que lo entiendas y gracias por pasarte a saludar —dijo con una sonrisa más falsa que un billete de tres dólares.
No le contesté porque, sinceramente, ya no había nada más que decir. Al menos por mi parte, todo había quedado suficientemente claro, así que me limité a asentir, me di la vuelta y caminé hacia la puerta.
Apoyé la mano en el picaporte y esperé. Un segundo, dos, cinco…
Tonta de mí, todavía conservaba la esperanza de escuchar mi nombre o cualquier palabra que saliera de la boca de Ben para detenerme, pero, cuando comprendí que aquello no iba a ocurrir porque ni siquiera se había movido del sitio, dejé escapar un suspiro, abrí la puerta y salí de allí con la poca dignidad que me quedaba.
Una vez en el porche, me detuve durante unos segundos y cerré los ojos. Y fue precisamente entonces cuando el recuerdo de mi último flash volvió a aparecer en mi cabeza con tanta claridad que por fin conseguí interpretarlo.
Las gotas que había visto caer eran las lágrimas que iba a derramar, mientras que aquel crac tan fuerte y seco no era otra cosa que el sonido que acababa de hacer mi corazón al romperse.
Porque eso era exactamente lo que me había pasado. Ben me había roto el corazón o, mejor dicho, yo, como la gilipollas que era, había permitido que me lo rompiera por hacerme ilusiones con algo que nunca había sido real.
Ilusa de mí, cuando aquella mañana me propuso ir a conocer a sus padres, pensé que lo hacía porque por fin quería ponerle nombre a lo nuestro y presentarme oficialmente ante su familia como su pareja. Pues no, nada más lejos de la realidad.
Una risa amarga se escapó de mis labios al pensar en la película que me había montado, digna de Hollywood, creyendo que me quería cuando, para él, tal y como había dejado bien claro delante de todos, yo no era más que una amiga.
Una amiga con la que cenaba, comía, salía a divertirse y a la que se follaba, mientras que su corazón y su mente seguían ocupados por la que, al parecer, era la única mujer a la que había amado y amaría siempre.
Porque Woong podía haberle hecho muchísimo daño, dejarlo tirado tres años atrás y exigirle cosas que él no estaba en condiciones de darle en aquel momento, pero, por cómo la había mirado, seguía queriéndola.
Y aquello no me lo estaba inventando, porque había tenido la desgracia de presenciarlo en primera fila.
Solté un largo suspiro mientras me secaba con ambas manos las lágrimas que, sin darme cuenta, habían empezado a resbalarme por las mejillas, y continué caminando hasta salir por completo del porche.
Cuando llegué a la calle, junto al coche de Ben, miré en ambas direcciones y comprobé que lo único que se veía eran chalés bastante parecidos entre sí.
No tenía ni la más remota idea de hacia dónde debía dirigirme para salir de aquella zona residencial y encontrar algún medio de transporte que me llevara de vuelta al hotel.
Tampoco sabía cómo se llamaba la calle en la que estábamos para poder pedir un taxi, así que, sin tener demasiado claro qué hacer, miré hacia la derecha, que era por donde habíamos llegado con el coche, y decidí caminar en aquella dirección con la esperanza de cruzarme con alguien que pudiera ayudarme.
Sin embargo, apenas había dado unos pasos cuando escuché el crujido de la gravilla a mi espalda y, durante un segundo, mi corazón se saltó un latido al sentir que regresaba aquella esperanza que creía haber perdido al cerrar la puerta.
Pero, cuando giré la cabeza y descubrí quién venía detrás de mí, desapareció tan deprisa como había llegado.
Había pensado que podía ser Ben, que quizá, después del impacto de reencontrarse con Woong, hubiera recapacitado y salido a buscarme.
Idiota de mí por seguir pensando semejantes gilipolleces. No era él, sino Orion, que caminaba deprisa hacia mí con una expresión de lo más seria.
—Vamos.
Lo miré extrañada.
—¿Adónde?
—Al coche —contestó señalando el mismo vehículo en el que había llegado con su hermano—. Te llevo al hotel.
Negué con la cabeza.
—Orion, vuelve dentro.
—No.
—Orion, vuelve dentro, por favor. No quiero que tengan que estar esperándote para comer por mi culpa.
—No pienso volver a entrar ahí y, aunque tú no estuvieras, tampoco me quedaría a esa comida.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque es una puta encerrona que mi madre y esa… Mejor me callo. Se la han preparado a mi hermano y no pienso ser partícipe de semejante atropello.
Joder, me quedé muerta al escucharlo. Orion no estaba simplemente enfadado, sino que parecía completamente furioso.
—¿Una encerrona?
—Así es. Y, si mi hermano no es capaz de darse cuenta, es que es más gilipollas de lo que pensaba.
—No entiendo nada.
—Esa mujer es…
Dejó la frase en el aire mientras nos acercábamos al coche y, durante los segundos que tardamos en acomodarnos y ponernos los cinturones, ninguno de los dos dijo nada. Sin embargo, en cuanto Orion arrancó, retomamos la conversación.
—Sé quién es Woong. Ben me habló de ella y de lo que pasó entre ellos.
—Pues eso que me ahorras, porque así no tengo que contarte media historia.
—¿Hay más?
—Claro que la hay. Ben solo te habrá contado su versión y cómo lo vivió él, pero no conoces la mía, que te aseguro que se acerca bastante más a la realidad, porque yo no estaba ciego y vi cosas que él no quiso ver.
Os juro que, con cada palabra que salía de su boca, alucinaba un poco más.
—Woong es una interesada y una egoísta, y mi madre, una crédula que, por la amistad que tiene con la suya, es incapaz de ver más allá de sus narices.
—Joder, no parece que tengas muy buena opinión de ella.
—Nunca nos hemos llevado bien. Ella no me traga y te aseguro que el sentimiento es mutuo.
Orion volvió la cabeza para dirigir una última mirada hacia la casa de sus padres. Apretó tanto los puños y rechinó los dientes con semejante fuerza que hasta yo pude escucharlo.
—Creo que soy el único que vio su verdadera cara desde el principio. Esa mujer nunca ha querido realmente a mi hermano; lo único que buscaba era un marido que la mantuviera.
—Cada vez estoy más perdida. Ben me contó que ella vino aquí a estudiar y que después quiso regresar a Corea para trabajar.
Orion soltó una risa seca.
—Sí, estudiar estudió, pero esa fue su excusa para venir aquí y enganchar a mi hermano. Ya le había echado el ojo unos meses antes, cuando viajamos todos a Corea para visitar a la familia de mi madre y a algunos amigos suyos.
—Joder…
—Enterarse de que Ben iba a ser médico fue perfecto para ella. Allí, en Corea, los buenos médicos, y tú sabes que mi hermano lo es, ganan bastante más que aquí, sobre todo si trabajan en clínicas privadas. Por eso estaba tan empeñada en que se marcharan allí.
—¿Y por qué no esperó a que Ben terminara? Porque él me dijo que, si le hubiera dado ese año que necesitaba, sí se habría marchado con ella.
—Porque no le gusta este país y nunca le ha gustado. Ella tiene allí a toda su gente y, sí, se largó, pero su soberbia la hizo pensar que mi hermano, como sabía que la quería, acabaría yendo detrás de ella. Lo que pasa es que le salió el tiro por la culata.
—Y ahora vuelve.
—Durante estos tres años ha vivido de sus padres y no ha trabajado ni un solo día. Pero su padre murió hace cuatro meses y la pensión que le ha quedado a su madre no alcanza para cubrir la vida padre que lleva, así que necesita…
—Alguien que siga proporcionándole ese nivel de vida —terminé la frase por él.
—Exacto.
—Pero ha dicho que viene para quedarse.
—Mentira. Eso solo lo ha dicho para que mi hermano piense, así de primeras, que ahora es ella quien está dispuesta a dejarlo todo por él. Pero, poco a poco, empezará a decirle que echa de menos a su madre, que podrían viajar a verla… Es una zorra y lo trae todo perfectamente planeado.
—Pero, si tu hermano sigue queriéndola, acabará cediendo y tú no podrás hacer nada para evitarlo.
—Mi hermano te quiere a ti, Míriam.
Solté una carcajada tan sonora que estoy segura de que se escuchó por toda la calle.
—¿A mí? ¿Tú dónde estabas cuando ha hablado ahí dentro? Porque creo que no ha podido dejarlo más claro. Soy una amiga —recalqué, entrecomillando aquella palabra con los dedos.
—Solo está impactado por volver a verla, nada más. Y espero, por el bien de todos y, sobre todo, por el suyo, que reaccione a tiempo y no se deje liar, porque, como eso pase… —Dejó la amenaza en el aire mientras volvía a rechinar los dientes.
Pues lo sentía por Orion, por mí e incluso por Ben, porque iban a engañarlo de nuevo, pero, después de lo que acababa de ocurrir, estaba convencida de que aquello que tanto temía su hermano no era algo que pudiera pasar, sino que ya había empezado a suceder.
Más que nada porque, en cuestión de minutos, aquellas dos habían conseguido sacarme a mí de la ecuación, apartar también a Orion, que por lo visto les resultaba otra molestia, y quedarse con Ben en aquella comida familiar tan especial.
Así que, por todo aquello y porque, desde el mismo instante en que Woong había aparecido, Ben me había apartado de su vida como si me hubiera quitado de en medio de un empujón, cuando me bajé del coche frente al hotel y me despedí de Orion, supe que había perdido a Ben.
O, mejor dicho, había perdido aquella «amistad» que tenía con él, porque no se puede perder a una persona que nunca ha sido tuya y él, por mucho que me doliera reconocerlo, mío nunca lo fue.