No te vi venir Capítulo 20
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Capítulo 20

Cuando salí del hotel, Ben ya me estaba esperando. Sonreí al verlo apoyado en el coche, con las manos en los bolsillos del pantalón y aquel gesto tranquilo que tanto lo caracterizaba.

En cuanto me vio, se incorporó y recorrió los dos pasos que nos separaban para tomarme el rostro entre las manos y darme un beso suave en los labios.

—Hola, preciosa.

—Hola, guapo.

—¿Preparada?

—No —contesté con toda sinceridad, aunque él se lo tomó a broma y se echó a reír.

—¿Estás nerviosa?

—Atacada.

—Pues no tienes por qué estarlo. Mis padres no muerden.

—Cuando te toque ir a ti a mi casa, ya me lo contarás.

Volvió a reírse y yo lo acompañé, aunque no por lo que él pensaba, sino porque, cuando conociera a mi madre y esta le hiciera un interrogatorio que ni el mejor agente del FBI, ya veríamos si seguía haciéndole tanta gracia.

—Además, también estará mi hermano y ya sabes cómo es. Nunca le faltan chorradas que decir. Es el rey de relajar los ambientes.

Aquello no consiguió tranquilizarme del todo, pero sí hizo que me relajara un poco. Saber que Orion estaría allí, conociendo su carácter, era una ayuda considerable.

Nos montamos en el coche, que no era de Ben, sino uno que alquilaba en el aeropuerto cada quince días para desplazarse por Chicago. El suyo estaba en Los Ángeles, cogiendo polvo en la plaza de garaje que tenía en su mismo edificio, porque, al vivir tan cerca del hospital, apenas lo utilizaba.

El trayecto hasta la casa de sus padres no era excesivamente largo, aunque tardamos algo más de media hora en llegar.

Durante el camino estuvimos hablando de la noche anterior y Ben me contó que ya sabía que su hermano no había dormido en casa de sus padres porque, cuando fue allí a cambiarse, se lo encontró en la cocina tomándose un café con la misma ropa que llevaba la noche anterior.

Ni siquiera había necesitado preguntarle con quién había pasado la noche, porque, al verle la sonrisa, supo perfectamente que había sido con Sam.

Por mi parte, le conté que tampoco era ninguna novedad para mí, ya que, nada más marcharse él del hotel, Sam había aparecido en mi habitación quejándose del sueño y del cansancio que tenía, echándole toda la culpa al abogado.

Cuando Ben detuvo el coche frente a la casa de sus padres, me quedé contemplándola con la boca ligeramente abierta. Y es que aquello no era una casa cualquiera, sino un chalé enorme, casi el doble de grande que el de mis padres, me atrevería a decir.

Tenía dos plantas y unos ventanales impresionantes, además de un jardín delantero tan bien cuidado que parecía preparado para presentarse a un concurso de fotografía.

Nada más verlo, pensé en mi madre y en lo muchísimo que le gustaría aquel jardín, aunque estaba segura de que diría que necesitaba un poco más de color, porque todas las flores, plantadas con una precisión milimétrica, eran blancas.

Tampoco hacía falta ser demasiado lista para darse cuenta de que los padres de Ben tenían dinero. No digo que fueran millonarios, pero vamos, que andaban bastante bien de pasta.

Claro que tampoco me extrañaba. Por lo que me había contado Ben, su padre era un cardiólogo muy conocido en Chicago y, además de trabajar en el mismo hospital de toda la vida, llevaba años impartiendo charlas y conferencias en diferentes lugares.

También había escrito numerosos artículos y algún que otro libro, así que a su sueldo, que sin conocerlo ya me imaginaba bastante elevado, había que sumarle todos aquellos ingresos extras.

Antes de bajarme del coche, aquella extraña sensación que llevaba dentro desde que había aceptado la invitación se intensificó, como si mi presentimiento estuviera intentando advertirme de algo.

—Míriam.

—¿Sí?

—¿Vas a bajar o meto el coche dentro de la casa?

—Qué gracioso está hoy el doctor —contesté levantando una ceja.

—Venga, vamos.

Asentí, cogí aire y abrí la puerta.

Ben se colocó a mi lado, me rodeó la cintura con una mano y me dejé llevar mientras caminábamos hacia la entrada.

Para acceder a la casa había que subir tres escalones.

Superamos el primero sin problemas, pero, justo cuando puse el pie en el segundo, me detuve en seco al sentir un escalofrío que me recorrió el cuerpo entero.

No solo se me erizó el vello de la nuca, sino el de todo el cuerpo, debido a la intensidad del flash que acababa de llegarme.

Cerré los ojos y vi claramente dos gotas de lo que parecía agua rebotando contra un suelo que no reconocí.

Sin embargo, en aquella ocasión no fue solo una imagen, porque también escuché un sonido fuerte y seco que no conseguí identificar.

Fue una especie de crac, parecido al ruido que hace algo cuando se rompe.

No tenía ni idea de qué intentaba decirme mi cabeza con aquello, pero tampoco podía detenerme a analizarlo en ese momento, así que solté el aire despacio y procuré grabarme bien la imagen y el sonido para intentar interpretarlos más tarde.

Cuando abrí los ojos de golpe, me encontré con Ben mirándome preocupado.

—Míriam, ¿qué te ocurre?

—Nada —contesté forzando una sonrisa.

—Joder, pues quién lo diría. Parece que estás a punto de vomitar o de salir corriendo.

Pues mira, no descartaba ninguna de las dos opciones y, si en aquel momento hubiera sabido lo que iba a ocurrir tan solo unos minutos después, desde luego que habría escogido la segunda. Y no habría dejado de correr hasta llegar a mi casa.

—Estoy bien, de verdad. Solo ha sido un momento raro, seguramente por los nervios.

Mentí, claro que lo hice. Ben no sabía nada de aquella condición que yo tenía y tampoco estaba segura de que, si algún día se lo contaba, pudiera llegar a entenderlo.

Volví a coger aire y le hice un gesto con la mano para que continuáramos. Ben abrió la puerta con su propia llave y me cedió el paso antes de entrar detrás de mí y cerrar.

No llegamos a pasar del recibidor porque Orion salió de una habitación que había justo enfrente y nos interceptó.

Nos miró muy serio y algo dentro de mí se revolvió al verlo así. No parecía el mismo hombre que había conocido el día anterior. Que vale, que no había dormido demasiado, igual que le había ocurrido a Sam, pero estaba segura de que aquello no tenía nada que ver con su falta de sueño.

Primero miró a Ben y después a mí, y con ese simple gesto comprendí que algo estaba pasando.

Además de serio, había preocupación en sus ojos y algo más que no supe interpretar del todo, aunque se parecía bastante al enfado o la irritación.

Lo único que tuve claro, por la forma en que me miró, fue que aquello no tenía nada que ver conmigo.

—Orion, ¿qué pasa? —le preguntó Ben, que parecía tan desconcertado como yo ante la expresión de su hermano.

Orion abrió la boca para contestarle, pero no llegó a pronunciar ni una palabra porque la voz de una mujer que apareció detrás de él, y a la que todavía no podíamos ver bien, se le adelantó.

—¡Benjamin, hijo! Qué bien que ya estés aquí.

—Sí, ya hemos llegado, mamá.

Vale, pues aquella era su madre.

—¿Hemos? —preguntó mientras se colocaba al lado de Orion.

La sonrisa que traía en el rostro desapareció en cuanto me vio.

—Sí, he traído a alguien conmigo a quien quiero que papá y tú conozcáis.

Su madre me examinó de arriba abajo y, sinceramente, no me gustó nada la manera en que lo hizo. No me miró con desprecio, porque no era eso lo que reflejaban sus ojos, sino más bien como si mi presencia le supusiera una molestia.

—No deberías haber venido con compañía sin avisarnos, ¿no crees?

Sentí que el estómago se me revolvía por la dureza con la que pronunció aquellas palabras. Y no fui la única que reaccionó, porque Ben la miró completamente desconcertado y Orion frunció todavía más el ceño.

—No sabía que tenía que avisar.

—Es que hoy tenemos una comida familiar muy especial y no creo que lo más adecuado sea sentar a una completa desconocida a nuestra mesa.

«Una desconocida». Aquellas dos palabras me golpearon más fuerte de lo que esperaba y la actitud de Yura, sin que ella lo supiera, o quizá sí que lo sabía y era precisamente lo que pretendía, estaba consiguiendo que me sintiera realmente mal.

No esperaba que me recibieran con confeti ni pancartas luminosas, pero desde luego tampoco me había imaginado un recibimiento tan frío y desagradable.

—Mamá, la he traído precisamente para eso, para que la conozcáis. Así dejará de ser una desconocida.

Yura no le contestó, aunque su mirada se endureció todavía más.

Bajé la cabeza y di un paso atrás, cada vez más incómoda con aquella situación.

—Ben, creo que es mejor que me vaya.

—No —contestó con una seriedad que no le había escuchado hasta entonces.

—No pasa nada, de verdad.

—Sí que pasa. No entiendo a qué viene todo esto.

—Ben, de verdad…

No pude terminar la frase porque, al oír unos pasos, los cuatro nos giramos hacia la misma puerta por la que Yura había aparecido unos minutos antes.