No te vi venir Capítulo 19
63%

Capítulo 19

Abrí los ojos con bastante esfuerzo. Había dormido poco, tenía sueño y estaba cansada, pero también muy contenta por cómo había ido todo la noche anterior, así que merecía la pena haber sacrificado unas cuantas horas de sueño.

Giré la cabeza y mi sonrisa se amplió todavía más al encontrarme a Ben tumbado a mi lado, profundamente dormido. Su respiración era lenta y rítmica, y tenía en el rostro aquella expresión seria que estaba segura de que también ponía cuando se dedicaba a abrir cocos en el quirófano.

Era la primera vez que se quedaba a dormir conmigo en el hotel de Chicago, aunque dormir, lo que se dice dormir, tampoco era lo que más habíamos hecho.

Volví a girarme y me quedé mirando al techo mientras recordaba todo lo que había pasado desde el día anterior para que acabáramos así.

Aquel vuelo había sido muy distinto de todos los que habíamos hecho desde que empezamos con la ruta larga, y no solo porque fuera el último en el que coincidiría con Neizan, sino porque Orion, con su particular carácter, se había encargado de hacerlo de lo más interesante.

Desde que el avión tomó altura, aquello fue un no parar de risas.

El hermano de Ben era simpático, un bromista de primera y un seductor nato, algo que yo ya sabía porque su hermano me había puesto sobre aviso, pero lo que no esperaba era tener ocasión de comprobarlo de primera mano nada más conocerlo y, encima, a miles de metros de altura.

Aunque, si alguien lo comprobó en sus propias carnes, fue Sam, porque desde que cruzaron la primera mirada, mi amiga pareció convertirse para Orion en un reto, o directamente en un objetivo.

No dejó de buscarle las cosquillas y lanzarle todo tipo de señales que, para qué vamos a engañarnos, más que insinuaciones eran declaraciones de intenciones en toda regla.

Y no penséis que aquella provocación constante cabreó a Sam, porque nada más lejos de la realidad. Lo que hizo fue divertirla y, como consecuencia, le siguió el juego todo lo que pudo y un poquito más.

Pero sus tira y afloja no se quedaron únicamente en el avión. Alguien, todavía no sé quién, aunque estaba casi segura de que había sido Dylan, que parecía disfrutar de aquella situación más que mi madre escuchando un buen chisme, propuso que saliéramos los cinco juntos el sábado por la noche.

Así que, por primera vez, Ben y yo salimos aquel fin de semana de una manera muy diferente a como solíamos hacerlo. Podría describir la velada de muchas formas, pero creo que la palabra más adecuada sería «caos». Uno de los buenos, porque nos lo pasamos fenomenal, pero un caos al fin y al cabo.

Ben y Orion pasaron a buscarnos por el hotel y desde allí nos fuimos a cenar. En cuanto al restaurante, no hubo discusión alguna, porque a todos nos pareció bien el sitio que propuso Ben y al que nosotros ya habíamos ido alguna vez.

Eso sí, Sam y Orion no consiguieron dar ni dos pasos por la calle sin empezar una guerra verbal que los demás contemplábamos de lo más entretenidos.

—¿Qué miras? —le preguntó ella mientras caminábamos.

—Estoy pensando.

—Pues piensa en voz baja, no sea que, de tanto esfuerzo, te explote la cabeza y tu hermano tenga que demostrarnos aquí sus habilidades médicas.

—Que lo diga, que yo sí quiero saberlo —intervino Dylan, metiendo baza.

—Tú te callas, que este no necesita apuntador.

—Estaba pensando que no sé si me gustas más con el uniforme o sin él —confesó Orion sin perder la sonrisa.

—Pues deja de pensar, que ya te he dicho que no hace falta.

—Aunque puede que termine eligiendo una tercera opción.

—¿Qué tercera opción?

—La de cuando te vea sin nada.

Sam lo miró arqueando una ceja y resopló.

—Sigue soñando, abogado, porque eso no va a pasar.

—¿Quieres apostar?

—Yo no apuesto con desconocidos.

—Entonces pondré todo mi empeño en que dejemos de serlo.

Aquel fue solo el primer asalto de los muchos que protagonizaron a lo largo de la noche. Durante la cena se contuvieron un poco, muy poco, para qué engañarnos, pero en el pub al que decidimos ir después desapareció cualquier intento de moderación.

Dylan, Ben y yo nos pasamos buena parte de la noche observándolos como si estuviéramos presenciando un partido de tenis.

Uno lanzaba una puya y el otro la devolvía con un revés que habría dejado temblando a cualquiera, hasta que, un minuto después, cambiaban las tornas y era Sam quien atacaba mientras Orion recibía el golpe con una elegancia digna de admirar.

—Va a caer —me susurró Dylan.

—De cabeza.

—Míralos. Se matan con la mirada y se desean exactamente con la misma intensidad.

—Sam es una contrincante a la altura de mi hermano. Cuanta más caña le dan, más se empeña —comentó Ben, divertido.

—Saltan chispas.

—Pues será mejor que no nos quedemos demasiado cerca si no queremos acabar quemándonos —dije entre risas—. Creo que ha llegado el momento de retirarnos y dejar a los luchadores solos en el ring.

Y eso fue exactamente lo que hicimos. Los tres regresamos al hotel, pero no penséis que nos fuimos pronto, porque eran ya casi las tres de la mañana cuando dejamos a aquellos dos en la pista, bailando, discutiendo y midiéndose como si todavía les quedaran fuerzas para otros diez asaltos.

—¿Llevas mucho rato despierta? —me preguntó Ben mientras me agarraba por la cintura, haciéndome regresar al presente.

—Apenas unos minutos. Estaba recordando la noche de ayer.

—Estuvo bien.

—Muy bien.

—Mi hermano y Sam…

—Lo sé —lo interrumpí antes de que pudiera terminar.

Nos miramos y nos echamos a reír porque los dos estábamos pensando exactamente lo mismo. Aquellos dos habían terminado a leches o comiéndose a besos, aunque tampoco descartábamos que hubieran ocurrido ambas cosas. Lo que no teníamos ni idea era de en qué orden.

Cuando se nos pasó la risa, Ben se inclinó para besarme y darme los buenos días.

Pero claro, como siempre que estábamos solos, aquello no se quedó en un simple beso.

La temperatura empezó a subir, nuestras manos buscaron el cuerpo del otro casi por instinto y el saludo matutino se prolongó durante varios minutos de una manera de lo más placentera.

Y no nos conformamos con una sola ronda, porque la segunda llegó en cuanto entramos juntos en la ducha.

Aquel encuentro tuvo bastante menos de tranquilo que el de la cama y acabé con las manos apoyadas contra los azulejos, jadeando sin preocuparme demasiado por el volumen, mientras Ben me sujetaba por las caderas y me hacía el amor desde atrás con una intensidad que me dejó las piernas temblando.

Salimos de la ducha todavía con la respiración acelerada y nos pusimos los albornoces que ofrecía el hotel, aunque eso no impidió que siguiéramos intercambiando unos cuantos besos más.

—Míriam.

—Dime.

—Quiero pedirte algo.

Le sonreí mientras me sentaba en el borde de la cama para secarme el pelo con una toalla y lo observaba vestirse.

—Claro, lo que necesites.

—No necesito nada. No es una petición de ese tipo.

—¿Entonces?

—Quiero que vengas a comer a casa de mis padres.

Dejé de secarme el pelo en el acto y giré la cabeza de golpe para mirarlo, convencida de que no podía haber oído bien.

—¿Qué?

—Que quiero que vengas a comer a casa de mis padres —repitió con toda la tranquilidad del mundo.

—¿Hoy?

—Sí, hoy. Pero, si no quieres, no pasa nada.

—¡Claro que quiero! Es solo que me has dejado helada.

—¿Por qué?

—No sé, no me lo esperaba. Pero estaré encantada de ir y conocerlos. Que ellos estén igual de encantados conmigo ya no lo tengo tan claro.

—Lo estarán también, estoy seguro.

Pues yo no estaba tan segura como él. Algo me decía que con su padre quizá sí que sería así, pero con su madre la cosa podía ser bastante diferente. Fue lo que presentí en cuanto me hizo aquella propuesta y, además, con una intensidad que me puso todavía más nerviosa.

—Bien —contesté forzando una sonrisa—. Espero que otro día vengas tú a casa de mis padres, que llevan tiempo diciéndome que quieren conocerte.

—Será un placer. Además, tengo ganas de probar alguno de esos platos gallegos de tu madre que tanto alabas.

—Como le diga eso, vas a tener que salir de casa rodando y con una docena de táperes bajo el brazo para llevarte todo lo que no hayas conseguido comerte.

—Creo que podré sobrevivir a ello.

—No estés tan seguro —murmuré entre dientes.

—¿Qué?

—Que estupendo. Hoy voy yo y, cuando estemos en Los Ángeles, buscamos un día que nos venga bien a todos para que vengas tú.

—Perfecto. Ahora voy a cambiarme y vuelvo a buscarte dentro de… —Consultó su reloj antes de continuar—. ¿Una hora y media?

—Vale.

Lo acompañé hasta la puerta y, antes de marcharse, me dio unos cuantos besos cortos mientras me repetía que no estuviera nerviosa, que todo iba a salir muy bien.

Me quedé mirándolo mientras se alejaba por el pasillo y esperé hasta verlo entrar en el ascensor. Estaba a punto de cerrar la puerta cuando oí que se abría otra habitación, así que volví la cabeza para mirar.

Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para contener la carcajada al ver las pintas con las que Sam acababa de salir de la suya. Llevaba el pelo como si hubiera estado participando en una pelea de gallos y tenía los ojos todavía más entrecerrados de lo que Ben los tenía normalmente.

Avanzaba arrastrando los pies y, en cuanto me vio, se dirigió hacia mí. Abrí un poco más la puerta para dejarla pasar y la seguí hasta la cama, donde se desplomó bocarriba como si le hubieran cortado los hilos.

—Estoy mayor para salir. Estoy muerta.

—Lo que estás es resacosa.

—Eso también.

—Y cansada de pelear, bailar y devolver pelotazos.

—Sí, el abogado es agotador.

—¿Y tú no?

—Yo solo me defendí.

—Sam, que soy yo, guapa. Aquello no fue defensa, fue un ataque de lo más directo.

—Quien me busca, me encuentra.

—Ya, y tú encantada de que te buscara.

Chascó la lengua y soltó una risita, aunque no habían pasado ni dos segundos cuando dejó escapar un quejido.

—¿Te duelen los pies? No me extraña, hija, porque ayer bailaste más que en tres noches juntas de las que salimos nosotras solas.

—Los pies me duelen un poco, pero lo de más arriba todavía más.

—¿Más arriba?

—¿Quieres que te haga un mapa? —preguntó levantando una ceja con bastante esfuerzo.

—No —contesté cuando por fin entendí por dónde iban los tiros.

—Esa es precisamente la palabra que debería haber dicho yo. Pero el abogado tiene muy buenos argumentos, el muy mamón, y unas manos estupendas, y una boca todavía mejor, y…

—¡Stop! Eso último no necesito saberlo. ¿Así que al final caíste?

—Caí. Y mira que yo no quería, ¿eh? Pero, por lo visto, soy débil.

—¿Que no querías? ¡Venga ya! Todos sabíamos cómo iba a terminar esa guerra que os traíais entre manos.

—Y menudo final. ¡Qué aguante tiene el abogado! Se ha marchado hace media hora y el muy cabrón estaba tan fresco, mientras que yo estoy para el arrastre —se lamentó con voz lastimera.

Me eché a reír a carcajadas y, al oírme, Sam se llevó las manos a los oídos con una mueca de sufrimiento, lo que consiguió que todavía me riera más.

Durante la siguiente media hora estuvimos las dos tumbadas en mi cama, hablando y riéndonos mientras recordábamos los mejores momentos de la noche anterior.

Cuando le conté que dentro de un rato iba a comer a casa de los padres de Ben, Sam también se dedicó a darme ánimos para que no estuviera tan nerviosa.

Además, me aseguró que, si Orion también estaba allí, tendría un doble apoyo y me sentiría mucho menos incómoda ante el inevitable examen al que suelen someterte los padres cuando conocen a la persona con la que sale su hijo, con esas preguntas que a veces preferirías no tener que contestar.

Sin embargo, mientras seguíamos charlando, empecé a sentir cómo se formaba en mi interior un presentimiento mucho más intenso que cualquiera de los que había tenido hasta entonces.

Era tan fuerte que me resultaba imposible ignorarlo, pero, por mucho que intenté interpretarlo, no conseguí averiguar nada.

Se quedó ahí, suspendido dentro de mí, sin darme la menor pista de si lo que estaba por venir sería bueno o malo.