No te vi venir Capítulo 18
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Capítulo 18

Me bajé del coche con una sonrisa de oreja a oreja. Era viernes, el tercero del mes, lo que significaba que iba a ver a Ben, y aunque siempre tenía ganas de estar con él, aquel día todavía más, porque llevábamos toda la semana sin vernos.

Yo había volado tres días y él había tenido una semana de auténtica locura en el hospital, así que no había podido quedarme a dormir en su casa ni una sola noche, como llevaba haciendo bastante a menudo durante el último mes y medio.

Justo desde aquella primera vez que me invitó a comer lasaña y acabamos pasando casi toda la tarde en la cama, hasta que llegó la noche y terminé quedándome a dormir con él.

Desde entonces, aquello se había repetido en varias ocasiones. Cuando nuestros trabajos nos lo permitían, salíamos a comer o a cenar por ahí y, otras veces, quedábamos directamente en su casa, preparábamos algo juntos y yo terminaba pasando la noche allí.

Entré en el aeropuerto y me dirigí por el pasillo que llevaba hasta la sala donde tenía que recoger a Neizan. Sin embargo, justo antes de abrir la puerta, un escalofrío me recorrió el cuerpo hasta llegarme a la nuca, donde se me erizó el vello.

Esta vez no fue un flash, sino un presentimiento, y de los buenos. Tuve la sensación de que estaba a punto de ocurrir algo que haría felices a varias personas, así que sonreí y abrí la puerta con la esperanza de que estuviera relacionado con Neizan.

Y no me equivoqué, porque nada más entrar fue el propio niño quien me puso al corriente de las novedades.

—Hola, Míriam.

—Hola, campeón. Hoy te veo muy contento. ¿Qué pasa? ¿Has sacado otro superdiez en algún examen?

—No.

—¿Es tu cumple?

Se echó a reír.

—No, tampoco.

—Pues déjame pensar… —dije llevándome una mano a la barbilla—. ¡Ya sé! Te has echado novia.

Abrió los ojos como platos antes de echarse a reír todavía más fuerte.

—¡Míriam, tengo once años! No tengo novia ni la quiero. Primero tengo que estudiar mucho y hacerme un hombre de provecho.

—Míralo a él, qué maduro y responsable es. Di que sí, tú a estudiar, que lo demás llegará cuando tenga que llegar. Pues, si no es ninguna de esas cosas, ya no sé qué puede ser.

—Es algo bueno, pero también tiene una parte mala. Te lo cuento.

—Claro. Empieza por lo malo, que es mejor ponerse triste primero y después dejar que lo bueno haga que esa tristeza pase a un segundo plano.

—Ya no nos veremos más. Hoy volaré a Chicago por última vez.

Me quedé congelada en el sitio porque aquello sí que no me lo esperaba. Levanté la mirada hacia su madre, buscando que me confirmara si lo que acababa de decirme Neizan era cierto. La mujer asintió, pero lo hizo sonriendo, lo que consiguió desconcertarme todavía más.

—¿Entonces ya no vas a ir a Chicago? ¿No vas a volar para ver a tu padre?

—No.

—¿Va a venir él a Los Ángeles?

—Tampoco.

—Pues entonces no entiendo nada.

—Ya no voy a tener que ir y venir porque mamá ha conseguido un traslado en su trabajo y nos mudamos a Chicago. Vamos a vivir cerca de papá y de la abuela, así que podré estar con ellos siempre que quiera.

¡Ahí estaba mi presentimiento, cumpliéndose delante de mis narices!

—¡Pero eso es maravilloso, Neizan! Me alegro muchísimo por ti —exclamé mientras abría los brazos para darle un abrazo.

—Pero ya no nos veremos y te voy a echar de menos.

—De eso nada. Yo voy a seguir volando a Chicago y tanto tu madre como tu abuela tienen mi número, así que podemos quedar allí para vernos siempre que quieras.

—¿De verdad?

—¡Claro que sí!

—¡Eso sería estupendo!

—Pues ya está todo solucionado y ahora no quiero verte ni un poquito triste, porque esta noticia se merece la mejor de tus sonrisas. Verás cuando se enteren los demás, que también se van a poner contentísimos.

—A ellos no los echaré tanto de menos como a ti, pero también los voy a extrañar, sobre todo a Thomas.

—Estoy segura de que podrás verlos algún día. Y ahora vamos al avión, que hoy tienes que estar más contento que nunca. Llevas a mamá en el asiento de al lado y puedes enseñarle lo bien que te sabes todo lo que hacemos.

Los tres salimos de la sala y nos dirigimos directamente al avión.

Como siempre que subíamos con Neizan, todavía no había ningún pasajero a bordo, así que el niño aprovechó para enseñárselo todo a su madre.

También le presentó a Thomas, quien los dejó entrar en la cabina para que pudiera explicarle cómo se pilotaba el avión, y, por supuesto, a Sam y a Dylan.

Mis amigos se alegraron muchísimo por él y por el cambio tan bueno que iba a dar su vida.

—Voy a echar de menos a ese pequeñajo. Mira que yo soy antiniños, pero este me ha ganado —reconoció Sam.

—Es un chico estupendo y me alegro mucho por él —añadió Dylan.

—Yo también. Sé que los domingos, cuando regresábamos, siempre lo hacía triste porque sabía que tendría que esperar otras dos semanas para volver a ver a su padre y a su abuela.

Seguimos comentando la noticia durante un rato, aunque no pudimos alargarnos demasiado porque los pasajeros empezaron a subir y tuvimos que ponernos a trabajar.

—Voy a primera clase —anuncié.

—Corre, corre, ve a ver a tu amor —dijo Sam entre risas.

—Sam, no empieces.

—No empieces tú. ¿Es tu amor o no?

¿Lo era? Pues sí, Ben era el amor de mi vida o, al menos, así lo sentía yo. Lo que todavía no tenía nada claro era que yo fuera el suyo, porque llevábamos casi cuatro meses juntos y, oficialmente, seguíamos siendo lo mismo que el primer día: nada.

Al menos sobre el papel, porque aquello de decidir si queríamos ponerle una etiqueta a lo nuestro o definir qué éramos seguía en el aire. Éramos un hombre y una mujer que salían juntos, se acostaban y aprovechaban todos los momentos que podían para verse.

Que sí, que según mi madre y mis amigos eso era tener una relación de pareja, ser novios, vaya, pero hasta aquel momento Ben no me había dicho que me quería ni nada parecido, y mucho menos que quisiera dar un paso más y hacer oficial lo nuestro.

—Es Ben y punto.

—Pues a ver si espabila el doctor y da un paso más, porque a este ritmo os van a salir canas.

—Algunas ya tenemos.

—¡Pues por eso, leches, que quiero ser tía!

Puse los ojos en blanco.

—Sam, con la brasa que me da mi madre con el tema ya tengo de sobra. No empieces tú también.

—Pues yo creo que tu madre tiene razón y deberías llevarlo a casa a comer. Ella le dará el empujoncito que le hace falta.

—A ti sí que voy a empujarte yo fuera del avión como no dejes de calentarme los cascos.

—¿Yo, calentarte? No, guapa, de calentarte ya se encarga el de los ojos de líneas. Que ser su novia todavía no te lo ha pedido, pero darte pim, pam, eso bien que te lo da.

Resoplé, sabiendo que discutir con ella solo conseguiría que siguiera dándome la lata.

—Me voy.

—Huye, cobarde.

—Contigo es mejor una retirada a tiempo que una lucha, porque eres tan agotadora como mi madre.

Entré en primera clase y allí me llevé la segunda sorpresa del día.

Ben todavía estaba de pie, pero no porque estuviera guardando su equipaje en el compartimento superior, sino porque estaba hablando con otro hombre al que, en cuanto lo vi, reconocí de inmediato. El parecido entre ambos era tan evidente que no dejaba lugar a dudas.

Era Orion, su hermano, al que todavía no había tenido ocasión de conocer, aunque parecía que aquello estaba a punto de cambiar.

—Hola.

Los dos se giraron hacia mí y sonrieron prácticamente al mismo tiempo. Fue entonces cuando me fijé en las pequeñas diferencias que había entre ellos, porque, aunque el parecido físico era innegable, sus sonrisas no podían ser más distintas.

La de Ben era tranquila, sincera y, para mí, preciosa, por supuesto. La de Orion, en cambio, tenía ese aire divertido y un punto canalla de las que conquistan a la primera.

—Hola, Míriam —me saludó Ben mientras se acercaba para darme un beso corto en los labios.

—Hola —añadió Orion, colocándose a nuestro lado.

—Hola, Orion. Encantada.

Levantó una ceja, divertido.

—¿Sabes quién soy?

—Lo muchísimo que os parecéis me ha dado alguna pista.

—Tienes razón, pero, como puedes ver, yo soy el más guapo de los dos y también el más divertido. Aquí el doctor es un soso.

—Pues conmigo debe de echarse sal antes de vernos, porque yo eso todavía no lo he notado —contesté encogiéndome de hombros.

Orion soltó una carcajada y le dio una palmada en la espalda a su hermano.

—Me gusta, hermano. Necesitabas una mujer así a tu lado, una que te sacara ese palo que parece que tienes metido por el culo.

—Orion…

—¿Qué? ¿Acaso es mentira que vivías como un monje y estabas un poco amargado? Míriam te ha sacado de esa cueva y, desde que os conocéis, sonríes de verdad. A mí con eso me basta para ponerle una medalla o quererla directamente.

Solté una risita al ver la cara que estaba poniendo Ben, que parecía debatirse entre echarse a reír por el entusiasmo de su hermano o sacarlo del avión de una patada.

Iba a contestarle algo cuando apareció Sam. Se detuvo a mi lado, miró a Ben, después a Orion, volvió a mirar a Ben y, finalmente, se giró hacia mí.

—Vale.

—¿Qué?

—Dame un minuto, que estoy procesando.

Ben y yo tuvimos que contener la risa, mientras Orion la observaba con interés, demasiado interés, diría yo.

—¿Qué estás procesando? —le preguntó.

—Que tengo delante dos copias casi iguales.

—¿Casi? —repitió Orion, divertido.

—Sí. Los ojos, el pelo y el cuerpo son muy parecidos, pero las sonrisas no tienen nada que ver.

—¿Y qué les pasa a nuestras sonrisas?

—Pues que la del doctor te dice que puedes estar tranquila porque te salvará la vida si alguna vez lo necesitas, mientras que la tuya lleva escrita de serie la palabra «problemas», como si fuera tu apellido.

Orion soltó una carcajada tan sonora que los otros seis pasajeros de primera clase giraron la cabeza hacia nosotros.

—Me gusta esta mujer.

Ben suspiró al oírlo y yo me mordí el labio para no echarme a reír. Sam, por su parte, lo miró con una expresión que parecía decirle que podía gustarle todo lo que quisiera, pero desde bien lejos, porque con ella no iba a tener nada que hacer.

Mentira. Yo la conocía demasiado bien y aquel brillo que tenía en los ojos la delataba. Orion había conseguido llamar su atención y eso, conociéndola a ella y por lo poco que sabía de él, solo podía significar una cosa: juntos iban a ser como un choque de trenes.

—Es Orion, el hermano de Ben —le expliqué.

—Ya me lo había imaginado.

—¿Y tú quién eres, preciosa? —le preguntó él mientras le tendía la mano para saludarla.

Sam miró su mano y dudó un segundo antes de estrechársela.

—Soy Samantha, Sam para los amigos.

—¿Y yo puedo llamarte Sam, entonces?

—Todavía no he decidido si vas a ser amigo o enemigo, así que, de momento, no me llames.

Orion volvió a echarse a reír.

—¿Tienes muchos enemigos?

—Alguno.

—Soy abogado.

—Lo sé.

—Veo que te han hablado de mí. ¿Necesitas asesoramiento?

Sam arqueó una ceja.

—¿Sobre qué?

Orion sonrió de medio lado y dio un paso para acercarse un poco más a ella.

—Sobre lo que tú quieras. Podemos concertar una reunión y allí te explico todo lo que sea necesario.

—Orion —intervino Ben con voz de advertencia.

—¿Qué? —preguntó su hermano, haciéndose el inocente.

—Ya vale.

—Solo estoy siendo amable —se defendió, consiguiendo que Sam soltara una carcajada.

—¿Esto es ser amable? Pues no quiero ni imaginarme cómo eres cuando intentas ligar.

—Depende.

—¿De qué?

—De si la mujer que tengo delante merece la pena como para que me esfuerce un poco más.

—Pues no te canses, porque desde ya te digo que ese esfuerzo no va a tener recompensa.

Orion la miró con una expresión de lo más seductora, mantuvo sus ojos fijos en ella un par de segundos más de la cuenta y volvió a sonreír con aquel aire canalla que parecía prometer demasiadas cosas.

—Eso ya lo veremos.

Sam le dio un repaso de arriba abajo con todo el descaro del mundo, soltó una risita y, negando con la cabeza, se marchó por donde había venido.

Ben y yo nos miramos y, aunque no dijimos nada, estaba segura de que los dos pensamos exactamente lo mismo: aquellos dos iban a darnos mucha guerra.