No te vi venir Capítulo 17
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Capítulo 17

Ben se negó a que lo ayudara a recoger cuando terminamos de comer, pero yo fui más terca y acabé saliéndome con la mía. Que sí, que, como él decía, me había invitado, pero eso no significaba que no pudiera recoger ni mi propio plato.

—¿Quieres helado?

—¿Qué clase de pregunta es esa? Para el helado siempre hay sitio y, al menos yo, nunca le diría que no a uno.

—Tengo que confesarte algo —dijo conteniendo la risa.

—Bueno, esto se pone interesante. A ver, doctor, ¿qué pecado va a confesarme? Mire que soy exigente y puedo ponerle una penitencia bastante grande.

—Es más un vicio que un pecado.

—Bueno, bueno, ahora sí que estoy intrigada. Suéltalo ya.

—Mejor te lo enseño. Ven —me pidió haciéndome un gesto con la mano.

Me levanté de un salto del taburete en el que estaba sentada y me acerqué hasta la nevera, donde Ben me esperaba. Cuando abrió la puerta del congelador, me quedé absolutamente muda de la impresión, porque aquello no estaba lleno de helados, sino a reventar.

Había tarrinas de diferentes tamaños y sabores, polos de todas las clases, cucuruchos y hasta cajitas de bombones helados. Vamos, que no sabía dónde mirar.

—¡La madre que me parió! ¿Pero esto qué es? Si parece que tienes aquí medio supermercado.

Se llevó una mano a la nuca y sonrió de medio lado.

—Este es mi vicio. Me pierden los helados.

—Ya me lo imagino, ya. Los cien que tienes aquí, como mínimo, me han dado alguna pista.

—No puedo resistirme. Los como durante todo el año y me gusta tener variedad.

—No, no, si variedad tienes de sobra. Lo que no tienes es sitio para que quepa uno más —contesté antes de echarme a reír.

—¿Cuál quieres?

—¿Cuál me recomiendas?

—¿Todos?

—No me tientes, que a mí también me pierden, pero procuro controlarme porque luego se me quedan todos en el culo.

—Pues van a parar a muy buen sitio, porque lo tienes estupendo —comentó mientras me apretaba una nalga sin que lo viera venir.

—Doctor, no juegue con fuego, que lo mismo se quema y ahora estamos con algo que está frío.

—Está bien, frío primero y calor después.

—Me gusta tu propuesta.

—Perfecto, pues coge el que quieras. Yo me voy a quedar con una tarrina de nata con nueces y sirope de caramelo. Es uno de mis favoritos.

Me acerqué un poco más al congelador y Ben se apartó para dejarme elegir entre aquel arsenal de helados.

—Chocolate con naranja.

—Muy buena elección.

—Creo que me habrías dicho lo mismo escogiera el que escogiera.

—Cierto, porque todos están buenísimos.

Mientras nos comíamos los helados, Ben me contó que, cuando era pequeño, su madre no le permitía comer más de uno a la semana y que, por eso, se había prometido que, en cuanto viviera solo, nunca le faltarían en el congelador.

Así podría comérselos cuando quisiera y elegir el sabor que más le apeteciera en cada momento.

—Ese congelador… —dije señalándolo con la cuchara—. Tu madre no lo ha visto, ¿verdad?

—No, y tampoco tengo intención de enseñárselo. No quiero provocarle un infarto.

—Lo suponía.

—Además, mis padres solo han venido una vez a mi apartamento, cuando me lo compré.

—¿Y eso?

Se encogió de hombros.

—Porque siempre soy yo quien va a Chicago. Mi madre no lleva demasiado bien eso de viajar.

—¿No le gusta volar?

—No mucho.

—Pues se está perdiendo lugares maravillosos. Si viajara a algunos de ellos, seguro que después pintaría unos cuadros espectaculares, porque hay sitios preciosos por todo el mundo.

—Y tú tienes la suerte de haber visto muchos.

—Muchos tampoco, pero sí unos cuantos. Por mi trabajo puedo volar gratis y, cuando llegan las vacaciones, Sam, Dylan y yo siempre elegimos algún destino al azar y allá que nos vamos.

Seguimos charlando mientras terminábamos los helados y le conté algunas de las cosas que había visto durante mis viajes.

Ben también me habló de los suyos, aunque no llegaban ni a una décima parte de los que había hecho yo.

Claro que el pobre se había pasado una barbaridad de años estudiando y tiempo libre, precisamente, no es que hubiera tenido demasiado.

—¿Tienes prisa? —me preguntó cuando terminamos.

—No.

—Si quieres, podemos ver una película.

—Vale, me parece un buen plan.

Nos sentamos en el sofá y Ben empezó a trastear con el mando, pasando lentamente por las diferentes plataformas que tenía contratadas mientras buscaba algo que le apeteciera ver.

—¿Vas a elegir una hoy? —le pregunté después de un buen rato.

Se echó a reír.

—¿Quieres elegirla tú?

—No, me fío de tu gusto cinematográfico, pero no uses el mando como si fuera uno de esos bisturíes que utilizas para abrir cocos.

Todavía tardó unos cinco minutos más en decidirse por una película de la que apenas llegamos a ver los primeros diez.

Entre la luz tenue, la cercanía y las ganas que creo que teníamos los dos de dar por fin aquel paso y acostarnos juntos, acabamos besándonos y olvidándonos por completo de lo que aparecía en la pantalla.

Las manos también empezaron a buscarse y, casi sin darme cuenta, deslicé las mías por debajo de su camisa para acariciarle el pecho.

Tal y como había imaginado, tenía el cuerpo musculado, aunque sin excesos, y muy poco vello.

Ben comenzó acariciándome por encima de la ropa, pero, al comprobar que yo también quería avanzar, terminó introduciendo las manos por debajo de mi jersey hasta llegar a mis pechos.

—Míriam…

—¿Mmm?

—¿Estás segura de que quieres seguir?

—Yo sí. ¿Y tú?

—También.

—Pues ya está todo dicho.

—Bien, pero aquí no.

—¿Qué? —pregunté apartándome un poco de sus labios para mirarlo.

—Que te quiero en mi cama. Al menos la primera vez, porque luego, si quieres, podemos profanar el resto de la casa.

Solté una risita.

—No es mal plan ese.

—Es un plan estupendo —afirmó mientras se levantaba del sofá.

Solté un grito cuando tiró de mí para incorporarme y, antes de que pudiera reaccionar, me cogió en brazos.

—Sé andar, ¿sabes?

—Lo sé y me gusta mucho verte hacerlo, sobre todo cuando estás de espaldas.

—¡Descarado! ¿Me miras el culo cuando ando?

—¿Tú a mí no?

—No es momento de confesiones, doctor —contesté antes de volver a besarlo mientras entrábamos en la habitación.

Ben me bajó de sus brazos y me dejó de pie junto a la cama.

Sin separarnos apenas, continuamos besándonos mientras nuestras prendas iban cayendo una tras otra al suelo.

Fui yo quien empezó desabrochándole la camisa, que fue la primera en desaparecer, y después él me quitó el jersey.

Seguimos así hasta que no quedó ni una sola prenda sobre nuestros cuerpos.

Ben se apartó un poco para contemplarme o, mejor dicho, para devorarme con la mirada, porque sus ojos verdes se habían oscurecido por completo a causa del deseo.

—Joder, Miri, eres preciosa.

Me encantó que me llamara Miri. Nunca nadie había utilizado aquel diminutivo conmigo y, en sus labios, me pareció algo muy íntimo.

—Tú tampoco estás nada mal, pero que nada mal, doctor —contesté mientras lo agarraba de la nuca para atraerlo de nuevo hacia mí.

Seguimos besándonos hasta que Ben me tumbó sobre la cama y comenzó a recorrerme el cuerpo con las manos, acariciándome sin dejarse prácticamente ningún rincón por explorar.

Cuando llegó a mis piernas, las recorrió varias veces de arriba abajo y, al notar cómo mis caderas se movían buscándolo, llevó una de sus manos hasta mi entrepierna y empezó a acariciarme con una lentitud que terminó convirtiéndose en una auténtica tortura.

El primer orgasmo no tardó en llegar gracias al placer que consiguió proporcionarme con sus dedos. ¡Y es que, vaya precisión tenía el doctor! Eso de abrir cocos debía de haberle dado una destreza y un movimiento de muñeca que, para mi suerte, tuve el inmenso placer de comprobar.

Pero no solo tenía destreza con los dedos, porque, sin darme apenas tiempo a recuperarme, dejó de besarme en los labios para comenzar a descender por mi cuerpo, repartiendo besos por mi piel hasta llegar al monte de Venus.

Levantó la cabeza, me miró sonriendo y se pasó la lengua por los labios, exactamente igual que había hecho mientras se comía el helado, antes de hundir el rostro entre mis piernas.

Con lo calmado que parecía siempre el doctor, jamás habría imaginado que en la cama fuera tan fogoso. Desde luego, qué razón tenían quienes decían que las apariencias engañaban, y yo pude comprobarlo cuando empezó a utilizar la lengua con una habilidad que me dejó completamente desarmada.

No aguanté ni dos minutos antes de que otro orgasmo demoledor me hiciera arquear la espalda y gritar su nombre sin poder contenerme.

Ben prolongó aquel momento con unas últimas caricias lentas y después comenzó a subir por mi cuerpo de la misma manera en que había bajado, besándome toda la piel y deteniéndose en mis pechos, a los que también dedicó una buena dosis de atención.

Cuando volvió a encontrarse con mis labios, separó suavemente mis piernas con una rodilla.

—Miri, ¿estás segura? Puedo parar si quieres.

—Ni loca te pediría que parases ahora. Te deseo, Ben. Sigue, por favor.

—Yo también te deseo, muchísimo.

Ya no hicieron falta más palabras entre nosotros. Ben se puso la protección con rapidez y, después, se acercó a mí con una lentitud casi agónica.

Era la primera vez que nos acostábamos juntos y estaba segura de que llegarían muchas más, pero también sabía que aquella se me quedaría grabada en la memoria para el resto de mi vida.

Ben me trató con tanta ternura y tanto mimo, y estuvo tan pendiente de mí en todo momento, preguntándome si estaba bien, que, si no hubiera estado ya enamorada de él, habría caído rendida a sus pies sin remedio.

Durante el resto de la tarde apenas salimos de la cama. Solo lo hicimos para pasar por la ducha, donde volvimos a hacer el amor contra los azulejos, o para ir hasta la cocina en busca de más helado.

Podría decir, sin miedo a equivocarme, que aquel había sido uno de los mejores días de mi vida. Y lo mejor de todo fue que, cuando llegó la noche, no me marché a dormir a mi casa, sino que me quedé entre los brazos de Ben.