Capítulo 16
La mañana se me pasó volando. Tal y como habíamos quedado, en cuanto terminamos de desayunar, mi madre y yo nos fuimos a hacer la compra.
Y comprar, compramos, pero lo que más hicimos fue reírnos, porque la muy pelleja no dejó de vacilarme en todo el rato por haberme tragado su broma sobre la circuncisión.
Incluso llamó a mi padre a una hora en la que sabía que no estaría dando clase para contárselo mientras se partía de risa.
Aunque no podía verlo, porque mi madre había puesto el manos libres, me lo imaginé perfectamente negando con la cabeza y riéndose mientras me decía que le parecía increíble que, a esas alturas de la vida, todavía hubiera ocasiones en las que mi madre consiguiera colármela de aquella manera.
Y tenía toda la razón. Si es que, en el fondo, era una inocentona y así me iba, claro.
A las doce y media salí de casa. Ben era un hombre puntual, pero yo también, salvo alguna excepción en la que, por causas ajenas a mi voluntad, había llegado con la hora pegada. Aquel día, sin embargo, no fue así y conseguí llegar al hospital con diez minutos de antelación.
No quise entrar porque no sabía si a Ben le apetecía que sus compañeros supieran que se estaba viendo con alguien o que habían ido a buscarlo.
Tampoco quería invadir su espacio, así que me senté en uno de los bancos situados a unos metros de la entrada, desde donde podía ver perfectamente a todo el que entraba y salía.
Cinco minutos después, Ben apareció por la puerta hablando con dos mujeres que supuse que serían compañeras suyas, porque la complicidad y el buen rollo que parecían tener no me encajaban demasiado con una relación entre médico y paciente.
Se quedaron charlando un rato hasta que las dos se despidieron de él y se marcharon juntas calle abajo. Entonces, Ben sacó el móvil, consultó la pantalla y frunció el ceño antes de pulsar algo y llevárselo a la oreja.
Me sobresalté cuando empezó a sonar mi propio teléfono. Lo saqué del bolso y, al ver que era él, no pude evitar reírme antes de contestar.
—Hola.
—Hola, Míriam. Ya he salido. No sé si vas a tardar mucho, pero te espero en la puerta del hospital.
—Un segundo.
—¿Qué?
—Que un segundo es lo que puedo tardar en llegar hasta ti. Por cierto, esa camisa negra te queda de maravilla.
Volvió a fruncir el ceño, se apartó el teléfono de la oreja y se miró la camisa antes de levantar la cabeza para buscarme a ambos lados de la calle. Su sonrisa se ensanchó en cuanto me descubrió sentada en el banco, sonriendo y saludándolo con la mano.
Ben empezó a caminar hacia mí mientras yo me levantaba y guardaba el teléfono en el bolso.
—Hola.
—Hola, doctor.
Se acercó y me dio un beso breve y suave en los labios.
—¿Llevas mucho tiempo aquí?
—Unos diez minutos, más o menos.
—¿Y por qué no has entrado?
Me encogí de hombros y forcé una sonrisa.
—No sabía muy bien qué hacer. Pensé que quizá preferías que te esperara fuera y tampoco quería invadir tu espacio. Estás con tus compañeros y no quería molestar.
—Míriam, no invades nada ni molestas. Ellos saben que me estoy viendo con alguien.
Que se estaba viendo con alguien, claro. No que salía con alguien ni que tenía una relación. Aquella pequeña diferencia me provocó una punzada de tristeza, aunque procuré que no se me notara.
—Vale, pues, si hay una próxima vez, te esperaré dentro.
—Bien.
—Bien —repetí con una sonrisa.
—¿Nos vamos?
—Claro. ¿Dónde vamos a comer?
Ben carraspeó y vi cómo su actitud cambiaba por completo.
En cuestión de décimas de segundo se había puesto nervioso y, después de los dos meses que llevábamos viéndonos, ya había aprendido a reconocer aquella reacción.
Siempre que estaba a punto de decirme algo que pensaba que podía molestarme, sorprenderme o no parecerme bien, le ocurría lo mismo.
—Ben, dilo sin más.
—¿Te parece bien que vayamos a mi apartamento? Anoche dejé preparada una lasaña de verduras, pero, si prefieres ir a otro sitio, no hay ningún problema. Vamos a otro sitio y ya está. A dos calles de aquí hay un restaurante que…
Tuve que contener la risa al verlo hablar tan deprisa, como una locomotora desbocada, pero tampoco quería que siguiera poniéndose nervioso, así que levanté la mano y le apoyé dos dedos sobre los labios para hacerlo callar.
—Me parece bien.
—¿Qué?
—Que me parece bien lo de ir a comer esa lasaña. Si la oferta sigue en pie, claro.
—¿Estás segura? No quiero que parezca lo que no es.
—Segurísima. Y no parece nada. Vamos a comer lasaña y, si pasa algo más, no será porque estuviera planeado, ¿de acuerdo?
Sonrió mientras soltaba el aire que parecía haber estado conteniendo desde que me había hecho la propuesta.
—De acuerdo.
—¿Está lejos de aquí?
—No, ¿por qué?
—Porque he dejado el coche en el aparcamiento del hospital.
—Pues ahí estará bien. Luego te acompaño hasta aquí para que lo recojas. A mi casa podemos ir andando, que vivo en una calle perpendicular a esta.
—Vale —contesté mientras le cogía la mano que me había ofrecido para ponernos en marcha.
Durante el camino fuimos contándonos qué tal nos había ido la mañana. Ben me explicó que había tenido una operación no demasiado complicada de una mujer con un pequeño bulto dentro de la cabeza y que, por suerte, todo había salido de maravilla y se recuperaría sin problemas.
Yo me limité a contarle que había estado haciendo la compra con mi madre. Desde luego, la conversación que habíamos mantenido sobre él no pensaba mencionársela ni bajo amenaza.
Tal y como me había dicho, su casa estaba muy cerca del hospital y enseguida llegamos a un edificio de unos doce pisos de altura, moderno y con aspecto de ser bastante nuevo.
—Pues aquí es donde vivo. Seguro que no es como tu casa, pero no está mal.
—Sea como sea, estará mejor que la mía, porque yo no tengo ninguna.
Se echó a reír y yo lo acompañé.
—Es la de tus padres, cierto, pero, hasta que no te marches de allí, también es tu casa.
—Eso sí. Y no es porque sea donde vivo, pero no tener vecinos es una pasada. Hay veces que dan mucho la lata, así que para mí es una ventaja enorme.
—Cierto. Yo, la verdad, nunca he tenido problemas con ninguno, pero mi hermano solo aguantó tres meses en su primer apartamento de Santa Mónica. A los vecinos de arriba les daba igual la hora que fuera y ponían la música a todo volumen.
—Hay gente que no tiene ni educación ni respeto por los demás.
—Por desgracia, así es. Pasa —me invitó mientras abría la puerta y se apartaba para dejarme entrar.
Nada más poner un pie en el recibidor, tuve claro que aquel apartamento era muy Ben. El mueble blanco de la entrada, con un cuenco para las llaves colocado tan exactamente en el centro que parecía que hubiera medido la distancia, ya me lo dijo prácticamente todo.
—¿Quieres que te haga un recorrido rápido?
—Claro, estaría bien conocer tu santuario. Las casas dicen mucho de las personas que viven en ellas.
—No esperes demasiado. Es pequeño, pero para mí es más que suficiente.
La primera estancia en la que entramos fue un dormitorio con una cama grande, cuyo edredón en tonos grises estaba tan perfectamente estirado que parecía que le hubieran pasado una regla por encima. Exactamente igual que quedaba el mío cuando hacía la cama por las mañanas; véase la ironía.
Un armario, un sillón y una puerta que comunicaba con el baño integrado completaban la habitación. Eso sí, estaba todo limpio como la patena.
—La habitación de invitados, supongo.
—Más bien la habitación de Orion, porque se apropia de ella siempre que le da la gana. Es donde se queda a dormir cuando viene y salimos juntos.
A continuación, pasamos a la siguiente habitación, la suya, decorada en la misma gama de colores que la anterior, aunque con algunos detalles más personales.
Había un libro sobre la mesilla de noche y, además de un sillón, una planta tan frondosa y llena de vida que, si mi madre la hubiera visto, le habría dado al menos tres puntos en aquella lista que seguía teniendo con Sam.
—Es muy tú.
—No sé si eso es bueno o malo.
—Ni bueno ni malo. Es muy tú: elegante, sencillo y ordenado.
—¿Así soy? ¿Elegante, sencillo y ordenado?
—Entre otras muchas cosas.
—¿Qué cosas? —me preguntó levantando ambas cejas.
—Sigamos con la casa, doctor, que no es momento de dorarle más la píldora.
Soltó una carcajada.
—Yo también podría decirte cómo eres.
—¿Ah, sí? ¿Y cómo soy? ¿Alocada, divertida y caótica?
—Entre otras muchas cosas —me respondió utilizando mis propias palabras—. Pero también preciosa.
Dicho aquello, se acercó a mí, me rodeó la cintura con los brazos y me besó. El beso comenzó despacio, suave y sin prisas, pero poco a poco fue ganando intensidad, hasta que tanto la temperatura de la habitación como la nuestra parecieron subir unos cuantos grados.
Fue Ben quien se apartó, con bastante esfuerzo, todo hay que decirlo, y carraspeó antes de hablar.
—Será mejor que sigamos con el recorrido porque, si continúo besándote, no creo que pueda parar.
—Sí, será lo mejor, porque seguramente acabaría siendo yo la que te pediría que no lo hicieras.
Nos quedamos mirándonos a los ojos durante un par de segundos y ambos supimos, sin necesidad de decir nada, que lo nuestro acababa de dar un paso más y que aquel día no solo compartiríamos mesa en su apartamento, sino también algo más.
Ben me cogió de la mano y me llevó por el pasillo hasta la cocina, que tenía un tamaño bastante considerable y estaba tan limpia y ordenada como el resto de la casa.
No había absolutamente nada fuera de su sitio y, al igual que en los dormitorios, los colores que predominaban eran el blanco y el gris.
—Y este es el salón —anunció mientras entrábamos en la última estancia que me quedaba por conocer.
Allí ya había algo más de color, aunque tampoco demasiado. Los muebles eran blancos, cómo no, y el sofá, de un gris jaspeado que combinaba perfectamente con los cojines azules y las cortinas del mismo color. También tenía otra planta preciosa y tan bien cuidada como la de su dormitorio.
Giré sobre mí misma para contemplarlo todo y no pude evitar sonreír.
—¿Te gusta?
—Mucho. Tienes muy buen gusto, todo está en consonancia y, como el resto de la casa, también es muy tú.
Ya me había fijado en que había cuadros de paisajes colgados en las otras habitaciones, pero en el salón tenía tres más, todos preciosos. Sin embargo, hubo uno que me llamó especialmente la atención y no dudé en acercarme para contemplarlo mejor.
—Es precioso.
Representaba un pequeño pueblo que parecía perdido entre las montañas. Los colores combinaban a la perfección y los rayos de sol que se reflejaban en el paisaje le daban tanto realismo que, si te quedabas mirándolo unos segundos de más, casi tenías la sensación de encontrarte allí.
—Lo es.
—¿Todos son de tu madre? Recuerdo que me dijiste que pintaba y que tenías cuadros suyos en casa.
—¿Te acuerdas de eso? —me preguntó sorprendido—. Si te lo comenté de pasada la primera noche que cenamos juntos.
—Claro que me acuerdo. Recuerdo todo lo que me has contado.
Su sonrisa se amplió y, por su expresión, comprendí que mi respuesta, además de sorprenderlo, le había gustado mucho.
—Sí, todos son de mi madre.
—Pues son una pasada. Es una artista.
—Ella dice que es una simple aficionada, pero lo cierto es que podría exponer sus cuadros si quisiera.
—Desde luego que sí. Son una maravilla. ¿Solo pinta paisajes?
—Sí. Algunos son de lugares en los que ha estado y otros se los imagina.
Recorrí el salón y me detuve un buen rato a contemplar los seis cuadros que tenía colgados. Todos eran una auténtica pasada.
—¿Comemos? —me preguntó finalmente.
—Sí, vamos, que tengo ganas de comprobar si se te da igual de bien la cocina que eso de abrir cocos.
—No tanto —contestó entre risas—, pero espero que al menos no te quedes con hambre.
Me cogió de la mano y tiró suavemente de mí para llevarme de nuevo a la cocina.
Decir que la lasaña estaba buena era quedarse corta. ¡Vaya manos tenía el doctor! Por lo visto, todo se le daba bien.