Capítulo 15
Estaba saliendo de la ducha cuando sonó el móvil y sonreí mientras me envolvía en la toalla porque, sin necesidad siquiera de mirarlo, ya sabía quién me estaría escribiendo a aquellas horas de la mañana.
Ben.
Desde aquella primera cita que habíamos tenido en Chicago, dos meses atrás, no había pasado ni una sola mañana sin que me escribiera para darme los buenos días, desearme un buen vuelo si me tocaba trabajar o, simplemente, preguntarme cómo estaba.
Durante aquellos dos meses no nos habíamos visto tanto como nos habría gustado, pero los días que habíamos conseguido pasar juntos habían sido sencillamente perfectos.
Los sábados que estábamos en Chicago quedábamos sin excepción para cenar y charlar y, entre unas citas y otras, prácticamente habíamos terminado contándonos toda nuestra vida, incluidas las malas experiencias que ambos habíamos tenido con nuestras anteriores parejas.
Yo le había explicado que parecía tener un imán para los desastres, porque todos los hombres con los que había salido parecían de lo más normales al principio, hasta que tarde o temprano terminaba descubriendo que ocultaban algo.
También le hablé de Jeremías, el chico con el que más tiempo había estado, concretamente un año y medio. Todo parecía ir bien, al menos hasta que descubrí que llevaba una doble vida y que salía conmigo de cara al público para ocultar que, en realidad, le gustaban los hombres.
Y mira que Dylan, desde el mismo día que lo conoció, no dejó de advertirme que aquel jugaba en su liga, pero yo, tonta de mí, ignoré todas sus advertencias hasta que un día todo me explotó en la cara al presentarme en su casa sin avisar y encontrármelo en la cama con su jefe.
Lo pasé mal, no porque estuviera enamorada de él, ya que con el tiempo comprendí que no había sido así, sino porque me sentí utilizada y como una tonta de campeonato.
Ben, por su parte, me habló de una mujer coreana llamada Woong, la hija de la mejor amiga de su madre.
Ella había viajado a Estados Unidos para estudiar y, durante aquel tiempo, se quedó viviendo con su familia en Chicago, donde Ben todavía residía antes de trasladarse definitivamente a Los Ángeles.
No me lo dijo, pero sospeché que la ruptura con aquella mujer había tenido bastante que ver con su decisión de cambiar de ciudad.
El caso era que, desde el momento en que Woong entró en su casa, la química entre ellos fue brutal y, apenas dos meses después, ya estaban saliendo juntos.
Fueron pareja durante cinco años, los mismos que ella tardó en terminar sus estudios, y hacía ya tres que lo habían dejado. No porque Ben quisiera, sino porque Woong había decidido regresar a Corea y pretendía que él la acompañara para casarse allí y formar una familia.
Ben le propuso que lo hicieran en Los Ángeles porque en aquel momento no podía marcharse, ya que todavía le quedaba un año para terminar su especialidad.
Sin embargo, ella se enfadó y le recriminó que no la quisiera lo suficiente como para plantearse terminar sus estudios en su país, cuando sabía desde siempre que su intención era regresar allí.
Aquella actitud me pareció muy egoísta por su parte, aunque eso no se lo dije a Ben.
Si tanto lo quería como aseguraba, podía haber esperado a que terminara aquello por lo que llevaba tantos años luchando y trabajando y, después, decidir entre los dos dónde querían vivir y formar esa familia que ambos deseaban.
Pero no. Woong, ante la negativa de Ben, hizo las maletas y se largó, dejándolo con el corazón roto.
Por lo que me contó, lo pasó fatal, y no solo él, sino también sus padres.
Su madre incluso llegó a decirle que tendría que haberse marchado con Woong y dejarlo todo, tal y como ella había hecho en su día por su padre.
Según Yura, la chica siempre había querido regresar a su país y, si de verdad la quería, debería haberlo entendido.
Y Ben lo entendía, claro que sí. De hecho, intentó explicarles tanto a su madre como a Woong que no se negaba a marcharse a Corea, sino que únicamente pedía un año más para poder terminar de cumplir su sueño, pero ninguna de las dos quiso entenderlo.
Así que, cuando terminó la residencia y le ofrecieron un puesto en Los Ángeles, se lo pensó muchísimo antes de aceptar. Estaba muy bien viviendo con sus padres, pero seguir en un lugar donde tenía tantos recuerdos bonitos junto a Woong le impedía avanzar y darse la oportunidad de superarla.
Cuando me contó toda aquella historia, no pude evitar preguntarle, con bastante miedo, si ya lo había superado.
Me aseguró que sí, que hacía tiempo que había pasado página, pero que después de semejante chasco no quería volver a precipitarse y que precisamente por eso me había pedido que fuéramos despacio.
Le creí, por supuesto que lo hice, porque tampoco me quedaba otro remedio si no quería pasarme los días comiéndome la cabeza y pensando que el hombre con el que estaba empezando algo se encontraba físicamente conmigo mientras en su mente seguía habiendo otra mujer.
Cogí el teléfono y mi sonrisa se amplió al comprobar que, efectivamente, era Ben.
Ben: Buenos días, preciosa. Hoy tengo un día bastante bueno. A media mañana terminaré la única operación que tengo programada. Sé que hoy no vuelas, así que ¿te apetece que nos veamos y comamos juntos?
Tecleé a toda velocidad porque claro que me apetecía verlo y comer con él. Aquel día era viernes y no nos veíamos desde el domingo anterior, cuando habíamos quedado para ir al cine y cenar.
Míriam: ¡Hola, guapo! Claro que me apetece verte y lo de comer también.
Esperé su respuesta, que llegó casi al momento.
Ben: Perfecto. ¿Te importa venir a buscarme al hospital? Así nos vamos directamente desde aquí.
Míriam: Claro que no me importa. ¿A qué hora quieres que esté allí?
Ben: A la una ya habré terminado con todo.
Míriam: Pues a la una nos vemos.
Ben: Bien, ahora te dejo, que me están esperando en el quirófano. Un beso.
Míriam: Espero que todo vaya bien. Un beso.
El mensaje quedó en visto, así que dejé el móvil y fui a ponerme ropa cómoda para bajar a desayunar.
Nada más entrar en la cocina, encontré a mi madre enredando entre los fogones.
—¡Qué bien huele! —comenté mientras me acercaba para darle un beso.
—Mejor sabrá.
—¿Y papá?
—Tu padre ya se ha ido. Hoy tenía una reunión con el decano antes de empezar las clases.
Asentí y me senté a la mesa.
—Voy a ir a hacer la compra. ¿Quieres acompañarme?
—Claro, pero a las doce y media tenemos que estar de vuelta porque tengo que irme.
Se giró de inmediato y puso su habitual cara de interrogadora, esa que yo sabía que aparecería en cuanto le dijera las palabras «he quedado».
—¿Con quién?
—¿Con quién qué? —pregunté haciéndome la tonta.
—Míriam, hija, hacerte la tonta conmigo no funciona, así que ni te molestes en intentarlo.
—He quedado con Ben para comer, ¿vale?
—Me vale. ¿Y dónde vais a ir?
Oh, por Dios, ya empezaba con el interrogatorio y todavía no eran ni las nueve de la mañana, pensé mientras me llevaba a la boca un tenedor de los huevos revueltos que acababa de ponerme delante.
—Míriam.
—¿Qué?
—Que dónde vais a comer.
—No lo sé. Hemos quedado a la una en el hospital donde trabaja y supongo que decidiremos cuando nos veamos, si es que Ben no tiene ya algún sitio pensado.
—¿Cuándo piensas traerlo a casa?
Casi me atraganté con los huevos al oír semejante pregunta y tuve que tragarlos con dificultad antes de intentar contestarle, porque hasta la garganta se me había quedado rasposa.
—¿Nunca?
Mi madre gruñó, resopló y puso los ojos en blanco, todo al mismo tiempo.
—Lleváis dos meses juntos, Míriam. Ya va siendo hora de que lo conozcamos. Todos los padres conocen a los novios de sus hijos en algún momento.
—Tú lo has dicho, a los novios. Y Ben no es mi novio, así que…
—No digas gilipolleces, por favor. Claro que lo es.
—No lo es.
Y lo cierto era que no lo era, porque el primer día habíamos acordado ir despacio y sin etiquetas y así seguíamos. No habíamos vuelto a hablar del tema y desde luego no pensaba ser yo quien sacara aquella conversación.
Porque sí, estaba deseando que avanzáramos en ese sentido y dejáramos claro que éramos pareja, pero sabía, o al menos intuía, que eso no era lo que Ben quería todavía. Por eso seguía esperando a que fuera él quien sacara el tema o me propusiera formalizar lo nuestro.
—Míriam…
—Mamá…
—Salís juntos, os llamáis a todas horas, os sabéis la vida del otro y Sam me ha dicho que os miráis de una manera que… Eso es ser pareja, hija.
—No, al menos de momento. Decidimos ir despacio y sin poner etiquetas, ya te lo dije.
—Pero eso tendrá que cambiar en algún momento, digo yo. ¿O pensáis estar así toda la vida?
—Supongo que sí, que cambiará cuando llegue el momento.
—Míriam, estás enamorada de ese hombre y no me lo niegues porque no te va a servir de nada. No tengas miedo de pedir más.
Y lo estaba, claro que lo estaba. Mucho, muchísimo, siendo sincera, pero no creía que Ben sintiera lo mismo por mí, al menos todavía, y precisamente por eso no quería cagarla.
Me daba miedo pedirle más o confesarle lo que sentía y llevarme un chasco de aúpa si me decía que no quería dar otro paso, que estaba bien conmigo, pero que lo nuestro nunca podría llegar a ser algo más. Por eso prefería seguir callada y esperar.
—Pues lo tengo, mamá. Tengo miedo y no quiero precipitarme y que por mi culpa esto salga mal.
Después de todo lo que Ben había pasado con aquella chica con la que estuvo, sabía que lo que más le había dolido era que ella le exigiera una vida y un cambio que en aquel momento él no podía darle, y yo no quería comportarme de la misma manera.
—No estás segura de que él sienta algo por ti, ¿es eso?
Asentí.
—De momento estamos bien así.
—De momento, tú lo has dicho. Pero eso cambiará, te lo aseguro. Cuando pase el tiempo, la relación necesitará crecer. ¡Que ya tenéis una edad, coño, no sois dos adolescentes!
—¿Me estás llamando vieja?
—¿Yoooo? Claro que no. Pero es que quiero ser abuela y vais al paso de la burra, leñes.
Solté una carcajada porque, de verdad, no podía con ella.
—¿Por eso quieres que vayamos más deprisa? Anda, que ya te vale.
—Joder, hija, es que la que se está haciendo vieja soy yo y veo que, a este paso, cuando quieras hacerme abuela, en vez de empujar el cochecito del crío me tocará empujar mi tacatá.
—Madre, aunque lo nuestro avance, no voy a tener un hijo mañana. Lo sabes, ¿no?
—Claro que lo sé y por eso mismo te lo digo. Tú trae a Ben a casa, que me parece que es un poquito lento, y yo me encargo de darle un empujoncito.
—Vas tú apañada si piensas que voy a traerlo. Que ya sé yo cuál sería tu empujoncito, aparte de que le harías un tercer grado que ni a un detenido.
—Tendré que conocer bien al hombre al que quiere mi hija.
—Conocerlo no implica saber si tiene empastes, si está circuncidado, cuántas cicatrices tiene y otras cientos de cosas que seguro que ya tienes en mente preguntarle.
—Lo de la circuncisión es importante saberlo.
Abrí los ojos como platos y la miré completamente horrorizada.
—¡Madre, era un decir! Joder, no me digas que estás hablando en serio.
—Anda, pues claro que hablo en serio. Saberlo te da pistas. Si se la han hecho por un problema médico, no es lo mismo que si ha sido por creencias religiosas.
—Dios de mi vida y de mi corazón. Antes ya tenía pocas intenciones de traerlo, pero ahora, muchísimo menos.
—Míriam…
—No, no digas nada más, por favor.
—Míriam…
—¡Que no, joder! Que no quiero saber qué más cosas se te ocurriría preguntarle.
—¡Míriam!
—¡¿Qué?!
—Hija, que estoy bromeando. ¿Cómo crees que voy a preguntarle cómo tiene el badajo? —soltó la muy… antes de echarse a reír a carcajadas.
—Eres… Eres… Mira, mejor me voy a callar.
—Hija, que soy chismosa, pero tampoco llego a tanto. Y, hablando en serio, solo quiero conocerlo, y tu padre también, aunque será cuando los dos estéis preparados para dar ese paso. Conocer a la familia es importante.
—Vale, pues cuando llegue el momento te avisaré, pero nada de preguntas.
—Que no, lo juro —contestó llevándose una mano al pecho.