No te vi venir Capítulo 14
47%

Capítulo 14

Nada más salir del hotel, busqué a Ben con la mirada y lo encontré apoyado contra una pared, a unos pasos de la entrada, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón.

Su sonrisa se amplió en cuanto me vio y, aunque no podía verme la cara, estaba segura de que la mía había hecho exactamente lo mismo.

Mientras nos acercábamos el uno al otro, aproveché para echarle un vistazo y me alegré muchísimo de haber hecho caso a Dylan al comprarme la ropa que había elegido para mí.

Ben llevaba unos pantalones oscuros, aunque no eran de traje, una camisa azul clara que resaltaba todavía más el color de sus ojos y una chaqueta de punto blanca. Unos zapatos negros completaban el conjunto, sencillo, pero elegante.

—Hola.

—Hola.

Nos quedamos mirándonos unos segundos sin que ninguno de los dos supiera muy bien cómo continuar con el saludo. ¿Qué hacíamos? ¿Nos dábamos dos besos, la mano, un abrazo o lo dejábamos en aquel simple hola?

Gracias a Dios, Ben parecía tener bastante más claro que yo cómo actuar, porque los nervios me habían convertido en un flan y apenas me dejaban pensar con claridad.

Se acercó, apoyó una mano en mi cintura sin apretar ni invadir mi espacio, simplemente dejándola allí, y aproximó su rostro al mío para darme dos besos.

El primero fue uno normal en la mejilla, pero el segundo duró un par de segundos más de lo esperado y, además, me lo dio bastante más cerca de la comisura de los labios.

—Estás guapísima, aunque se me hace raro verte sin uniforme.

—Tú también estás muy guapo y espero poder ver algún día el tuyo.

Se echó a reír antes de contestarme.

—Si quieres, en Los Ángeles te lo enseño. Aquí no he traído ninguno.

—Bien, me lo apunto.

Asintió sonriendo y me ofreció una mano para que se la cogiera.

—¿Estás lista?

No dudé ni tuve que pensármelo. Alargué la mía y entrelazamos nuestros dedos con una naturalidad que me sorprendió incluso a mí.

—Sí que lo estoy. Cuando quieras.

—Entonces, vamos.

—Vamos.

—El restaurante está a tres calles de aquí. ¿Te importa si vamos andando?

—No, me gusta caminar.

—¿Segura?

—Segurísima.

—Perfecto, pues vamos allá.

Empezamos a caminar sin prisas. Hacía frío, aunque era perfectamente soportable y, con el calor que yo sentía por todo el cuerpo al tenerlo tan cerca, hasta agradecí que fuéramos andando, porque la ligera brisa que corría me ayudaba a refrescarme un poco.

Durante los primeros minutos caminamos en silencio, pero no fue uno de esos silencios incómodos en los que no sabes dónde meterte ni qué decir.

Más bien parecía que ambos necesitábamos unos instantes para acostumbrarnos a estar juntos fuera del avión y decidir por dónde empezar nuestra primera conversación de verdad.

Al final fui yo quien tomó la iniciativa.

—Bueno, cuéntame algo de ti.

—¿Algo?

—Sí, lo que quieras. Ya sé que eres médico y te dedicas a abrir cocos, que tienes buena mano con los niños, que en los aviones siempre tomas agua con gas, que no estás casado y que no me has pedido esta cita para que te confiese mis pecados.

Ben se detuvo, me miró y soltó una carcajada.

—No, definitivamente no estamos aquí para que me cuentes tus pecados.

—Pues es un alivio, porque no quiero que salgas corriendo, al menos antes del postre.

—No voy a salir corriendo, Míriam, y mucho menos por eso. Todos tenemos cadáveres en el armario.

Me encogí de hombros.

—Sí, supongo que es así, aunque algunos tienen más que otros. Yo tengo pocos, la verdad.

—Yo también.

—Entonces nos llevaremos bien.

—Eso mismo pensé desde el día que te conocí. Parece que somos muy distintos, pero creo que precisamente ahí está lo bueno de esto, en que podemos complementarnos.

Leches, qué buen pico tenía el médico y qué bien se explicaba. Porque a mí eso de complementarnos también me parecía una buena idea, aunque seguramente no habría sabido expresarlo tan bien como él.

—Bueno, pues para complementarnos cada vez mejor, creo que lo suyo es que vayamos conociendo cosas el uno del otro, así que adelante.

—Tengo treinta y cinco años y trabajo en un hospital de Los Ángeles desde que terminé la carrera. Hice allí las prácticas y, cuando acabé, me quedé.

A partir de ahí, siguió contándome cosas de su vida.

Era de Chicago, donde seguían viviendo sus padres, y precisamente por eso viajaba dos veces al mes, para poder verlos. Aquello me gustó mucho porque decía bastante de él y de lo familiar que era, algo que teníamos en común.

Su padre continuaba ejerciendo la medicina en Chicago, aunque en una especialidad distinta de la suya, ya que era cardiólogo.

Su madre, al igual que la mía, era ama de casa y le encantaba pintar.

Por lo que me contó, tanto su casa como las de su hermano y sus padres estaban llenas de cuadros hechos por ella.

También me habló de su hermano, que era cuatro años menor que él, vivía en Santa Mónica y trabajaba como abogado. Físicamente se parecían bastante, pero ahí terminaban las similitudes porque, según Ben, Orion, que así se llamaba el pequeño de los Davies, era un auténtico cabra loca.

Por lo visto, era ruidoso, más de lo que su hermano podía soportar en muchas ocasiones, bromista hasta el exceso y un picaflor bastante conocido en los juzgados, porque no había abogada que se cruzara en su camino a la que no le tirara la caña.

—¿Y caen? Las abogadas a las que les tira la caña, digo.

—Como moscas —contestó negando con la cabeza—. Pero, eso sí, no engaña a ninguna. Les deja las cosas bien claras desde el principio: no quiere novia ni nada que se le parezca, solo diversión.

—Siendo así, no me parece mal. Él va con la verdad por delante y, si luego ellas se montan películas, eso ya no es problema suyo.

—Y así debería ser, pero no sería la primera vez que tiene problemas con alguna mujer. Algunas aceptan lo que les propone, pero con la boca pequeña, porque en realidad esperan que él termine cambiando de opinión y luego vienen los chascos.

—Hay gente que no acepta un no por respuesta.

—Así es.

Por su expresión después de contestarme, supe que no estaba hablando únicamente de su hermano. Bajó la mirada y algo que me pareció una mezcla de cansancio y dolor le cruzó los ojos durante unos instantes.

No era el momento de preguntar ni de empezar a sacar cadáveres del armario, así que decidí guardar aquella mirada en mi memoria para otra ocasión.

—¿Y tú? ¿Qué me cuentas de ti?

—Pues no tengo mucho que contar, la verdad. Mi vida es bastante sencilla y rutinaria, aunque aburrida no, porque entre mis amigos y mi madre eso es prácticamente imposible.

—Bueno, cuéntame lo que quieras.

Le hablé de mi trabajo, aunque de eso ya sabía casi todo; de Sam y de nuestra historia juntas, de Dylan y de cómo se había unido a nuestro pequeño grupo. También le conté lo cotilla que era mi madre, su enorme afición a los chismes y que mi padre daba clases de Física en la universidad.

Además, le expliqué que seguía viviendo con mis padres por elección, porque estaba muy a gusto con ellos y nunca había sentido la necesidad de independizarme, por mucho que a la mayoría de la gente le resultara extraño teniendo en cuenta mi edad.

—Si yo viviera en Chicago, también viviría con los míos. Soy muy familiar y se me hace un poco deprimente llegar a casa y que no haya nadie.

—Eso mismo dice Dylan.

—Pues tiene toda la razón.

—Oye, ¿puedo preguntarte algo?

—Claro, lo que quieras —contestó mientras me sujetaba la puerta del restaurante al que acabábamos de llegar.

—Espero que no te moleste, pero tengo curiosidad.

—No creo que haya ninguna pregunta que puedas hacerme que llegue a molestarme, así que adelante. Aunque, si quieres saber si soy virgen, la respuesta es no.

Ya sentados a la mesa, tuve que llevarme una mano a la boca para que el resto de los comensales no me oyera reír.

—Está bien saberlo. Yo tampoco lo soy, por si te sirve de algo tener esa información.

—Me sirve, así, cuando llegue el momento, será más fácil.

—¿Cuando llegue el momento? Eso quiere decir que estás seguro de que llegará.

Bajó la mirada un poco avergonzado, carraspeó y negó con la cabeza.

—Lo siento, ya te dije que soy muy directo y a veces me paso. No estoy seguro de nada, pero sí que me gustaría que llegara.

—No te disculpes, por favor, que ya te he dicho que me gusta la gente directa. Y, si te hace sentir mejor, a mí también me gustaría que llegara, cuando los dos estemos preparados para dar ese paso y no antes.

—Bien.

Nos tomaron nota y, sin necesidad siquiera de discutirlo, enseguida nos pusimos de acuerdo para pedir varios platos que compartiríamos. Ben me aseguró que no tenía ningún problema con la comida y que le gustaba prácticamente todo, otra cosa más en la que coincidíamos.

—Antes te he interrumpido. ¿Qué querías preguntarme?

—Vale, allá voy —dije, un poco nerviosa—. Por tus rasgos, supongo que tienes ascendencia asiática. ¿De quién viene?

—¿Mis rasgos? No tengo rasgos distintos a los del resto de la gente.

Me quedé con la boca abierta. ¿En serio acababa de contestarme aquello? Al ver mi expresión de sorpresa, el muy capullo no pudo aguantarse más y se echó a reír.

—Perdona, era una broma. Joder, ¡qué cara has puesto!

—Muy gracioso, sí, señor —contesté uniéndome a sus risas.

—Son por mi madre. Esto que ves —dijo señalándose la cara— es herencia suya. Es coreana.

—¿Y cómo acabó una mujer coreana viviendo en Chicago?

Mientras cenábamos, que por cierto estaba todo buenísimo, me contó que su padre había viajado a Corea durante un verano, cuando todavía era estudiante de Medicina, para colaborar con una ONG de ayuda humanitaria.

Durante aquel viaje, Harrison, que así se llamaba su padre, pasó unos días en el pueblo donde vivía su madre. Allí se conocieron, se enamoraron y, cuando él regresó a Estados Unidos, Yura decidió marcharse con él.

—Es una historia muy bonita y romántica. Se parece bastante a la de mis padres.

—¿Alguno de ellos no es estadounidense?

—Mi madre es gallega.

—¿Gallega? ¿Y eso es…?

—De Galicia, una región del norte de España que no tiene nada que ver con cualquier otro sitio que hayas visto. Allí todo es precioso, verde, lluvioso, y su gente es muy especial.

—¿Has estado?

—Sí, un par de veces, aunque hace bastante tiempo. Mi madre quiso enseñarme su tierra y, de verdad, regresé completamente enamorada de aquel lugar.

—Corea también tiene su encanto, sobre todo los pueblos pequeños. Su gente vive a otro ritmo. Allí no hay prisas ni ruido, y valoran mucho la familia, el silencio y la tranquilidad.

La cena fue mucho mejor de lo que había imaginado. No nos faltaron conversación, risas ni miradas cómplices, y hablamos un poco de todo: de nuestras familias, del trabajo, de la infancia, de las cosas que nos gustaban y de aquellas que no soportábamos.

Descubrí que Ben era tal y como había sospechado desde el principio: un hombre sencillo, familiar, serio, aunque con un sentido del humor que sabía sacar a relucir en el momento adecuado.

Y todo aquello, que me gustaba cada vez más, también me parecía bastante peligroso, porque mientras caminábamos de regreso al hotel, comprendí que sería muy fácil enamorarme de él, si es que no estaba empezando a hacerlo ya.

Llegamos a la puerta del hotel de la misma manera en la que habíamos salido de allí unas horas antes, cogidos de la mano.

—Míriam.

—¿Sí?

—Lo he pasado muy bien y me gustas mucho.

Mi corazón dio un pequeño salto. Leñes con el médico y su manera de ir siempre tan directo al grano.

—Yo también lo he pasado muy bien y tú también me gustas.

—Entonces, ¿qué te parece si volvemos a quedar, seguimos conociéndonos y vemos adónde nos lleva esto?

—Por mí, encantada.

—¿Con calma?

—Con calma —confirmé, completamente de acuerdo.

—No he tenido muy buenas experiencias con las mujeres con las que he salido y prefiero ir despacio, conocernos bien y estar seguros antes de dar cualquier otro paso.

—¿Despacio y sin etiquetas?

Asintió sonriendo.

—Sí, si te parece bien.

—Me parece perfecto. Yo tampoco he tenido buenas experiencias y no quiero que, por correr demasiado, acabe llevándome otro chasco.

—Entonces, ¿quedamos otro día?

—Claro, aunque con tus turnos de locura y mis vuelos va a ser complicado cuadrar nuestras agendas.

—Buscaremos los momentos. Podemos aprovechar los sábados que coincidamos aquí, en Chicago, y, cuando estemos en Los Ángeles, ir hablando para ver cuándo podemos quedar.

—Pues perfecto, en eso quedamos.

Una vez aclarado todo, nos quedamos mirándonos con una sonrisa que ninguno de los dos parecía capaz de borrar.

Poco a poco, nuestras miradas se volvieron más profundas e íntimas y todo lo que nos rodeaba pareció desaparecer.

Allí, frente a la puerta del hotel, solo estábamos nosotros y aquella complicidad que había nacido entre los dos en apenas unas horas.

Ben dio un paso hacia mí y yo hice lo mismo, acortando la distancia que nos separaba hasta que, sin necesidad de decir nada, los dos buscamos los labios del otro.

No fue un beso salvaje ni desesperado, tampoco demasiado largo, sino uno de esos besos tiernos, suaves y cálidos que consiguen decir mucho más de lo que podrían expresar las palabras. Un beso que, aunque todavía ninguno de los dos lo sabía, prometía ser el primero de muchos más.

Fue, sencillamente, perfecto.