No te vi venir Capítulo 13
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Capítulo 13

La noche del sábado llegó mucho más rápido de lo que me hubiera esperado y, aunque todavía quedaba una hora para mi cita con Ben, estaba tan nerviosa que no podía parar quieta, así que decidí meterme en la ducha y empezar a prepararme.

Abrí el grifo y, sin esperar siquiera a que el agua alcanzara la temperatura adecuada, me metí debajo. Mientras me caía por la cabeza, empecé a repasar mentalmente todo lo que había ocurrido desde que Ben y yo mantuvimos aquella conversación tan extraña, pero necesaria, en el avión.

Después de aquello, y como estábamos rodeados de gente, no volvimos a hablar de nada personal. Nos limitamos a conversar sobre cosas sin importancia y sobre Neizan, del que ninguno de los dos nos separamos en ningún momento.

Cuando llegó la hora de bajar del avión, el niño se encontraba bastante mejor, pero, aun así, Ben quiso quedarse con nosotros.

De hecho, aunque Neizan le aseguró que podía caminar perfectamente y que no hacía falta, lo llevó en brazos hasta la sala donde, como siempre, nos esperaba su abuela para recogerlo.

La pobre mujer se asustó muchísimo al ver a su nieto en aquellas condiciones, algo completamente normal, pero entre Ben, mis amigos y yo conseguimos tranquilizarla. Hasta el propio Neizan tuvo que intervenir para convencerla de que ya se encontraba mejor.

Ninguno nos separamos de ellos hasta que se montaron en el taxi que los llevaría a casa y, como su abuela y yo ya nos conocíamos de los viajes anteriores y tenía su número de teléfono desde el primer día, quedé con ella en que la llamaría para saber cómo seguía el niño.

Y así lo hice el sábado a media mañana. Fue el propio Neizan quien contestó al teléfono y me aseguró que estaba mucho mejor y que la fiebre ya había desaparecido.

De Ben nos despedimos en el aeropuerto, donde quedamos en que me escribiría al día siguiente para concretar a qué hora pasaría a recogerme por el hotel.

Nada más marcharse, os podéis imaginar el tercer grado al que me sometieron mis amigos, especialmente Sam, que habló tanto que al pobre Dylan apenas lo dejó intervenir.

Mi amiga me dio una guerra impresionante, haciéndome decenas de preguntas que ni siquiera sabía contestar, así que imaginaos lo que ocurrió cuando la muy cabrona llamó a mi madre para anunciarle que su hija, por fin, iba a tener una cita con el chino al día siguiente.

Una hora y cuarto se pasó la señora Sabela al teléfono, preguntando y preguntando sin parar hasta que consiguió enterarse del chisme completo.

Salí de la ducha y me eché a reír al recordar la mañana que habíamos pasado, porque, por si no había tenido bastante con el interrogatorio de mi madre, Sam se había empeñado en que la ropa que llevaba en la maleta no era adecuada para una cita y nos había arrastrado a Dylan y a mí hasta un centro comercial.

Nos reímos, comimos, discutimos y, por supuesto, también compramos. Y no solo yo, porque ellos aprovecharon para llevarse varias prendas, aunque, según los dos, las mías eran las más importantes y las más difíciles de elegir.

Sam quería que me pusiera un vestido, pero en eso no cedí.

Ni de broma iba a comprarme uno de cóctel para salir a cenar, como ella pretendía.

Por lo poco que había podido conocer a Ben, aunque viajara en primera clase, donde el billete evidentemente costaba un pastón, me había parecido un hombre sencillo, así que tampoco esperaba que se presentara a nuestra cita vestido de traje.

Al final, aconsejada por Dylan, que, aunque pudiera resultar sorprendente, era de los tres el que mejor gusto tenía a la hora de vestir, terminé comprándome una falda blanca, larga hasta los pies y con un poco de vuelo, nada de esas de tubo que se pegaban al cuerpo.

Para la parte de arriba elegimos un jersey de cuello vuelto de un verde muy parecido al de mis ojos. Calzado no necesité comprar porque en la maleta ya llevaba unas botas negras que combinaban perfectamente con el conjunto.

De lo que tampoco conseguí librarme, aunque insistí hasta la saciedad en que no hacía ninguna falta, fue de comprarme ropa interior nueva. Sexy, pero elegante, como decía Sam.

Por lo que me había dicho Ben, y yo le había creído, aquella noche no iba a vérmela puesta, pero tampoco me importó demasiado comprarla porque estaba muy bien de precio y era preciosa; eso no podía negarlo.

Una vez seca, me puse la ropa interior y regresé al baño para ocuparme del pelo. Por suerte, con eso no tenía demasiado trabajo, ya que era muy manejable y, con un par de pasadas de cepillo, conseguía dejarlo exactamente como a mí me gustaba.

Aprovechando que estaba allí, también me maquillé un poco, lo justo, como hacía siempre: un poco de colorete, máscara de pestañas, crema hidratante y, para terminar, aquel brillo de labios de color rosa nube que tanto me gustaba y que nunca faltaba cuando salía.

En cuanto regresé a la habitación, miré el reloj y abrí los ojos como platos. Pues sí que me había entretenido en la ducha, porque solo quedaban quince minutos para la hora a la que Ben había quedado en pasar a recogerme.

Saqué del armario la ropa que había dejado colgada un par de horas antes, cuando volvimos de compras, y la extendí sobre la cama. Sin embargo, no me dio tiempo ni a coger la primera prenda porque alguien empezó a llamar insistentemente a la puerta.

Ni siquiera necesitaba abrir para saber quién era. Sam, por supuesto, aunque estaba convencida de que Dylan también vendría con ella.

Abrí y, efectivamente, allí estaban los dos.

—¿Todavía estás así?

—¿Así cómo?

—Coño, pues sin vestir. ¿O es que piensas ir en bragas?

—Bueno, si va así y provoca un accidente, al menos el médico sabrá qué hacer —intervino Dylan antes de echarse a reír.

—Si venís a ponerme más nerviosa de lo que ya estoy, podéis largaros por donde habéis venido —les advertí mientras me apartaba a un lado para dejarlos pasar.

—¿Estás nerviosa?

—¿Tú qué crees, Sam? No, no estoy nerviosa, estoy atacada.

—¿Por qué? Si ya sabes que no está casado, no tiene hijos, aunque eso todavía no te lo ha dicho, y tampoco es gay. Eso último lo asegura Dylan.

—Porque le gusta —contestó mi amigo.

—Hombre, que le gusta ya lo sabemos. Si no, no saldría con él. Mira este, nos suelta eso como si acabara de descubrir la pólvora.

—No me has entendido.

—Sorda no estoy, Dylan.

—Pero lenta hoy, por lo visto, sí. Quiero decir que le gusta de verdad, no que simplemente le parezca guapo o se sienta atraída por él. Es que ese hombre le gusta mucho.

Sam lo miró alzando una ceja y después se volvió hacia mí, buscando en mis ojos la confirmación de lo que nuestro amigo acababa de decir. Y la encontró, claro que la encontró, no solo porque seguramente fuera evidente, sino porque me conocía mejor que nadie y sabía leerme como un libro abierto.

Porque, por mucho que me costara reconocerlo, Dylan tenía toda la razón del mundo. Ben me gustaba como no me había gustado ningún hombre antes.

—¡Ay, mi madre, que es cierto! Le gusta, pero le gusta de verdad. Si al final voy a tener razón y acabaré siendo la madrina de al menos un chinito.

—Sam… —protesté—. ¿Quieres dejar de una puñetera vez de decir lo de China?

—Está bien, no lo diré más, pesada. Pero, dejando eso aparte, ¿tú crees que este puede ser el definitivo?

—No lo sé. Lo único que sé es que me gusta y que las pocas veces que hemos hablado me he sentido muy a gusto con él.

—Yo vi cómo te miraba cuando estábamos con la abuela de Neizan y te aseguro que ese hombre es tu persona, Míriam. Estoy convencido —intervino Dylan.

—Ya salió el romántico que lleva dentro —comentó Sam, conteniendo la risa.

—Romántico y lo que tú quieras, pero ya veréis cómo tengo razón.

Pues ojalá fuera así, porque, como aquello saliera mal después de lo que me había costado bajar la barrera que llevaba tanto tiempo levantando, os aseguro que tenía dos opciones: o me metía monja, cosa bastante poco probable, o no volvía a mirar a un hombre ni permitía que ninguno se me acercara durante el resto de mi vida.

Empecé a vestirme y, cuando estaba terminando de abrocharme la falda, sonó el móvil que había dejado encima de la cómoda, avisándome de que acababa de recibir un mensaje.

—Como sea mi madre, me tiro por la ventana.

—Sabela está emocionada.

—Lo que tiene es el modo chisme activado al máximo. Ya veréis cómo, cuando vuelva mañana, se ha comprado un micrófono o una cámara.

—No creo que llegue a tanto —comentó Dylan riéndose.

—No la subestimes.

—Pues, si lo ha hecho, quiero copias —añadió Sam.

—¡Joder, Sam, no le des más cuerda!

—No le estoy dando cuerda. Lo que pasa es que a mí me ocurre lo mismo que a ella, que nos preocupamos por ti.

—Por supuesto, y que ella sea la reina del chisme y tú la princesa no tiene absolutamente nada que ver. Hay veces que creo que tú podrías pasar por hija suya mucho más que yo.

—Ella prácticamente me ha criado y la considero una madre, así que es normal que haya heredado esas cosas de ella.

—Por supuesto que sí, lo más normal del mundo —contesté poniendo los ojos en blanco.

Terminé de subirme la cremallera y caminé descalza por la moqueta para coger el teléfono. Leí rápidamente el mensaje y solté el aire que había estado conteniendo al comprobar que, gracias a Dios, no era mi madre.

—Es Ben. Ya está abajo esperándome y dice que no tenga prisa, que baje cuando quiera.

—Un punto más para el médico por puntual. Ha llegado siete minutos antes de la hora. Dylan, saca la lista y márcalo.

Los miré a los dos con la boca abierta.

—Decidme que no es verdad. Decidme que no habéis hecho una lista para evaluarlo.

—Entonces no te lo digo, pero eso no significa que no exista.

—Los dos estáis fatal.

—Los tres.

—¿Qué tres? A mí no me metas en esto.

—No lo decía por ti, sino por tu madre, que es precisamente la que más cosas ha aportado a la lista.

Solté un jadeo y los miré con ganas de matarlos.

—¿Habéis dejado que mi madre participe en esto? ¿Vosotros sois gilipollas o qué? Madre mía, la que me espera —protesté, cada vez más desesperada.

—En realidad, nosotros no la hemos dejado participar. La idea ha sido suya —me aclaró Dylan con toda la tranquilidad del mundo.

—Dios mío, llévatelos a todos.

Me puse las botas a toda prisa y cogí el bolso que ya tenía preparado, decidida a salir de allí antes de que consiguieran volverme todavía más loca.

—Me marcho. Intentad portaros bien y no la liéis más.

—No prometemos nada. Vamos a salir a cenar y después a tomar algo.

Aquello significaba que revolucionarían el restaurante al que fueran, el pub en el que terminaran y, si la noche se daba bien, volverían locos por lo menos a una decena de hombres de Chicago.

—No pienso ir a ninguna comisaría a buscaros, así que pensad muy bien lo que hacéis antes de liarla.

Sam se llevó una mano al pecho, fingiendo estar profundamente ofendida.

—Oye, que nosotros somos muy formales y nunca has tenido que sacarnos de ningún lío.

La miré con una ceja alzada.

—No me hagas hablar, guapa, porque, si quieres, te hago una lista.

Abrí la puerta de la habitación y salimos los tres. Me acompañaron hasta el ascensor, pero, antes de que pudiera entrar, Sam me agarró del brazo para detenerme.

—Míriam, no te pases toda la cena pensando, ¿vale? Disfruta, sé tú misma y deja al médico completamente alelado.

—Eso mismo. Tú disfruta, que lo que tenga que ser, será —añadió Dylan.

—Lo haré —les prometí antes de darles un beso rápido a cada uno y meterme en el ascensor.