Capítulo 12
Repartí las bebidas al resto de los pasajeros de primera clase, que aquel día, la verdad, no me dieron demasiado trabajo.
Y no porque no se pusieran pesados con las preguntitas de siempre sobre qué teníamos, si el whisky era del bueno, si el agua era mineralizada y otras tantas cuestiones que normalmente acababan dejándome agotada, sino porque éramos pocos.
De los doce asientos disponibles, aquel día solo había cinco ocupados y, para mi sorpresa, todos los pasajeros fueron amables y correctos.
Además de Benjamin, había un matrimonio mayor que, por lo que les había oído comentar, iba a pasar unos días a casa de su hija para ver a sus nietos; una mujer más o menos de la edad de mi madre, ejecutiva a juzgar por su ropa y por cómo tecleaba en el portátil como una posesa, y otro hombre joven que no dejaba de escribir en el móvil y sonreír.
Dejé el carro en su sitio y, antes de prepararlo para la comida que serviríamos aproximadamente una hora después, me dirigí hacia turista. Sin embargo, me detuve a medio camino al sentir aquel escalofrío tan conocido que a veces me recorría la nuca y que, como siempre, apareció sin previo aviso.
Acababa de tener un flash y lo que vi no me gustó nada, así que, en cuanto interpreté la imagen que había llegado a mi cabeza, eché a correr porque había visto a Neizan con los ojos llenos de lágrimas.
Cuando llegué hasta su asiento, me lo encontré acurrucado, con las piernas flexionadas contra el pecho, la cara roja y la frente cubierta de sudor.
Me arrodillé a su lado para ponerme a su altura.
—Eh, campeón, ¿qué te pasa?
—No lo sé, no me encuentro muy bien.
Le toqué la frente y comprobé que estaba ardiendo.
—Estás muy caliente, creo que tienes fiebre. ¿Te duele algo?
—Un poco la tripa, la cabeza y tengo frío. También me duelen las piernas.
Verlo así, con lo alegre que era normalmente, hizo que se me encogiera el corazón y empezara a ponerme muy nerviosa. Joder, solo esperaba que no tuviera nada grave, pero, hasta que no lo examinara un médico, no podía estar segura.
En cuanto pensé aquello, otro flash apareció en mi cabeza. Esta vez vi unas manos sosteniendo un estetoscopio y, aunque no sabía exactamente qué significaba, pensé que quizá hubiera algún médico a bordo, así que no me lo pensé dos veces.
—¡Sam! —la llamé alzando la voz para que me oyera desde la mitad del pasillo.
Se giró y, nada más verme la cara, dejó todo lo que tenía entre manos sobre el carro y vino corriendo hacia mí.
—¿Qué ocurre?
—Está enfermo —le expliqué señalando a Neizan con la cabeza.
—Joder, ya lo veo —contestó asustada—. ¿Qué hacemos? ¿Aviso a Thomas?
—No, todavía no. Quédate con él un momento.
—¿Dónde vas tú?
—A buscar un médico.
—¿Hay uno a bordo?
Asentí y, con solo mirarme, ya supo cómo había conseguido aquella información.
—Joder, menos mal. Ve rápido a buscarlo, que yo me quedo cuidándolo.
Me coloqué en medio del pasillo y levanté la voz para dirigirme a los pasajeros.
—Señoras y señores, necesito que me presten atención un momento, por favor.
—¿Qué pasa? ¿Hay problemas con el avión? —preguntó alguien.
—No, no es nada relacionado con el avión. Solo necesito saber si hay algún médico a bordo.
Se hizo un silencio absoluto y, por más que esperé unos segundos, nadie respondió.
Mandaba narices que, con la cantidad de gente que viajaba en aquel avión, no hubiera ni un solo médico.
Eso me hizo pensar que quizá mi flash no se refería a alguien que estuviera allí, sino a algún profesional que atendería a Neizan cuando aterrizáramos.
—Gracias, pueden seguir a lo suyo —dije antes de darme la vuelta para regresar junto a Sam y el niño.
—¿Nadie? —me preguntó mi amiga en cuanto me vio.
Negué con la cabeza.
—Mierda… ¿Y en primera clase?
—Solo hay cinco personas.
—Por preguntar no pierdes nada. Lo mismo allí tienes más suerte, así que ve.
—No tardo —le aseguré antes de echar a correr.
Entré como un vendaval en primera clase y, al verme tan alterada, todos los pasajeros se callaron de inmediato. Benjamin incluso se levantó de un salto de su asiento.
—Míriam, ¿qué pasa?
Cogí una buena bocanada de aire antes de hablar.
—Hay un problema con un pasajero. ¿Alguno de ustedes es médico?
—No —respondieron cuatro de ellos.
—Yo soy médico —contestó Benjamin casi al mismo tiempo que los demás.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Podrías venir conmigo, por favor? Es un niño y…
—Por supuesto que sí. Vamos.
Me giré y salí deprisa con él siguiéndome muy de cerca.
—Es un niño que viaja solo y está a mi cargo. Creo que tiene fiebre, Benjamin, y muy mala cara.
—Tranquila, ¿vale? No soy pediatra, pero veré qué puedo hacer.
—Gracias. Está asustado, pero te aseguro que yo lo estoy mucho más.
—Verás como no es nada —me dijo para tranquilizarme.
Cuando llegamos junto a Neizan, Sam estaba arrodillada en el suelo, pasándole un pañuelo por la frente para limpiarle el sudor.
—Sam, ya traigo ayuda.
Se giró y, al ver a Benjamin a mi lado, abrió los ojos como platos. Le rogué con la mirada que no soltara ninguna de sus chorradas porque, joder, aquel no era el momento.
—¿Tú eres médico?
—Así es. ¿Me permites, por favor?
Sam se apartó para dejarle sitio y Benjamin se arrodilló junto al niño.
—Neizan, cariño, él es Benjamin y va a mirar cómo estás, ¿vale?
Dios, qué pena me dio verlo así. Estaba tan atontado que ni siquiera tenía fuerzas para hablar y se limitó a asentir.
—Hola, campeón, puedes llamarme Ben. Voy a echarte un vistazo para ver qué te pasa.
—Tengo frí… frío, Ben.
Benjamin le tocó la frente y frunció el ceño.
—Está ardiendo y parece fatigado. Necesito examinarlo mejor. En mi mochila tengo algunas cosas, pero no llevo termómetro.
—En el botiquín del avión sí que hay uno. Voy a por él —intervino Sam.
—Tráelo a primera clase, por favor. Voy a llevarlo allí para que esté más cómodo tumbado en mi asiento.
—De acuerdo —contestó mi amiga antes de marcharse rápidamente por el pasillo.
—Campeón, voy a levantarte en brazos, ¿vale?
—¿Dónde vamos? ¿Ya hemos llegado a Chicago?
—Para eso todavía falta un ratito. Ahora vamos a tumbarte en un asiento más grande.
Ben lo levantó sin esfuerzo y se dirigió con él en brazos hacia primera clase, mientras yo los seguía más nerviosa de lo que había estado en toda mi vida.
Nada más vernos entrar, el resto de los pasajeros se levantaron de sus asientos.
—Pobre criatura, ¿qué le pasa? —preguntó la señora mayor, llevándose las manos al pecho.
—Parece que tiene fiebre —comentó la ejecutiva.
—Joder, ¿necesitas que te ayudemos en algo? —se ofreció el chico joven.
—Si necesito algo, se lo diré, gracias. Míriam, reclina el asiento, por favor —me pidió Benjamin.
Hice lo que me indicaba y, unos segundos después, Neizan ya estaba tumbado, encogido sobre sí mismo. Ben se apresuró a sacar su mochila del portaequipajes y, cuando extrajo un estetoscopio, reconocí inmediatamente la imagen que había visto en mi segundo flash.
—Voy a quitarte el jersey, ¿vale?
Neizan asintió y se incorporó un poco para que entre los dos pudiéramos ayudarlo a quitárselo.
—Ya estoy aquí —anunció Sam, que acababa de entrar con el termómetro en la mano.
—Míriam, pónselo mientras lo ausculto.
Después de un rato, tras la revisión que le hizo Ben y comprobar que tenía treinta y ocho grados y medio de fiebre, le pusimos unos paños fríos en la frente, los brazos y las piernas.
También le dimos un antitérmico que Benjamin llevaba en su mochila y del que, al tratarse de una dosis demasiado alta para él, solo le administró media pastilla.
Me quedé mucho más tranquila cuando Ben nos explicó que no parecía nada grave y que seguramente se trataba de uno de esos virus que los niños cogen con tanta facilidad.
Durante el resto del vuelo, Sam y Dylan se ocuparon de todo porque yo no quise separarme de Neizan. Y eso que Benjamin tampoco se apartó de su lado y lo estuvo vigilando en todo momento como un halcón, pero no me quedaba tranquila dejándolo solo.
—No eres pediatra, eso me lo has dicho antes. ¿Cuál es tu especialidad?
—Soy neurocirujano.
—Jolín, abres cocos para arreglarlos.
Se echó a reír bajito para no despertar a Neizan, que se había quedado dormido.
—Sí, reparo cosas que están mal o saco otras que no deberían estar ahí. Aunque hay mucha gente a la que, ni haciéndole la cabeza de nuevo, podríamos arreglarle lo que le falla ahí dentro. Ni yo ni nadie.
—Sí, conozco a algunas personas con ese problema, que además parece que les viene de serie.
—Yo también.
Sonreí mientras volvía a mirar a Neizan, que seguía durmiendo, bastante más tranquilo que cuando lo habíamos llevado hasta allí.
—Míriam, cuando aterricemos seguramente tendrás mucho lío si tienes que llevar a Neizan hasta su familia y hablar con ellos. Aunque estoy seguro de que la fiebre habrá bajado para cuando tomemos tierra, prefiero preguntarte ahora lo que te dije antes.
Me quedé mirándolo y me sorprendió descubrir que estaba nervioso.
Todas las veces que lo había visto me había parecido un hombre muy tranquilo y, si ni siquiera al atender a Neizan se había alterado, resultaba curioso verlo ahora pasándose la mano por la nuca un par de veces y hasta tragando saliva.
—Venga, dispara, pero procura que la pregunta no sea muy difícil, que hoy no tengo yo el coco demasiado allá.
Soltó una risita nerviosa.
—En realidad, son varias preguntas.
—¿Me vas a interrogar?
—Solo un poco, si te parece bien. Es que necesito saber algunas cosas antes de hacerte la pregunta final.
—Vale, pues dale.
—¿Tienes pareja?
Abrí los ojos como platos y lo miré completamente sorprendida porque, joder, me esperaba cualquier cosa menos aquello. Así, sin rodeos y yendo directamente al grano.
—Joder, lo siento. Lo mismo me he pasado y te ha molestado. Déjalo, ¿vale? Haz como si no te hubiera preguntado nada —dijo avergonzado al ver mi cara de pasmada.
—No pasa nada, no me ha molestado la pregunta. Es que me has pillado desprevenida.
—Soy un tío directo y reconozco que hay veces que me paso. No me gusta dar rodeos.
Y aquello me gustó mucho, porque los hombres que daban demasiados rodeos, mal asunto. Bien lo sabía yo, que ya me había topado con unos cuantos.
—Perfecto, porque a mí tampoco me gusta que los den. Y, contestando a tu pregunta, no, no tengo pareja, ni rollos, ni amigos especiales, ni nada de nada.
—Bien.
—Siguiente pregunta —le pedí.
—Pasas el fin de semana en Chicago, ¿no?
—Sí, duermo en el hotel que nos pone la compañía. Llego hoy y vuelvo a Los Ángeles en el vuelo de la tarde, pero eso ya lo sabes porque me has visto.
—Vale, pues ya solo me queda una.
—Dime —le pedí, cada vez más nerviosa.
—¿Querrías cenar conmigo mañana?
¡Joder, joder, joder! ¡Toma ya!
Cerré los ojos durante un par de segundos y, esta vez, no fue un flash lo que apareció en mi cabeza, sino una imagen de mi madre y Sam tocando unos platillos para celebrar semejante acontecimiento.
—Si no quieres, no pasa nada. Solo… pensé que podríamos cenar y conocernos mejor, pero da igual. Veo que ha sido mala idea pedírtelo. No creo que te interese —dijo un poco abatido al comprobar que tardaba tanto en contestarle.
—¿Cenar?
Me miró sorprendido.
—Cenar, sí. Solo cenar, te lo prometo. No soy de los que corren y, si estás pensando que lo que quiero es que quedemos para… Ya me entiendes. Que, joder, también me gustaría, eso no voy a negarlo, pero no en la primera cita. Prefiero que hablemos primero, nos conozcamos mejor y lo demás ya se verá.
La madre que lo parió, y yo pensando que ya no quedaban hombres así. Hombres como mi padre, de esos que no solo querían llevarte a la cama, sino que también se interesaban por conocerte primero.
—Me encantaría cenar contigo, pero…
—¿Pero? —preguntó, mientras se le borraba la sonrisa que había aparecido en sus labios unos segundos antes.
—Pero antes de aceptar, yo también tengo algunas preguntas. No me ha ido demasiado bien con los hombres con los que he salido y, antes de llevarme más sorpresas, prefiero asegurarme de ciertas cosas.
—Me parece perfecto. Pregúntame lo que quieras.
Vale, pues allá vamos, me dije para darme ánimos. Lo mismo pensaba que no estaba bien de la cabeza, pero a esas alturas me daba exactamente igual.
—¿Estás casado?
—¿Qué? —preguntó sorprendido.
—Que si estás casado.
—No, claro que no. Si estuviera casado, no estaríamos teniendo esta conversación.
—Vale.
Se rio un poco.
—Sigue.
—¿Eres sacerdote? —pregunté mientras me mordía el labio por los nervios.
Abrió tanto los ojos que cualquiera que lo hubiera visto en aquel momento no habría pensado que los tenía rasgados.
—Joder, no me digas que…
No terminó la frase, aunque tampoco hizo falta porque, solo con verme la cara, debió de imaginarse lo que me había pasado.
—No he tenido mucha suerte, la verdad.
—Yo tampoco, pero con una monja no me he topado nunca.
Nos miramos y acabamos echándonos a reír.
—¿Tienes más preguntas?
—No, creo que con esas ya tengo suficiente para decirte que sí.
—¿Sí?
—Sí, sí quiero cenar contigo.
—Bien —contestó con una sonrisa—. Pues, si te parece, intercambiamos los números y mañana te llamo para concretar.
Asentí, encantada, porque cada minuto que pasaba con él me gustaba más su forma de ser.