No te vi venir Capítulo 11
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Capítulo 11

Me bajé del coche, cogí mis cosas y, como los otros días que había hecho aquella ruta, me dirigí directamente a la sala donde seguramente Neizan ya estaría esperándome.

—¡Hola, Míriam! —me saludó, lanzándose a mis brazos nada más abrir la puerta.

Ya era el cuarto fin de semana que nos veíamos y, a esas alturas, nos habíamos hecho muy buenos amigos.

—Hola, precioso. ¿Qué tal el cole estos días?

—Genial. He sacado un nueve en Mates y un ocho y medio en Historia.

—¡Toma ya! Eso se merece un premio. Hoy toca pastel en el avión.

—¿Pastel?

—Es el cumpleaños de Thomas y seguro que trae dulces para toda la tripulación. Y tú ya eres parte de ella, así que tienes tu trozo asegurado.

—¡Genial!

—¿Nos vamos? Que tengo que revisar mis cosas.

—Sí, además quiero ver a Thomas.

Nos despedimos de su madre como todos los viernes y, cogidos de la mano, nos dirigimos hacia el avión.

Tal y como habíamos quedado, Neizan se fue un rato a la cabina con Thomas, algo que ya había dejado de ser una novedad para convertirse en una rutina de nuestros vuelos de los viernes, mientras yo me dedicaba a comprobar que no faltara nada y que todo estuviera en su sitio.

—Míriam.

Me giré hacia Sam, que era quien me había llamado, y nada más verla supe que, al igual que mi madre, venía dispuesta a darme el día.

—No te atrevas.

—¿A qué? ¡Si todavía no he abierto la boca!

—Pues ni la abras, que ya tengo la cabeza bastante calentita como para que vengas tú a ponérmela al rojo vivo.

—Dylan, ¿has visto lo irascible que está?

Mi amigo se echó a reír y negó con la cabeza.

—¿Por qué será?

—Pues ni idea, si yo solo iba a hacerle una pregunta y, sin haberla hecho siquiera, ya está a la defensiva.

Me crucé de brazos y la miré entrecerrando los ojos.

—Sé que voy a arrepentirme, pero ¿qué pregunta es esa?

Sam sonrió de medio lado, miró a Dylan y después volvió a clavar los ojos en mí.

—Que si estás preparada.

—¿Para qué? —pregunté con cansancio.

—¿Pues para qué va a ser? Para ver a tu chino.

La carcajada de Dylan resonó por todo el avión.

—Sam…

—¿Sí?

—¡Que no es chino, joder! ¡Y tampoco es nada mío!

—Tiene los ojos en línea, así que es de por allí.

—¿De por allí? ¿En serio acabas de decir eso? Tiene ascendencia coreana, ya te lo dije, y eso no es China.

Se encogió de hombros.

—A mí todos los que miran como si te estuvieran perdonando la vida me parecen iguales, chica. Pues eso, chinos.

Las carcajadas de Dylan aumentaron al mismo ritmo que descendía mi paciencia.

—Sam, ya tengo suficiente con mi madre, así que déjalo, ¿quieres?

—Es que, hija, te estás haciendo mucho de rogar.

—¿Que yo me estoy haciendo mucho de rogar?

—Claro. Pídele una cita.

La miré abriendo los ojos como platos.

—¿Tú estás fumada o qué te pasa? Primero, que ya te he dicho que no quiero nada con él ni con nadie y, segundo, en el hipotético caso de que por una casualidad cambiara de opinión, ¿cómo coño voy a pedirle yo una cita?

—Anda, pues pidiéndosela. Míriam, que estamos en el siglo XXI y somos modernas.

—Me agotas casi tanto como mi madre, te lo digo de verdad.

—Tú sí que me agotas. ¿Por lo menos le has preguntado cómo se llama?

—Benjamin Davies.

Las dos nos giramos de golpe hacia Dylan, que era quien acababa de hablar.

—¿Qué has dicho? —le preguntó Sam.

—Que se llama Benjamin Davies.

—¿Cómo lo sabes?

—Anda, porque he mirado la lista de pasajeros del registro antes de venir.

—No me lo puedo creer —murmuré negando con la cabeza.

—Pues perfecto, ya sabemos algo más. Solo falta averiguar si está casado, aunque anillo no lleva, y tampoco creo que sea cura, porque alzacuellos no tiene. Lo de los hijos ya va a ser más complicado.

—Y que sea gay queda descartado. A Míriam la mira de una manera que… Ese no juega en mi liga, os lo aseguro yo —añadió Dylan.

—No me mira de ninguna manera.

—Sí lo hace.

—Te digo que no.

—Que sí.

—¡Que no! ¡Dejadme en paz!

—Míriam, no seas así.

—¿Cómo soy?

—No te cierres, joder. A ese hombre parece que le gustas y, si te pide una cita y le dices que no, te juro que te tiro del avión cuando estemos en lo más alto.

—No me va a pedir nada.

—¿Y si lo hace?

—¡Qué pesada eres! Que no le intereso, te digo.

—La pesada eres tú. Te come con la mirada, joder.

Que sí, que eso ya lo sabía yo y también lo había visto, pero tenía tanto miedo, porque mi madre tenía toda la razón del mundo, que no quería dar mi brazo a torcer, dejarme llevar y terminar llevándome otro buen planchazo.

—Míriam, ahora en serio, no pienses que las cosas van a salir mal. Y, si salen mal, aquí estaremos para apoyarte, pero ¿y si salen bien?

—A mí nunca me salen bien y lo sabes.

—Porque a lo mejor hasta ahora no habías dado con el adecuado. ¿Y si este lo es? No puedes dejar de vivir algo que quizá sea muy bueno por cobardía.

—Sam…

—No te estoy pidiendo que te lances a la piscina de cabeza, pero, joder, tampoco te cierres.

Me quedé pensándolo unos segundos y apreté los dientes, cabreada porque Sam, Dylan e incluso mi madre tenían razón. Me estaba comportando como una cobarde.

Por miedo a sufrir o llevarme otro chasco, ni siquiera me estaba dando la oportunidad de descubrir si podía surgir algo entre aquel hombre y yo. Porque sí, eso era exactamente lo que estaba haciendo y ni siquiera mis amigos sabían hasta qué punto.

Benjamin, que ahora ya sabía cómo se llamaba gracias a Dylan, no me había pedido ninguna cita, ni mucho menos, pero sí había intentado entablar conversación conmigo en varias ocasiones.

Sin embargo, los días anteriores que habíamos coincidido, yo apenas le había dirigido cuatro frases porque, en cuanto encontraba una excusa, como que me necesitaban en la otra parte del avión, salía por patas.

Miré primero a uno y después al otro, resoplé y terminé dándome por vencida.

—Está bien, me dejaré llevar, pero como me pegue una hostia vas a estar oyéndome protestar hasta el día del Juicio Final.

—¡Sí! —exclamó Sam, dando un salto mientras levantaba un brazo en señal de victoria.

—No te emociones tanto, que todavía no ha pasado nada y, sinceramente, tampoco creo que pase.

—Pasará, estoy segura.

—Ya veremos. Y ahora dejadme tranquila, que tenemos que currar y los pasajeros ya están aquí.

—Vale, pero antes prométeme una cosa.

—¿Qué quieres ahora?

—Yo seré la madrina de tu primer hijo de ojos rasgados, ¿vale?

—Dios, llévatela lejos de mi vista porque te juro que voy a estrangularla.

Me di la vuelta resoplando, pero, al oírlos reírse a los dos, no pude evitar acabar riéndome yo también.

El vuelo comenzó como todos los anteriores que habíamos hecho en aquella ruta, conmigo encargándome de primera clase porque, aunque había intentado librarme de esa zona, Sam y Dylan no me habían dejado ninguna opción.

Di las buenas tardes como siempre e hice las explicaciones oportunas, soltando alguna de mis habituales bobadas para romper el hielo.

Durante todo el discurso tuve el estómago dando saltos porque Benjamin no dejó de mirarme fijamente en ningún momento y yo, aunque intenté evitarlo, tampoco pude resistirme a mirarlo de vez en cuando, eso sí, de una manera bastante más disimulada.

Antes de empezar a repartir las bebidas me acerqué a ver a Neizan y, cuando llegué a su lado, no me quedé demasiado tranquila. Había cambiado bastante en el poco tiempo que llevábamos dentro del avión. Lo noté más apagado de lo habitual y tenía los ojos más brillantes de lo normal.

Le pregunté si se encontraba bien y me aseguró que sí, pero, aun así, me quedé con la mosca detrás de la oreja.

—Hola, ¿le apetece beber algo? —pregunté cuando llegué junto a Benjamin, que no había apartado los ojos de mí desde que entré con el carro.

—Me gustaría que dejaras de tratarme de usted —contestó, pillándome completamente por sorpresa.

—Yo…

—Por favor, Míriam.

Estaba segura de que tenía las mejillas como dos tomates. Dios mío, con lo que yo era, que aquel hombre consiguiera hacerme comportar como una adolescente era para alucinar.

—Está bien, dejaré las formalidades.

Alargó la mano por encima del carro para ofrecérmela. Dudé unos instantes, mirando primero su mano y después su rostro, pero fue como si tuviera un imán, porque la mía se movió prácticamente sola hasta entrelazarse despacio con la suya.

En cuanto nuestras pieles entraron en contacto, el mayor escalofrío que había sentido en mi vida me recorrió toda la columna vertebral y hasta empezó a faltarme el aire.

Bajé la mirada hacia nuestras manos sin comprender qué narices me estaba pasando y, cuando volví a levantarla, ocurrió exactamente lo mismo que el primer día que nos conocimos. Nos quedamos mirándonos, completamente enganchados, sin que ninguno de los dos pudiera ni quisiera evitarlo.

—Benjamin —susurró.

—¿Qué? —pregunté haciéndome la tonta, como si no supiera perfectamente lo que me estaba diciendo.

—Así me llamo.

—Benjamin —repetí en voz baja.

La tos de un pasajero nos devolvió a la realidad y nos recordó dónde estábamos, así que nos soltamos las manos mientras intercambiábamos una sonrisa.

—Míriam, me gustaría preguntarte algo.

—Claro, dime.

—Ahora no. Cuando aterricemos.

Dios, ¿qué sería lo que quería preguntarme? Y leches, casi habría preferido que no me dijera nada, porque todavía nos quedaban unas cuatro horas de vuelo y estaba segura de que me las pasaría comiéndome la cabeza mientras mi mente elaboraba decenas de conjeturas.

—Vale.

—Bien —contestó sonriendo.

—Tengo que seguir con esto —dije señalando el carro con la cabeza—. ¿Quieres agua antes de que me vaya?

—Sí, gracias.

Saqué una botella de agua con gas y un vaso del carro y los dejé sobre la bandeja que tenía abierta.

Sin embargo, antes de seguir avanzando, recordé que, nada más entrar en el avión, había guardado en uno de los compartimentos un puñado de bombones sueltos de mis favoritos, de esos que siempre llevaba conmigo en los vuelos por si había algún niño o, simplemente, para darme un capricho.

Cogí uno y, sin decirle nada, lo dejé junto a la botella.

Benjamin se quedó mirándolo unos segundos antes de levantar la vista hacia mí.

—¿Y esto?

Me encogí de hombros.

—Un detalle para que te endulces.

—¿Son tuyos?

Asentí.

—Pues espero que pronto, en vez de probarlos así, pueda probarlos de tus labios. Estaría mucho mejor.

¡Ala, toma respuesta! Me quedé tiesa, pero tiesa de verdad, y encima debía de parecer gilipollas porque no supe ni qué contestarle. Mi mente se quedó completamente fundida, así que me limité a sonreír y asentir antes de girarme, alucinando en colores, para seguir empujando el carro.

Y menos mal que lo tenía allí porque, más que empujarlo, tuve que agarrarme a él. Con el tembleque de piernas que me acababa de entrar, estaba segura de que, de lo contrario, habría terminado en el suelo.