Capítulo 10
Salí al porche sin hacer ruido, con una mantita en una mano y una taza de café en la otra.
Me senté en una de las sillas que teníamos allí y me coloqué la manta sobre las piernas porque, aunque la primavera estaba a punto de llegar y el tiempo no era malo, o más bien demasiado bueno para aquella época del año, por las mañanas todavía refrescaba bastante.
Di un sorbo al café y, cuando tragué, solté un suspiro.
Era maravilloso estar allí sentada, viendo cómo el sol, que apenas hacía unos minutos que había salido, avanzaba poco a poco por el horizonte y disfrutando del silencio, que era justo lo que buscaba a aquellas horas.
Un silencio que, en cuanto se levantara el huracán Sabela, se acabaría.
Aunque seguramente ya estaría despierta porque, antes de salir casi corriendo hacia el porche, había oído pasos sobre mi cabeza desde la cocina, que estaba justo debajo de su habitación.
Y eran de ella, eso seguro. Mi padre no madrugaba los sábados, pero ella sí. Claro, cuantas más horas estuviera despierta, más tiempo tenía para cotillear.
Y, por si os lo estáis preguntando, sí, estaba sentada en el porche en lugar de quedarme en la cocina o irme al jardín porque estaba huyendo de ella. Menudos días me estaba dando la muy maruja.
Concretamente, me tenía sometida a un tercer grado constante desde el día de mi primer vuelo a Chicago.
Y todo por culpa de Sam, que era una bocazas y, como ya le había dicho aquel día, una chismosa. No al nivel de mi madre, porque aquello era imposible, pero se le acercaba bastante.
Cuando por fin llegamos al hotel que la compañía asignaba al personal de vuelo, cada uno se dio una ducha rápida en su habitación y, después, nos reunimos los tres en la de Dylan para pedir algo ligero de cenar al servicio de habitaciones.
Pues bien, no habíamos dado ni dos bocados cuando sonó mi móvil.
Mi madre, por supuesto.
No contesté a la primera llamada. Tampoco a la segunda, porque, leches, quería cenar tranquila antes de tener que responder a doscientas preguntas, si no eran más.
Pero a la tercera cedí porque, conociendo a mi madre, si seguía sin cogerle el teléfono era capaz de llamar a la embajada, al ejército o, si me apurabas, hasta al presidente.
¿Y qué pasó?
Pues que, a mitad de la conversación, la muy cabrona de mi amiga, porque no se la podía llamar de otra manera, al darse cuenta de que yo no decía nada sobre el hombre de los ojos azules, me arrebató el teléfono y le anunció a mi madre que había conocido al futuro padre de mis hijos.
Desde ese momento hasta que se desató el caos pasaron exactamente dos minutos. Los chillidos que dio mi madre, sin tener siquiera puesto el altavoz, creo que los oyeron hasta en recepción, y eso que estábamos en la quinta planta.
Me pidió cientos de explicaciones, interrogó a Sam sobre todo lo que os podáis imaginar y más, e incluso llegó a pedirle un informe completo del hombre y una foto.
Pero ¿cómo coño iba yo a saber su nombre y mucho menos iba a tener una foto si apenas habíamos cruzado cuatro palabras?
De verdad, ya no sabía si a mi madre y a Sam se les estaba yendo la chota o si terminarían volviéndome loca entre las dos.
Por más que insistí en que apenas lo había mirado, que no quería saber nada de él ni de ningún otro hombre y que no había pasado absolutamente nada, no hubo manera de que mi madre se bajara del burro.
Según ella, Sam era una mujer sabia y con buen ojo y, si había dicho que aquel era el hombre destinado para mí, sería por algo.
¡Sabia, los cojones! Si mi amiga hubiera tenido un poquito de inteligencia y hubiera sido bastante menos cabrona, habría mantenido la boca cerrada, porque conocía a mi madre de sobra y sabía perfectamente la que me esperaba. Pero no, ella tenía que contárselo todo y más.
Y no solo aquel día, porque desde entonces, cada vez que volábamos a Chicago, le pasaba un informe completo de lo ocurrido. Ya llevábamos tres viajes, así que mi madre tenía material de sobra para montarse su propia película y, como comprenderéis, me tenía la cabeza loca.
Por eso aquella mañana estaba evitándola. Era sábado y, sin necesidad de tener uno de mis presentimientos, sabía que me esperaba una buena.
Tres tragos de café y exactamente ocho minutos fue todo lo que duró mi paz, porque entonces se abrió la puerta y apareció ella, mi madre, por supuesto.
—Míriam, hija, ¿qué haces aquí fuera con el frío que hace?
—No hace frío, solo refresca.
—¿Eso no es lo mismo?
—No.
—Vale, si tú lo dices.
—Claro que lo digo yo. Aquí, que yo sepa, no hay nadie más.
—Bueno, eso no lo sabemos. Lo mismo estamos rodeadas de espíritus y no los vemos.
—Mientras no hagan ruido y se estén quietecitos, pueden sentarse conmigo si quieren.
Mi madre soltó una risita y, para mi desgracia, se sentó a mi lado con la taza de café que llevaba en la mano y de la que ni siquiera me había dado cuenta.
Pues se acabó la paz.
Tardaría menos que nada en empezar con su rollo.
—¿Cómo has madrugado tanto?
—No tenía más sueño. Anoche me acosté pronto.
—¿No viste la serie?
—Ya la terminé.
—O es que…
La miré de lado.
—¿O es que qué, madre?
—O es que no has podido quedarte más en la cama porque estabas nerviosa.
Y ahí estaba la señora Sabela, señoras y señores, empezando a calentar el ambiente con sus cosas.
—¿Nerviosa? No, no estoy nerviosa para nada.
—¿Ni un poco?
—No. ¿Por qué debería estarlo, según tú?
—Anda, porque es sábado.
—¿Y?
—Pues que vas a ver al chino.
La madre que la parió.
A ella y a Sam también, porque las dos se habían emperrado en decir que aquel hombre era chino y no había manera de sacarlas de ahí.
—Mamá, no es chino.
—Sam dice que sí, que tiene los ojos como dos líneas.
—No todas las personas que tienen los ojos rasgados son chinas. Y él es americano, ya te lo he dicho.
—Pero con rasgos y procedencia china.
—Y dale. Que no es de China, que es de Corea o alguien de su familia lo es. Te lo he dicho, lo vi.
—Bueno, a mí me da lo mismo. Pues eso, con ojos achinados.
Resoplé y conté hasta cinco mientras le pedía a Dios, de paso, que me mandara paciencia.
Mucha.
—Entonces, ¿no estás nerviosa por verlo?
—Que no. Que me da igual.
—No me mientas, que soy tu madre, coño. Sam dice que se te ponen ojillos cuando entras en primera clase y él está allí.
—Sam dice muchas cosas y no todas son ciertas. Se monta unas películas que ni en Hollywood.
—Venga, Míriam, ¿no te gusta ni un poco?
Claro que me gustaba, y no un poco precisamente, sino muchísimo. Además, cada sábado que lo veía, aquel interés iba en aumento, pero ni loca pensaba reconocérselo a mi madre porque, como lo hiciera, me veía probándome vestidos de novia antes de terminar el día.
Así que preferí guardármelo para mí, que bastante material tenía ya como para darle más.
—Madre, te he dicho que no quiero novio.
—Pero es que eso no lo decides tú.
—¿Ah, no? ¿Y entonces quién lo decide? ¿Tú, Sam, Dylan o cualquiera de los millones de personas que viven en Estados Unidos?
—Tu corazón, hija. Ese es el que lo decide. Y el destino también.
—Pues no pienso hacerles caso a ninguno de los dos. Estoy muy tranquila y no quiero líos.
—Cabezota.
—Prudente.
—Cobarde.
—Inteligente.
—Eres imposible.
—Eso es herencia.
—No puedo contigo, te lo juro.
—Normal, ya estoy demasiado grande para que me cojas.
—¡Míriam!
—¡Mamá!
—Deja de decir tonterías y céntrate.
—Si centrada estoy, ¿no lo ves?
—Yo lo que veo es que tienes miedo de llevarte otro chasco y que, por no arriesgarte, lo mismo pierdes al amor de tu vida.
—Pues lo perderé. Prefiero estar sola que con alguien y acabar llevándome una buena hostia.
—Quien no arriesga no gana.
—Y quien juega con fuego termina quemándose. Así que yo, quietecita, que no quiero salir escaldada.
—Dios… Me pones de los nervios.
—Te digo lo mismo, madre. No son ni las ocho de la mañana y ya me tienes agotada.
—¿Yo? Pero si no he dicho nada.
—No, qué va. No me fastidies, si no te has callado desde que has salido.
—¿Me estás diciendo que soy habladora?
—¿Yo…? No osaría decir tal cosa. Más que nada porque no hace falta, los hechos hablan por sí solos.
Puso los ojos en blanco y me hizo un gesto con la mano como diciendo «anda ya», como si yo fuera más exagerada que un hipocondríaco cuando se clava una astilla.
—Entonces…
—¿Entonces qué?
—¿Que con el chino nada de nada?
—Por Dios… ¿No piensas dejarlo?
—No. Quiero nietos.
Abrí los ojos como platos al escucharla. ¿Que ahora quería nietos? Eso sí que era nuevo. Ay, la madre que la parió, qué a gusto tuvo que quedarse la mujer.
—Te compro un muñeco.
—¿Y para qué quiero yo un muñeco?
—¿Un puzle mejor? ¿Un libro de sudokus? ¿Un curso de macramé?
—¿Para qué?
—Para que estés ocupada y entretenida y no me vuelvas loca. ¿Un nieto, madre? ¿En serio?
—Joder, que tienes treinta años. Yo creo que ya estás en edad de reproducirte.
—Por favor, Señor, llévame pronto o déjame sorda. No puedo ni quiero seguir oyendo nada más.
—Pues, como no me des nietos chinos, esto es lo que te espera, así que piénsatelo.
—Ahora mismo solo puedo pensar en salir corriendo.
—Correr es de cobardes.
—Correr en estas circunstancias es lo más sensato que podría hacer. Pero, de momento, me voy a la ducha.
Me levanté de un salto de la silla y, con la manta en una mano y la taza en la otra, me encaminé hacia la puerta.
—Y quiero ducharme tranquila. Como se te ocurra entrar en el baño, te juro que te llevo al aeropuerto y te meto en el avión que tenga el destino más lejano, solo con billete de ida.
Entré en casa mientras a mi espalda escuchaba cómo mi madre se partía de risa.