No te vi venir Capítulo 9
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Capítulo 9

Antes de entrar en primera clase, cogí aire y conté hasta diez para intentar calmarme, aunque tenía los sentimientos bastante encontrados.

Por una parte, no quería entrar porque estaba de lo más nerviosa y sabía que, si volvía a cruzar la mirada con aquel hombre de los ojazos azules, me pondría todavía peor. Pero, por otra, estaba deseando verlo de nuevo.

Era como si mi cabeza intentara frenarme mientras todo lo demás me empujaba hacia él, y de ahí venía mi conflicto.

Cuando entré, todos los pasajeros estaban ya sentados en sus asientos. Genial, un trabajo menos que tenía que hacer, porque había gente a la que tenías que repetírselo varias veces, pero allí no fue el caso.

Los motores del avión empezaron a zumbar, señal de que Thomas estaba listo para despegar, así que, sin perder tiempo, cogí lo necesario y me coloqué en la parte delantera para que todos pudieran verme bien.

—Buenos días a todos. Antes que nada, voy a presentarme. Soy Míriam y hoy seré su azafata. Cualquier cosa que necesiten, no duden en pedírmela.

»Bueno, cualquiera no, porque milagros yo no hago; esos pídanselos al que está ahí arriba —dije señalando hacia el cielo—, que dentro de unos minutos estaremos en su territorio.

—¿Y tú crees que nos hará caso? Porque yo tengo una lista de peticiones —dijo un hombre que parecía muy simpático mientras contenía la risa.

—Por probar no pierde nada. Eso sí, no le pida todo hoy, que tampoco es bueno abusar, no vaya a pensar que es un pedigüeño y no le conceda ninguna.

El hombre soltó una carcajada y su compañero de asiento, que por lo mucho que se parecían supuse que sería su padre, hizo lo mismo.

—Aclarado esto y, si no hay más dudas, vamos a empezar con las explicaciones de las medidas de seguridad. Sí, ya sé que quienes vuelan a menudo estarán hartos de escucharlas.

»Pero son las normas y yo me salto algunas, aunque esta no. Así que no se me duerman y finjan durante dos minutos que les interesa lo que les cuento.

Sin poder evitarlo, antes de seguir hablando mi mirada se desvió hacia el asiento 2A, que encima era el que estaba más cerca de mí.

Solo lo miré un par de segundos, pero fue tiempo suficiente para comprobar que él ya tenía los ojos clavados en mí y sonreía de medio lado.

Volví la vista al frente, carraspeé y empecé a soltar el discurso sin necesidad siquiera de pensarlo. Y menos mal que me lo sabía de memoria porque, cada pocas palabras, la mirada se me iba una y otra vez hacia el ojazos y, de no haber sido así, habría perdido el hilo más de una vez.

—Perdona.

—Dígame —respondí a la señora del perfume.

—¿Sabes si hará mal tiempo por el camino?

—Eso no lo sé, el título de meteoróloga todavía no lo tengo terminado. Pero, si le interesa saberlo, puedo intentar enterarme.

—Es que…

No necesitó terminar la frase.

Los años de experiencia me habían enseñado a reconocer cuándo alguien tenía miedo y eso era exactamente lo que le pasaba a aquella mujer. Seguramente pensaba en las turbulencias porque, cuando había mal tiempo, solían aparecer. No siempre, pero sí muchas veces.

—No creo que hoy tengamos clase de baile, pero, si la hay, no se preocupe. Usted puede quedarse sentada en su asiento y pediré un voluntario para que demos unos pasos juntos.

—Niña, si hay baile ya tienes pareja. A mí se me da muy bien el tango —dijo el padre del hombre que había hablado antes.

—¿Ve? Problema solucionado.

Me acerqué a la mujer y me agaché para que lo siguiente solo pudiera oírlo ella, mientras le acariciaba suavemente un brazo para transmitirle calma.

—Esté tranquila. No creo que hoy tengamos turbulencias, pero, si las hay y quiere, puede ir a turista. Tengo allí a un niño que viaja solo y es muy valiente, aunque lo mismo también necesita que alguien le dé la mano. Así se tranquilizarían el uno al otro.

La mujer sonrió y vi que la idea de ser ella quien tuviera que tranquilizar a alguien que pudiera necesitarlo incluso más le había gustado.

—Cuente con ello. Y gracias.

—Nada de gracias. Mi trabajo va un poco más allá de soltar discursos y servir bebidas.

—Esto no lo haces por trabajo. Lo haces porque eres buena persona.

—No se crea, algunos me tachan de loca.

—Pero una loca buena.

—Eso sí —dije mientras volvía a incorporarme.

—Bueno, pues dentro de unos minutos, cuando estemos en el aire y todo esté estable, volveré para ofrecerles algo de beber. Ahora voy a sentarme en mi sitio. Pórtense bien durante mi breve ausencia.

Me giré para marcharme, aunque antes de hacerlo lancé una última mirada por encima del hombro a todos los pasajeros. A uno en concreto le dediqué un par de segundos más que al resto y allí seguía, mirándome fijamente mientras sonreía.

Me senté junto a Sam y Dylan, me abroché el cinturón y, apenas un segundo después, un flash apareció en mi cabeza.

Cerré los ojos para procesarlo mejor, aunque ni siquiera me hizo falta. Solo era una palabra, escrita con absoluta claridad.

Corea.

No tuve que preguntarme demasiado de dónde venía. Con los rasgos del hombre de los ojos azules, estaba bastante claro que tenía algo que ver con él y, aunque era poca información, al menos era algo.

No sabía si se refería a Corea del Norte o Corea del Sur, ni si él había nacido allí o en Estados Unidos, pero, por sus facciones, que tampoco eran demasiado marcadas, habría apostado a que al menos uno de sus padres sí era de allí.

—Míriam, ¿qué tal con tu hombre? ¿Habéis hablado algo?

Abrí los ojos y miré a Sam con una ceja levantada.

¿Mi hombre había dicho?

Definitivamente, a mi amiga se le estaba yendo la chota por momentos.

—Claro. Me ha pedido matrimonio, he dicho que sí y ya tenemos hasta fecha para la boda.

—¡Ole! Qué guapa va a estar Sabela con una pamela.

—Sam… Ya te vale, guapa. Que no es mi hombre y no vuelvas a decir eso, no vaya a oírte alguien.

—Coño, pues si me oyen que rabien. Y hoy no será tu hombre, pero terminará siéndolo. Si no, al tiempo.

—¿Ahora eres adivina?

—No, la meiga eres tú. Yo solo soy una mujer que tiene esperanza de que su amiga encuentre el amor.

—¿Y quién te ha dicho a ti que yo esté buscando algo?

—Míriam, todos buscamos el amor o, al menos, lo esperamos —dijo Dylan, metiéndose en la conversación.

—Pues yo ni busco ni espero. Estoy harta de chascos.

—Este será diferente, ya lo verás.

—No voy a verlo porque ni pienso acercarme a comprobarlo. Paso de ilusionarme y acabar descubriendo que está casado, tiene veinte hijos, es gay o cura. Y no sé cuál de todas las opciones es peor.

—Coño, no me acordaba yo de aquel que era cura y te entró como un miura en el bar.

—Pues yo sí me acuerdo. Cuando llegué a su casa y se quitó el jersey, vi el alzacuellos y casi me da un puto infarto. No he corrido más rápido en toda mi puñetera vida.

Los dos soltaron una carcajada, seguramente imaginándome corriendo por las calles de Los Ángeles como si huyera de un demonio con sotana.

—Solo ha sido una mala racha.

—¿Una mala racha? No, hija, eso no es una mala racha, eso es rutina en mi vida. Todos los peores vienen a mí. Pero ni uno más. No quiero saber nada de hombres.

—Eso ya lo veremos —dijo Dylan cruzando una mirada cómplice con Sam que preferí ignorar.

—Neizan, ¿vas bien?

—Perfectamente.

—Vale.

Entré en primera clase empujando el carrito de las bebidas y, para mi suerte, o mi desgracia, al primero que me tocó atender fue precisamente a él.

—¿Qué le apetece tomar? Champán, agua, zumo, algún licor… ¿vino quizá?

—No bebo alcohol. Agua con gas estará bien.

—Bien, un hombre sano.

—Procuro serlo.

—¿Quiere unos aperitivos?

—No, muchas gracias. Con el agua me vale. Tú eres nueva, ¿no? Nunca te había visto en este vuelo.

—Sí, hoy es mi primer día. Me refiero a esta ruta; como azafata llevo nueve años en la compañía.

—¿Y hoy es una excepción o vas a hacerla más veces?

—¿Y eso lo quiere saber por…?

—Porque yo hago este vuelo dos veces al mes y quería saber si volveremos a coincidir.

Ay, mi madre.

Así que no solo estaba allí por casualidad, sino que, por lo que acababa de decir, cogía aquel vuelo a menudo. Saberlo hizo que mi estómago diera un brinco, como si de repente tuviera dentro a diez mujeres bailando zumba.

—Haré esta ruta dos veces al mes, el primer y el tercer fin de semana.

Su sonrisa se amplió al escucharme.

—Entonces nos veremos bastante, porque precisamente esos son los fines de semana que yo también hago esta ruta.

Genial. Estupendo. De puta madre. Supermaravilloso.

No querías una taza, Míriam, pues toma taza y media.

Yo, que acababa de decirles a mis amigos que pensaba evitar fijarme en cualquier hombre, acercarme a uno o incluso pensar demasiado en él para no llevarme otro palo, y el caprichoso destino parecía haber decidido putearme poniendo en mi camino precisamente a aquel, que para mí era una tentación enorme.

Y no es que yo fuera una engreída ni quisiera montarme películas donde no las había, pero algún interés parecía tener en mí porque, de lo contrario, ¿para qué iba a preguntarme por mis turnos?

Vamos, digo yo.

Aunque lo mismo me estaba montando en la cabeza una película con más fantasía que La Sirenita y su único interés era ser amable.

Fuera como fuese, estaba bastante segura de que no tardaría en descubrirlo, porque aquello tenía pinta de traer más cola que la que llevaba el avión.