No te vi venir Capítulo 8
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Capítulo 8

Antes de ir a primera clase, quería asegurarme de dejar a Neizan bien instalado, así que fui a buscarlo a la cabina, donde seguía con Thomas después de que yo hubiera ido a presentarles a mis amigos. El piloto me había pedido cinco minutos más con él y se los había concedido.

—Neizan, es hora de sentarse. Otro día, si quieres, sigues con las clases —dije desde la puerta.

Miró a Thomas y este se echó a reír.

—Sí, si en el próximo vuelo coincidimos, aquí te espero, ¿vale?

—Vale. Y muchas gracias, Thomas. Me ha encantado ver la cabina.

—Un placer conocerte, chaval —respondió mientras le ofrecía la mano para que chocaran los cinco.

Salimos al pasillo y fuimos juntos hasta su asiento.

Era el primero de la zona turista, el que quedaba más cerca de la nuestra, y desde allí podía verlo en todo momento y él también a mí.

—Desde aquí me verás siempre, ¿vale? Si necesitas cualquier cosa, no dudes en decírmelo.

—¿Si tengo que ir al baño también?

Solté una risita.

—Sí, pero no te preocupes, entrar entrarás solo. Hasta la puerta sí que te acompaño.

—Míriam, no voy a perderme. Tengo once años, no dos.

—Vale, pequeño hombre. Pues, si quieres ir al baño, con que me hagas una seña me conformo.

—Bien.

—Ahora siéntate. ¿Necesitas ayuda con el cinturón?

—No, sé ponérmelo bien. Ya le tengo cogido el truco.

—Oye, a ver si al final me vas a quitar el trabajo, porque seguro que también te sabes el discurso que damos con las medidas de seguridad.

—Palabra por palabra.

Volví a reírme y él también.

—Lo suponía.

Esperé a que se colocara el cinturón y asentí satisfecha al comprobar que lo había hecho perfectamente.

Por lo poco que habíamos hablado ya me había dado cuenta de que era un buen chico y de que la situación familiar que estaba viviendo lo había obligado a madurar más de lo que le correspondía por edad.

Por suerte, en sus ojos todavía conservaba ese brillo de inocencia que todos los niños deberían mantener durante el mayor tiempo posible.

—Hoy me toca estar en primera clase, pero iré y vendré. Si necesitas algo y no estoy, puedes pedírselo a Sam o a Dylan —le expliqué señalando a mis amigos, que estaban a mi lado.

—¿Te toca ir donde la gente de pasta?

Sam soltó una carcajada.

—Y donde está la gente más seria. Nosotros aquí lo vamos a pasar mejor.

—Eso no lo dudes. Además, por ser nuestro pasajero especial tendrás preferencia en todo. Puedes ser el primero en elegir qué quieres del carrito —añadió Dylan guiñándole un ojo.

—Me gustan tus compañeros. Parecen majos.

—No te fíes, que son dos piezas de cuidado. Así que voy a pedirte un favor.

—Dime.

—En vez de vigilarte ellos a ti, vigílamelos tú a ellos, que estos en dos segundos la lían.

Neizan se echó a reír y yo con él.

—Ve tranquila, que no les quitaré ojo.

—Gracias, ayudante.

—Neizan.

—¿Sí?

—Tú nos vigilas a nosotros, pero ¿a ella quién la vigila? Porque mucho decir que somos unos liosos, pero lo que no te cuenta es que ella es la peor de los tres.

—Serás capullo, eso no es cierto.

—Lo es —confirmó Sam.

Neizan ya no podía parar de reír.

—Bueno, me parece que voy a tener mucho trabajo con vosotros tres, mosqueteros.

—Desde hoy te nombramos nuestro D'Artacán.

—Eso me gusta.

—Pues perfecto, ya tenemos el equipo completo. Ahora todo el mundo a sus puestos, que es hora de currar —dije antes de darme la vuelta para dirigirme a primera clase.

Cuando entré, todos los pasajeros que viajarían en aquella zona estaban ya allí. Los conté rápidamente: ocho personas. Eso significaba que cuatro de los doce asientos quedarían vacíos.

La mayoría ya estaban sentados, aunque no todos, así que avancé por el pasillo.

—¿Necesita ayuda?

La mujer a la que me había dirigido se volvió hacia mí y, con el movimiento, el perfume caro y empalagoso que llevaba me golpeó en la cara como si me hubiera dado una bofetada.

—No, gracias. Ya está —contestó mientras cerraba el portaequipajes antes de sentarse.

Seguí avanzando hasta llegar junto a un hombre que estaba de espaldas guardando también una bolsa en la parte superior.

No me dio tiempo ni siquiera a hablar.

Di un paso hacia atrás justo cuando él hacía lo mismo. Nuestros hombros chocaron y todo ocurrió demasiado rápido. Noté que perdía el equilibrio y, un segundo después, que mi caída se detenía en seco cuando una mano me rodeó la cintura y me sujetó con fuerza para enderezarme.

Levanté la mirada y juro que, durante aquellos segundos, el mundo se detuvo.

Me quedé mirándolo como una idiota y, desde luego, tenía motivos para hacerlo.

No era guapo en el sentido convencional, no de esos hombres que merecían aparecer en enormes vallas publicitarias o en la portada de una revista de moda, pero sí era el hombre más atractivo que había visto en mis treinta años de vida.

Y aquello me pareció mucho más peligroso que si hubiera sido insultantemente guapo, porque los hombres que conseguían que la gente se girara dos y hasta tres veces para mirarlos nunca habían sido mi tipo ni habían conseguido llamarme especialmente la atención.

Sin poder evitarlo, mi mirada recorrió su rostro.

Tenía la mandíbula marcada y oscurecida por una barba de dos o tres días perfectamente recortada, una nariz que encajaba con el resto de sus facciones y la piel dorada, no por el sol, sino porque ese parecía ser su tono natural. Su pelo era moreno, muy oscuro, casi del color del azabache.

Pero, si había algo que llamaba especialmente la atención en él, eran sus ojos.

Eran rasgados y enseguida me di cuenta de que tenía rasgos asiáticos, aunque no fue eso lo que consiguió que me quedara enganchada a ellos, sino su color.

Un azul verdoso sencillamente precioso, acompañado además por unas pestañas que ya habría querido yo para mí.

Los segundos fueron pasando y no habría sabido decir cuántos, porque como para estar pendiente del tiempo estaba yo cuando me temblaba hasta la médula por la sensación que recorría todo mi cuerpo.

Era una sensación extraña, distinta a cualquier otra que hubiera sentido antes, y no tenía nada que ver con ese escalofrío tan conocido que aparecía cuando tenía un presentimiento ni con el erizamiento del vello de la nuca que acompañaba a mis flashes.

Aquello era otra cosa, algo completamente distinto.

Ninguno de los dos parecía tener demasiada prisa por separarse y, desde luego, yo no iba a ser la primera en hacerlo. No porque no quisiera, sino porque estaba tan alelada que mi cerebro parecía haberse declarado en huelga.

Él tampoco parecía tener prisa por apartarse y seguía observándome con la misma atención con la que yo acababa de estudiarlo.

Finalmente, un carraspeo suyo rompió el momento y, solo entonces, aflojó el brazo que me rodeaba para apartarse despacio, rozándome la cintura con suavidad al hacerlo.

—Lo siento, no la he visto.

Joder, si ya había tenido bastante con mirarlo, escuchar su voz fue el remate: ronca, profunda, tranquila y auténticamente peligrosa.

—No se preocupe, ha sido culpa mía. Iba distraída. ¿Necesita ayuda con algo?

Sonrió y, joder, qué sonrisa. Era de esas capaces de derribar hasta los muros más altos que alguien hubiera levantado.

—No, gracias.

—Bien.

—Bien.

—Vo… voy a seguir con lo mío.

—Claro —respondió antes de sentarse en el asiento 2A, junto a la ventanilla.

Solté el aire que tenía retenido y me obligué a continuar por el pasillo, aunque avancé bastante más deprisa de lo que habría hecho en cualquier otra circunstancia. Necesitaba salir de primera clase y calmarme un poco.

Cuando llegué a nuestra zona, me apoyé contra los armarios.

—¿Míriam?

—¿Qué?

—¿Estás bien?

—Sí.

—Pues quién lo diría. Estás roja.

—Tengo calor.

—¿Calor? Aquí no hace calor.

—Pues será frío.

Sam entrecerró los ojos.

—Míriam, no me jodas, que te conozco desde que llevabas pañales. A ti te pasa algo.

—No hacía falta sacar a colación la época en la que llevaba el culo cubierto.

—Déjate de rollos y habla. ¿Qué pasa?

—Sam, de verdad que creo que pasar tanto tiempo con mi madre no te está haciendo ningún bien.

—¿Y eso por qué?

—Porque cada día te pareces más a ella. Te va el chisme y empiezas a hacerme el mismo tercer grado.

—Coño, es que, si no preguntamos, no sueltas prenda.

—Te he dicho que no pasa nada.

—Claro, y yo soy monjita.

—Tú de monjita tienes poco.

—Y tú de tonta, menos. Así que deja de hacértela y dime qué te ha pasado. ¿Has visto algo?

—Que no.

—¿Lo has sentido?

—Tampoco.

Se quedó mirándome fijamente, intentando leerme, pero aparté la mirada demasiado rápido.

Error por mi parte.

—Ay, la leche. Esto es por un hombre.

—¿¡Qué?! Claro que no.

—Sí.

—Te digo que no.

—¿Quién es?

—Y yo qué sé —contesté ya a la desesperada, sin pensar.

Y aquella respuesta terminó de delatarme.

—¡Ja! Lo sabía. Es por un tío.

—Dios… —murmuré tapándome la cara.

—¿Qué os pasa? —preguntó Dylan al acercarse.

—Que aquí la niña ha ligado.

Abrí los ojos como platos.

—Pero ¿qué dices, loca? Yo no he ligado. No inventes.

—¿Con quién? —preguntó Dylan.

—No lo sé, no suelta prenda.

—¡Que no he ligado con nadie, coño!

—Pero te has fijado en un hombre.

No iban a dejarme en paz y, para colmo, tampoco podía salir corriendo. Tenía dos opciones: confesar o saltar del avión, y como la segunda no me parecía demasiado viable, terminé hablando.

—Solo me ha parecido atractivo, nada más. ¿Contentos?

—No —contestaron los dos a la vez.

—¿No?

—No. Esa es muy poca información. Pero tranquila, cuando demos el discurso me paso yo por primera clase y hago un escaneo de todos los que hay allí.

—¡Dylan! Ni se te ocurra.

—Vaya que sí. Si tú no cuentas las cosas, tendremos que ir a descubrirlas nosotros.

—Está bien —dije finalmente, rindiéndome.

En apenas dos minutos les conté lo que había ocurrido y cómo me había sentido.

—Joder, qué emoción. Un romance que va a nacer en el aire.

—Sam, hija, luego la que tiene la cabeza loca con las series soy yo —dije poniendo los ojos en blanco—. Mira que eres lianta. Entre ese hombre y yo no va a pasar nada. Solo nos hemos mirado y punto.

—Cincuenta pavos a que acaban saliendo juntos —dijo Dylan.

—Veo tus cincuenta y subo otros cincuenta a que es el amor de su vida.

Miré primero a uno, después al otro y, tras resoplar, entrecerré los ojos y los señalé con un dedo.

—Sois imposibles. Idos a tomar vientos.

Me di la vuelta y sonreí al oírlos reírse. Eran unos metiches, sí, pero eran mis metiches y no me quedaba más remedio que quererlos, pensé mientras regresaba a primera clase más nerviosa de lo que había estado en mi vida para empezar con las explicaciones de las medidas de seguridad.