No te vi venir Capítulo 7
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Capítulo 7

Los días siguientes a la propuesta se nos pasaron volando. Todo siguió como siempre: vuelos, rutina, vaciles y mucha, muchísima paciencia con la gente.

También aprovechamos los días libres. Un día salimos los tres a comer, otro a bailar y otro a cenar y al cine.

—Míriam, ¿te vas ya, hija?

—Sí. Ya sabes que hoy voy un poco antes que Sam y Dylan por lo del niño.

—Sí, lo sé. Pobre criatura, parece que va de un nido a otro como un pajarillo.

—Mamá, muchos niños viajan así. Ya lo sabes.

—Lo sé, y también sé que no es la primera vez que te toca encargarte de uno, pero hasta ahora había sido en vuelos cortos, no en uno tan largo. Espero que el niño no sea de esos que, más que niños, parecen gremlins, porque, si no, te espera un vuelo cojonudo.

—Sabes que tengo buena mano con ellos y, si resulta ser de los inaguantables, lo ato al asiento y lo amenazo con abrir la puerta y mandarlo con Dios. Ya verás cómo ni rechista.

—No te olvides de llamarme cuando estés en el hotel, ¿vale? Quiero quedarme tranquila y saber que estás bien.

—Madre, no me vaciles. Tú lo que quieres es que te dé los chismes por conferencia.

—Eso es un añadido.

—Sí, claro. Pues, si es solo un añadido, con mandarte un mensaje diciendo que estoy bien no hará falta que te llame, ¿no?

Me miró como si le hubiera dicho que pensaba raparme la cabeza, completamente horrorizada.

—Ni se te ocurra, jovencita —dijo apuntándome con un dedo.

—Sabela, deja a la niña, que al final tendrá que comprarse una de esas cámaras pequeñas que se llevan en la ropa para darte los chismes en directo.

Mi madre giró la cabeza de golpe al oír a mi padre y sonrió de una manera que consiguió darnos miedo a los dos.

—Y por esto y muchas cosas más me enamoré de ti. Tus ideas son las mejores, amor.

—Papá… —protesté—. Buena la has hecho.

—Joder, que era una broma.

—Ah, no. De broma, nada. En cuanto se vaya, voy a mirar dónde se compran esos cacharros.

—Mamá, ni se te ocurra. No pienso ponerme una cámara para saciar tu curiosidad «chismil».

—¿No?

—No.

—Qué mala hija eres —dijo haciendo un puchero como si fuera una cría.

—Me voy, que al final me enredas y no quiero llegar tarde.

—Vale… No compro la cámara. Pero… ¿qué tal un micrófono pequeño? No es lo mismo porque no veré nada, pero algo es algo.

—Adiós, madre.

Les di un beso a cada uno, abrí la puerta de casa y agarré la pequeña maleta donde llevaba lo necesario para el tiempo que pasaría fuera.

—¡Llámame!

—Que sí, pesada —contesté riéndome antes de arrancar.

Salí calle abajo y, por el retrovisor, vi a mis padres despidiéndose de mí con una mano mientras permanecían agarrados por la cintura.

De camino al aeropuerto pensé en lo que mi madre me había dicho sobre el niño del que tendría que estar pendiente durante todo el vuelo.

No era algo demasiado habitual, aunque ocurría de vez en cuando, y precisamente en mi primer vuelo de larga distancia también iba a tocarme asumir aquella responsabilidad extra, que no era poca.

Cuando días atrás nos habían entregado el cuadrante completo del mes, ya con los cambios que implicaba haber aceptado los nuevos turnos, nos preguntaron cuál de los tres se haría cargo de un niño que viajaba habitualmente en esos dos vuelos que íbamos a hacer.

Sam quedó descartada de inmediato. Ella y los niños eran como el agua y el aceite.

No le gustaban demasiado y, por alguna razón, ellos tampoco solían cogerle mucho cariño.

Si le hubiera tocado hacerlo, habría hecho de tripas corazón y cumplido con su trabajo, pero, pudiendo evitarlo, era mejor para todos.

A Dylan sí le gustaban, pero por su aspecto de grandullón solía imponer bastante al principio y algunos niños se asustaban de él nada más verlo. Cuando eso ocurría, luego le costaba un triunfo ganárselos.

Así que, por descarte, solo quedaba yo, y encantada de la vida. Aunque suponía una responsabilidad extra, no me importaba en absoluto porque siempre me habían gustado mucho los niños y solía llevarme a las mil maravillas con ellos.

Por eso me ofrecí voluntaria, aunque mis amigos ya habían dado por hecho que sería yo la elegida para acompañar a Neizan, que así se llamaba el niño, desde el momento en que su madre me lo entregara en Los Ángeles, durante todo el vuelo y hasta dejarlo con su abuela en Chicago, que sería quien lo recogería allí.

Nuestro supervisor me había contado un poco de qué iba todo para que no fuera completamente a ciegas.

No siempre teníamos información sobre por qué los niños viajaban solos y necesitaban ese servicio de acompañamiento y vigilancia, pero en este caso sí conocíamos parte de la situación.

Neizan tenía once años y llevaba aproximadamente algo más de un año haciendo aquel viaje dos veces al mes o una, dependiendo del mes.

Sus padres se habían separado y su madre, después del divorcio, se había trasladado a Los Ángeles por trabajo, llevándoselo con ella. De eso hacía ya un par de años.

Durante los primeros meses había sido su padre quien viajaba para verlo, pero después aquello dejó de ser posible.

Había sufrido un accidente de coche que lo dejó en una silla de ruedas y Neizan pasó un tiempo sin poder verlo.

Lo echaba tanto de menos que, por lo que sabíamos, había sido él mismo quien pidió a su madre empezar a viajar para estar con su padre y también con su abuela, a la que al parecer adoraba.

Después de pensarlo mucho y al comprobar lo mal que lo estaba pasando por no poder ver a esa parte de su familia, su madre terminó cediendo. Y desde entonces él iba y venía encantado en aquellos vuelos, sin importarle las horas de viaje con tal de pasar tiempo con su padre y su abuela.

Entré en la sala destinada a la recogida de personas que necesitaban acompañamiento y allí estaban ya Neizan y su madre esperándome.

Me acerqué a ellos sonriendo.

—Buenas tardes.

—Buenas tardes —contestaron los dos a la vez.

—Tú debes de ser Neizan. Yo soy Míriam, la azafata que va a acompañarte a partir de ahora en tus vuelos y a la que tendrás que aguantar —dije tendiéndole la mano.

—Vaya, eres más guapa que la otra que venía.

Solté una carcajada.

—Más guapa no lo sé, pero más divertida ya te aseguro yo que sí.

Después tendí la mano a su madre y me presenté también. Le expliqué que no era nueva, que llevaba muchos años volando y que ya me había encargado en otras ocasiones de acompañar a niños.

—Pues, si estás listo, nos vamos. Subiremos los primeros y, si quieres, mientras entra el resto de los pasajeros, el piloto puede enseñarte la cabina.

Neizan abrió los ojos como platos.

—¿En serio? Eso no lo he visto nunca.

—En serio. Conozco al piloto que nos llevará hoy y estoy segura de que estará encantado de enseñártela.

Y lo sabía bien porque Thomas, que era quien pilotaría aquel día, tenía cuatro hijos y se le daban los niños de maravilla. De ahí que me hubiera atrevido a ofrecérselo.

—Vamos, vamos, que sí quiero ver los mandos.

Su madre me dio las gracias por todo, nos deseó un buen vuelo y, después de despedirse de su hijo con un beso y un abrazo, salimos por la puerta directos hacia la pista.

Llamé a la puerta de la cabina y fue el propio Thomas quien me abrió.

—Hombre, uno de los tres mosqueteros. Me habían dicho que compartiríamos vuelo, pero no estaba muy seguro de creérmelo. Tú nunca has hecho rutas como esta.

—Pues, si tú las haces, acostúmbrate, porque me verás por aquí dos veces al mes. Y a los otros dos mosqueteros también, que están al llegar.

Thomas soltó una carcajada.

—Entonces los vuelos no van a ser nada aburridos.

—Con nosotros, eso nunca.

—¿Y quién es tu amigo?

—Thomas, este es Neizan. Es nuestro pasajero especial —dije guiñándole un ojo para que me entendiera—. Nunca ha visto una cabina. ¿Tú se la enseñarías?

—Hombre, pues claro. Eso ni se pregunta. Pasa, campeón, que te voy a dar una clase rápida de vuelo.

A Neizan le brillaron los ojos y nos regaló una de las sonrisas más bonitas que yo había visto en mucho tiempo.

—Gracias, Thomas.

—No me las des, chaval. Estoy encantado de tener compañía.

—Thomas, voy a comprobar que todo lo demás esté correcto. En unos minutos vuelvo.

—Ve tranquila. Nosotros estaremos entretenidos.

Asentí y me fui sonriendo a revisar el resto del avión.

Al tratarse de una ruta más larga, era un poco distinto de los aparatos en los que yo solía volar. La diferencia no era enorme, pero sí había algunos cambios y el principal era que aquel avión contaba con dos zonas separadas: primera clase y turista.

Eso era algo que no me gustaba demasiado, pero entraba en el lote y tendría que aguantarme.

El motivo era sencillo: la gente que solía viajar en primera clase tendía a ser… ¿cómo decirlo sin que sonara mal? Un poquito más especial. Por no decir bastante más toca narices.

Al rato de estar revisándolo todo, aparecieron Sam y Dylan y, entre los tres, terminamos enseguida de comprobar que estuviera todo en orden.

También les presenté a Neizan y nos jugamos quién tendría que encargarse de la zona de primera clase.

Para mi desgracia, me tocó a mí.