No te vi venir Capítulo 6
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Capítulo 6

Salimos juntos de la zona del aeropuerto y nos dirigimos hacia el aparcamiento en completo silencio.

—Bueno, decid algo. ¿Qué os parece la propuesta? —preguntó Dylan, deteniéndose junto a su moto, que era el primero de nuestros tres vehículos que encontrábamos.

—A mí me parece bien. No está mal un cambio. Nunca hemos hecho ese tipo de vuelos y podría estar bien —contestó Sam.

—Pienso lo mismo.

Cuando habíamos entrado en la oficina de Personal a la que nos habían llamado, un poco cagados de miedo porque, con las que liábamos, perfectamente podía esperarnos una bronca o incluso una sanción, nos sorprendimos al comprobar que no era así.

El hombre que nos atendió, el encargado de gestionar los turnos del personal, no solo no nos echó una bronca, sino que nos hizo una propuesta.

Desde que habíamos empezado a trabajar juntos, los tres habíamos hecho siempre vuelos cortos.

Eran vuelos que se realizaban en el día: uno de ida hasta el destino asignado y otro de vuelta a casa. Nunca habíamos hecho otro tipo de rutas, ni internacionales ni a lugares más lejanos que exigieran pasar una noche fuera o incluso más de un día antes de regresar.

Y uno de esos vuelos era precisamente el que nos acababan de ofrecer.

Concretamente, Los Ángeles-Chicago.

Duraba algo más de cuatro horas y, además, había que tener en cuenta que Chicago tenía dos horas más que nosotros.

El vuelo saldría los viernes a las cuatro de la tarde de Los Ángeles y, sumando esas dos horas de diferencia, llegaríamos al destino ya entrada la noche. Más o menos a las once sería cuando terminaría nuestro turno.

Evidentemente, no podíamos regresar de inmediato, así que tendríamos que quedarnos allí. Y no solo esa noche, sino durante todo el sábado, para volver en el vuelo del domingo, que salía de Chicago a las cuatro de la tarde.

—Solo son dos fines de semana al mes. El primero y el tercero.

—Sí. Las otras dos semanas seguiríamos igual.

Al menos eso era lo que aparecía en el cuadrante provisional que nos habían enseñado.

La primera y la tercera semana, al tener que hacer ese vuelo más largo, solo trabajaríamos otros tres días. Tendríamos dos de descanso entre semana y también el sábado en Chicago, que, aunque no estuviéramos en nuestra ciudad, contaba igualmente como día libre.

Las otras dos semanas seguiríamos como hasta ahora: cinco días de vuelos cortos y dos de descanso, aunque no siempre coincidieran los mismos.

La propuesta, por supuesto, era para los tres. Éramos un equipo ya formado que trabajaba bien junto y, de no haber sido así, ninguno habría tenido nada que pensar, porque ninguno quería cambiar de compañeros.

No porque tuviéramos nada en contra del resto, sino porque nosotros estábamos muy a gusto así.

De hecho, si la propuesta no hubiera sido para los tres, seguramente cualquiera habría dicho que no sin necesidad siquiera de comentarlo con los demás.

—Tenemos hasta final de semana para dar una respuesta y, si decimos que sí, el primer vuelo sería la semana que viene, que ya es la primera de febrero.

—Yo, si decís que sí, me apunto.

—Dylan, hijo, tú te apuntas hasta a un bombardeo, así que con eso ya contábamos —dijo Sam echándose a reír.

—Pero al bombardeo solo si es con vosotras —aclaró.

—¿Tú qué dices, Míriam?

Yo tenía un comecome dentro que apenas me dejaba pensar porque aquel presentimiento de que eso iba a cambiarnos la vida, aunque todavía no supiera si para bien o para mal, cada vez era más fuerte.

—Algo me dice que tenemos que aceptar.

—Pues no hay más que pensar. La meiga ha hablado por todos —dijo Sam.

—Eh, que eso no es así. Tendremos que pensarlo bien. Que yo presienta que debemos aceptar no quiere decir que tengamos que hacerlo.

—Yo no tengo nada que pensar. Me fío más de tus presentimientos que de cualquier otra cosa, así que voto que sí.

—Yo también voto que sí. Lo vamos a pasar genial allí, eso lo presiento yo, y meiga no soy.

—Sam…

—¿Qué pasa? ¿No quieres hacerlo?

—No es eso. Es que no quiero que lo que yo siento decida por todos.

—Y no lo hace. Tenemos boca y criterio para decir que no. Pero entre tu presentimiento y que creo que un cambio así nos vendrá bien a los tres para hacer algo diferente, yo pienso que aceptar es lo correcto.

—Opino igual que Sam. Lo mismo en Chicago está el amor de mi vida esperándome y eso no puedo dejarlo pasar.

Los miré durante unos segundos, pensé otros tantos y mi lengua fue más rápida que mi cerebro en darle la orden.

—Pues no tengo nada más que decir. Chicago, prepárate, que allá vamos.

—¡Sí! —exclamó Dylan dando un salto.

—¡Qué guay! —añadió Sam mientras me abrazaba—. Lo vamos a pasar genial, ya lo veréis. Y lo mismo hasta te echas un novio, Míriam.

—Eh… Mejor uno para cada uno, que aquí estamos todos igual de faltitos de amor.

—Más que de amor, lo que estamos es faltos de echar un buen polvo. Como juntemos las telarañas de los tres, nos hacemos una hamaca.

—No, que Míriam mojó con el tío ese que estaba casado.

—Ese capullo no cuenta —contestó Sam.

—¿No?

—No. Los polvos con mediocres solo sirven para perder la fe en los hombres, pero no para desempolvar los baúles.

La miramos y los tres acabamos echándonos a reír.

Seguimos hablando un rato más del tema y, con la decisión ya tomada, acordamos que dos días después, cuando volviéramos a trabajar porque al día siguiente librábamos, hablaríamos con Personal para aceptar oficialmente el cambio de turnos.

Después, cada uno se dirigió a su vehículo y emprendimos el camino de vuelta a casa.

Bajé la ventanilla al pasar junto al coche de Sam y, cuando me vio, hizo lo mismo.

—Mañana os esperamos a comer a ti y a tu padre. Se me había olvidado decírtelo antes. Mi madre va a hacer sus famosas costillas al horno.

—Aunque tenga cuarenta de fiebre, allí estaré. Y mi padre mucho más, que le pirran esas costillas.

—Pues mañana nos vemos. Descansa.

—Igualmente, cariño —dijo antes de lanzarme un beso y arrancar el coche.

Aparqué en mi plaza, bajé cargada con el bolso y entré en casa. No se oía nada, así que supuse que mi padre estaría en su despacho y mi madre en el jardín con sus adoradas plantas.

—¡Progenitores, estoy en casa!

—¡En la cocina! —contestó mi madre.

Pues me había equivocado con su ubicación porque, cuando entré, estaban los dos sentados junto a la isla de la cocina tomándose un café.

—Cómo vivís de bien, ¿eh? Aquí tomando café… ¿Y eso qué es? ¿Son pastas de anís? —pregunté con los ojos brillantes mientras alargaba la mano para coger una.

Me volvían loca esas pastas y mi padre lo sabía. Estaba segura de que había sido él quien las había comprado al volver del trabajo.

No llegué ni a tocarlas porque mi madre me dio un manotazo.

—Lávate las manos, cochina, que a saber dónde las has tenido metidas.

—Madre, vengo de trabajar. ¿Dónde crees que puedo haberlas tenido? Pues en el carro y poco más.

—Por si acaso. ¿Quieres café también?

—Eso ni se pregunta.

—Pues venga, lávate las manos mientras te pongo uno y luego nos cuentas qué tal el día.

—Pues hoy traigo mucho que contar.

—¿Voy a necesitar palomitas?

—Dos cajas, si me apuras.

—Dios… Qué bien. Chismes frescos, como a mí me gustan —dijo frotándose las manos y consiguiendo que mi padre y yo rompiéramos a reír, no solo por el gesto, sino también por la cara que había puesto.

—Voy a lavarme arriba y a quitarme el uniforme, que esta charla se va a alargar en cuanto empieces con tus cientos de preguntas y prefiero estar cómoda.

—No tardes y me tengas aquí en ascuas una hora.

Salí de la cocina riéndome y negando con la cabeza al mismo tiempo. Os juro que no conocía a nadie más cotilla ni a quien le gustara tanto un buen chisme como a mi madre. Era impresionante lo mucho que disfrutaba enterándose de todo.

Cuando volví diez minutos después, ya me había preparado un café caliente con un chorrito de leche y dos cucharadas de azúcar, justo como a mí me gustaba y como lo tomaba siempre.

Me senté, di primero un sorbo al café y después cogí una pasta para comérmela despacio, saboreándola bien.

Mientras lo hacía, vigilaba a mi madre por el rabillo del ojo. Había cruzado los brazos sobre la isla y se moría de ganas por saber qué tenía que contarle. Y como yo lo sabía, me estaba demorando un poco más de la cuenta solo para hacerla rabiar.

—O dices algo o te pone el café de sombrero —dijo mi padre, que la conocía mejor que yo y también estaba observándola mientras contenía la risa.

—¿Qué tal tus clases, papá? ¿Has torturado mucho hoy a tus chicos con tus fórmulas?

—Lo justo.

—«Lo justo» quiere decir que han salido atacados de clase y seguramente esta noche soñarán con las ecuaciones de derivadas parciales.

Yo no tenía ni la remota idea de lo que eran ni de cómo se resolvían, pero mi padre hablaba tanto de ellas que el nombre se me había quedado grabado.

—Pues a ver si es verdad que sueñan con ellas y, de paso, con cómo resolverlas, porque me han entregado unos ejercicios que son para echarse a llorar.

—Tu mujer sí que está a punto de echarse a llorar o de pegar cuatro gritos. Mírala, si ya se ha mordido dos uñas esperando los chismes.

Mi padre se echó a reír y yo con él, sabiendo que lo que acababa de decir no era ninguna exageración, sino la pura realidad.

—Sois graciosísimos los dos.

—Lo sabemos, madre.

—Y yo sé que o hablas ya o no comes ni una pasta más.

—Oye… Amenazas a mí no, ¿eh?

—No es una amenaza, es un hecho. Mira —dijo alargando el brazo para coger el plato de pastas que estaba en medio.

—Está bien, está bien. Venga, te voy a contar primero con lo que más nos hemos reído hoy.

—Dale.

—Nos hemos encontrado con Jake.

—¿El cabrón infiel?

—Ese mismo.

—Suerte tiene de que todavía no se haya cruzado conmigo, porque el día que lo haga se va eunuco para casa.

—Pues lo mismo el karma se te ha adelantado.

—¿¡Qué?! ¿Se va a quedar sin pirula? ¿Cómo es eso? Cuéntamelo todo, por favor.

Cinco minutos después, tras contarles lo que había pasado con Jake, cómo había salido corriendo después de mi advertencia y la cara que había puesto, los tres nos reíamos tanto que mi madre incluso tuvo que salir corriendo hacia el baño.

—¡Ay, que no puedo! ¡Ay, que no llego! —gritó mientras avanzaba por el pasillo con las piernas apretadas.

Cuando regresó a la cocina, todavía tuvimos que esperar unos minutos más hasta que se le pasó el ataque de risa y pudimos seguir hablando.

Durante la siguiente media hora les conté cómo había ido el resto de mi jornada: los encontronazos con los dos pasajeros, el de Dios y el wifi y el de la comida. Mi madre disfrutaba como una enana escuchando mis historias y, por último, les expliqué lo del nuevo turno.

—Si lo has presentido, no podíais decir que no. Habéis decidido bien.

—Yo también lo creo. Además, un cambio en la rutina os vendrá bien —añadió mi padre, dando por terminada la conversación antes de que cada uno se fuera a su espacio para hacer otras cosas.